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Muchos de sus
predecesores dedicaron sus vidas a
luchar contra el Islam, al que
consideraban el enemigo máximo de la
Iglesia, cruzadas sangrientas incluidas.
En tierras musulmanas se les temía tanto
como a los emperadores cristianos. A
Juan Pablo II, en cambio, los musulmanes
le quieren, le respetan y le veneran.
Jamás un líder católico alcanzó tanta
relevancia entre las masas musulmanas
como el Papa Wojtyla, al que algunos
llaman ya el Papa del Islam.
Y eso que durante sus casi 25 años de
pontificado itinerante sufrió nada menos
que diez atentados a manos de islámicos.
El más grave, el 13 de mayo de 1981,
cuando el turco Ali Agca le disparó
varios tiros prácticamente a bocajarro
en la Plaza de San Pedro. Un atentado
que, según el propio Papa, frustró «la
Virgen de Fátima», en cuya corona mandó
engastar las balas disparadas por el
turco.
Son muchas las ocasiones en las que Su
Santidad defendió públicamente a la
religión de Mahoma. Por ejemplo, en su
visita a Kazajistán manifestaba «el
respeto de la Iglesia católica por el
verdadero Islam, el Islam que reza y
sabe ser solidario. El odio, el
fanatismo y el terrorismo, profanan el
nombre de Dios y desfiguran la imagen
del hombre».
Los halcones de la Iglesia le reprochan
sobre todo al Islam que no permite las
conversiones a otras religiones, que es
muy poco permeable, que no se adaptó a
la modernidad, como hizo la Iglesia con
el Concilio Vaticano II, que no hay
reciprocidad entre ambas religiones
(«Europa está poblada de mezquitas y en
Arabia Saudí no hay ni una sola
iglesia», explicaba recientemente el
arzobispo de Barcelona) y que los
musulmanes no tienen un líder único que
les represente y que hable en nombre de
todos ellos.
Es cierto que, como reconocía el
escritor libanés Amin Maalouf en un
artículo titulado Si el Islam tuviese un
Papa y publicado en EL MUNDO en 1998,
«el universo musulmán echa de menos una
institución similar al papado que pueda
representarlo a nivel mundial». Dividido
en corrientes, surcado por varias
interpretaciones teológicas, el Islam no
tiene una máxima jerarquía.
En contra de sus curiales más
beligerantes, Juan Pablo II aboga ante
todo por el diálogo religioso y cultural
con el Islam. «En un mundo tan marcado
por la violencia es amargamente irónico
que incluso ahora algunos de los peores
conflictos sean entre creyentes que
adoran al mismo Dios, que miran a
Abraham como un santo Patriarca y que
buscan seguir la ley del Sinaí», se
lamenta. Y es que el Papa no quiere por
nada del mundo que se «recurra a la
violencia en nombre de la religión».
Por eso, no le duelen prendas al
proclamar: «Nosotros, los cristianos,
reconocemos con alegría los valores
religiosos que compartimos con el Islam.
La Iglesia mira a los musulmanes con
estima, convencida de que su fe en Dios
trascendente contribuye a la
construcción de una nueva familia
humana. La adoración al único Dios,
creador de todos, nos alienta a
intensificar en el futuro nuestro
conocimiento recíproco, caminando juntos
por el camino de la reconciliación.
Renunciando a toda forma de violencia
como medio para resolver las
diferencias, las dos religiones podrán
ofrecer un signo de esperanza al mundo».
Un Papa capaz del siguiente gesto
profético, que cuenta el obispo de Sao
Felix, el español Pere Casaldáliga. «En
una audiencia privada en el Vaticano con
el patriarca de Babilonia, éste acudió
con dos dignatarios musulmanes y uno
llevaba en las manos un ejemplar del
Corán. Cuando Juan Pablo II se dio
cuenta, se inclinó y besó el libro
sagrado». El Papa que besó el Corán.
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