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Por José Morales
(*)
A diferencia de las religiones que se han
desarrollado lentamente, a partir muchas veces
de orígenes oscuros y legendarios, el Islam -la
más joven y sencilla de las religiones
universales- nació a la plena luz de la historia
y se propagó acto seguido con la celeridad de un
huracán.
El interés por el Islam es un fenómeno
incontrovertible y creciente en el mundo
occidental. Se trata de un interés y de una
atención polivalentes y cargados de ambigüedad.
Atrae sin duda el hecho religioso musulmán, que
ha llevado a Juan Pablo II a hablar de la «gran
religión musulmana» y a mostrar su respeto hacia
el Islam besando el Corán durante su visita a
Egipto en marzo de 2000.
Despierta asimismo atención hacia el Islam el
resurgir del radicalismo musulmán que, extremo o
moderado, se considera un factor
desestabilizador en el equilibrio del planeta y
una amenaza a los intereses hegemónicos
-económicos y políticos- del Occidente. Se
impone además el hecho de la presencia en
aumento de activas comunidades islámicas de
cierta importancia numérica en casi todos los
países que han representado históricamente la
civilización cristiana.
El mundo académico europeo y norteamericano
acusa también una intensificación del interés
por el Islam. Lo muestra el crecimiento de los
estudios islámicos que las universidades de
Occidente llevan a cabo en centros y
departamentos de historia, lingüística,
religión, filosofía, etc. Junto a los numerosos
islamistas que trabajan en estos lugares, se
encuentran no pocos musulmanes cultos que han
hecho del Occidente su patria intelectual y la
sede de su docencia e investigación. Estos
hombres viven en el mundo académico y no
representan necesariamente «el punto de vista»
musulmán. Aunque se presentan en ocasiones como
los verdaderos conocedores del Islam vivo,
pueden no tener de éste más conocimientos reales
que muchos cristianos y judíos.
La percepción que los hombres y mujeres
occidentales tienen del Islam es una mezcla de
temor, recelo, curiosidad y vago respeto. Se ha
dicho que para el Occidente cristiano, los
musulmanes fueron un peligro antes de
convertirse en un problema. Puede afirmarse que
el Islam y los musulmanes se nos presentan
actualmente como peligro y a la vez como
problema. Nadie se atrevería a pronosticar cuál
será el impacto futuro de lo islámico en la
situación religiosa de Europa y en la relación
entre comunidades en el plano de la convivencia
social. La actitud reivindicativa que, derivada
del pasado colonial y de la dominación política
y económica occidental, se advierte en los
países musulmanes, añade un factor de
incertidumbre a las relaciones presentes y
futuras entre el Islam y el Occidente.
La civilización cristiana ha sentido
históricamente, con raras excepciones de
momentos y personas, antipatía y desprecio hacia
el Islam. En una conferencia pronunciada en
marzo de 1883, decía Ernest Renan: «Islam es la
unión inseparable de lo espiritual y lo
temporal, es el reino del dogma, es la cadena
más pesada que haya soportado la humanidad». Los
tiempos han cambiado, y sobre todo lo han hecho
las actitudes que, fruto de mayores contactos y
de una mejor información, son capaces de superar
prejuicios y sobre todo ignorancia.
Son muchos los hombres y mujeres occidentales
que lamentan el pasado y desean borrar o al
menos compensar de algún modo las ofensas que se
hayan infligido al Islam en el ámbito de la
Cristiandad.
El Islam se presenta a sí mismo como la religión
del sentido común. Ha entrado en la historia a
principios del siglo VII de nuestra era como una
religión de conquista en un mundo considerado
decadente, y no como un secta oriental
insignificante en un orden sólidamente
establecido.
A diferencia de otros nombres de religiones,
como Hinduismo, Shinto, Cristianismo, que les
han sido impuestos desde fuera, Islam -que
significa sumisión a Dios-, es el nombre con el
que los mismos musulmanes designan su propia
creencia, y el nombre con el que desean también
ver designada la religión que practican. Piensan
que es Dios mismo quien ha denominado Islam al
monoteísmo predicado por Mahoma. Sólo
recientemente han comenzado los occidentales a
usar el nombre de Islam, que en la Edad Media
eran simplemente «los sarracenos».
Cuando hablamos del Islam lo hacemos, consciente
o inconscientemente, en diversos registros. Nos
podemos referir a este hecho religioso masivo
como cultura, como refugio espiritual, como
protesta reivindicativa, como esbozo de sistema
económico, como realidad política, etc. Pero lo
que nosotros separamos es vivido por las masas
arabomusulmanas como una unidad, que nos
recuerda la solidaridad latente bajo múltiples
divisiones y cuya alma es una fe común. Una
misma realidad aparece en el Islam como
«iglesia» o comunidad espiritual, cuando se la
contempla desde una determinada perspectiva, y
se manifiesta como estado o como poder político
cuando se la mira desde otro ángulo. Pero el
Islam es una realidad única e indivisible, que
es una cosa u otra según cambie el modo de
considerarla. El conocido y elemental principio
de que el hecho religioso no existe en estado
puro, y es al mismo tiempo un hecho histórico,
sociológico, cultural, psicológico..., alcanza
en el caso del Islam su máxima vigencia.
Es frecuente imaginar una comparación entre el
Islam y el Occidente en la que éste aparece
revestido de las notas positivas y la
realización del respeto a los valores del
humanismo y la democracia, mientras que el Islam
sería, por el contrario, el reino del arcaísmo y
la tradición inmóvil, la discriminación de la
mujer y la barbarie del código penal.
El Islam parece haber sido dejado fuera de la
modernidad, lo cual no es juzgado por los mismos
creyentes musulmanes como negativo. Pero es muy
cierto que el Islam y toda la realidad
geográfica, cultural y humana que supone ha sido
el objeto y no el sujeto del cambio histórico
desde el siglo XIII. El proceso secularizador ha
demostrado con toda su ambivalencia la capacidad
del Cristianismo para enfrentarse y entenderse,
según los casos, con el pensamiento filosófico,
la ciencia, la historia crítica, y el desarrollo
democrático y social del estado y la sociedad
modernos.
No puede decirse lo mismo del mundo islámico,
para el que estos desarrollos contendrían
promesas de renovación pero sobre todo
amenazadoras crisis, latentes o abiertas. Las
estructuras sociales y familiares de las
sociedades musulmanas sufren importantes
disfunciones y problemas crónicos, a causa
principalmente de la pobreza, el analfabetismo,
las condiciones miserables de vida, y la
multitud de familias rotas. Todo ello en un
marco de estancamiento cultural y económico. La
tragedia que ha significado para el mundo árabe
la humillante derrota infligida por Israel en
1967 ha intensificado psicológicamente el
impacto letal de tantos males, que se hacen cada
vez más insoportables.
Contrariamente a lo que muchos piensan, no es la
religión musulmana la causa determinante de esta
situación negativa, que no tiene visos de
modificarse a corto plazo. Mucho más importante
es el despotismo oriental, que ignora por
principio los derechos y la dignidad de la
persona individual, y mantiene en casi todos los
órdenes un régimen de arbitrariedad que bloquea
cualquier evolución positiva de carácter
individual o social. Al despotismo se unen las
estructuras feudales y la corrupción a gran
escala, así como, más recientemente, la
desintegración del consenso político que había
nacido después de la independencia de los
poderes coloniales.
Debe mencionarse asimismo la situación inferior
de la mujer, porque el desarrollo armónico de
una sociedad exige que mujeres y hombres sean
tratados y actúen como iguales en cuanto seres
humanos. Hay también otras causas, derivadas sin
duda del pasado colonial y de las contingencias
de la historia pretérita o reciente, pero
ninguna encierra probablemente la importancia de
un sistema político que, a pesar del impulso
coránico, no parece capaz de buscar la justicia,
y de los prejuicios culturales y sociales que
imponen a la mujer un régimen permanente de
tutela.
No es posible hablar o escribir sobre el Islam
en nuestra cultura sin tener en cuenta el
considerable volumen de informaciones y
conocimientos que forman la memoria de una
sociedad como la occidental, que asocia
espontánea y necesariamente el hecho islámico
con las Cruzadas, la Cristiandad, las
incursiones recíprocas que han tenido lugar a lo
largo de la historia, y el terrorismo del siglo
xx. La imaginación de Occidente sobre el Islam
no puede desprenderse fácilmente de los
recuerdos y datos evocados por la revolución
religiosa del Irán en 1979, la guerra del Líbano
de 1977, la resistencia afgana, las erupciones
de violencia social en Egipto y Argelia, el
régimen de los Talibanes y la guerra que arde en
Chechenia. Pocos europeos y norteamericanos hay
capaces de pensar con imparcialidad en el mundo
musulmán. Puede afamarse también que, de modo
simétrico, la gran mayoría de los musulmanes
nutren en sus mentes una visión deformada del
Occidente, que para ellos es siempre cristiano,
como un mundo de arrogancias imperialistas,
corrupción social, y concesiones impías al
secularismo y a la irreligiosidad.
Es evidente al mismo tiempo que un cristiano de
nuestros días que reflexione sobre la historia
de la salvación dispuesta por Dios para la
entera humanidad, ha de tener en cuenta, por
respeto a los designios divinos, el hecho
religioso del Islam. Es éste un fenómeno
polivalente que ha modificado en alguna medida
el curso de la historia humana, ha alimentado
valiosas experiencias religiosas, y proporciona
una identidad espiritual a millones de hombres y
mujeres en los cinco continentes.
No se debe, sin embargo, idealizar el Islam ni
su azarosa historia. La historia de los
musulmanes no deja de ser la de seres humanos
que no han sido ni son siempre fieles a todas
las enseñanzas de su religión, y que con
frecuencia han coaccionado injustamente, vejado,
humillado y aniquilado.
Es preciso huir de la denigración sistemática
del Islam y de los valores musulmanes, que era
una actitud muy de moda a principios del siglo
xx, cultivada por bastantes cristianos y por la
mayoría de los orientalistas. Hace falta también
controlar el excesivo entusiasmo que algunos
círculos manifiestan hoy hacia el Islam y que
conduce a una ingenua idealización de éste, y a
un lamentable e injusto vilipendio del
Cristianismo. La relativa fascinación por el
Islam, extendida actualmente en ámbitos
occidentales y especialmente dentro de la
Iglesia católica, impide en ocasiones un mínimo
de objetividad, tanto científica como teológica.
Es necesario un conocimiento desmitificado del
pasado y una liberación de mitos e
idealizaciones que impiden comprender el
presente. No se pueden ignorar ni minimizar los
aspectos de tensión que afloran a la superficie
cuando se comparan y relacionan en serio dos
religiones de vasta implantación que viven
contiguas.
La religión es el mejor camino para introducirse
en la comprensión del mundo árabe, lo cual no es
cierto en igual medida del mundo occidental.
Porque si bien la raíz del mundo cultural de
Occidente puede ser religiosa, el hecho es que
los elementos e impulsos religiosos se ocultan
con frecuencia bajo formas filosóficas,
políticas o sociológicas. El Islam muestra en
cambio poderosas estructuras visibles de
creencia, aunque la religión sea también aquí un
arma política, en distinta medida según países,
tiempos y circunstancias históricas.
El Islam no es una religión de poco valor. Desde
su nacimiento se ha presentado al mundo como una
fuerza con la que hay que contar. Representa
para muchos la negativa a ver el mundo de modo
racional y crítico. Pero esta religión
despreciada por siglos ha manifestado una
energía, una solidez y una capacidad de unir a
sus seguidores, que son objeto de asombro cuando
no de alarma. No es una religión anquilosada.
Habla a los corazones de millones de hombres y
mujeres, a muchos de los cuales proporciona
principios de temor de Dios y deseos de conducta
honrada. El Islam afirma y encierra una fuerza
orientada hacia el bien. Una vida conforme a sus
mejores preceptos puede ser una vida que mira a
lo moralmente irreprochable.
(*) Texto de
José Morales, en "Islam", Ed. Rialp 2001.
Del mismo autor: "Teología de las religiones",
Ed. Rialp 2001.
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