Por Francisco de Borja SANTAMARÍA
El discurso de Benedicto XVI en la
Universidad de Ratisbona, el pasado 12 de
septiembre, dirigido a representantes
alemanes del mundo de la Ciencia ha
exacerbado los ánimos en el mundo musulmán.
En estas líneas pretendo, por una parte,
acercar al lector el discurso papal con
objeto de contextualizar la referencia a la
hipotética relación entre violencia e Islam,
y, por otra, realizar alguna observación
sobre ciertas reacciones occidentales a
propósito de esta polémica. Deseo aclarar
que mi exposición es una presentación
personal del discurso papal, realizada, con
todos los riesgos que eso comporta, con
ánimo divulgativo.
Como es sabido, el motivo de la ira ha sido
la reproducción efectuada por el Papa de un
diálogo acerca del cristianismo y el Islam,
sostenido a finales del siglo XIV entre el
emperador bizantino, Manuel II, el
Paleólogo, y un persa culto. En ese diálogo,
el emperador cristiano le plantea a su
interlocutor musulmán el tema de la guerra
santa en el Islam. Lo que ha exacerbado los
ánimos en el mundo musulmán ha sido la
interpelación de Manuel II a su
interlocutor, recogida por Benedicto XVI:
«Muéstrame también aquello que Mahoma ha
traído de nuevo, y encontrarás solamente
cosas malvadas e inhumanas, como su
directiva de difundir por medio de la espada
la fe que él predicaba».
La lectura completa del discurso del Papa no
da pie, en absoluto, a pensar que él
suscriba el pensamiento del emperador
bizantino ni que pretenda promover una
interpretación del Islam en ese sentido. Lo
que le interesa al Papa es la argumentación
del bizantino, por contener una respuesta
siempre válida acerca de la relación entre
la fe y la razón y sobre el recurso a la
violencia para difundir la fe. Manuel II
explica: «Dios no goza con la sangre; no
actuar según la razón es contrario a la
naturaleza de Dios. La fe es fruto del alma,
no del cuerpo. Por lo tanto, quien quiere
llevar a otra persona a la fe necesita la
capacidad de hablar bien y de razonar
correctamente, y no recurrir a la violencia
ni a las amenazas… Para convencer a un alma
razonable no hay que recurrir a los músculos
ni a instrumentos para golpear ni de ningún
otro medio con el que se pueda amenazar a
una persona de muerte…».
Lo que, sobre todo, le interesa de este
texto a Benedicto XVI es la inextricable
vinculación que establece entre fe, razón y
paz. El discurso de Ratisbona es una intensa
reivindicación de la razón (el “logos”
griego) como instrumento de diálogo, y, a su
vez, del diálogo como instrumento necesario,
tanto para difundir la fe, como para
resolver pacíficamente las cuestiones
controvertidas. Concretamente, el Papa
Ratzinger ataca una postura filosófica
sumamente peligrosa: aquélla que considera
que la razón –el “logos”- ha de subordinarse
bien a la voluntad divina, bien a la
voluntad humana. La lectura de la
conferencia me lleva a pensar que Benedicto
XVI considera que la depreciación de la
razón es fuente de violencia.
La depreciación de la razón acontece cuando
el concepto de Dios se plantea tan por
encima de cualquier capacidad humana, que,
en su actuación, ese Dios –lo absolutamente
trascendente- no podría estar limitado tan
siquiera por las exigencias de la razón. La
concepción de Dios criticada por el Papa
alemán se encuentra, tanto en algunas
interpretaciones islamistas de Dios, cuanto
en algunas teologías heréticas cristianas.
Mi interpretación es que, en la mente de
Benedicto XVI, la negación de la razón, para
afirmar a Dios, es considerada fuente de
fanatismo, y, por tanto, de violencia.
Pero con lo que de verdad se enfrenta
Benedicto XVI en su discurso de Ratisbona es
con la depreciación de la razón en
Occidente. Concretamente, se enfrenta a la
limitación que la razón occidental se habría
autoimpuesto a partir de algunos desarrollos
gnoseológicos de la modernidad, y al
intento, en el ámbito teológico cristiano,
de “deshelenizar” el cristianismo, o sea, de
despojarlo –en aras de una fe más pura- de
su vinculación con el “logos” griego.
Benedicto XVI considera que los problemas de
la humanidad requieren que la razón humana
no se autolimite para quedar reducida a
ciencia positiva, sino que asuma otros usos
más amplios, para abordar racionalmente todo
aquello que no se puede reducir a
experimento científico; es decir, las
cuestiones estrictamente humanas, aquellas
que versan acerca del ser y el sentido del
hombre.
En resumen, Benedicto XVI considera que,
para el cristianismo, la razón representa
una herramienta insustituible, que la razón
es –frente a la fuerza- el instrumento del
diálogo, y que, por otra parte, no sólo es
el fundamentalismo religioso el que renuncia
a la riqueza de la razón humana, sino que
ciertas derivaciones de la Ilustración
también representan una pérdida de
racionalidad. A partir de ese análisis,
Benedicto XVI apuesta por una razón, sin
amputaciones reduccionistas, como base del
diálogo entre creyentes y no creyentes, y
entre diversas culturas. La frase de Manuel
II -“no actuar según la razón es contrario a
la naturaleza de Dios”- es la almendra del
discurso.
Termino estas líneas con lo que había
anunciado al comienzo: un breve comentario
acerca de la reacción occidental ante la ira
desatada en el mundo musulmán con motivo del
discurso de Ratisbona.
Lo que hace unos meses, en la “guerra de las
viñetas”, se planteó en Occidente como
defensa a ultranza del indiscutible y
inviolable valor de la libertad de
expresión, y como un asunto en el que los
valores occidentales no podían claudicar, se
plantea ahora como un sesudo debate
acerca de las condiciones para el diálogo
entre culturas. Y no es que tal cuestión
carezca de sentido, que lo tiene, lo
desconcertante es que hayan variado tanto
los términos del debate. En el caso de las
viñetas, el valor en juego –lo relevante-
era la libertad de expresión; con el
discurso de Ratisbona, el valor en juego –lo
relevante- ha pasado a ser el diálogo entre
culturas. También ha variado el peso de la
prueba: en la guerra de las viñetas, los que
tenían que justificar su enfado eran los
airados mahometanos; ahora el peso de la
prueba, para muchos, cae sobre los hombros
de Benedicto XVI, al que le habría faltado
tacto político. La impresión que saco es que
la defensa occidental de sus valores a veces
es más emocional que racional.
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Nota de Arvo.net:
En su catequesis en la Audiencia general del
miércoles 20 de septiembre,
Benedicto XVI volvió a explicar el sentido
de su discurso en Ratisbona:
«Como tema elegí la cuestión de la relación
entre fe y razón para introducir al
auditorio en lo que de dramático y actual
tiene el argumento. Cité algunas palabras de
una diálogo cristiano-islámico del siglo XIV,
mediante el cual el interlocutor cristiano
-el emperador vizantino Manuel II Paleólogo,
en modo para nosotros incomprensiblemente
brusco- presentó al interlocutor islámico el
problema de la relación entre religión y
violencia. Esta citación, desgraciadamente,
ha podido prestarse a malas
interpretaciones. Para el lector atento
de mi texto, sin embargo, resulta claro que
no quería en ningún modo hacer mías las
palabras negativas pronunciadas por el
emperador medieval en este diálogo y que su
contenido polémico no expresa mis
convicciones personales. Mi intención
era bien diversa: partiendo de lo que Manuel
II dice sucesivamente en modo positivo, con
una palabra muy bella acerca de la
razonabilidad que debe guiar la transmisión
de la fe, quería explicar que la religión no
es violencia sino que religión y razón
van juntas. El tema de mi conferencia
–respondiendo a la misión de la Universidad-
fue, por lo tanto, la relación entre fe y
razón: quería invitar al diálogo de fe
cristiana con el mundo moderno y al diálogo
de todas las culturas y religiones. Espero
que en los diversos momentos de mi
visita –por ejemplo, cuando en Munich he
subrayado la importancia de respetar lo que
para los otros es sagrado- aparezca con
claridad mi respeto profundo por las grandes
religiones y, en particular, por los
musulmanes que adoran al único Dios y con
quienes estamos comprometidos a defender y
promover conjuntamente, para todos los
hombres, la justicia social, los valores
morales, la paz y la libertad (Nostra
aetate, 3).
Confío, por tanto, que, después de las
reacciones del primer momento, mis palabras
en la Universidad de Ratisbona, puedan
constituir un estímulo y un ánimo en pro de
un diálogo positivo, también autocrítico,
tanto entre las religiones como con la razón
moderna y la fe de los cristianos».