Jaime Nubiola
20.06.2007
La Gaceta de los Negocios
Arvo Net, 23.06.2007
Uno de los rasgos que afectan
medularmente a nuestra sociedad
es el enorme auge del
espectáculo, de la industria del
entretenimiento y del comercio
de la diversión. En estas
semanas finales del curso
académico un buen número de
estudiantes se distrae de la
tensión de los exámenes pensando
que no harán nada de provecho en
el verano, y eso es precisamente
lo que más les atrae después de
unas semanas de atención intensa
al estudio. "Desconectar" es
quizás el verbo que expresa
mejor esa actitud ante las
vacaciones, como si en nuestra
vida ordinaria fuéramos máquinas
de trabajar que se desenchufan
al llegar el verano. Lo
importante es distraerse,
divertirse, desconectar de la
rutina habitual.
Esto es así a escala europea.
Nuestro país se ha convertido en
un destino turístico, elegido
por más de 50 millones de
visitantes al año. Se trata
-dicen nuestros conciudadanos
europeos-de un país divertido,
en el que es posible pasárselo
muy bien y además sin hacer un
enorme gasto. Toda España viene
a ser en el verano como un
Disney World para adultos.
De forma creciente el imperio de
la diversión no se concentra
exclusivamente en el verano,
sino que se extiende a las demás
temporadas del año, y no afecta
sólo a la infancia y la juventud
sino que coloniza todos los
estratos de la vida. Esto se
advierte bien en los medios de
comunicación, quizá
particularmente en las cadenas
de televisión. Los programas de
televisión han dejado de tener
una función formativa o
informativa y se han volcado
decididamente en el
entretenimiento, "porque es lo
que la audiencia pide" dicen los
responsables.
En este sentido, me impactó la
escena de hace unas pocas
semanas en la cárcel de
Pamplona. Se trataba de una
situación extrema como son casi
siempre las que ocurren en los
márgenes de la sociedad. Un
preso marroquí, de 36 años,
eludió los controles de
seguridad en un momento de
descuido y se encaramó al tejado
donde permaneció durante más de
dos horas hasta que, con la
ayuda de un psicólogo, fue
bajado a la calle en la cesta de
los bomberos. Durante el tiempo
que estuvo en el tejado de la
cárcel amenazó con suicidarse y
en una crisis de ansiedad
arrancó varias tejas que echó a
los viandantes y rompió la
antena de televisión del centro
penitenciario. "Nos has quitado
la poca libertad que teníamos",
le gritaban los otros internos,
que le insultaban e increpaban
para que se tirara del tejado a
la calle y terminara así con su
vida. El enfado de los presos
por haberles roto la antena era
notable. Aquel recluso les había
dejado sin televisión, que es la
forma legal que tienen de
evadirse de su reclusión al
menos por unas horas al día.
Los ciudadanos libres que
encuentran en la televisión el
recurso habitual para
desconectar, para liberarse de
sus obligaciones, para no
prestar atención a los demás, me
dan todavía más pena que el
recluso marroquí, pues muestran
que de forma voluntaria se han
sometido a una esclavitud de la
atención que casi siempre les
vacía y empobrece. Se trata
-suele decirse-de descansar, de
estar entretenido, de pasar el
rato, pero todos sabemos que la
distracción consiste casi
siempre en prestar atención a
cosas tan banales, en el mejor
de los casos, como el cotilleo
de los famosos o la vida privada
de los invitados a los
programas.
En nuestra sociedad hay un miedo
atroz al aburrimiento y lo
combatimos con el
entretenimiento que narcotiza la
capacidad de atención. Lo
superficial, lo epidérmico o lo
efímero son el antídoto que
convierte la existencia humana
en un zapping vital. Las formas
preferidas de entretenimiento
son ahora aquellas que producen
una gratificación inmediata y
que en todo caso no exigen
apenas esfuerzo. De forma
creciente, la calidad de una
vida comienza a medirse por la
cantidad de diversión que
contiene. Como en realidad no se
puede ser feliz -vienen a
decirse-vamos a intentar al
menos vivir entretenidos, vivir
sin padecer la angustia de la
soledad existencial.
Esta actitud, tan difundida en
nuestra sociedad, que considera
a la diversión como el objetivo
final de la vida, convierte a la
propia vida en un videojuego
banal incapaz de dotarla de
sentido. Quienes invierten su
tiempo y su dinero en Secondlife
muestran la verdad de este
diagnóstico. Viven una segunda
vida en las pantallas de sus
ordenadores porque no tienen una
vida de primera, una vida real
que merezca la pena, con sus
penas y sufrimientos, pero
también con sus gozos y
alegrías.