¿POR QUE
NO SE HAN AGOTADO AUN LAS COSAS?
Por
Luis Olivera
Arvo Net 28.06.2006
Desde finales del siglo XIX, cuando
Thomas Malthus publicó su "Ensayo
sobre el principio de la población", los
economistas han hecho la advertencia de que
la siempre creciente población de la Tierra
acabará por agotar la capacidad del planeta
para sostenerla. Sin embargo, los excépticos
empiezan a preguntar ahora por qué no se han
cumplido todavía las deprimentes
predicciones de Malthus y si las
presiones sobre los recursos naturales se
han vuelto menos severas.
En 1980, un ecologista y un economista
norteamericanos decidieron resolver sus
diferencias en este tema de un modo novedoso
y poco académico: apostaron 1.000 dólares.
La apuesta se refería de modo específico al
precio futuro de cinco metales, aunque
estaba en juego mucho más que eso: querían
dilucidar una visión de los límites
definitivos del planeta y del destino de la
humanidad. Era una apuesta entre la
Casandra y el Doctor Pangloss de
nuestros tiempos.
Ellos encabezan dos escuelas de
pensamiento (los malthusianos o augures de
la catástrofe y los cornucopianos o augures
de la bonanza), que discuten si el mundo ha
mejorado o habrá que echarlo al cubo de los
desperdicios. Ambos opositores lograron
ponerse de acuerdo en 1980, sobre una forma
de registrar y poner a prueba el futuro del
planeta. Prometieron acatar los resultados
que se obtuvieran al cabo de 10 años (en
octubre de 1990) y pagar la apuesta con sus
propio dinero.
Los apostadores, que jamás se han
reunido en todos los años en que se han
lanzado diatribas contundentes, tienen 58
años de edad, son profesores y crecieron en
los suburbios de Newark (New Jersey). El
ecologista es Paul R. Ehrlich, que ha
sido uno de los científicos más conocidos
del mundo desde que publicó el libro "La
bomba de la población" en 1968, que
vendió tres millones de ejemplares. Da
clases en la Universidad de Stanford. Sus
muchos éxitos personales no han modificado
su posición en el debate en torno al destino
de la humanidad: él es el pesimista.
El economista es Julian L. Simon,
profesor de la Universidad de Maryland, que
se describe a sí mismo como "un paria",
lo que no es del todo cierto. Sus libros
tienen el respaldo de economistas laureados
con el galardón Nobel y sus opiniones han
ayudado a forjar las políticas de Washington
en el último decenio. Sin embargo, Simon
nunca ha gozado de tanto éxito académico o
atractivo popular como Ehrlich. De
hecho, cuando en 1980 dio a conocer su
visión feliz de la tecnología benefactora y
del progreso humano, en la revista "Science",
provocó una de las mayores avalanchas de
cartas airadas en la historia de esa
publicación.
Simon cree que el mundo de hoy
es tan sólo el mejor que ha sido posible
crear hasta este momento. El mundo de mañana
será aún mejor, porque habrá en él más
personas, las cuales producirán más ideas
brillantes. Argumenta que el incremento de
la población no representa una crisis, sino
una bonanza a largo plazo, que a la postre
implicará un ambiente más limpio, una
humanidad más sana y mayores reservas de
alimentos y materias primas para todos.
Además, este progreso será capaz de
proseguir de modo indefinido porque -"por
increíble que pueda parecer al principio",
escribió en su artículo de 1980- los
recursos del planeta no son finitos en
realidad. El airado Ehrlich se
asombró de que semejante artículo hubiera
sido aprobado por sus colegas, para ser
publicado en el órgano científico más
importante de los Estados Unidos.
Ehrlich decidió apoyar sus palabras con
dinero y respondió a un abierto desafío que
Simon había lanzado a todos los
malthusianos. El economista propuso que
alguno de éstos eligiera cualquier recurso
natural -gramíneas, petróleo, metales,
madera, carbón- y una fecha futura que
estimara conveniente. Si ese elegido
empezaba a escasear en realidad, a causa del
aumento de la población mundial, su precio
tendría que subir. La apuesta de Simon era
afirmar que dicho precio sería más bajo en
el día señalado como plazo de la apuesta.
En octubre de 1980, el grupo formado
por Ehrlich y dos colegas suyos de
Berkeley apostó 1.000 dólares sobre cinco
metales -cromo, estaño, cobre, tungsteno y
níquel- en volúmenes que costaban 200
dólares cada uno en el mercado vigente. Se
redactó un contrato por el cual Simon se
obligaba a vender esos mismos volúmenes a
Ehrlich y sus dos amigos, 10 años
después, pero a los precios de 1980. Si en
1990 los precios combinados ascendían en
verdad a más de 1.000 dólares, Simon
tendría que pagar la diferencia en efectivo.
Si los precios descendían en ese plazo, los
ecologistas le pagarían a Simon. El
contrato fue firmado y durante toda la
década de los ochenta Ehrlich y
Simon continuaron atacándose mutuamente.
En ese tiempo, la población del mundo creció
en más de 800 millones de personas, según
registro oficial, a la vez que la reserva de
metales encerrados bajo la corteza terrestre
no aumentó en absoluto.
La apuesta llegó a su fin sin
ceremonias. Los cinco metales elegidos por
el grupo de Ehrlich habían bajado de
precio desde 1980, por las mismas causas que
en los decenios anteriores, según los
partidarios de la tesis de la cornucopia: el
espíritu emprendedor y las continuas mejoras
tecnológicas.
Ehrlich ni siquiera se tomó la
molestia de escribir una carta a Simon.
Tan sólo le remitió una hoja de cálculos
acerca de los precios de los metales... y un
cheque por 576,07 dólares. Simon le
respondió con una nota, en la que le daba
las gracias y le decía que estaría dispuesto
a elevar la apuesta a 20.000 dólares, sobre
cualesquiera otros recursos y para cualquier
año futuro. Aunque el derrotado dice que en
esto no hay ninguna enseñanza para el
futuro, tampoco ha querido aceptar la
segunda apuesta de su rival vencedor.
Simon no se sorprendió al
enterarse de la reacción del ecologista. "Paul
Ehrlich nunca ha sido capaz de
aprender de la experiencia", comentó. Y
en seguida proclamó la idea de los
partidarios del cuerno de la abundancia
sobre la crisis del efecto invernadero. Es
decir, que aun en el caso poco probable de
que los agoreros del desastre tengan razón
en cuanto al calentamiento del planeta, la
humanidad hallará la forma de evitar el
cambio de clima o de adaptarse a él, con lo
cual todos saldremos ganando.
Luis Olivera
Periodista