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VOLUNTAD DE PLACER
Antonio Orozco Delclós
Hay una voluntad de placer en todo ser humano. La humanidad no necesitó de Freud para saberlo. Es natural, no es mala, es buena. La capacidad de placer ha sido puesta por Dios en cada uno de nuestros sentidos (lo que no supo ver Freud). El placer del gusto; el placer de la vista; el placer genital, para que la misión de llenar la tierra de hijos de Dios, resultara tan natural como gozosa.
Pero el hombre es espíritu entrañado en la materia, para servirse de la materia y elevarse a las cumbres del espíritu, que es el modo de ser más alto, intenso y gozoso. Como el hombre –bien lo vio Aristóteles – tiene logos (mente, intelecto, razón), su horizonte va mucho más allá de lo sensual; tiende por necesidad a lo estrictamente infinito: a la verdad, a la bondad, a la belleza infinita, que es donde se halla el placer infinito, inagotable, eterno.
Como el placer genital es el que proporciona un placer sensual más intenso y absorbente, parece que no lo hay mejor ni más deseable. Pero no es así. La cosa es clara si se ve que no satura a la persona, no la sacia, porque ella es más y necesita infinitamente más. Además, la sensación no perdura, pronto se apaga y si se reitera para gozar más, pronto estraga al sentido. Pero el lujurioso – anhelando lo «infinito necesario» en la sensualidad precaria - busca ansiosamente prolongar y aumentar el placer con la reiteración, quizá con la práctica de métodos sofisticados que no hacen más que agravar la ansiedad, porque necesariamente se topa con un límite frustrante. De ahí que muchos acudan a la droga –en sus diversas variantes eufemísticamente llamadas-, hasta hundirse en la esclavitud total y la práctica anulación de la voluntad: la voluntad libre, libremente se entrega sin remedio a la esclavitud.
La voluntad de placer, ha sido creada básicamente para estimular funciones vitales necesarias, pero también como parábola que nos eleve a la busca de una fruición infinita y eterna, que sature sin estragar, que se disfrute con la totalidad del ser y para siempre.
El tiempo, antesala de la eternidad
El que quiera instalarse en el tiempo y disfrutar del instante, del momento presente, por encima de lo que naturalmente está llamado a dar –interpretación angosta del carpe diem! - tiene la frustración asegurada. Este es uno de los sentidos de la enseñanza evangélica: «el que quiera salvar su vida», esquilmarla hasta el agotamiento, «la perderá», la agotará, se agotará, se perderá para la fruición de los bienes eternos, que, por otra parte, se anticipan ya en el tiempo, si se domestica la voluntad de placer. La voluntad de placer no es mala. Lo malo es someterse irracionalmente a ella, sin someterla, a ella, a severo juicio, o sea, sin acostumbrarse a decirle, con frecuencia, que no. Sólo dominando el juicio certero de la razón, la voluntad de placer puede liberarse a sí misma de la amenaza de la frustración y la persona permanecer libre y crecer en libertad y poder alcanzar el placer infinitamente superior al del mero animal, el gozo que la eleva, perfilando la imagen de Dios que ella es por naturaleza. Así permite disfrutar en el tiempo de los bienes más duraderos y la conduce a ver de algún modo a Dios, a disfrutar con Él de Él, de su Sabiduría, de su Amor, de su Belleza, de su Alegría, en plenitud de libertad.El drogadicto es la parábola de la esclavitud que la lujuria conlleva. El lujurioso es la parábola de la desorbitada voluntad de placer. La castidad es liberación para la libertad.
©Arvo.net, enero 2008
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