EL POSITIVISMO O EL MITO DEL CIENTIFICO
SABELOTODO
Por
Antonio Orozco-Delclós
Arvo Net, act. 8.9.2006
El éxito que en los últimos siglos ha tenido
la ciencia positiva —es decir, la que se
basa exclusivamente en la observación de los
fenómenos sensibles y la experimentación— ha
propiciado, aunque no por necesidad lógica,
sino por extrapolación arbitraria, una
mentalidad positivista que reduce
gratuitamente todo el saber cierto y posible
al que pueda ser verificado de algún modo en
el laboratorio, al tiempo que propende a
negar la existencia de todo lo que no sea
material y técnicamente controlable.
No pocas personalidades del mundo de la
ciencia natural han incurrido en ese error,
el mismo que llevó al primer astronauta ruso
a proclamar la inexistencia de Dios, fundado
en el hecho de que durante su viaje espacial
no «vio» a Dios por ningún lado. Es también
el caso conocido del médico que después de
practicar una autopsia declara que el alma
humana no existe, puesto que no la ha
encontrado por ninguna parte del cuerpo. Se
trata de un modo tremendamente ingenuo de
encarar las cuestiones fundamentales sobre
el ser humano, casi inexplicable cuando se
encuentra en personas de probada capacidad
intelectual. Recuerdan éstas entonces al
famoso caso de los científicos del tiempo de
Pasteur, que se burlaban de los microbios
—cuya existencia nociva afirmaba el ilustre
médico galo—, por la sencilla razón de que
no los veían o eran muy pequeños. Esto puede
ayudar al perentorio derribo del mito, muy
extendido, del «científico sabelotodo» (que
por saber mucho de una cosa, presume, y se
presume, de que todo lo sabe).
EL ERROR POSITIVISTA
Cabe preguntar: ¿Se ha demostrado que sólo
es real y verdadero lo material y
experimentable? ¿Tiene la ciencia positiva
el monopolio de la verdad? Los famosos
microbios de Pasteur demuestran que no. Y
también los ciegos, porque ellos no ven el
sol y sin embargo todos –incluidos los
ciegos- sabemos que existe. En realidad la
mentalidad positivista —del cientismo en
general—, es muy poco científica, pues, como
es bien sabido, la ciencia habla cada vez
más de realidades que nadie ha visto, como
por ejemplo ciertas partículas elementales
constitutivas de la materia, conocidas sólo
por deducción de fórmulas matemáticas y
confirmadas únicamente por sus efectos.
¿Quién no es capaz de darse cuenta de que
podemos conocer las causas por medio de sus
efectos? ¿Quién, en su sano juicio, podrá
negar que el cuadro «Las Meninas» es efecto
de «algún» Velázquez, y que, puesto que
existe el famoso cuadro, ha de haber
existido forzosamente un gran pintor?
PRINCIPIOS INCUESTIONABLES
Para afirmarlo sin lugar a dudas, basta
saber que todo lo que llega a ser tiene una
causa, y que nadie da lo que no tiene (dos
principios inquebrantables de la humana
razón). Y para afirmar la existencia del
alma humana espiritual basta entender:
que el obrar sigue al ser. Lo cual
significa: a) que todo ser es activo,
operativo (que de todo ser fluye alguna
acción u operación); y b) que las obras o
acciones son de naturaleza proporcionada al
ser que las produce. Es decir, que una
naturaleza determinada no puede dar más de
lo que por naturaleza ya posee: la piedra no
puede gritar; un alcornoque no puede correr;
un cocodrilo no puede dictar una conferencia
sobre la estructura del átomo ni sobre la
espiritualidad del alma.
Más que la figura o la anatomía, lo que
revela la naturaleza de las cosas es su
operación, sus obras. Por eso, desde la
naturaleza del obrar se puede concluir en la
naturaleza del ser que obra. Por la
naturaleza de las operaciones humanas
podemos conocer lo que el hombre es. Y si
vemos —como es el caso— que algunas de sus
operaciones exceden con suficiente amplitud
y evidencia las posibilidades de la materia,
habremos de concluir rigurosamente que
existe en el hombre un componente de
naturaleza superior e irreductible a la
materia, proporcionado a la índole de las
operaciones que ostenta (al que llamamos
espíritu).
Es rigurosamente demostrable que el hombre
es un ser compuesto de alma espiritual
(inmortal) y cuerpo (material). Sin embargo,
el materialismo sigue siendo un error cada
día más difundido, obturador del pensamiento
y del conocimiento sobre el hombre. Un error
que según el premio Nobel John Eccles
constituye una superstición. Un error que
crea mitos fantásticos, como el que supone
que el hombre entero no es más que un
ilustre hijo del simio y, en consecuencia,
que es un ser reductible a materia, a
«cosa», aunque muy evolucionada.
Ciertamente la semejanza anatómica que el
ser humano guarda con el chimpancé es
admirable. Incluso en ocasiones se ven
personas por la calle que se diría que
acaban de descender de los árboles: tal es
el parecido de su rostro con la cara del
simio. Las semejanzas parecen
extraordinarias. ¿Cómo negarse a reconocer a
los monos como nuestros auténticos
progenitores? ¿No vemos en ellos —sobre todo
en determinadas secuencias cinematográficas
o televisivas— posturas, gestos, expresiones
de trazas increíblemente humanas? ¿No
demuestra ello que «el hombre viene del
mono»?
Ahora bien, cuando al presunto simio le
preguntamos la hora y nos la dice,
comenzamos a descubrir asombrosas
diferencias. Una buena teoría de la
evolución puede explicar hipotéticamente el
origen de las semejanzas entre el hombre y
el mono. Lo que nunca explicará en modo
alguno es las enormes desemejanzas. Por eso,
la evolución —aunque se demostrase cierta—
siempre resultará insuficiente para dar
razón de lo específicamente humano.
Si la secuencia de imágenes —que se presenta
en libros de texto, fascículos, revistas de
masas, programas de televisión, etcétera—,
que comienza en los primates inferiores y
acaba en el hombre «hecho y derecho»,
demostrase que lo representado en la última
escena es realmente efecto real y verdadero
de la anterior, y esta de su anterior, y así
sucesivamente, quedaría también «demostrado»
que todos los filmes y telefilmes habidos y
por haber representan historias reales y
verdaderamente sucedidas. Lo cual es
obviamente falso.
Un cosa es la evolución de las especies
irracionales, que perece bastante demostrada
y otra la formación del ser humano
«completo». Si la fe católica nada tiene que
decir sobre lo primero, la ciencia positiva
tampoco está en condiciones de oponerse a lo
que afirmaba sin lugar a dudas Benedicto XVI
el 24 de abril de 2005: "No somos el
producto casual, sin sentido, de la
evolución. Cada uno de nosotros es el fruto
de un pensamiento de Dios. Cada uno de
nosotros es querido, cada uno es amado, cada
uno es necesario"(1).
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(1) Ver
Evolucionismo y cristianismo,
de Mariano Artigas