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CIENCIA Y ÉTICA
Antonio Orozco
Arvo.net, 05.07.2009
No es competencia de la Ética dictar a la Ciencia lo que debe decir. La Ciencia es autónoma respecto a la Ética. El científico no lo es.
Hace unos años fui a visitar el Museo del Prado. Las Meninas aparecían en todo su esplendor al fondo de una amplia sala. Desde la entrada me iba aproximando paso a paso a la obra maestra. No podía separarla del genio creador, Velázquez. ¡Qué genio! Daban ganas de entrar en el cuadro, saludar a las Meninas, acariciar al perro, inclinarse ante los distintos personajes, estrecharles la mano… ¿Cuál era su nombre de pila? ¿Era Diego? Quizá por la emoción del momento, me hallaba confuso respecto al nombre. Podría haberse llamado de cualquier otra manera. Incluso el cuadro podría haber sido obra de otro artista, un discípulo, por ejemplo. Pero no hubiera cambiado nada, yo hubiese continuado murmurando ¡qué genio!. Sí, era don Diego de Velázquez, el genio. Poco importaba su nombre. El caso es que, sin duda alguna había un autor, y yo no podía contemplar la maravilla en conjunto, ni el orden de las partes, ni la geometría implícita, ni la distribución de los pigmentos, ni cada uno de los trazos mágicos sin decirme ¡qué genio! Me resulta difícil contemplar una obra genial aislada mentalmente del creador. Comprendo que un profesional del arte, por decirlo así, se olvide del autor y se entretenga en el análisis de la obra al margen de la existencia y personalidad del artista. Puede hacerse. Pero sin duda, en alguna pausa del trabajo, habrá que pensar: ¡qué genio!
Se comprende que el científico que estudia el átomo, la molécula, la célula, el vegetal, el animal, ¡el cerebro humano!, tenga motivos para no poder separar en la mente el diseño -que contempla, estudia, analiza y comprende cada vez más-, del Diseñador patente, no al microscopio, sino a la mente que discurre fascinada ante las maravillas de la vida. Se entiende también que el científico absorbido se olvide por momentos del Diseñador, pero es más difícil comprender que se olvide del todo y aun lo niegue: «¡Velázquez nunca existió!»
Se comprende que el científico lejos de hallar en la ciencia un obstáculo o dificultad para el reconocimiento del Creador, esté en óptimas condiciones de hacerlo. Que la poca ciencia pueda alejar de Dios, pero que la mucha acerca. Es cosa sabida de antiguo, al menos lo sentenció ya en sus versos fray Luis de León.
Ciertamente Dios no está de parte de los que pretenden resolver cuestiones científicas a base de revelaciones divina o viceversa. Semejante manía ha sembrado desconfianza y ha sido aprovechada para establecer conflictos entre ciencia y fe, entre ética y ciencia. De hecho, es sabido, en más de una ocasión, se han presentado logros científicos como destructores de la fe o contrapruebas de doctrinas reveladas. Con el tiempo se ha visto que o no han sido rigurosos o no tan nocivos. Normalmente se ha visto al poco tiempo que han favorecido la confianza en la revelación divina. Entonces rara vez se hace hincapié en ello. La desconfianza, en lo que de suyo es «no accesible» desde la ciencia positiva, va unida a un cierto déficit en la inculturación de la fe cristiana en la sociedad tecnológica actual. Y así, la ciencia positiva se ha convertido en cultura pública; una cultura tecnocientífica que impone como explicación de la realidad unos criterios capaces de desplazar los valores cristianos.
Uno de los postulados del cientismo, derivado de su pretensión de ser el único conocimiento seguro, es presentar la ciencia y las nuevas tecnologías como las únicas fuentes capaces de guiar la toma de decisiones sin tabús ni dogmatismos, especialmente en lo relacionado con el comienzo, la conservación y el final de la vida humana. Para algunos incluso los conocimientos aportados por el descifrado del mapa genético humano aportarán la clave, tanto para comprender y definir la naturaleza humana, como para establecer el bien y el mal. Con ello aparece y se instala el indiferentismo ético y se activa el proceso de la dictadura del relativismo. Si el hombre no es más que biología pura y dura, todo vale porque nada vale.
Recuperar la confianza en la revelación divina requiere armonizar, en síntesis existencialmente asumibles, ciencia, filosofía y fe. No basta que algunos científicos de prestigio se declaren creyentes. Simples declaraciones de que no encuentran problemas entre su actividad científica y su fe vivida. Lograr una unidad real armoniosa entre las formas de conocimiento exige el diálogo interdisciplinar sin prejuicios. Todo nuestro saber es limitado. El conocimiento científico tiene su lugar propio dentro del conjunto del conocimiento humano. Nuestra felicidad, nuestra vida, no depende de la ciencia ni de la economía. Buena muestra de ello la tenemos en los ídolos de cada generación. Cómo se descubre al fin que no eran de oro sin de barro. Infelices con todo el oro y el éxito del mundo. Tampoco depende la felicidad de la salud. Una y otra vez se oye el eslogan "La salud es lo que importa". ¿Quién lo ha establecido? Que importa algo nadie lo duda, pero ¿es lo que más importa? A lo largo de una vida se puede ser muy feliz en la enfermedad y muy desgraciado en la salud.
Pensar que la ciencia positiva con todas sus aplicaciones técnicas, va a resolvernos la cuestión del sentido de la vida, del cómo hemos de vivir, es ilusorio. Puede y debe ayudar. Pensar así no atenta contra el valor de la ciencia ni menosprecia la función del científico en la marcha del progreso humano. Es preciso saber bien cuáles son las preguntas que contesta la ciencia y cuáles no. Es preciso saber bien qué contesta el científico, en nombre de quién y de qué. Si lo hace como especialista de un sector más o menos reducido de la realidad o como persona que contempla con sabiduría el conjunto. La humildad de unos y de otros, sin complejos, es fundamental para el saber. La capacidad de predecir de las teorías científicas, y la exactitud de las predicciones, son deslumbrantes. Pero con demasiada frecuencia se acompañan de una gran oscuridad en las cuestiones de fondo, que en definitiva son las únicas que nos permiten un vivir personal.
Me parece que muchos podríamos estar de acuerdo, y quizá ser más consecuentes, en lo siguiente.
Primero: no es competencia de la Ética dictar a la ciencia positiva lo que debe decir. Un desliz en este punto es detectado inmediatamente por la hipersensibilidad contemporánea, no siempre injusta.
Segundo: como queda dicho, la ciencia positiva es autónoma respecto a la Ética. El científico no lo es. Lo que la ciencia estudia tiene Autor y el estudioso también. Por eso el científico, como hombre que es, debe procurar ser sabio. Es de sabios intentar descubrir al autor de las obras y escrutar el sentido que entrañan. Estudiar científicamente el Quijote prescindiendo de Cervantes, se puede hacer y puede resultar un quehacer entretenido. Pero ¿se puede así dar razón de la obra y de cada una de sus partes? (*) El científico debe, pues, escuchar a la Ética cuando dice una palabra fundada en un conocimiento racional y razonable de la vida humana. La Ética es también ciencia en el sentido clásico de la palabra. Se remonta desde los efectos a las causas. Sabe que el fin es la primera de la causas y su mirada abarca no un fragmento sino el ser humano en su dimensión más honda y abarcante: la libertad, mediante la cual el hombre forja su destino. La Ética es la lógica racional que salva de la esclavitud a la libertad. Si está bien elaborada, es ciencia. Suele olvidarse. La Ética debe hablar tras auscultar la Ciencia positiva, sobre cómo pueden utilizarse métodos y hallazgos de modo que las técnicas no deshumanicen al hombre. Que el hombre no sea esclavo de la técnica. Que el hombre no sea lobo para el hombre. Que el hombre sea cada vez más sabio y más libre.
Tercero: hablando se entiende la gente. Ciencia y Ética están llamadas a respetarse y entenderse. Las tensiones son normales entre gente de bien. Si llega la sangre al río es por falta de talento o acaso por pereza mental. Estudiar cuesta. Rectificar no es siempre fácil. Pero humaniza, dignifica a la persona.♦
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(*) Asimismo, por cuanto se refiere a Las Meninas, se ha dicho que la aparente trivialidad del tema es engañosa ya que Velázquez estuvo toda su vida reivindicando la superioridad de la pintura por encima de las actividades puramente artesanales entre las que entonces estaba incluída. Él consideraba la pintura como una actividad intelectual superior, cuyo momento importante no era el acto de pintar sino la idea, el concepto y el pensamiento previos al hecho mecánico de aplicar el óleo sobre el lienzo. En resúmen, la superioridad del artista sobre el artesano. ¿Cómo se podría conocer este interesantísimo "detalle" sin la revelación del genio de la pintura?
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