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LENTITUD DE LA CULTURA (Ignacio Sánchez Cámara) |
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El corazón de la Iglesia
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Lentitud en la cultura |
Vivimos un ajetreo cultural que se
opone á la cultura de la lentitud. Existe un exceso de
cultura, o, más bien, un predominio de la falsa y frenética.
Hay una cultura del recogimiento y otra de la alteración. |
Por
Ignacio
Sánchez
Cámara
En «El
Cultural»,
de ABC,
nº 626,
24.01.04
«MAÑANA
volveré a
valorar la
suerte de
estar vivo
todavía».
Así termina
Pierre
Sansot su
ensayo Del
buen uso
de la
lentitud
(Tusquets),
diatriba
contra el
ajetreo y la
prisa y
encomio de
la lentitud
y del valor
de las
pequeñas
cosas
cotidianas.
«A mis ojos,
la lentitud
es sinónimo
de ternura,
de respeto,
de la gracia
de la que
los hombres
y los
elementos a
veces son
capaces». Si
despreciamos
lo
insignificante,
despreciamos
la mayor
parte de
nuestras
vidas;
algunos,
toda. Hay
palabras que
no están de
moda y cuya
ausencia
testimonia
en contra de
la estrechez
de una
época. Por
ejemplo,
gratitud,
deber,
sufrimiento,
escucha,
recogimiento,
lentitud.
Vivimos un
ajetreo
cultural que
se opone á
la cultura
de la
lentitud.
Existe un
exceso de
cultura, o,
más bien, un
predominio
de la falsa
y frenética.
Hay una
cultura del
recogimiento
y otra de la
alteración.
Si cultura
es cultivo
del
espíritu,
sólo la
primera lo
es
verdaderamente.
La otra es
puro
espasmo. La
cocina del
espíritu
requiere
fuego lento.
Pero somos
convocados a
la prisa, a
la
agitación, a
la dictadura
de la
cantidad.
Hay que leer
quinientos
libros al
año, patear
cincuenta
exposiciones,
resbalar
sobre
doscientas
películas,
someterse a
cien
representaciones
teatrales y
a otros
tantos
conciertos.
Pero no
basta con
eso. Titanes
de la
cultura,
debemos leer
tres o
cuatro
periódicos,
una veintena
de revistas;
defendernos
de la
televisión
durante tres
o cuatro
horas al
día,
escuchar la
radio otras
tantas.
Además
tenemos que
ser
enólogos,
ascetas,
activistas,
hedonistas,
viajeros,
gastrónomos,
hombres de
mundo,
voluntarios,
solidarios,
militantes y
en los ratos
libres,
padres,
hijos y
amigos.
¿Quedará
tiempo para
la lentitud,
tiempo para
leer un
libro, mirar
morosamente
un cuadro,
ver una
película,
acaso por
quinta vez,
observar
cómo juega
un niño o
rezar?
Si no me
equivoco,
aprende más
quien mira
lentamente,
con los ojos
del
espíritu, un
solo cuadro
genial que
quienes se
fatigan en
esas
«grandes
superficies»
de la
cultura en
que se
convierten
exposiciones
y museos o
en ese
turismo
cultural que
obliga a
resbalar la
mirada sobre
cien obras
maestras en
quince
minutos.
Nada más
extravagante
hoy que
casos como
el de Víctor
Erice: muy
pocas
películas,
pero todas
buenas,
incluso
lentas. Ese
prodigio de
morosa
espiritualidad
que es El
sol del
membrillo.
Toda la
acción
«reducida» a
pintar un
cuadro.
«¿Acaso es
eso cine?»,
se
preguntará
el fatigado
cinéfilo.
Alguien nos
interpela: «
¿Pero aún no
has leído X
ni visto Y».
« No he
podido aún.
Lo siento.
Estoy
leyendo a
san Agustín
y a Séneca y
acabo de ver
«El
hombre
tranquilo».
La verdad es
que al
ajetreo
cultural se
añaden la
impostura y
el
fingimiento.
Perdemos el
gusto por
las cosas
bien hechas,
con
lentitud.
Cabe también
una
alineación
cultural. No
debemos
tener prisa.
Démonos
tiempo. Como
escribe
Pierre
Sansot, «la
cultura no
es un lujo,
una
diversión
como con
frecuencia
se repite ,
sino una
tarea para
ser uno
mismo y para
que los
otros se
conviertan
en ellos
mismos».
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Enviado por ABC - 20/06/2005 |
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