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Por Francisco de Borja
SANTAMARÍA
Aro Net,
16.02.2006
La crisis que ha suscitado la
publicación de unas caricaturas de Mahoma en un diario
danés permite, entre otras lecturas, extraer
consecuencias en relación al momento que atraviesa la
globalización. El
término apunta hacia la comprensión del mundo como un
escenario global, en el que interactúan todos los países
del planeta y, de alguna manera, todos sus habitantes.
La existencia de un mundo globalizado resulta
enormemente facilitada por unas tecnologías de la
comunicación que aproximan increíblemente entre sí los
puntos más lejanos del planeta y por unas transacciones
mercantiles que, de algún modo, afectan a todos los
habitantes de la Tierra.
Paralelamente, se ha desarrollado la conciencia de
problemas “globales”: la extensión de la gripe aviar y,
en general de enfermedades infecciosas, el calentamiento
del planeta o la producción de armas nucleares, por
poner unos pocos ejemplos, son amenazas cuya
“globalidad” resulta incuestionable. Se trata de asuntos
–sobre todo, los de carácter ecológico- que conciernen a
la totalidad de los habitantes de la tierra y en los que
la compartimentación territorial carece de sentido.
Se
asienta, de esta manera, la imagen de un mundo
globalizado; de un escenario mundial en el que nos
encontramos todos. La “crisis de las viñetas”, si
embargo, cuestiona la realidad de dicha imagen. Por una
parte, aparece con toda claridad la dimensión global de
los medios de comunicación, pues la noticia de la
publicación de las viñetas de Mahoma ha llegado a las
áreas más diversas y distantes del planeta, y ha
producido –de modo más o menos inducido o espontáneo-
una reacción de dimensión planetaria. Pero, tanto el
análisis elemental de la impresionante reacción
musulmana, cuanto la dificultad que entraña la gestión
de la crisis, ponen de manifiesto la falta de
integración social, cultural y política que caracteriza
a la globalización: un abismo de valores y de cultura
política media entre Occidente y los países islámicos;
un fosa de tal magnitud que suscita la pregunta de si,
realmente, habitamos el mismo mundo, entendiendo por
“mundo” el lugar cultural en que se habita, antes que
una unidad geográfica.
Por
una parte, resulta inimaginable en Occidente una ola de
manifestaciones populares con una motivación
estrictamente religiosa. Al margen de que la reacción
musulmana haya sido espontánea o inducida por las élites
político-religiosas, lo que ha sacado a la calle a los
musulmanes de carne y hueso ha sido el sentimiento de
que sus creencias religiosas han sido ridiculizadas o
profanadas. Con independencia del juicio que nos merezca
su reacción, resulta evidente que para millones de
musulmanes sus sentimientos religiosos representan un
elemento fundamental de su existencia, que, como tal, no
admite bromas. En el secularizado Occidente, una
reacción de este tipo resulta inimaginable. En Occidente
también protestamos en la calle, pero por motivos bien
diversos, entre los que no se encuentran, desde luego,
los de índole religiosa. Las manifestaciones de hace
tres años contra la guerra de Irak fueron quizá la
reacción popular en Occidente más semejante a la que
está teniendo lugar ahora en el mundo islámico: la
motivación, evidentemente, era político-moral, pero no
religiosa.
Pero
lo que quizá resulta más manifiesto en esta “guerra de
las caricaturas” es la existencia en el mundo musulmán
de un previo y latente sentimiento de una ofensa
inferida por Occidente. Resulta inverosímil la
desmesurada reacción islámica, sin la preexistencia de
una percepción de hostilidad, que ha quedado patente en
las manifestaciones pacíficas protagonizadas en Europa
por musulmanes con carteles que clamaban “contra la
islamofobia”. Muy probablemente, el conflicto
palestino-israelí y la guerra de Irak pueden estar
influyendo decisivamente en semejante percepción, pero
creo que no la explican del todo. La hipótesis más
inquietante es la de que en los países islámicos una
parte mayoritaria de la población se siente ofendida por
el mero hecho de que Occidente no comparte ni sus
creencias religiosas ni su concepción teocrática del
orden político. Si esto es así, Occidente es percibido
como ofensivo por el mero hecho de vivir de acuerdo con
sus propios valores; las caricaturas de Mahoma, en tal
hipótesis, serían sólo la gota que colma el vaso.
Resulta, en efecto, expresivo de la diferente concepción
que de lo político existe en el mundo islámico y en
Occidente el hecho de que parte de las protestas se
hayan dirigido a las embajadas, convirtiendo a los
gobiernos en responsables de las sátiras efectuadas por
unos individuos que han actuado a título particular en
un medio privado. Un planteamiento de este tipo, en el
que la responsabilidad individual se confunde sin
fisuras con la colectiva, resulta impensable en
Occidente y pone de manifiesto el escaso desarrollo en
los países más islamizados de una cultura política capaz
de discernir adecuadamente entre individuo y comunidad,
a nivel tanto de realización personal, cuanto de
articulación política.
Evidentemente, resulta arriesgado comparar en términos
valorativos la cultura occidental con las demás. Sin
embargo, ha de afirmarse la superioridad de los ideales
políticos occidentales y de sus instituciones, sobre
todo en lo que se refiere a su adecuada separación entre
el poder político y religioso –principio de laicidad- y
a su mayor reconocimiento de los derechos civiles y de
las libertades. Evidentemente, esto no significa que las
prácticas políticas occidentales no tengan mucho que
mejorar ni que la libertad de expresión haya de
interpretarse como un valor absoluto; tampoco equivale a
afirmar una superioridad absoluta de los valores
occidentales; pero lo que sí significa es que el deseado
diálogo entre civilizaciones habrá de realizarse, por
supuesto, desde una actitud abierta y de respeto hacia
el otro, pero también desde la afirmación de las propias
convicciones.
Lo ilustrativo del conflicto que
ha generado la publicación de las viñetas satíricas es
que en nuestro planeta coexisten varios “mundos” y que,
precisamente por el carácter abarcador –de creencias,
costumbres, instituciones, etcétera- que posee cada
“mundo”, la integración entre esos mundos no es
sencilla; sobre todo,
si se tiene en cuenta que
lo que se considera fundamental es diferente en cada uno
de esos mundos y que eso condiciona la construcción de
un orden político compartido.
Integrar cultural y
políticamente mundos tan
distantes es el verdadero reto de la globalización.
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Artículos de
Francisco
de Borja SANTAMARÍA
Actualización Arvo Net,
21/02/2006
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