| Altruista descubrimiento de la Penicilina
Trabajando y observando, el Hombre asimiló que algunas de sus heridas curaban antes que otras, y que ese tiempo estaba en relación con los métodos de tratamiento y las circunstancias de su evolución. Llegó a reconocer la existencia de unos microorganismos que las “infectaban”, por lo que resolvió mantenerlas limpias. A medida que llegó a hacerse obsesivamente limpio fue peor, luego supo que la higiene en demasía disminuye las defensas.
Siguió laborando y descubrió cual era el punto cierto de la pulcritud; en 1850, lavándose las manos antes de tocar a una mujer parturienta, Semmelweiss, observó que las inevitables, hasta entonces, “fiebres del posparto” desaparecían y con ello su terrible mortalidad del 30%. Por ahí llegó la identificación y peculiaridades de esos “bichitos que si se caen de la mesa se matan”, al decir de aquel otro inefable ministro de salud español predecesor de nuestra contemporánea de espinazos y polvos blancos.
Durante el siglo XIX la microbiología los llegó a identificar y así es como se planteó la tarea de acabar con ellos. Tres hombres laboriosos trabajando en equipo, sobre 1940, dieron con la sustancia producida por un hongo, la penicilina, que mata los microbios, no todos. Los tres científicos, compartieron a partes iguales el Nobel de Medicina del año 1945, aunque sólo haya quedado divulgado para la posterioridad el nombre de Fleming.
De los otros dos, Florey era el patriarca del hospital londinense donde se formó este fantástico trío. El tercero de ellos, Ernest B. Chain, un judío alemán fugitivo de los nazis, gran persona, fue el químico que consiguió aislar ese material antibiótico y con ello permitir su fabricación a escala mundial. Nunca lo patentaron, según su pensamiento de que nadie debía lucrarse de un invento del hombre y para el hombre. El siguiente antibiótico que se encontró, en un laboratorio de USA, la estreptomicina, ya fue patentado, y la tuberculosis casi fue vencida devengando beneficios a la multinacional patrocinadora.
La gloria humana, arbitrariamente, fue a parar en su totalidad hacia Fleming que sin duda había abierto este camino como consecuencia de algunos pormenores previos; era un médico obsesionado con “matar” los microbios desde sus experiencias en la primera guerra mundial, y según su compañero de Nobel, Chain, tenía además, otras dos cualidades singulares, era un escocés amigo de vacaciones, y bastante desordenado. Durante el año 1928 se había tomado libres, de manera comprobada, ocho semanas seguidas, circunstancia no habitual entre el resto de microbiólogos, y ese fue el tiempo que necesitó el hongo, que había entrado por la ventana abierta, para desarrollase a placer sobre una sabrosa preparación con bacilos –a los que aniquiló-, y azúcar. El desordenado Fleming la había dejado sobre las poyatas del laboratorio, al salir precipitadamente hacia Suiza de vacaciones alpinas sin recoger su material de trabajo, y ahora podemos decir que afortunadamente.
Este es el escorzo que ofrece la “petite histoire” de uno de los Grandes Descubrimientos del hombre, que además de seguir contribuyendo a la salud de la Humanidad, nos ofrece alguna otra consideración. La penicilina no fue patentada, y con ello dieron lección de altruismo a la hora de devolver lo que el hombre y la naturaleza les había dado, sin buscar rendimientos personales. El orden, y unas vacaciones “reglamentarias” de tres o cuatro semanas, en las que no hubiera dado tiempo a crecer el hongo penicillium, hubieran retrasado, al menos, este descubrimiento. Es decir, que las aptitudes humanas no dejan de ser modestos colaboradores, medios no imprescindibles, de la última y definitiva voluntad que sigue sirviéndose de ellas para desarrollo de la Creación. Lo de los renglones torcidos...
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