Las lecturas influyen
poderosamente en el
pensamiento de los
políticos, de los jueces, de
los analistas y también de
los escritores. Una de las
cualidades del último premio
Nobel de Literatura, Orhan
Pamuk, es la cultura
acumulada a través de la
cuantiosa y selectiva
lectura.
Las gentes de todas las
generaciones han expresado
sus ideas y criterios
después de haber devorado
miles de páginas de otros
autores que han pensado
sobre lo mismo desde
distintas ópticas y en
tiempos distintos.
Quienes nos hemos dedicado
al periodismo sin otra
pretensión que contar a
nuestra manera lo que
estamos viendo estamos
sometidos a las influencias
de nuestros autores
preferidos.
Recuerdo que en un invierno
londinense descubrí la
complejidad de la España del
siglo XIX leyendo los
Episodios Nacionales de
Pérez Galdós. Otro año me
dediqué a la literatura
rusa, desde Dostoievsky a
Tolstoi pasando por Turgenev,
Chejov y Pushkin. Edmund
Burke me dio otra visión de
la Revolución Francesa que
no tenía nada que ver con la
de Jules Michelet.
Pero los autores literarios
que más me han guiado para
tener un cierto criterio
sobre lo que pasa son
Homero, Shakespeare,
Cervantes, Goethe, Clarín y
Montaigne. Josep Pla me ha
enseñado a contemplar la
realidad con un punto de
desdeño e ironía dominando
mi lengua, la catalana, como
pocos lo han hecho.
Entre los ensayistas
críticos de la convulsa
realidad del siglo pasado me
quedo con Raymond Aron,
Isaiah Berlin, Hannah Arendt
y George Steiner. José
Antonio Marina me ha hecho
reflexionar mucho. Un libro
que me causó un gran impacto
fue el de Tzevetan Todorov,
'Memoria del mal, tentación
del bien', en el que este
pensador búlgaro afincado en
París describe cuánto mal se
ha perpetrado en nombre del
bien a lo largo de la
historia.
Cualquiera de los 18 niños
asesinados hoy en Bagdad por
un suicida que se inmoló en
un campo de fútbol juvenil
es un mal, una perversión
que nada ni nadie puede
justificar. El mal se puede
ejecutar en nombre de una
dictadura o de una
democracia. Es igualmente
mal.
La realidad es muy compleja
y no puede ser gestionada
por ideologías utópicas.
Isaiah Berlín sostenía que
la maldición del siglo XX
había sido que sus dos
principales utopías, la de
Hitler y la de Stalin,
rechazaban la idea misma de
la indivisibilidad de la
especie humana.
Un comunista convencido ni
siquiera intentaba persuadir
a un burgués de la verdad de
sus principios. Eran
enemigos de clase, a los que
había que reeducar o
deshacerse de ellos.
Igualmente los nazis no se
dignaban razonar con judíos,
gitanos u otros enemigos
racionales. Tenían que ser
exterminados como plagas. La
negación romántica de que
todos los seres humanos eran
iguales en todas partes
podía desembocar finalmente
en la negación de que
merecieran existir.
La democracia no es una
utopía. Es un sistema
defectuoso para organizar la
convivencia que se basa en
el respeto y la
consideración del otro.
Perdonen que para llegar a
esta conclusión haya
recurrido a la inmodestia de
mencionar las lecturas y
experiencias que he
aprendido de otros.
Escribir con tanta
frecuencia tiene estos
riesgos.