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CULTURA Y HUMANISMO (Juan Alberto Varela)

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FILOSOFÍA JOVEN, FE Y NATURALIDAD, SIN MIEDO AL AMBIENTE.

Cultura y aficiones


Una definición de cultura a partir de la cual podremos analizar de modo práctico, las responsabilidades educativas que de ella se derivan para padres y educadores...
Necesitamos una nueva forma de pensar, una nueva forma de mirar a los demás...

Por Juan Alberto Varela Araneo
Arvo Net, 27.04.2006

 

Entendemos por "cultura" todos aquellos "medios con los que el hombre afina y desarrolla sus innumerables cualidades espirituales y corporales; procura someter el mismo orbe terrestre con su conocimiento y trabajo; hace más humana la vida social, tanto en la familia como en la sociedad civil, mediante el progreso de las costumbres e instituciones; finalmente, a lo largo del tiempo, expresa, comunica y conserva en sus obras grandes experiencias espirituales y aspiraciones, para que sirvan al progreso de muchos, e incluso de todo el género humano"[ Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. sobre la Iglesia en el mundo actual Gaudium et spes, 67. Cf. Juan Pablo II, Enc. Laborem exercens, 24-27: AAS 73 (1981) 637-647. 162]. En este sentido, la cultura debe considerarse como el bien común de cada pueblo, la expresión de su dignidad, libertad y creatividad, el testimonio de su camino histórico.[1]

 

La cita de Juan Pablo II tomada de Christi Fideles Laici nos permite adentrarnos en el tema que se ha puesto a nuestra consideración, mediante una definición de cultura a partir de la cual podremos analizar de modo práctico, las responsabilidades educativas que de ella se derivan para padres y educadores.

 

Cultura son todos aquellos medios con los que el hombre afina y desarrolla sus innumerables cualidades espirituales y corporales. Por lo tanto no son culturales ni contribuyen a su fin aquellas instancias que por ejemplo, no contribuyen al desarrollo de las cualidades corporales.

 

En efecto, pensemos en el bien conocido “culto al cuerpo”, muy emparentado con el también conocido “odio al cuerpo”. De el se derivan lamentables situaciones que han multiplicado las posibilidades laborales de los médicos. Y no es que tenga nada contra los psiquiatras especialistas en bulimia y anorexia ni contra los cirujanos plásticos capaces de transformar en portada de Vogue a mujeres en edad de ser abuelas ya que tengo amigos entre estos especialistas. Sin embargo, el razonable y sano cuidado del cuerpo se transforma en patológico cuando concurren determinadas circunstancias detrás de las cuales se encuentra una visión dualista de la persona.

 

En sus consideraciones acerca del reciente congreso internacional sobre la Filosofía personalista de Karol Wojtyla, Don Antonio Orozco Delclós analiza el porqué del odio al cuerpo, manifestado actualmente en el gusto por la violencia en el cine, la televisión, los videojuegos, etc. El odio al cuerpo es una consecuencia del dualismo. Para el dualismo, el cuerpo es una cárcel. Se entiende el hombre como compuesto de alma y cuerpo al modo cartesiano como dos elementos meramente yuxtapuestos. De ahí surge un espiritualismo desencarnado, que desprecia el cuerpo y le niega la satisfacción hasta de sus lícitas apetencias. En forma paradojal esa misma antropología dualista es la que da lugar al materialismo, ubicado en las antípodas del espiritualismo, que pide al cuerpo la satisfacción del ansia que el hombre tiene de gozar y que no es capaz de satisfacer en su vida terrena. Como el cuerpo es tremendamente limitado y no da lo que se le pide, surgen esas manifestaciones de odio al cuerpo a las que esta sociedad comienza a tenernos acostumbrados. De esta manera la idolatría del cuerpo se convierte en odio al cuerpo. Un buen ejemplo para el análisis de este tema se ve en la película “El festín de Babette” ( Babettes gæstebud, Gabriel Axel, Oscar 1987).[2] La película relata la historia de una pequeña comunidad de protestantes luteranos en la Dinamarca del siglo XIX. Dos hermanas solteronas, hijas del pastor que dirige religiosa y moralmente esta comunidad, se quedan tras la muerte de aquél al servicio de los fieles, cuidando de ellos y de su fe y renunciando con ello a cualquier posibilidad de disfrute de su propia felicidad. Un día irrumpe en sus vidas Babette, una francesa huida de la Revolución de la Comuna de París quien les pide que la acojan como sirvienta en su casa. Tras ganar la lotería, Babette decide proponer y hacerse cargo de un banquete culinario por todo lo alto, hecho que causa gran sopor en la devota población, quienes no ven con buenos ojos ningún tipo de disfrute o placer de los sentidos, sea éste del tipo que sea. La generosidad y la entrega de Babette son las que finalmente lograrán el cambio en las vidas de todas las personas.

 

Por tanto, los padres y educadores en sentido amplio, hemos de tener claro el trasfondo antropológico que fundamenta el tratamiento educativo del cuerpo. Íntimamente relacionado con ello, la educación en el pudor, el cuidado y la elegancia en el vestir, el cuidado de la salud, el no a las drogas y otras adicciones, una educación sexual correcta y respetuosa de la persona, explicar con claridad las consecuencias de la banalización del sexo, etc. No profundizaremos ahora en estos temas que son objeto de estudio de otros capítulos.

 

Tampoco son culturales ni se dirigen hacia el fin propio de la cultura aquellas instancias que no contribuyen al desarrollo del espíritu. Al respecto quiero hacer referencia al cuidado con que debemos seleccionar a los educadores de nuestros hijos. En efecto, si bien los padres somos los primeros educadores, en los aspectos referidos a la escolarización en su sentido más tradicional y en aquellos más técnicos, debemos recurrir a la ayuda de los profesionales especializados. Pero incluso en estas circunstancias, estos técnicos actúan según el principio de subsidiariedad. Es más, en circunstancias especialmente adversas al entorno educativo que los padres quieren para sus hijos, se ven cada vez con mayor frecuencia resurgir iniciativas educativas de home-schooling, que en cierto sentido hace recordar a las antiguas familias de nuestro campo que enseñaban a sus hijos en el propio establecimiento, dada la lejanía de la escuela más próxima. Es bueno recordar las palabras de Juan Pablo II:

 

El derecho-deber educativo de los padres se califica como esencial, relacionado como está con la transmisión de la vida humana; como original y primario, respecto al deber educativo de los demás, por la unicidad de la relación de amor que subsiste entre padres e hijos; como insustituible e inalienable y que, por consiguiente, no puede ser totalmente delegado o usurpado por otros.

Por encima de estas características, no puede olvidarse que el elemento más radical, que determina el deber educativo de los padres, es el amor paterno y materno que encuentra en la acción educativa su realización, al hacer pleno y perfecto el servicio a la vida. El amor de los padres se transforma de fuente en alma, y por consiguiente, en norma, que inspira y guía toda la acción educativa concreta, enriqueciéndola con los valores de dulzura, constancia, bondad, servicio, desinterés, espíritu de sacrificio, que son el fruto más precioso del amor.
[3]

 

Un deber inalienable e insustituible, que no puede ser usurpado ni totalmente delegado. El amor de los padres es norma que inspira y guía toda educación educativa concreta. La credencial que nos habilita a los padres para educar a nuestros hijos es precisamente el hecho de ser padres.

 

La cultura la constituyen también los medios mediante los cuales el hombre procura someter el mismo orbe terrestre con su conocimiento y trabajo. A este aspecto del quehacer cultural son especialmente sensibles nuestros jóvenes. Por ejemplo, en el pensamiento ecologista, que nuestros jóvenes saben defender, y que tanto bien ha hecho a la preservación de las condiciones de vida en nuestro planeta. Sin embargo, hay que ponerse en guardia para evitar que la sana defensa de la ecología se desvíe de las coordenadas de una antropología correcta. Una ecología que no ponga por encima de todo la dignidad del hombre puede acarrear graves catástrofes. Con argumentos a favor del cuidado de la tierra de “nuestros hijos”, se promueven políticas, fomentadas por agencias vinculadas a la economía y al desarrollo de las naciones, en las que la ausencia de control del crecimiento poblacional de los países del llamado tercer mundo es visto como una amenaza creciente para la estabilidad del primer mundo. Fueron, en gran parte, las corrientes de pensamiento malthusianas y neo-malthusianas las que dieron fundamento a la llamada “cultura de la muerte”, y a su defensa acérrima del aborto, la eutanasia, la contracepción, etc, en pro de un futuro idealista (de un Moloc, como dice el Santo Padre en su última encíclica[4]) que, aún después de la experiencia negativa de los regímenes marxistas del siglo pasado, sigue encandilando a los políticos y pensadores de hoy. La pregunta es: ¿quiénes sobrevivirán para disfrutar de esa tierra futura si promovemos la cultura de la muerte? Al respecto vale la pena resaltar una vez más el valor profético de la Encíclica Humanae Vitae de Pablo VI[5], que advertía en los años 60 de las consecuencias que traería consigo la disociación entre el aspecto unitivo y el procreativo del acto sexual.[6]

 

Hoy ven con alarma los países que más énfasis pusieron en la reducción de su tasa de natalidad, la llegada del invierno demográfico con todas sus imprevisibles consecuencias sociales, económicas, etc. Estos temas han sido vastamente estudiados y documentados por los trabajos de Mons. Michel Schooyans, de la Universidad de Lovaina la Nueva (Bélgica)[7] y también por Juan Claudio Sanahuja[8]. El nuevo paradigma del desarrollo sustentable busca, en realidad, el dominio exclusivo y la posesión de los recursos de la tierra para el uso y el usufructo de unos pocos; unos hombres se sirven de otros hombres y cuando éstos no dan esperanzas de servir o su capacidad de servicio se agota, se los destruye. El dominio discrecional del mundo material, disfrazado de múltiples excusas y buenas palabras, significará también dominio discrecional de unos seres humanos sobre otros[9].

 

La educación para el trabajo forma parte también de la transmisión cultural que debemos a nuestros hijos.  Como es un tema abordable desde muchos aspectos de la temática de esta colección de libros, sólo me voy a referir brevemente a la formación para el trabajo familiarmente responsable.

 

Tener hijos se percibe hoy socialmente como complicarse la vida,  dejar de pasárselo bien,  estar continuamente al borde del drama y la tragedia, en definitiva, un modo absurdo de perder la libertad. Este modelo de familia victimizada es falso y se alza sobre una mentira gigantesca: la de quienes dicen haber encontrado la felicidad en el individualismo radical. La única verdad de ese modelo victimista es que los padres que tienen hijos precisan más tiempo y van más cargados de trabajo que quienes no los tienen. Es cierto que la maternidad y la paternidad entrañan una pesada carga de responsabilidad y sacrificio, pero también –y esto se omite sistemáticamente en el discurso individualista– implican la alegría, el gozo y la felicidad de experimentarse rodeado de los nuevos valores que comporta la maternidad y la paternidad; de recrearse en un ser que procede del propio y que, no obstante su pequeñez y desvalimiento, es una persona y está dotado de libertad[10].

 

La conciliación del trabajo profesional y de las responsabilidades familiares que libremente hemos elegido debe formar parte de la intencionalidad educativa con que actuamos los padres. Afecta al hombre y a la mujer en tanto padre y madre, esposa y esposo. Por eso las iniciativas de estudio sobre formas de organización laboral tienen que contemplar no sólo los derechos de la mujer y el hombre, sino también los derechos de las familias y de los hijos. Hay por delante un amplio campo para el desarrollo del derecho laboral, para que se contemple la verdad de que no basta ser respetuosos con los derechos de la trabajadora y el trabajador considerados en forma aislada, sino que en la enorme mayoría de los casos ellos son además esposos, madres y padres con hijos, familias de cuya custodia la empresa no puede desentenderse. Por ello es tan afortunado, a mi entender, el término de “empresas familiarmente responsables”, que comienza a utilizarse cada vez más en el lenguaje de las ciencias empresariales para distinguir aquellas que ven como un enriquecimiento de su patrimonio la buena salud familiar de sus empleados.

      

Siguiendo con el análisis de la definición inicial de Juan Pablo II, cultura son también los medios que pone el hombre para hacer más humana la vida social, tanto en la familia como en la sociedad civil, mediante el progreso de las costumbres e instituciones.

 

“En el designio de Dios Creador y Redentor la familia descubre no sólo su "identidad", lo que "es", sino también su "misión", lo que puede y debe "hacer". El cometido, que ella por vocación de Dios está llamada a desempeñar en la historia, brota de su mismo ser y representa su desarrollo dinámico y existencial. Toda familia descubre y encuentra en sí misma la llamada imborrable, que define a la vez su dignidad y su responsabilidad: familia, ¡"sé" lo que "eres"![11]

 

Este conocido fragmento de Familiaris Consortio “¡familia, sé lo que eres!” tiene en su expresión española, la posibilidad de analizarlo en su acepción del verbo ser en imperativo, como en otros idiomas (!Famille, deviens ce que tu es! ¡Family, become what you are!, ¡Famiglia diventa ciò che sei!) pero admite la feliz posibilidad de una lectura como verbo saber. En efecto, la talla del autor pero más aún, la autoridad de Quien enseña al hombre al mismo hombre[12] nos anima a la defensa de la familia.

 

Además de la mentalidad anti-vida, el divorcio y la plaga del aborto, se agregan ahora las consecuencias de la llamada ideología de género que afirma que entre hombres y mujeres sólo existe una banal diferencia anatómica y que por tanto, cualquier otra peculiaridad psicológica o afectiva es un mero producto cultural. Así, se sostiene que cada cual puede elegir sus preferencias sexuales, no determinadas genéticamente, sino mediante una mera opción que cada persona puede inventar, modelar, rectificar e intercambiar a su antojo. La reingeniería social que se esconde detrás de esta ideología convierte a la familia en una forma de organización social anacrónica destinada a desaparecer. “La familia tradicional coarta tu libertad” se lee en algún graffiti de Montevideo; las relaciones de filiación, maternidad y paternidad surgidas en su seno deben ser superadas. En este contexto, el matrimonio es visto como una unión de carácter puramente contractual, configurable, modificable y rescindible a gusto de los cónyuges.

 

La familia de base matrimonial es, sin embargo, un bien para la sociedad en su conjunto. Con una visión socio-económica, el periodista Andrés Oppenheimer recoge en su libro “Cuentos chinos” una entrevista al Prof. Yaría de Buenos Aires en la que asocia el fenómeno de la criminalidad con lo que llama la creciente desfamiliarización de los jóvenes –el número de madres solteras en la Argentina subió del 23% en 1974 al 33% en 1998-.[13]  En igual sentido se expresaba el presidente del Banco Interamericano de Desarrollo, Cr. Enrique Iglesias cuando afirmaba que la ruptura del núcleo familiar explica la violencia que asola las franjas marginales y de pobreza de iberoamérica.[14]

Dentro de los hábitos y costumbres que buscan imponerse con nuevos aires (¡que no los tienen!) está la llamada convivencia, el matrimonio a prueba, etc. Creo no equivocarme si digo que detrás de esta patología de la familia se encuentra la incapacidad de los jóvenes de asumir compromisos duraderos. La adolescencia se prolonga muchas veces con la complicidad de los padres, que quizá hemos educado a nuestros hijos en la búsqueda desenfrenada del placer, de la comodidad, del éxito profesional caiga quien caiga y cueste lo que cueste. Y el matrimonio y la familia no entran dentro de estos planes. El diagnóstico es conocido. Incluso se le ha puesto nombre: síndrome de Peter Pan.

 

La causa de fondo es un egoísmo gigantesco. Los medios para combatirlo no son fáciles. Implican un compromiso vital, por parte de padres y educadores, de dar ejemplo en los valores tras los cuales corre nuestra vida. De que estos valores, sobre los cuales la enorme mayoría de las personas estarán de acuerdo, no son entelequias, sino que existen en la medida en que se encarnan en virtudes. Y la lucha por adquirir las virtudes cuesta, exige una intencionalidad educativa clara y sin ambigüedades y presupone una vivencia de las mismas por parte del educador. Sin claudicaciones. Con espíritu deportivo, conocedor de las debilidades humanas pero siempre dispuesto a recomenzar.

 

Particularmente interesantes son las reflexiones de Mons. Javier Echevarría a propósito del día internacional de la mujer el  8 de marzo de 2006. Decía, palabras más, palabras menos, que en la familia padre y madre desempeñan papeles distintos, igualmente necesarios, pero no intercambiables. La responsabilidad es la misma, pero difiere la modalidad de participación. Suele decirse que uno de los problemas más agudos de la familia en nuestros días consiste precisamente en la crisis de la paternidad. El varón no puede considerarse «una segunda madre», ni tampoco debe descuidar las responsabilidades del hogar, sino que necesita aprender a ser padre. Algo similar cabe decir de la sociedad en su conjunto, donde cada uno ha de encontrar su posición. El varón posee el derecho a desarrollarse como varón; la mujer, como mujer. Siempre sin dar cabida a mimetismos que producen crisis de identidad, complejos psicológicos y problemas sociales de gran trascendencia.


El principio de igualdad puede exasperarse y perder el equilibrio cuando se confunde igualdad (de dignidad, de derechos y de oportunidades) con disolución de la diversidad. Si la mujer se homologa con el varón, o el varón con la mujer, los dos se desorientan y no saben cómo relacionarse. Pero también el principio de la diferencia se puede exasperar -y, de hecho, muchas veces se ha exasperado-, cuando se entiende la distinción como base que justifique la discriminación. En este contexto, resulta oportuno y necesario considerar la virtud cristiana de la caridad, que Benedicto XVI ha querido situar en el comienzo y en el centro de su pontificado.

 

En las primeras palabras del Génesis, continúa Mons. Echevarría, leemos que Dios en su bondad, confía el mundo al hombre y a la mujer. Hemos recibido la misión de cuidar juntos del mundo y de hacerlo progresar. Este apasionante proyecto compartido ayuda a colocar en su sitio la cuestión de la relación entre ambos sexos. No estamos ante un asunto cerrado sobre sí mismo, angosto y problemático, sino ante una cuestión positiva y abierta: con igual responsabilidad, con aportaciones adecuadas al propio genio, hemos de trabajar juntos por una sociedad mejor. Las cualidades masculinas y las femeninas se necesitan mutuamente para realizar esta tarea colectiva. En definitiva, sólo se alcanza el bien común -común a todos, hombres y mujeres- mediante un trabajo conjunto. Este cuadro muestra que la discriminación de la mujer no representa sólo una ofensa para ella: constituye una vergüenza también para el varón y un problema muy serio para el mundo.

 

El verdadero afán por desarrollar juntos la tarea de cuidar del mundo y hacerlo progresar requiere abandonar esquemas maniqueos y tendencias al conflicto. Hacen falta actitudes de diálogo, cooperación, delicadeza, sensibilidad. El hombre tiene que exigirse más: escuchar, comprender, tener paciencia, pensar en la persona. La mujer también necesita comprender, ser paciente, volcarse en un diálogo constructivo, aprovechar su rica intuición. Probablemente los dos deberán rechazar los modelos que proponen algunos estereotipos dominantes: esas imágenes que empujan al hombre a competir con dureza, o que invitan a la mujer a comportarse con frivolidad, e incluso con un desgraciado exhibicionismo.

 

Necesitamos una nueva forma de pensar, una nueva forma de mirar a los demás, que supere el dominio y la seducción. Así puede surgir un nuevo escenario social, sin vencedores ni vencidos. En la Carta a las mujeres, Juan Pablo II señala que la aportación de la mujer resulta indispensable para «la elaboración de una cultura capaz de conciliar razón y sentimiento», así como para «la edificación de estructuras económicas y políticas más ricas de humanidad». El genio femenino, con esa aptitud innata de conocer, comprender y cuidar del prójimo, ha de extender su influjo a la familia y a la sociedad entera.[15]

 

Finalmente, son cultura los medios con los cuales el hombre expresa, comunica y conserva en sus obras grandes experiencias espirituales y aspiraciones, para que sirvan al progreso de muchos, e incluso de todo el género humano. En este sentido, la cultura debe considerarse como el bien común de cada pueblo, la expresión de su dignidad, libertad y creatividad, el testimonio de su camino histórico.

 

Sin caer en la trampa de los nacionalismos -que a tantas tragedias ha llevado a la humanidad a lo largo de la historia- en este mundo de la aldea global, de las comunicaciones instantáneas, de los medios de transporte cada vez más rápidos, hace falta que consideremos seriamente la afirmación de esta última parte de la definición. Mas allá de que no nos cueste imaginar que, mientras escribía estas líneas, el Papa pensaba en su propia patria –y esto no menoscaba en absoluto la universalidad del concepto- todos nos lo deberíamos aplicar a nuestras personales circunstancias. La cultura son las mejores tradiciones de un pueblo, su historia, sus costumbres, su religión, su lengua. Los padres y los educadores podemos tener una actuación trascendente en este tema que hace al bien común. Y también los abuelos, capaces de transmitir a sus nietos tantas y tan ricas vivencias.

 

En este terreno la familia cumple también un rol fundamental.  Cuando los totalitarismos de diverso signo han querido destruir una cultura y unos valores, siempre han atacado a la familia. A la inversa, esa cultura, esa fe, esos valores, se han podido mantener en las condiciones más adversas gracias a la salvaguarda de la familia.

 

Cultura y aficiones.

 

Relata Don Antonio Orozco Delclós la siguiente anécdota:

 

Robert Browning, cuando contaba apenas cinco años, cierto día vio a su padre leyendo un libro. "¿Qué lees, papá?". El padre levanta su mirada llena de luz y contesta: "El sitio de Troya". "¿Qué es Troya?", pregunta el niño. La respuesta no fue: "Troya es una ciudad de la Antigua Grecia. Ahora vete a jugar", sino que allí mismo, en el cuarto de estar, el padre de Robert hizo con asientos y mesas una especie de ciudad. Una silla de brazos hizo de trono y en él puso al pequeño Robert. "Aquí tienes a Troya, y tú eres el rey Príamo. Ahí está Helena de Troya, bella y zalamera (señaló a la gata bajo el escabel). Allá afuera, en el patio, ¿ves unos perros grandes que tratan siempre de entrar en la casa? Son los aguerridos reyes Agamenón y Menelao que están poniendo sitio a Troya para apoderarse de Helena..." A los siete años, Robert leía ya la Ilíada, penetrando gracias al ingenio de su padre, con toda naturalidad, en el mundo de la gran poesía. Años más tarde sería el más importante poeta inglés de la época victoriana.[16]

 

De variadas formas podemos lograr que nuestro hogar sea transmisor de cultura.  Cultura en el sentido en que la hemos analizado en los párrafos precedentes, es decir en su sentido amplio, no restrictivo. En sentido restrictivo, acotado, dependerá de las capacidades personales de cada uno el lograrlo. 

 

Sin duda que el ejemplo de Don Antonio, toma a un padre que además de ingenioso, ameno y divertido, conocía de literatura clásica. Cada uno de nosotros tendrá sus puntos fuertes en un enfoque clásico del término.  En un hogar donde se escuche buena música, es bastante probable que los hijos sepan valorarla.  En otro, la lectura de buenos libros -que también los hay malos, y hay que saber elegir con criterio-  será ocasión de despertar el gusto por la literatura con todo lo que ella tiene de valiosa. Y así podríamos seguir con la pintura, la escultura, la historia, la filosofía.

 

Existen numerosas formas de llegar a transmitir cultura en este sentido clásico del término. Juegos educativos comerciales, que los hay muy buenos, o muy “caseros” y económicos, como las llamadas “culturitas”[17] de las largas tardes de lluvia o noches de invierno. Tertulias culturales con amigos o en familia, en las cuales se invita a alguna persona especializada a explayarse en cierto tema que despierta interés. La selección cuidadosa de películas, adecuada a las edades e intereses de los asistentes es también un elemento de primer nivel.

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Enviado por ARVO NET - 27/04/2006 ir arriba
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