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¿CULTURA DE IZQUIERDAS? (José Luis Olaizola)

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¿CULTURA DE IZQUIERDAS?

Cualquier bachiller, hoy, sabe que la Tierra gira alrededor del Sol, cosa que Pitágoras ignoraba. Pero es obvio que Pitágoras era más culto que ese joven bachiller que se limita a repetir, dócilmente, lo que le han enseñado.

Por José Luis Olaizola.


Hubo cuarenta años de silencio cultural durante los cuales la izquierda estructuró, en la clandestinidad, lo que luego sería la narrativa de vanguardia. Hubo escritores, como Manuel Vázquez Montalbán, que lo fueron precisamente por la circunstancia ambiental de la época: «Una época de oscuridad en la que apenas se podía leer porque estaba todo medio prohibido.» Lo entrecomillado corresponde a manifestaciones del citado autor en reciente conferencia suya impartida, y compartida con García Hortelano, en la Universidad Internacional Menéndez Pelayo. De lo antecedente pudiera colegirse que, como apenas se podía leer, a Vázquez Montalbán no le quedó más remedio que suplir escribiendo él mismo.

No le creo a Vázquez Montalbán capaz de articular semejante necedad, pero sí eso de creer que durante los cuarenta años toda lectura estaba medio prohibida. ¿Por qué? Porque la izquierda estaba prohibida y todo lo interesante lo escribía la izquierda.

La derecha -qué incomodidad tenerse que mover en la artificiosa dicotomía de las derechas y las izquierdas- apenas se inmuta por la acusación. La derecha es una indefinición que no tiene por qué sentirse aludida por algo que sucedió en un período de tiempo que corresponde a otra derecha. La derecha siempre ha sido perezosa para la cultura, y la izquierda se ha apoderado de ella como el que se apodera de un bien nullius y, remedando la frase regia, ha proclamado: la cultura cest moi. Y la derecha -amplios estamentos de la derecha-, que sigue creyendo que el suelo que pisamos se compone de adoquines, no parece dispuesta a combatir por una quimera. La sutil quimera del suelo cultural.

Parece claro que en defensa de una cultura que es patrimonio del individuo y no de las colectividades políticas, estoy en trance de emitir un juicio crítico sobre las palabras de Vázquez Montalbán, y quiero aclarar que aunque sea crítico no será acre, pues no se lo merece la persona.

Conocí a Manolo Montalbán en el año 1978, en el Club Internacional de Prensa de Madrid. Acababa de publicar una de sus primeras novelas protagonizada por el detective Carvalho -La soledad del mánager-, y al editor se le ocurrió que fuera yo el presentador del libro. No dejaba de ser pintoresco, ya que a la sazón el escritor catalán formaba parte de la ejecutiva del Partido Comunista en Cataluña, y yo no. Quiero decir que se suponía que mis parámetros ideológicos podían estar -y lo estaban- muy distantes de los de Vázquez Montalbán. A pesar de todo, este no objetó mi nombramiento y la novela la presenté ante un público selecto, la mayoría dirigentes del Partido Comunista. Hice una presentación cortés, aunque con claro disentimiento del contenido ético del libro.

Recuerdo que Manolo, en su contestación o réplica, me reprochó el que yo hubiera hecho una lectura ética de su novela, pero al final admitió, amablemente, mi derecho a leer los libros como bien me pareciera.

En 1978 el Partido Comunista era todavía, en España, una novedad -una novedad desagradable para el establishment-, y mis entrañables amigos de la derecha, cuando al día siguiente vieron mi fotografía en los periódicos junto a un dirigente del PSUC, no salían de su pasmo. Y para colmo el fotógrafo había hecho la toma en el momento en el que yo, sonriente, aplaudía el término de su discurso. ¿Pero por qué le aplaudías?, me reprocharon indignados, con su mejor intención, convencidos de que lo único que se merecía un comunista militante era un escupitinajo.

El caso es que nobleza obliga, y cuando gané el premio Planeta rogué a Vázquez Montalbán que fuera el presentador de mi novela en el solemne acto público que tiene lugar en Barcelona. El hombre accedió sin dudarlo. Otra vez mis entrañables amigos de la derecha me auguraron todo género de catástrofes por dejar la presentación de tan delicado y complejo personaje -el general Escobar- en manos de un rojo. Los augurios no se cumplieron y el escritor catalán presentó el libro, protagonizado por un guardia civil católico convencido, con respeto y con humor.

Una vez más me he sumergido en el meandro de la anécdota con la didáctica ilusión de que sea posible disentir de las personas sin que por ello debamos apuñalarnos. Pero tampoco callarnos cuando se pontifica -y la izquierda lo hace constantemente- sobre los cuarenta años de erizadas dificultades para leer. Estamos hablando de literatura. Pues bien, sin ser erudito ni bibliófilo me desafío con cualquiera a que me demuestre qué autor importante no se pudo leer durante el citado período. Por supuesto, los españoles pudimos leer -aunque, por desgracia, lo hicieron muy pocos- todas las cumbres de la literatura universal desde Cervantes hasta Salinger, pasando por Quevedo, Balzac, Dickens, Kafka, Faulkner... La lista sería interminable y comprendería no sólo las cumbres de la literatura, sino también los simples collados. Quizá faltara a lista Jorge Semprún, pongo por caso, pero entiendo que esa carencia y otras similares no nos hunden en la sima de la oscuridad intelectual.

Por su parte, García Hortelano, compartiendo mesa con Vázquez Montalbán en Santander, se ha referido a «la pobreza cultural de la posguerra» -¡hubo tantas pobrezas y miserias en la posguerra!-, y entiendo que tales expresiones globales desplazan, equívocamente, la cultura hacia lo colectivo, cuando la cultura es un quehacer personal que afecta a la raíz más profunda del individuo. Sin perjuicio de que si el medio es favorable, la persona tendrá mejores posibilidades de desarrollar esa interioridad.

Situar toda la posguerra como época de oscuridad intelectual (Vázquez Montalbán) y de pobreza cultural (García Hortelano), es una simplificación excesiva. Lo que sí hubo en esos años fue un auténtico fenómeno de desinformación, de mezquindad en la información y de ridícula manipulación de la información. Pero la información, antecedente de la instrucción, no siempre tiene mucho que ver con la cultura. Creo que es Gustave Thibon el que comenta cómo cualquier bachiller, hoy en día, sabe que la Tierra gira alrededor del Sol, cosa que Pitágoras ignoraba. Sin embargo, es obvio que Pitágoras era más culto que ese joven bachiller que se limita a repetir, dócilmente, lo que le han enseñado.

Entiendo que la distinción no es bizantina, e insisto en ella para consuelo de aquellas generaciones de la posguerra. Es evidente que estuvimos malamente informados, pero me niego a admitir que por eso estuviéramos empobrecidos en nuestra esencia cultural.

No confundir. No confundir la instrucción con la cultura. Aun cuando las instituciones de impartir instrucción reglada -universidades, colegios...- o de suministrar información -televisión, periódicos...- estuvieran en manos de esa izquierda, no por eso la cultura constituiría su patrimonio. En los centros de enseñanza o a través de los medios de comunicación se adquieren conocimientos, pero no basta tener conocimientos para ser culto. Hay que vivirlos. Y el vivir es siempre un quehacer individual en el que no nos puede sustituir -aunque suene a blasfemia- ni Dios.

¿La cultura es de izquierdas? La cultura es de quien la ejercita. Que cada uno se conteste a sí mismo.

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(*) José Luis Olaizola, colaborador de Arvo, es Premio Planeta. Escribió hace algunos años este artículo y nos parece que no está de más recordarlo.

 

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29/07/2005 ir arriba
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