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Cristianismo, Islam, secularismo:
globalización, diálogo, profecías
Autor:
José María Martínez
Lugar: Arvo.net
Fecha: 20.06.2008
Es
obvio que el encuentro de las tres cosmovisiones va a provocar una
amplia serie de encuentros y desencuentros que no van a estar
exentos de tensiones pero tampoco de frecuentes y fructíferas
reconciliaciones.
En los párrafos
que siguen quiero apuntar algunas notas acerca del encuentro de las
tres cosmovisiones -el cristianismo, el Islam y el secularismo-
que en el marco de la globalización están definiendo el debate
ideológico del presente y seguramente también definirán el del
futuro más próximo. Al hacerlo trataré de indicar algunos puntos
reales o previsibles de intersección o fricción entre ellas con la
intención de sugerir algunas iniciativas que los cristianos podemos
tener en cuenta si queremos que el mundo esté un poco más cerca de
los ideales evangélicos y sea por tanto más justo y humano.
Adelanto que no tengo vocación de profeta ni de adivino y que
tampoco soy todo lo experto que quizá debería ser al apuntar esas
sugerencias. Si lo hago es basado en los conocimientos históricos y
culturales que indirectamente me proporciona mi trabajo (profesor de
literatura) y en la observación de algunos acontecimientos recientes
que van delineando ese triple encuentro. Dejo de lado cosmovisiones
como el hinduismo, el budismo, el animismo o el judaísmo porque me
parece que ninguna de ellas tiene la dinámica o intención
globalizadora que caracteriza en su esencia a las tres primeras y
que probablemente por ello acabarán cerradas sobre sí mismas o
integradas en las demás, especialmente en el secularismo, como ya
puede verse ya en el caso de la New Age.
Anticipo también que estoy seguro que al final de este periodo y al
final de la Historia, la Iglesia Católica y con ella (o por ella) el
cristianismo saldrán vencedores, aunque como se ha dicho muchas
veces no puedan precisarse las dimensiones exactas de ese triunfo,
entre otras razones porque la etapa final del mismo se dará en un
reino que "no es de este mundo". En el mismo sentido, hay que notar
que su verdadera victoria no será la pervivencia propiamente
institucional -segura por otra parte- sino la existencia en ella de
individuos bautizados comprometidos en una lucha personal contra el
mal interior y exterior, es decir contra el pecado y sus
consecuencias. Sea grande o pequeño el tamaño institucional final de
la Iglesia, lo que realmente importará es que en su seno exista la
mayor cantidad de bautizados tratando de imitar a Cristo y a sus
santos.
Me
interesa insistir en este carácter victorioso de la Iglesia porque
parece que ni secularistas ni musulmanes acaban de entenderlo. Como
bien se sabe, la Iglesia Católica es la única institución con dos
mil años de existencia continuada y que ha sobrevivido a numerosos y
heterogéneos sistemas políticos, económicos o sociales más o menos
amigables y más o menos antagónicos. Ni el el Islam, ni el judaísmo
ni el budismo o el hinduismo resultan homólogamente comparables,
pues no son propiamente instituciones sino religiones, culturas o
formas de vida, como religión o forma de vida puede ser también el
cristianismo en sí. La pervivencia de éstos se explica más bien a
partir de la dinámica propia de la vida social y de la naturaleza
humana, con sus anhelos de trascendencia y sus leyes hereditarias y
de vida común. Por el contrario, sólo la Iglesia es una institución
centralizada, con representación física y concreta, con un
organigrama que no ha variado en lo esencial desde su fundación, y
muy diferente de instituciones naturales como la familia, el
matrimonio o las asociaciones temporales (partidos políticos,
clanes, etc.) que de forma diferente se dan en todas las sociedades.
Si cabe la analogía, la Iglesia sería una especie de multinacional
que ha superado todas las crisis y cambios históricos de las
sociedades en que le ha tocado vivir y continúa ofreciendo a sus
clientes los mismos servicios y productos de sus primeros años. Y en
esto es única. Y obviamente el hecho de que a su cabeza (y a sus
pies) haya habido personas completamente impresentables no dice sino
que esa perennidad es imposible de explicar sin recurrir a
justificaciones sobrenaturales. Por eso me hacen gracia -y me dan
pena- quienes pretenden aniquilarla a base de fuerza o de decretos.
El secularismo o los gobiernos anticristianos podrán perseguirla,
marginarla, ilegalizarla o crear una cultura dominante completamente
opuesta, pero nunca podrán destruirla. Se podría añadir además que
la Iglesia es igualmente indestructible por ser el cuerpo resucitado
de Jesucristo, inasequible ya a la muerte, pero desarrollar esta
idea nos llevaría a honduras teológicas que no son del caso ahora y
que, por desgracia, parecen inalcanzables para los no creyentes. El
mismo hecho de su catolicidad -su dimensión universal- es una de
las más seguras defensas contra esos ataques que casi siempre no
pasan de ser localistas y en cierta forma aldeanos. En este sentido,
las otras dos cosmovisiones y no los gobiernos nacionales serían los
verdaderos rivales de la Iglesia, como en su día lo fue el ya
extinto comunismo.
Si a modo de ejemplo nos referimos a
la España actual, es obvio que el gobierno de Rodríguez Zapatero
pasará (¿4, 8, 12 años?) como pasaron Felipe González, Alfonso
Guerra y sus deseos de crear una España desconocida hasta por "la
madre que la parió". Quizá consiguieron algo de lo que se proponían,
pero es obvio que la iglesia española -y no digamos la Iglesia-,
sigue ahí, con sus obispos, sus sacerdotes y sus fieles, más o menos
numerosos, más o menos ilustrados o más o menos ruidosos. Y es muy
probable que los partidos políticos actuales acaben desapareciendo
con el tiempo -¿cuántos jóvenes españoles recuerdan al PCE?- o
mofidicando su ideología – es obvio la S del PSOE corresponde ya más
a ‘secularismo’ que a ‘socialismo’- pero la Iglesia seguirá estable
en su forma institucional, en su doctrina y en sus servicios, con
los brazos abiertos a todos sus hijos pródigos (todos los hombres).
En este sentido hace falta también un poco de perspectiva histórica
y globalizante, para darse cuenta de que la inmigración va a cambiar
-está cambiando- el espectro religioso mundial para hacerlo más
cristiano, y aunque en Europa y España la tendencia dominante sea la
secularizadora, no hay que menospreciar tampoco el componente
evangélico o católico de los inmigrantes latinoamericanos y
africanos. Una lectura de los datos, estadísticas y predicciones del
libro de Philip Jenkins (The Next Christendom: The Coming of
Global Christianity) nos vendría bien a todos. No debemos
olvidar que, con la excepción de los secularistas, el resto del
Globo todavía sigue identificando a Occidente con el cristianismo,
el progreso, y la democracia, y reclamos como éstos son atractivos
muy difíciles o imposibles de erradicar, por lo menos a corto
plazo.
Aunque
no voy a extenderme sobre ello, creo también que la propia mecánica
de la globalización hará que los intentos secularistas por ocultar
la religión de la vida pública vayan a resultar infructuosos. Así la
globalización y los mass media hacen más conocidos y
accesibles todos los fenómenos de movimientos de grandes masas o con
una gran carga comercial. Una celebración como la Navidad (o incluso
el día de san Valentín), aunque se esté convirtiendo en algo
mercantilista o multicultural, siempre van a llevar consigo también
su sentido original, que obviamente va ser un ideal punto de partida
para explicar y reivindicar su esencia y sus implicaciones morales o
religiosas. Algo semejante ocurrirá a través del incremento de los
viajes, las variedades del ocio o el turismo, que van a poner en
contacto a grandes cantidades de personas con manifestaciones
artísticas o culturales vinculadas a la religión y a la vida
espiritual, y no dejará de ser ocasión para la inquisición
espiritual de más de un despierto viajero. La religiosidad popular
en este sentido puede ser otro de los puntos de partida de la nueva
evangelización y a la vez una de las formas de conservación de la fe
en sus niveles más sencillos y a la vez numéricamente más extensos.
De la misma manera, el mercado buscará por su propia dinámica la
comercialización de best-sellers religiosos de diferentes tipos
(películas, música, iconografía, costumbres, etc.), que, de nuevo,
serán noticia en los medios de comunicación o se convertirán en
objetos de consumo popular y seguirán dando pie a más de una
inquisición acerca del origen y significado de los mismos.
Volviendo a las tres cosmovisiones, hay que decir que éstas se
definen por su carácter excluyente, es decir, por tener un corpus
doctrinal básico definido incompatible en muchos de sus
particulares. Dada la naturaleza humana creo que su convivencia va a
estar llena de roces hasta que esta situación cambie –si es que
llega a cambiar-, y que las batallas legales o de opinión en torno
a asuntos como la objeción de conciencia de médicos y magistrados,
la presencia pública y civil de los símbolos religiosos, el trato
irrespetuoso de las figuras religiosas o la libertad de culto de
las minorías no ha hecho más que comenzar. La presencia en los
ámbitos de la elaboración y aplicación de las leyes correspondientes
debe ser entonces una de las tareas prioritarias de los cristianos,
y la preparación de unos futuros legisladores y abogados competentes
en ambos terrenos (el propiamente legal y el religioso) una de las
urgencias educativas más claras (Sobre la supuesta neutralidad de la
opción secularista en este sentido me extiendo un poco más
adelante).
La
actitud o índole globalizante de estas tres cosmovisones no es
exactamente idéntica. Dos de ellas son de índole religiosa y
simplemente siguen esa dimensión por mandato de su fundador y por
creer que su verdad es la Verdad y ellas los caminos para la
felicidad terrena y eterna de todos los hombres. En cuanto a los
medios para lograr esa difusión y la consideración de los
respectivos 'gentiles', ambas religiones difieren, pero no voy a
entrar en ello ahora. La naturaleza globalizante del secularismo es
distinta, porque se mueve en el plano intramundano, y por eso acaba
construyendo su filosofía en función de factores técnicos,
materiales o económicos. No funciona a partir de principios sino a
partir de consecuencias, y por ello sus resortes morales son
inherentemente débiles, cambiantes y fácilmente contradictorios (la
reciente bonificación pro-natalista del gobierno Zapatero, después
de tantos años de abortos, trivialización sexual y anticonceptivos
es una buena muestra de ello). En este sentido, la supuesta
vanguardia o progresismo ideológico de la mentalidad secular no es
más que dependencia intramundana, carencia de principios estables y
una obnubilación ante los logros técnicos. Por lo tanto el concepto
de progreso del que se han apropiado los secularistas es
sencillamente un engaño, que se explica también por el significado
relativo del propio concepto pues como muy pocos éste depende de la
cosmovisión en que se incluya. Por poner un ejemplo extremo, me
imagino que Hitler y Stalin también entendían como progreso sus
planes de acción para Alemania y la Unión Soviética, y por eso
ellos mismos se considerarían progresistas frente a sus
reaccionarios opositores. La capitalización de este término por
parte del secularismo es quizá uno de sus mayores triunfos y por
tanto otro de los campos de batalla conceptual o filosófica donde
debemos estar presentes. Y es que el concepto o la idea del
progreso son encandiladores por ir unidos al anhelo de felicidad y
esperanza y por eso los cristianos debemos recordar que estamos
comprometidos con ellos desde el Edén ("Dominad la Tierra y todo
cuanto la llena"; Gen. 1:28).
Otra
falacia interesante y peligrosa es la que en el debate religioso
identifica la posición secular como la posición neutra, es decir,
como si la elección positiva de una religión constituyera un
addendum a una naturaleza humana común, desnuda y arreligiosa.
Es obvio que el laicismo militante de algunos gobiernos parte de esa
asunción. Pero lo que hay que ver es que el ateísmo es también otra
opción a la que se llega después de haber seleccionado una de las
mismas posibilidades que el creyente ha tenido también a su alcance
y ha preferido rechazar en función quizá de unas referencias
internas y externas análogas a las que han llevado al ateo a elegir
la suya. Tanto el creyente como el ateo se comportan de acuerdo a
su conciencia, porque creen que ese comportamiento conduce al bien
personal o social. Cuando el secularista afirma que su posición es
la realmente objetiva y aséptica está cayendo en un oxímoron y
cuando intenta presentar ésa como la norma neutra de conducta social
está ignorando el idéntico derecho del creyente a presentar sus
convicciones como idéntica norma social. En el fondo, y aparte de
ignorancia, afirmar lo contrario significa adjudicar al creyente,
por el hecho de ser creyente, una menor dignidad personal que al no
creyente. Mostrar que la opción secular es tan subjetiva o personal
como la religiosa es otro de los principales frentes en que debemos
profundizar y saber presentar en público.
Parece
obvio que la globalización es un proceso imparable que probablemente
acabará implicando la desaparición de las barreras Norte-Sur, como
está empezando a cambiar la milenaria China, y del cual quizá sólo
falte adivinar el '¿y después qué?'. De todo lo que se ha escrito al
respecto, me quedo con la idea de que el motor inmediato es la
simbiosis entre la dinámica económica neoliberal y el progreso
técnico, especialmente en el campo de las comunicaciones, aunque
también sabemos que en el fondo esté siempre la universal búsqueda
humana de la felicidad personal. Sólo si alguno de esos factores
desaparece o llega a ocurrir algún desastre de grandes magnitudes la
globalización dejará de tener lugar. En este sentido, las dos
cosmovisiones religiosas tienen en ella un aliado ideal para ser
realmente universales, pero al mismo tiempo muchas de sus energías
se tendrán que encaminar a redimirla de esa dimensión plana y
secularista que tan tentadora aparece a primera vista.
Ocurre también que esta globalización parte de Occidente y lleva
consigo al menos tres componentes ajenos a las otras mentalidades y
que a su vez tienen raíces en la igualdad que San Pablo dejaba
implícita en la carta a los Gálatas («ya
no hay judío ni griego; ni esclavo ni libre; ni hombre ni mujer, ya
que todos vosotros sois uno en Cristo Jesús.»; Gal.
3,28).
Aunque los
secularistas no quieran admitir ese origen y prefieran radicarlo en
la Ilustración, creo que bastaría contrastar esa frase paulina con
cualquiera de otro pensador del siglo I para darse cuenta de la
temprana y auténtica unicidad revolucionaria del Apóstol. Esos tres
ingredientes de origen occidental cristiano sustentados en el
principio de igualdad y que la globalización lleva consigo serían
a mi juicio el sistema político democrático, la idea de la libertad
personal y la presencia de la mujer en la vida pública.
Es
obvio que el sistema democrático, con sus evidentes limitaciones -el
rodillo, las traidoras alianzas postelectorales, la manipulación
informativa, etc.- es el sistema que mejor representa externamente
esa igualdad y dignidad humanas y por ello va ser otro de los puntos
de fricción entre la dinámica globalizadora y las regiones o
tradiciones políticas diferentes. Integrada en el sistema
democrático va la idea de la libertad de conciencia, valorada como
fin en sí misma por muchos secularistas, como medio para llegar al
bien por los cristianos y con una existencia nada fácil o
incompatible en la mentalidad islámica. Reconocida y aceptada
plenamente por cristianos y secularistas, será entonces uno de los
principales y nada fáciles campos de discusión en su diálogo con el
Islam.
Algo
semejante ocurre con la presencia de la mujer en la vida pública.
Creo que en las regiones menos desarrolladas esa presencia crecerá
en la medida en que los medios técnicos liberen a la mujer de los
trabajos físicos y que el modo de vida occidental siga siendo el
principal punto de referencia. Por su lado, en las regiones más
desarrolladas la conciencia femenina seguirá debatiéndose en torno
al dilema entre su capacidad para efectuar las tareas civiles con
resultados análogos a los de los hombres y las cualidades derivadas
de su potencial maternidad, cualidades que le ponen en contacto con
un sistema de valores y una visión de la persona mucho más cristiano
que secularista. Las posiciones de las propias mujeres serán claves
en esto, y especialmente a las musulmanas les tocará contrastar y
dirimir el secundario rol que suelen recibir con lo que van a ver en
las mujeres secularistas y las cristianas, mucho más integradas que
ellas en la vida civil y muy conscientes de su igualdad en el ámbito
matrimonial. En cualquier caso la presencia civil de todas esas
mujeres y la forma en que sepan hacer pública su propia ubicación en
cuanto mujeres será otro de los factores que vaya a definir de forma
especial el futuro globalizado y el diálogo y la interacción entre
las tres cosmovisiones. En otras palabras, la presencia pública de
mujeres cristianas que sepan integrar y exponer su feminidad y su
secularidad (que no se identifica con secularismo) debe ser otra de
las tareas prioritarias para nosotros.
Como
puede deducirse de todo lo anterior, uno de los asuntos claves en
ese diálogo va a ser el de los derechos de la persona, que
obviamente dependen del concepto que se tenga de la misma. Más que
la teología -para los secularistas sería un campo ficcional y para
los musulmanes una disciplina donde no caben las aportaciones de la
razón- el punto de intersección entre las tres cosmovisiones será la
antropología, y en este sentido me parece que los cristianos
contamos con la ventaja de llevar desarrollando el pensamiento
personalista desde hace varias décadas. Ahora sólo nos falta saber
hacerlo llegar a secularistas y musulmanes y presentarlo como
terreno común. Nuestra reflexión sobre la naturaleza humana tiene
que ser una de las prioridades claras, y al mismo tiempo debe ser
holística como orgánica es también cada persona, evitando cualquier
tipo de reduccionismo, sea biológico o espiritualista, sociológico o
psicológico, culturalista o performativo. Hemos de saber presentar
al hombre en su contexto y en su organicidad individual; sólo así
-porque es lo obvio- podremos obtener frutos de nuestros 'diálogos
antropológicos' con musulmanes y secularistas. Ubicar en este
contexto los debates sobre la familia y la sexualidad humana debería
ser, será, otro de los objetivos prioritarios de los pensadores
cristianos.
Más
difícil -pero no imposible- veo el diálogo de las tres cosmovisiones
a través de la razón y la filosofía, porque tanto el secularismo
como el Islam las entienden de forma diferente al cristianismo.
Sabemos que para el cristianismo, en general, la razón guiada por la
fe es un instrumento fiable para llegar a la verdad. Por su parte,
el secularismo apuesta o por el racionalismo a ultranza sin darse
cuenta que la propia razón es limitada (y las contradicciones de los
sistemas filosóficos secularistas -Hume, Kant, Hegel, Marx, Freud,
Nietzsche- deberían abrirles los ojos) o por una afirmación del
relativismo que es contradictoria en sí, pues obviamente no se
puede afirmar lo relativo. Por su lado, el Islam, con su concepción
de un Dios voluntarista y ultratrascendente o, todo lo más, con la
aceptación de una doble verdad al modo averroísta, no parece ofrecer
campo común para ese diálogo. Para encontrar un campo común quizá
haya que desarrollar una filosofía de corte pragmático-idealista, es
decir que pueda explicar metafísicamente el comportamiento cotidiano
y universal en que van a estar interactuando los individuos de las
tres comunidades.
Se ha
dicho también que la globalización será un espacio vinculado al
poder de la información, y que la forma y la habilidad para
presentarla y comunicarla constituirá otro de los ejes para definir
ese mundo social. En este sentido las ideas o valores que definen a
las tres cosmovisiones estará siempre en el aire y el riesgo
radicará en funcionar con estereotipos y acusaciones gratuitas o
precipitadas, más emocionales que intelectuales. Habrá que evitar
entonces la demonización automática del ‘otro’, el espíritu de
revancha, los estereotipos, las equivalencias entre lo individual y
lo general, o entre la conducta del individuo y la cosmovisón en que
se mueve. Por desgracia sabemos que un grado alto de educación no
está ni estará al alcance de todos y por eso los generadores de esas
referencias (intelectuales, académicos, artistas, etc.) y los
vehículos de las mismas (medios de comunicación, editoriales, etc.)
deberán empeñarse en esa tarea y ser los primeros en comprometerse.
Por nuestro lado los cristianos tendremos una obligación especial
de conocer bien las doctrinas de las otras "ortodoxias" para poder
mostrar sus lagunas e incoherencias, y al mismo tiempo conocer muy
bien la nuestra para mostrarla en todo su atractivo. El conocimiento
de los textos fundacionales (la Biblia, el Corán, la filosofía
secularista) será otro de nuestros deberes. Lo que en ese estado de
información globalizada no debe darse, porque sería una obvia y
peligrosa desventaja, es la existencia de cristianos desinformados
y sin capacidad para generar y/o filtrar la avalancha de información
que va a caracterizar las próximas décadas.
Otra
de las estrategias para el diálogo será la creación o publicitación
de referencias de conducta y aquí creo que de nuevo los cristianos
estamos en una clara ventaja, pues Jesús y sus imitadores más
cercanos (los santos) se presentan como personas realmente completas
y humanamente encandiladoras. Conocer bien sus vidas y enfatizar en
función de nuestro interlocutor sus virtudes humanas o la
profundidad de su relación con Dios será otro de los caminos
especialmente apropiados. También creo que nos encontramos en
situación de ventaja porque cuando el Islam proponga como
referencias a Alá y Mahoma, los secularistas y cristianos deberán
recibir explicaciones racionales del porqué, pues sus mentalidades
no les permiten una aceptación acrítica de ambos. Por su lado,
quiénes pueden los secularistas contrastar con Jesucristo o los
santos ¿los ganadores de los Óscar?, ¿un premio Nóbel como José de
Echegaray? ¿científicos o deportistas con talentos pero sin
virtudes?. Sé que ahora estoy siendo un poco reduccionista y
malintencionado, pero cualquiera ve que el mundo secular no
cuenta con una referencia personal única y excelsa comparable a la
nuestra, y por tanto no estará de menos hacerles ver ese vacío
aunque nos toque aguantar de forma periódica campañas corrosivas
como la del El código da Vinci. En otras palabras, los
secularistas usarán la cultura y la ciencia como referencias
últimas, pero difícilmente podrán identificar una persona como
modelo universal de conducta; es una de las limitaciones inherentes
al individualismo y al humanismo terreno de su sistema. La vida
civil será nuestro campo de batalla en este sentido. En esa vida
-el trabajo, la diversión y el ocio, las relaciones sociales- es
donde cada cristiano debe convertirse en la réplica de Jesús con la
que tienen que convivir seculares y musulmanes, porque a éstos no
les llegará de forma tan impactante, continua e inmediata por ningún
otro camino.
Finalmente creo que habrá que estar atentos a otros dos fenómenos,
el de las polarizaciones y el de las "conversiones". El primero se
refiere a la radicalización de posturas en cada una de las
mentalidades como recurso instintivo de defensa. En este sentido,
habrá que estar preparado para denunciar las posibles implicaciones
violentas de las mismas y en el caso cristiano ser muy consciente de
que nuestro punto de llegada ha de ser muy diferente. Y es que
sabemos que el cristiano sólo puede ser radical en el amor
desinteresado y en el perdón, y nunca ni interna ni externamente
debe ceder al odio, al rencor o a la violencia. Es aquí donde
interiormente podremos crecer más porque obviamente es una de las
situaciones que más hace que nos parezcamos al Crucificado. En
cuanto a las "conversiones" o adopciones personales de una
cosmovisión distinta a la previa, cabe aventurar que ese mutuo y
triple contacto va a generarlas de forma continua y en todas las
direcciones. De nuevo, la ventaja estará, tanto a nivel individual
como colectivo, en saber cómo publicitarlas y en el prestigio humano
del nuevo converso. En este sentido, el cristianismo y en particular
la Iglesia, tiene igualmente una larga tradición de conversiones “de
calidad" que debe saber difundir y poner a circular en el sistema
informativo globalizante y presentar como diferentes a las
"conversiones" al Islam o al secularismo, pues sin duda alguna la
conversión y perseverancia en el cristianismo implica la elección de
una nada fácil vida de continúa lucha por la mejora interior y el
compromiso cívico que creo inexistente en las otras dos
cosmovisiones.
Resumiendo entonces, es obvio que el encuentro de las tres
cosmovisiones va a provocar una amplia serie de encuentros y
desencuentros que no van a estar exentos de tensiones pero tampoco
de frecuentes y fructíferas reconciliaciones. A la Iglesia como
institución y a los cristianos como personas nos corresponde
ubicarnos con naturalidad y sana ambición en ese proceso inevitable
y más lleno de oportunidades que ningún otro periodo de la Historia
para llevar el mensaje del Maestro hasta el último rincón de la
Tierra.
José María Martínez
The University of
Texas Pan-American
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