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26 SOLDADOS DE PLOMO A CONQUISTAR (Luis Olivera)

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26 SOLDADOS DE PLOMO A CONQUISTAR EL MUNDO

¿Qué son los libros? Son la resonancia de lo que es el hombre en su más pura esencia.

Por Luis Olivera, escritor y periodista

“El destino de muchos hombres depende de haber tenido o no una biblioteca en su casa paterna”, escribió Edmondo de Amicis. El francés Marcel Prévost decía algo muy parecido: “… un buen libro puede cambiar el destino de un alma”. Por eso una librería, usada como biblioteca, es un andamiaje que se adquiere para edificar el futuro. Ahí acaban estando los libros que leemos, que conformarán nuestra vida más que la gente que tratamos.

Muchos de los sabios que en la historia han sido debieron tenerla a mano desde su más tierna infancia. Y fue su mejor juguete. Sus posteriores opiniones sobre los libros lo demuestran, sin lugar a duda. Desde Balzac a Gorki, pasando por el propio inventor de la imprenta. Gutemberg escribió que había formado “un ejército de veintiséis soldados de plomo capaces de conquistar el mundo”. Un ejército (de paz) en orden de batalla que, durante siglos, ha dado mucho que hablar y, sobre todo, mucho que leer y pensar.

Esas letras del alfabeto han hecho genios: “Lo mejor de mí se lo debo a los libros”, puso Gorki por escrito. Unos genios que no pasan de moda en su versión literaria: “Los años transforman los libros. Se equivoca quien dice que envejecen; sólo se convierten en otros” (Julien Green). Son la resonancia de lo que es el hombre en su más pura esencia. Y que, por eso, siempre nos hablan de la categoría ‘hombre': “Los libros son ecos que devuelven el sonido de nuestros propios pensamientos” (E. Rod). Y es que dejan poso, porque ni siquiera “quemar un libro significa destruirlo” (Rushdie). Los volúmenes resurgen de sus cenizas, de la mano de otros hombres, que tratan de esas características esenciales –y por eso permanentes-- de todo ser humano. Son un mundo abierto, en el que podemos entrar libremente, siendo el protagonista.

Pero algunos van más allá de sopesar el mero valor que tiene el poseer libros o, incluso, leerlos porque los tenemos. El filosofo Karl Popper es uno de ellos: “La concepción de la libertad y el afán por preservarla que caracterizan nuestra civilización reposan en nuestro amor por los libros”. Amor por esas planas de letra impresa, encuadernadas formando una unidad. Planas materialmente, pero que muchas veces palpitan a gran velocidad, que lloran, tiritan o sufren al compás del relato.

Los que han intentado impedir la difusión de la cultura a través del libro han recibido lo suyo, en todas las edades. García Márquez los insulta, mientras Grass los califica de “traidores”. Siguiendo por los epítetos dedicados a la censura que, a Flaubert, le parece “una monstruosidad, una cosa peor que el homicidio; el atentado contra el pensamiento es un crimen de lesa alma”. Libros, alimento del alma, vida para las potencias superiores del hombre, que pueden cambiar el destino de muchas de ellas.

Y si son alimento, nutrición del alma humana, no es extraño que Schopenhauer dijera que “leer es pensar con el cerebro ajeno, en vez de con el propio”. O que “la brevedad (al escribir) es el alma del ingenio”, en palabras de Shakespeare. Balzac va un poco más allá y dice que “un libro hermoso es una victoria ganada en todos los (pacíficos) campos de batalla del pensamiento humano”. Lo que excluye a los tipos de libro que no aporten algo de sabiduría, que no enriquezcan el saber humano o a sus lectores. O los tochos infumables, contra los que Voltaire dijo que “todos los estilos son buenos, excepto el aburrido”. Lo humano no tiene por qué ser algo gris, plomizo o cenizo. Hay que hacer atractivo el conocimiento para, incluso, atraer a la lectura al que sólo busca en los libros un entretenimiento pasajero o responder a la curiosidad. Más que caerse de las manos, se nos tienen que pegar a ellas.

Y además tienen que estar bien escritos y mejor presentados. El estilo es la “violencia” que se hace a la sintaxis. Pero esos soldados de plomo de que hablaba Gutemberg tienen que componer unas buenas sinfonías de palabras, ordenadas y atractivas a los ojos del lector, para formar frases, párrafos y capítulos y ganar así la batalla de la humanización. “La ortografía es el comienzo de la literatura”, según Saint-Beuve. Y la gramática, por supuesto, hoy tan arrumbada en el baúl de los recuerdos. Porque nadie lee impunemente un gran libro. Pruébenlo y verán.

 

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Contacto: webmaster@arvo.net
Director de Revistas: Javier Martínez Cortés
Editor-Coordinador:Antonio Orozco Delclós

 

29/07/2005 ir arriba
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