| PEDAGOGÍA APLICADA
por Pere Calders
Me preguntó el niño en cierta ocasión:
-¿Para qué sirven las estrellas?
Lo que son las cosas, me dejó perplejo. Con los niños, en el mal sentido de la palabra, no se puede jugar. Tenemos la obligación de ir formándoles y orientarlos, no los podemos abandonar a su antojo. ¡Pero nos meten en cada embrollo!
- Mira – le dije -, son bonitas. ¿Lo ves? Un cielo estrellado no tiene precio...
No fue una respuesta satisfactoria para él ni para mí. Se hizo un penoso silencio, me miraba fijamente y tuve que bajar los ojos.
- Sí – insistió – Pero, ¿ para qué sirven?
Con gravedad paternalista, le respondí que en este mundo no todo ha de tener una utilidad material , y que ser bonito ya es mucho.
- ¿Qué significa utilidad material ? – quiso saber.
Estuve a punto de mandarlo al jardín de mala manera, pero como más tarde me hubiera arrepentido, me controlé.
- Es todo aquello que nos resulta necesario, las herramientas y los objetos, la ropa y la comida, las paredes y los muebles, tus juguetes, todo lo que necesitamos para vivir... (Aquí se me acabó la cuerda de mi lista e hice un vago gesto con las manos). En fin, ya me entiendes.
- No. Y las estrellas ¿nos sirven para vivir?
- Mira, guapo, vete a jugar y déjame en paz, tengo trabajo. Cuando seas mayor ya lo entenderás.
Este es nuestro eterno recurso, conminarlos a crecer sin preocuparnos de más. Me quedé en un estado de soledad y abstracción repleta de incógnitas. Hacía mucho tiempo que las estrellas no me preocupaban en absoluto y me sentí un poco culpable de haberlas olvidado. Realmente, ¿para qué sirven las estrellas? ¿Es preciso que sirvan para algo? ¿Qué nos pasaría si no las hubiese? ¿Es cierto que sólo existen en plan decorativo?
Casi de puntillas, procurando que no me viera, fui a consultar la enciclopedia. Aquellas preguntas me quemaban. ¡Ojalá nunca lo hubiera hecho!, no saqué gran cosa; así que... Sólo con pensar cómo me las arreglaría cuando me preguntara por el destino de la persona, me sacudió un estremecimiento. Las otras acepciones de la enciclopedia aún enredarían más el asunto. Pero ya no se trataba sólo del niño. Yo también estaba intrigado y me apresuré a consultar el artículo “Planeta”. Caí en la cuenta de que mis conocimientos acerca de las estrellas eran tremendamente exiguos, no sólo no servían para disipar las dudas de un crío, ni yo mismo podía aclararme.
Durante unos días, siempre que me encontraba con él, se quedaba quieto mirándome con actitud crítica, como si le constase que yo era un jugador tramposo. Me sentía prisionero de mis propias palabras: « ya lo entenderás cuando seas mayor ». Bien, yo era mayor y no lo entendía. Me invadió una terrible obsesión por saber para qué sirven las estrellas y el miedo (parece mentira) de irme de este mundo con una ignorancia imperdonable.
Tenía un amigo muy estudioso, entendido en muchas materias, que gozaba de la fama de saberlo todo. Pienso que todo el mundo tiene un conocido de este estilo. A veces nos resultan cargantes, pero despiertan nuestra admiración. Fui a verle y tras cuatro palabras, le disparé a bocajarro:
- Escucha, tú: ¿para que sirven las estrellas?
Generalmente aquel amigo se crecía cuando alguien quería poner a prueba su sabiduría, verdaderamente se lucía y tenía la oportunidad de demostrar que era un pozo de ciencia. Pero se quedó un poco perplejo.
-A ver, a ver... –dijo- ¿A qué estrellas te refieres?
-A todas, consideradas en conjunto.
-Y qué clase de servicios te interesan?
-Esto es lo que te pregunto. Cualquier servicio que me apuntes me será útil para salir airoso de un compromiso adquirido.
-Siéntate- me dijo-, que va para largo. Después añadió: Pero tú ¿no te dedicas a seguros?
-Sí.
-Entonces, quién te mete en estos berenjenales?
No le dije la verdad y aún no sé por qué. Nos sucede a menudo que, sin darnos cuenta, preferimos una mentira complicada a una verdad sencilla. Me parece recordar que me referí a un cliente excéntrico que “por motivos que no son del caso y que alargarían demasiado la conversación”, si sabía para qué servían las estrellas me ayudaría muchísimo a arrancarle un contrato. Era una explicación desesperada, no se sostenía en modo alguno, pero afortunadamente mi amigo no reparó en ello; estaba concentrándose para obsequiarme con una lección magistral.
-Vamos a ver por dónde empezamos –dijo-. ¿Tú conoces la hipótesis de la nebulosa primigenia?
-¡Qué dices! Es la primera vez que oigo hablar...
-¿Sabes algo de los sistemas partogénicos?
-Tampoco, y te pido por favor que simplifiques tanto como puedas, porque mi cliente tiene un cerebro obtuso y lo que importa es salir del paso.
El amigo se levantó de la silla y dio un par de vueltas por la habitación. Finalmente, dijo:
-Pues mira, cuéntale que las estrellas son piezas de la mecánica celeste. Cada una es como un diente de un inmenso engranaje, y para eso sirven, para que funcione la gran rueda. Si esto te sirve para engatusarle, allá tú y tu cliente. Yo me lavo las manos...
No me resolvía del todo la dificultad. Ya veía llegar la gran pregunta sobre lo que era la gran rueda y me sentí abocado a la mala acción de enviar de nuevo al niño al jardín.
-Si pudieras hacérmelo más fácil, te lo agradecería. Mi cliente es como un niño...
-Tratándose de una mentalidad poco cultivada, podrías decirle que la Tierra es una estrella y como él la habita y vive en ella, podrá darse cuenta de para qué sirven. ¡Si es que puede! – Hombre – pensé –, esto sí que es aprovechable. Se le puede sacar partido. Gracias –le dije-, estrechándole la mano con exagerada efusión-. ¡No sabes el favor que me has hecho!
Al día siguiente me dirigí al niño, a quien no solía buscar; más bien sucedía al revés.
-El otro día tenía prisa- le dije-. Me tienes que perdonar que no te diera las explicaciones que me pedías sobre las estrellas. Tu querías saber para que sirven, ¿no? Tienes razón. Conviene que lo sepas. Para que lo entiendas, tienes que hacerte cargo de que la Tierra es una estrella. Ya ves lo útil que puede llegar a ser una estrella, ¡para cuántas y cuántas cosas nos sirve!
El niño me miró abriendo muchos los ojos. Después de una breve reflexión, me espetó un chorro de tres preguntas:
-¿La Tierra?, ¿una estrella?, ¿una estrella de cuántas puntas?
Me ofusqué. A punto estaba de quitarlo de en medio a empujones, pero él me detuvo:
-Ya me voy, ya me... ¡No es necesario pasar a la violencia!
Y se fue por sí mismo al jardín, sin darme tiempo a nada más.
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