| Por Bernardo Robledo
1. Una estrella venida del cielo
2. Como una pastelería
3. Millonario en amor
4. Hubo gente que quiso eliminarte
5. En torreciudad
6. Tú nos haces algo muy bueno
¡VALE LA PENA SER «CHICHO»!
¡Hola, Chicho!
¿Sabes por qué te escribo? Pues porque me he acordado de ti no hace mucho.
Estaba dando un paseo con un amigo por un parque de la ciudad. Era un día bastante desapacible. A veces el aire frío hacía dar tiritones. Las nubes pasaban muy rápidas por el cielo, con prisa de llegar a algún sitio que yo no sabía.
Las primeras hojas secas de los árboles caían con desmayo lateralmente para, ya en el suelo, arremolinarse juntas. Al restregarse unas contra otras producían un sonido seco y triste.
Yo me apoyaba sobre el tosco barandal del estanque. Sus aguas ligeramente verduzcas empezaban a espesarse conforme la tarde se oscurecía.
Me fijé en esas aguas que tenían la profundidad que uno quisiera, dependiendo de lo hondo que fuera el mirar...
Pensé que, si el aire amansaba, podía quedar un cielo despejado. De momento el aire empujaba, como si fuesen barquichuelas desamparadas, aquellas hojas de plátano que caían sobre la superficie del estanque.
Deseé con enfado que las aguas se aquietaran para recibir con paz el regalo de las estrellas.
Sí, a las estrellas les gusta lucir su blancura, meciéndose en las aguas, como si fuesen diminutos nenúfares o lotos.
Eran muchos los luceros. No se podían contar, pero cada uno era único, diferente de los demás.
Y, entonces, Chicho, es cuando me acordé de ti.
UNA ESTRELLA VENIDA DEL CIELO
También tú eras una estrella venida del cielo, un regalo de Arriba. Único. Insustituible. Y, como todo lo hecho por Dios, necesario. Tan necesario como yo, como tu mamá, como todos los hombres de la tierra.
Chico, tienes toda la grandeza de lo que es necesario a Dios. ¿No dijo el Señor de un borriquito, que lo necesitaba para entrar sobre él, como en un trono de gloria, en Jerusalén? Y era un pobre borriquillo. ¿Y no eres tú más, muchísimo más, que un simple borrico? Tú eres una criatura de Dios... ¡un hijo de Dios!
Si te contara estas cosas estando junto a ti, seguro que reaccionarías como siempre, mirándome muy fijo a los ojos e impasible. Dispuesto a permanecer así todo el tiempo que durara mi hablar. Denota tu rostro ganas de escuchar. De no parpadear se forman en tus ojos lágrimas que ruedan por su propio peso mejillas abajo. Esta es una de las cosas por las que también te quiero: le haces a uno sentirse importante. No es corriente que se escuche con tanta atención. Generalmente ves que, si tardas un poco más de la cuenta, la gente pierde interés y se impacienta. Escuchar no es uno de los dones más frecuentes. ¡Y es tan útil! Todos tendríamos que aprender de ti, Chicho.
Saco el pañuelo y te limpio las lágrimas...
Pero... ¿te enteras de lo que digo? Yo diría que, de algún modo, sí te enteras. Te enteras de la música, aunque de la letra quizás se te escape algo, y la música siempre logra decir más que la letra porque cala más hondo
COMO UNA PASTELERÍA
Todo lo resuelves con un gesto agradecido. Sonríes ampliamente --tus ojos más achinados que nunca—y quieres darme un beso.
Sabes perfectamente que te he contado una historia en la que tú has sido el protagonista. Durante la narración te has sentido a gusto, has sido feliz y quieres pagarme con un beso. Entonces mi corazón grita de alegría y también a mis ojos asoman lágrimas que he de disimular.
Eso eres tú, Chicho: una fuente de ternura. No lo puedes evitar porque así y para eso te creó Dios. Quizás no sepas hacer muchas cosas, pero eso lo haces perfectamente y siempre.
Eres como una pastelería para el goloso, como un tesoro para el avaro. Tienes todas las flores y estás siempre en flor.
No estamos a tu altura. Nosotros debiéramos de querer siempre y a todos sin límites. Por lo menos como a nosotros mismos. Estás muy por encima de todo esto, ya que tú sí que sabes querer de verdad como si se debiera, no ya a una segunda naturaleza en ti, sino a la única naturaleza que tienes.
Las abejas fabrican su miel, la rosa regala su aroma y tú, Chico, te das sin medida.
Te quiero mucho porque me haces mucho bien. Haces que sea más agradecido a Dios, haces que, por contraste contigo, reconozca muy claramente mis faltas de amor, mis miserias y mis egoísmos. Gracias, Chicho, porque estás ahí para enseñarme el camino de la sencillez y el abandono en las manos de Dios.
MILLONARIO EN AMOR
¡Muchas cosas posees sin saberlo! Por no tener nada –lo necesitas todo-- lo tienes todo. Eres millonario del amor. Vives y te alimentas del amor que provocas, y no necesitas ni quieres nada más. Y de esa riqueza que te llena hasta los bordes, vas repartiendo con desmedida generosidad los tesoros calientes de tu amor. ¡Qué abrazos los tuyos tan largos y apretados! ¡Qué besos los tuyos tan sonoros! Por eso, Chicho, eres uno de los míos, por eso te has colado en mi corazón, como te cuelas inmediatamente en el corazón de los que te tratan y te conocen...
¡Y pensar que hubieras no podido estar aquí...! ¡Qué vacío! El don de que gozas te llevará un día al Señor, a su abrazo eterno. Entonces será triste el recuerdo de tu ausencia llena de vacío silencioso. Hoy tenemos que agradecerte tu presencia bienhechora que, entre otros mil más como tú, aglutina a la familia, saca los mejores afectos de tus hermanos y hace que tus padres puedan ofrecer a Dios una vida cristianamente más heroica. Ya lo dije antes: eres amor, pero eres también una ayuda insustituible para la alegría de la casa.
Sin ti, algo importante, muy importante, simplemente no existiría.
HUBO GENTE QUE QUISO ELIMINARTE
Tú no lo sabes pero hubo gente que quisieron eliminarte de esta vida. ¡Qué triste! Quisieron asesinarte antes de que vieras las maravillas que de ti dependían. Te miraron dentro del seno de tu madre y dictaron contra ti una sentencia de muerte. Ese niño debe morir. Hay que asesinarlo.
Tus padres que tanto te querían incluso antes de que vinieras al mundo porque eras la esperanza soñada de su amor, evitaron enérgicamente tal crimen. Evitaron –no te enteraste nunca-- que unos instrumentos duros y fríos, movidos por manos calculadoras, se aproximaran a ti, poco a poco, despiadadas, como la serpiente a los pollos en su nido, para romper en pedazos sanguinolentos tu cuerpecillo indefenso y sacarlo roto y muerto.
Haces muy bien en darles a tus padres tantos besos. Sobre todo a tu madre. Cada beso es un gran pedazo de felicidad para ellos. Es cuando se dicen llenos de santo orgullo: “Gracias, Señor: ha merecido la pena”.
¡Vives! Y juegas y rellenas páginas de colorear y pones taquitos de color uno encima de otro y te arropa tu madre en la cama, después de haber rezado las “cuatro esquinitas” con tu lengua de trapo y de haber invocado la dulce compañía de tu Angel Custodio que cada vez es más amigo tuyo...
Chicho, eres un chico feliz que permanecerás en esa edad maravillosa que a los demás humanos se nos fue hace quizás bastante tiempo. “El que no se haga como un niño, no entrará en el Reino de los Cielos”. Tú no tienes que hacer ningún esfuerzo ¡Bendita permanencia de esa edad en ti!
Es verdad que a veces te enfadas. Te pones penoso o protestas. Algún capricho que se te ha negado porque no conviene... No importa. Se te pasa enseguida en cuanto oyes a tu madre –siempre a mano—que te dice: “Ea, ea, Chicho, mi niño, ven aquí con mamá” y allá vas tú como un corderito a los brazos de tu madre que te acaricia y te da ese calor tan especial que sólo las madres saben dar. Y ya está. Tan contento.
¡Hala! a mirar a “Lucita”, el pez rojo de sinuosa cola, que al verte se acerca descarada al borde de la pecera para que tú, metiendo un dedo, le rasques la barriguita.
También te extasía observar a “Pinto” el canario blanco que es muy presumido y, en cuanto te acercas –al principio se asustaba mucho pero ya se ha acostumbrado-- se pone contentísimo y hace gamberradas como esparcir el alpiste con enérgicos movimientos de su pico o bañarse mojándolo todo, pero que, después se sube a su trapecio y desde allí te dedica sus mejores trinos.
En días de sol sales al parque vecino y correteas de un lado para otro, con otros niños, espantando a las palomas que alzan el vuelo para volver a posarse enseguida. Los patos te saludan con sus gritos llamando la atención para que les eches un trozo de pan.
EN TORRECIUDAD
¿Sabes? Un día, no hace mucho, un amigo mío con su mujer y su familia estaban en un santuario que se llama Torreciudad, en Huesca. Entre los hijos hay uno que se llama Alvarito. Alvarito está en una silla de ruedas, no puede levantarse. Habla y razona con mucha lentitud y, si le preguntas cuántos años tiene, te lo dice levantando los dedos de las manos. Le preguntas su nombre y te lo dice: "Al-va-ro" . Sonríe con mucha facilidad. Alvaro es muy pillo. En cierta ocasión una chica joven se acercó a su hermana y le dio un papel. “Dale esto a tu madre”. La madre de Alvarito, conmovida, lo leyó Decía (¡textual!):
“He venido como siempre a pedirle a la Virgen mi conversión. Ver a ese niño en su silla de ruedas ha sido el toque de atención: a mí Dios me lo ha dado todo, fácil, he sido y soy feliz, sin problemas. Ese niño, no va a tener una vida fácil pero ayudará a muchos a reaccionar y a ser de una vez generosos con este Dios tan bueno y tan paciente. Gracias por no esconderlo. Tienen ustedes unos hijos para comérselos, todos.Gracias”
--Esta carta está ahora enmarcada en el cuarto de Alvarito--
¡Cuántas personas habrán pensado como esta anónima señorita al verte jugar en el parque! ¿Ves, Chicho, tu modo de hacer el bien? Lo haces siendo tú mismo, –recordando una frase muy querida-- estando donde te ha puesto Dios, “como un gran diamante que se queda donde lo ponen”.
TÚ NOS HACES ALGO MUY BUENO
A tu lado se está muy bien. Da la sensación de que se está haciendo algo muy bueno. La verdad es que, si lo pensamos, eres tú quien nos hace algo muy bueno a nosotros. Tú no eres más que la oportunidad para que yo haga algo bueno. Es de ti de donde arranca la llamada, la invitación.
Mi carta no tendría fin si me dejara llevar. Pero he de terminar. Te dejo con tu mirada llena de paz, sin queja al ver que me alejo de ti. Sólo hay una ligera sombra de tristeza. No te preocupes, Chicho, que volveré pronto, aunque sólo sea para ver cómo se ilumina tu cara con la alegría de reconocerme. Es como si volvieras a constatar: “¡Me quiere!”. Sí, te quiero. Y a Alvarito también. Y a todos vosotros que formáis como una legión de ángeles sobre la tierra. Almas sin pecado, incapaces de mal. Con cuerpos muy diferentes, pero con almas llenas de luz, destinados desde un principio, sin error posible de camino, hacia el Cielo.
Gracias, Chicho. Te quiere,
Bernardo ROBLEDO
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