Por
Carlos Goñi Zubieta*
Arvo Net, 06.06.2006
“Al tiempo que entonaba esas
cantinelas, golpeaba sus ojos
cargando sobre ellos una y otra
vez. Y las pupilas de sus ojos,
ensangrentadas, inundaban en
tromba sus mejillas.”
Sófocles, Edipo rey.
Linceo Cegarra siempre había
presumido de muy buena vista. Estaba
orgulloso de tener tan agudo el
sentido más noble, de no necesitar
curvarse sobre los libros y de no
haber de prescindir, por no quedarle
otro remedio, de los múltiples
detalles que para unos buenos ojos
tiene reservados la naturaleza. Se
sentía más que satisfecho de su
espléndida visión. Como quien
respira hondo sintiéndose sano, él
miraba arrogante todas las cosas y
notaba que, al hacerlo, una íntima
complacencia, mezcla de soberbia e
ingenuidad, le producía un
cosquilleo muy adentro. A veces
resultaba cargante: que si, Mira
sobre la mesa esa mota de polvo,
pero ¿no la ves?, que si, Allí a lo
lejos, justo sobre el horizonte,
revolotean dos gaviotas; yo las veo
como si estuvieran aquí mismo, que
si, Pero ¿no ves que es la lancha
del guardacostas? De más está decir
que su afición predilecta era mirar.
Le gustaba estarse en el rompeolas y
discutir con los pescadores,
mientras languidecían las cañas,
sobre los barcos que sumergían de
alta mar, Ya verán ustedes cómo es
un mercancías. Sólo había que
esperar unos minutos para que los
oídos de Linceo Cegarra escucharan
el halago que tanto anhelaban, Pues
tenía usted razón, ¡vaya vista!
Cuando las sombras de la noche
amenazaban al día, Linceo Cegarra se
refugiaba en su casa, un ático
blanco a la brisa del mar. Odiaba la
noche como se odia a quien te hace
sufrir. Tras una triste cena de
soltero, tan rápida de preparar como
de engullir, daba a sus ojos la
última satisfacción de la jornada
releyendo una vieja Biblia de
minúscula grafía. Atento más a la
letra que al espíritu, surcaba con
sus pupilas las páginas amarillas,
advirtiendo aquí una vocal
desajustada, más allá una t mal
cruzada y por doquier cientos de
irremediables imperfecciones que
causa el comercio de la tinta con el
papel. Complacido por todo lo visto
daba descanso a sus ojos, los
cerraba despacio al tiempo que el
sueño iba anestesiando su mente. Al
despertar, los abría muy poco a
poco, después pestañeaba varias
veces, como preparan los atletas sus
músculos antes de la carrera; tras
esta exhaustiva gimnasia, los abría
totalmente. La luz, que crea las
formas y los colores, entraba por
aquellas bóvedas trasparentes y
llenaba el alma de Linceo Cegarra
con la felicidad de las
posibilidades.
Linceo Cegarra trabajaba de contable
en la Lonja. Disponía de un
despachito acristalado desde el que
se dominaba todo el trajín de aquel
cementerio marino. Desde su almena
era capaz de distinguir un arenque
de una sardina. Eso le hacía
sentirse orgulloso. Huelga decir que
el ambiente del lugar de trabajo de
Linceo Cegarra estaba impregnado por
un fuerte y pegajoso olor a pescado,
pero eso no le afectaba en lo más
mínimo, pues aunque muy largo de
vista, nuestro contable no tenía
sentido del olfato, En un catador de
vinos o en un cocinero, pensaba, eso
sería un impedimento, pero en mi
caso resulta ventajoso. La jornada
de trabajo acababa a eso de las
tres. Comía el Menú en un
restaurante del puerto y por la
tarde se dedicaba a pasearse hasta
llegar al rompeolas. A menudo
coincidía con Rufino Buenavista,
quien regentaba la óptica del mismo
nombre. Sabía el oftalmólogo que su
amigo era un cliente imposible y de
ello presumía Linceo y hacía bromas
sin cesar, Antes pasaré por la
funeraria que por la óptica. A lo
que el contertulio solía responder,
Mira Linceo que la vista también se
desgasta, que te rondan los
cincuenta y los ojos pasan factura.
Largo de vista, corto de
olfato, Linceo Cegarra era muy fino
de oído. Percibía los más leves
chirridos, los sonidos más lejanos,
los insignificantes ruidos que
llenan la conciencia del ambiente. A
diferencia de otras personas, la
excelente percepción auricular de
Linceo Cegarra iba unida a su
agudeza visual. Es decir, que oía
mejor si miraba al objeto que
profería el sonido. Si hablaba con
alguien y le miraba a la boca podía
percibir el roce de la lengua con
los dientes o el latido de su
corazón, y si escrutaba atentamente
la caída de una hoja, era capaz de
sentir el choque contra el suelo.
Una tarde de finales de septiembre
llegó solo hasta el rompeolas. No
había nadie, ningún pescador, porque
no estaba el mar para las cañas.
Caminó hasta el final, hasta la
punta que más se adentra en el
océano, y como el capitán que se
yergue en la proa, exploró el
horizonte. En la línea infinita,
vacía para el resto de los mortales,
oteó un pesquero. Le dio rabia no
poder llamar a alguno de los
pacientes pescadores, Mire usted
entre el mar y el cielo, ¿no ve
nada?, Pues tenga por cierto que
dentro de una hora echará amarras.
Le dio rabia no poder fantasear por
su nuevo descubrimiento y tener que
volverse a casa sin sentir aquello
de ¡Vaya vista que tiene usted! Por
no tener nadie con quien compartir
su hallazgo, se quedó mirando al
infinito fijando la vista en aquel
minúsculo punto que sólo los ojos de
Linceo Cegarra podían ver. Estoy
seguro, se decía, mucha gente ni con
prismáticos lograría divisarlo. Al
cabo de un rato, le pareció oír un
motor y voces de hombres. Miró a
babor y a estribor, pero no había
nada, ningún barco entrando en la
bahía ni descargando en el puerto.
Volvió la vista hacia el punto
lejano, como para despedirse de una
nueva proeza, pero que sólo iba a
constar en su fuero interno, cuando
otra vez le llegaron voces de
hombres y ruidos de un motor. Siguió
atento al mar, fija la mirada en el
barco que se iba reconstruyendo en
el confín del océano. Ahora la brisa
le trajo palabras: casa, pescado,
mujer, hijos. No lo podía creer.
Linceo Cegarra, el contable de la
Lonja, era capaz de percibir sonidos
a varias leguas de distancia.
Cerró los ojos y dejó de oír
aquellas voces. Ya no volvió a mirar
más. Se dio media vuelta y regresó a
su casa atónito. No se podía
explicar lo que le había ocurrido,
¿Acaso tiene relación la vista con
el oído?, se preguntaba. Aquella
noche no cenó. Algo demasiado
importante había comenzado a pasar
en su interior. Se sentía distinto,
como si dispusiera de una fuerza
misteriosa que no sabía si podría
controlar. Tenía miedo. Ni siquiera
pudo concentrarse en la vieja
Biblia. Esa noche le costó concebir
el sueño.
Pasó el otoño y el invierno. Aquella
incomprensible experiencia no volvió
a repetirse. Linceo Cegarra
comenzaba ya a prolongar sus paseos.
Había más luz. Se llegaba hasta el
rompeolas como era su costumbre y
miraba al mar. Esperaba hasta
descubrir algún objeto imperceptible
para los demás y llamaba a alguno de
los pescadores, Mire señor Cosme,
allí, en la punta del Faro, una
gaviota. El señor Cosme, que no
tenía otra cosa que hacer más que
esperar a que temblara la caña o
distraerse con los juegos de Linceo
Cegarra, se puso a su altura y con
la mano sobre las cejas haciendo
visera, dirigió los ojos al Faro.
Linceo Cegarra se le quedó mirando a
la frente arrugada y entonces
escuchó una voz que procedía de la
cabeza del pescador, Ahora le tengo
que decir que no veo nada y así se
pondrá contento, pobre infeliz.
Linceo se horrorizó, giró la cabeza
y se echó las manos a la cara. El
señor Cosme no se dio cuenta. Se
mantuvo un momento escrutando el
Faro hasta que al final se volvió y
dijo, Yo no veo nada, tiene usted
una vista... Pero Linceo Cegarra ya
salía deprisa del rompeolas y tomaba
el Paseo del puerto.
A mitad del Paseo se topó con Rufino
Buenavista que salía de la óptica,
Buenas tardes, Linceo. Pero Linceo
Cegarra no dijo nada, se acercó a su
amigo, se puso frente a él y se le
quedó mirando. Rufino se extrañó
mucho, pero esperó a que dijera
algo. Esa incómoda situación duró
unos instantes hasta que Linceo
escuchó, no de boca de Rufino, sino
de su cabeza, Este hombre está
chalado, qué le habrá pasado, tiene
cara de loco, ¿no me querrá hacer
daño?, será mejor que sonría y le
tranquilice. Rufino Buenavista
sonrió y le puso una mano sobre el
hombro, Vamos, Linceo, ¿qué te
pasa?, ¿no te encuentras bien? No lo
sé, respondió Linceo como ido, me
voy a casa, ¿No quieres que te
acompañe?, le preguntó su amigo, No.
Desde aquel día, la vista de Linceo
Cegarra se alió de tal manera con el
oído que podía escuchar los
pensamientos de los demás; sólo
tenía que mirarles a los ojos o a
cualquier parte de la cabeza. De
esta forma, Linceo Cegarra no pudo
evitar oír lo que pensaban de él sus
vecinos, sus compañeros de trabajo,
los pescadores, el camarero del
restaurante del puerto, la señora
que venía los viernes a limpiar, el
encargado del almacén, la chica de
la farmacia, el director de la
Lonja, el párroco de Santa Cecilia,
su amigo Rufino Buenavista, el dueño
del quiosco y todos los que se
paraban a hablar con él. De esa
manera tan violenta y cruel aprendió
Linceo Cegarra lo que es la
hipocresía humana.
Pronto se volvió cabizbajo y
reservado. Apenas hablaba con nadie
e iba de la Lonja al restaurante y
del restaurante a su casa. Ya no se
acercaba hasta el rompeolas, ya no
charlaba con los pescadores ni les
proponía sus juegos estúpidos, ya no
leía la vieja Biblia, llena de “tes”
mal cruzadas y microscópicas manchas
de tinta. Comenzó a odiar el que
fuera su sentido más amado. Linceo
Cegarra deseó quedarse ciego. Su
vida se convirtió en un infierno,
como lo sería la nuestra si
tuviéramos la posibilidad de saber,
como sabía Linceo Cegarra, lo que
los demás piensan de nosotros. En un
arrebato de locura, maldijo sus
ojos, compró ácido sulfúrico y se
administró sendas gotas en los
luceros de la cara.
Linceo Cegarra entró por primera vez
en la óptica de Rufino Buenavista,
Mira que confundir el ácido con el
colirio, le dijo su amigo.
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*Linceo: personaje mitológico, hijo
de Afareo. Participó en la
expedición de los Argonautas. Fue
muy provechosa su agudeza visual,
pues dicen que era capaz de ver a
través de una tabla de roble. |