 |
«VIVIR DE AFIRMACIÓN» (Mons. Javier Echevarría) |
|
 |
 |
|
 |
 |
 |
Mons. Javier Echevarría. Cuaresma: Vivir de afirmación.
|
 |
|
 |
«Vivir
de afirmación» |
|
Gracias a Dios, en bastantes lugares se
están despertando fuerzas que dormitaban y
muchas gentes están saliendo de su
individualismo para tomar parte activa en
las grandes batallas culturales y sociales
de nuestro tiempo. |
|
Extracto de la carta pastoral del
Prelado del Opus Dei Mons. Javier
Echevarría con motivo del inicio de la
Cuaresma, tiempo de preparación para la
Semana Santa y la Pascua.
05 de marzo de 2006
Comienza la Cuaresma, «tiempo
privilegiado de la peregrinación
interior hacia Aquél que es la fuente de
la misericordia. Es una peregrinación en
la que Él mismo nos acompaña a través
del desierto de nuestra pobreza,
sosteniéndonos en el camino hacia la
alegría intensa de la Pascua» (Benedicto
XVI, Mensaje para la Cuaresma 2006, 29-IX-2005).
Con su insistente invitación a
prepararnos para las fiestas pascuales,
la liturgia de estos próximos días nos
incita a rezar con mayor intensidad y
constancia, a ser más generosos en el
ofrecimiento de mortificaciones y en la
realización de obras de misericordia.
Este último es precisamente el aspecto
que Benedicto XVI ha querido resaltar en
su Mensaje, al elegir como lema aquella
expresión del Evangelio: «Al ver Jesús a
las gentes se compadecía de ellas» (Mt
9, 36). Podemos y debemos aplicar estas
palabras de San Mateo a nuestras
jornadas, caracterizadas por el continuo
trato con otras personas en campos muy
diferentes: la familia, el trabajo, el
descanso, las relaciones sociales...
En todos esos momentos —recuerda el
Santo Padre—, hemos de esforzarnos por
mirar a los demás como los miraba
Nuestro Señor y tratar de ayudarlos:
ver, en quienes nos rodean, sin excluir
a nadie, almas redimidas por la Sangre
preciosa de Jesucristo (cfr. 1 Cor 6,
20). Como hace veinte siglos, «la
"mirada" conmovida de Cristo se detiene
también hoy sobre los hombres y los
pueblos, puesto que por el "proyecto"
divino todos están llamados a la
salvación. Jesús, ante las insidias que
se oponen a este proyecto, se compadece
de las multitudes: las defiende de los
lobos, aun a costa de su vida. Con su
mirada, Jesús abraza a las multitudes y
a cada uno, y los entrega al Padre,
ofreciéndose a sí mismo en sacrificio de
expiación» (Mensaje para la Cuaresma
2006, 29-IX-2005). En aquellos tiempos,
morando físicamente entre sus hermanos
los hombres, el Verbo encarnado ponía
directamente sus ojos en los que le
seguían; ahora, desde el Sagrario y
desde el Cielo, se sirve de sus
discípulos —de ti y de mí— para dirigir
a cada hombre y a cada mujer su mirada
misericordiosa.
Siempre hay que pensar en los demás,
tratar de llevarlos a Dios. Pero en las
próximas semanas —en las que, además,
nos preparamos de modo inmediato para la
solemnidad de San José— ha de aumentar
aún más nuestro afán apostólico. Basta
detenernos en lo que a diario
contemplamos, en los círculos más
próximos y en el mundo entero, para
descubrir la urgente necesidad de la
caridad de Cristo que existe en todas
partes. Frente a los episodios de
violencia que se registran en tantas
naciones, los cristianos no hemos de
pagar con otras ofensas ni maltratar a
nadie. Para hacer frente a los problemas
de la convivencia humana —grandes y
pequeños—, la solución consiste en amar
más, en amar mejor, de acuerdo con la
exhortación de San Pablo:«No devolváis a
nadie mal por mal: buscad hacer el bien
delante de todos los hombres. Si es
posible, en lo que está de vuestra
parte, vivid en paz con todos los
hombres. No os venguéis, queridísimos,
sino dejad el castigo en manos de Dios
(...). Por el contrario, si tu enemigo
tuviese hambre, dale de comer; si
tuviese sed, dale de beber; al hacer
esto, amontonarás ascuas de fuego sobre
su cabeza. No te dejes vencer por el
mal; al contrario, vence el mal con el
bien» (Rm 12, 17-21).
San Josemaría, desde muy antiguo,
sintetizó esta enseñanza del Apóstol con
una frase incisiva: hay que «ahogar el
mal en abundancia de bien» (San
Josemaría Escrivá de Balaguer, Surco, n.
864). Y concretaba: «No se trata de
campañas negativas, ni de ser antinada.
Al contrario: vivir de afirmación,
llenos de optimismo, con juventud,
alegría y paz; ver con comprensión a
todos: a los que siguen a Cristo y a los
que le abandonan o no le conocen»
(Ibid.)
Esta actitud no tiene ninguna relación
con la pasividad o el derrotismo:
«comprensión no significa
abstencionismo, ni indiferencia, sino
actividad» (Ibid.) Como miembros de la
sociedad civil, los cristianos debemos
defender nuestros derechos ciudadanos
—también derechos de las demás personas—
con todos los medios lícitos a nuestro
alcance, sin agresividad pero sin
cesiones o componendas en lo que se
refiere al bien común de los individuos
y de las naciones. Ahora, cuando en
muchos sitios se hace gala de un
laicismo militante, es especialmente
importante que los que reconocen la ley
moral natural, se unan en la defensa y
promoción de esos valores,
independientemente de las creencias de
cada uno.
Gracias a Dios, en bastantes lugares se
están despertando fuerzas que dormitaban
y muchas gentes están saliendo de su
individualismo para tomar parte activa
en las grandes batallas culturales y
sociales de nuestro tiempo. ¿Cómo te
comportas tú, en uso de tu libertad
personal? ¿Participas en esas
iniciativas nobles según tus
posibilidades? ¿Procuras movilizar a
otros, advirtiéndoles que no pueden
quedarse encerrados en su caparazón,
sino que han de decidirse a dar la cara
para defender los derechos de Dios y los
derechos inalienables de la persona
humana?
Esa movilización se presenta como
estrategia permanente. A la vez, como se
trata de favorecer cambios incisivos y
duraderos, el compromiso personal
reviste una vital importancia. En el
corazón de cada ser humano se libran las
batallas decisivas para el mejoramiento
de la sociedad, como enseña el
Evangelio: «Del corazón proceden los
malos pensamientos, los homicidios, los
adulterios, las fornicaciones, los
robos, los falsos testimonios y las
blasfemias» (Mt 15, 19). San Pablo
propone un programa concreto, muy en
sintonía con el espíritu de la Cuaresma:
«Que la caridad esté libre de hipocresía
—escribe—, abominando el mal,
adhiriéndoos al bien; amándoos de
corazón unos a otros con el amor
fraterno, honrando cada uno a los otros
más que a sí mismo; diligentes en el
deber, fervorosos en el espíritu,
servidores del Señor; alegres en la
esperanza, pacientes en la tribulación,
constantes en la oración; compartiendo
las necesidades de los santos,
procurando practicar la hospitalidad»
(Rm 12, 9-13).
Se trata, en definitiva, de llevar a
cabo una gran siembra de caridad en los
corazones humanos y en las estructuras
sociales. Como Benedicto XVI ha señalado
en su primera encíclica, «el amor
—caritas— siempre será necesario,
incluso en la sociedad más justa. No hay
orden estatal, por justo que sea, que
haga superfluo el servicio del amor.
Quien intenta desentenderse del amor se
dispone a desentenderse del hombre en
cuanto hombre. Siempre habrá sufrimiento
que necesite consuelo y ayuda. Siempre
habrá soledad. Siempre se darán también
situaciones de necesidad material en las
que es indispensable una ayuda que
muestre un amor concreto al prójimo»
(Carta encíclica Deus caritas est, 25-XII-2005,
n, 28). Todos hemos de sentir esa
preocupación concreta por las personas
que viven en nuestro entorno, signo
claro del verdadero amor a Dios; porque
«el que no ama a su hermano, a quien ve,
no puede amar a Dios, a quien no ve» (1
Jn 4, 20).
San Josemaría nos enseñó que, para que
esta preocupación se manifieste con
rectitud y eficacia, se requiere
vaciarse del propio yo, acoger
sinceramente y como propias las
preocupaciones, las alegrías y las penas
de nuestros semejantes, y concretamente
de los que se hallan más cerca por
motivos de común vocación, de
parentesco, de profesión, etc. Quizá te
venga a los labios la exclamación —«¡es
muy difícil!»— que se recoge en Surco.
Recuerda la respuesta de san Josemaría y
empéñate en ponerla en práctica: «Oye,
si luchas, con la gracia de Dios basta:
prescindirás de los intereses
personales, servirás a los demás por
Dios, y ayudarás a la Iglesia en el
campo donde se libra hoy la batalla: en
la calle, en la fábrica, en el taller,
en la universidad, en la oficina, en tu
ambiente, en medio de los tuyos» (Surco,
n. 14).
Benedicto XVI señala que —en un primer
momento— las motivaciones del amor
suelen incluir objetivos como la propia
complacencia, la autorrealización, o
incluso el provecho personal. Por eso se
deben purificar, «seguir un camino de
ascesis, renuncia, purificación y
recuperación» (Carta encíclica Deus
caritas est, 25-XII-2005, n. 5). Sólo
así el amor inicial, imperfecto, podrá
llegar a fundirse con el amor de
verdadera donación, que se olvida de sí
mismo porque es un reflejo del amor de
Cristo a la humanidad. «Cuando Jesús
habla en sus parábolas del pastor que va
tras la oveja descarriada, de la mujer
que busca la dracma, del padre que sale
al encuentro del hijo pródigo y lo
abraza, no se trata sólo de meras
palabras, sino que es la explicación de
su propio ser y actuar. En su muerte en
la cruz se realiza ese ponerse Dios
contra sí mismo, al entregarse para dar
nueva vida al hombre y salvarlo: esto es
amor en su forma más radical» (Ibid., n.
12). San Josemaría nos enseñó a mirar
piadosamente al Crucifijo, porque «Jesús
en la Cruz, con el corazón traspasado de
Amor por los hombres, es una respuesta
elocuente —sobran las palabras— a la
pregunta por el valor de las cosas y de
las personas. Valen tanto los hombres,
su vida y su felicidad, que el mismo
Hijo de Dios se entrega para redimirlos,
para limpiarlos, para elevarlos» (San
Josemaría Escrivá de Balaguer, Es Cristo
que pasa, n. 165).
Al acercarnos a la solemnidad de San
José, después de haber meditado sus
dolores y gozos, pensemos en la lealtad
completa que hemos de poner en cuanto
nos ocupa. Suplicad a San Josemaría que
se grabe en las almas de cada una, de
cada uno, el "prejuicio psicológico" de
pensar siempre en Dios y en los demás,
pues jamás nos encontramos solos.
Aprendamos del Santo Patriarca a servir
gozosamente, amando la Voluntad del
Señor y esmerándonos en la caridad con
todas las almas.
Cfr.
http://www.opusdei.es/art.php?w=16&p=11928
‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾
|
|
| © ASOCIACIÓN ARVO
1980-2006
|
| Contacto:
webmaster@arvo.net |
| Editor-Coordinador:Antonio Orozco Delclós |
|
|
|
 |
 |
|
 |
 |
 |
|
 |
 |
Enviado por opusdie.org - 07/03/2006 |
  |
 |
|