Arvo Net, 28.02.2006
En el tiempo litúrgico de Cuaresma, la
lglesia nos llama a una conversión
más profunda al Amor de Dios (Deus
cáritas est).
«Con-versión»:
volver la cara, la mente, el corazón a
Dios, con todo nuestro ser. En rigor es
el Amor de Dios quien nos llama a vivir
de él, en él, por él, que es
donde se encuentra la suma felicidad.
Para ello es necesario quitar los
obstáculos que nos impiden vivir en el
Amor y poner los medios que nos conducen
a él. La inmensa mayoría de cristianos
estamos llamados a ser santos –vivir de
Amor- en medio del mundo. San Josemaría
Escrivá, fundador del Opus Dei, ofrece
en muchos lugares de su predicación oral
y escrita valiosas sugerencias para
ahondar en el espíritu de penitencia,
esencial en la vida de todo cristiano;
recogemos aquí algunas, con unos
párrafos al final que ilustran sobre el sentido
de la Cuaresma [1]:
Se ha trastocado de tal forma el sentido
cristiano en muchas conciencias que, al
hablar de mortificación y de penitencia, se
piensa sólo en esos grandes ayunos y
cilicios que se mencionan en los admirables
relatos de algunas biografías de santos. Al
iniciar esta meditación, hemos sentado la
premisa evidente de que hemos de imitar a
Jesucristo, como modelo de conducta.
Ciertamente, preparó el comienzo de su
predicación retirándose al desierto, para
ayunar durante cuarenta días y cuarenta
noches, pero antes y después practicó la
virtud de la templanza con tanta
naturalidad, que sus enemigos aprovecharon
para tacharle calumniosamente de hombre
voraz y bebedor, amigo de publicanos y
gentes de mala vida. [Amigos de Dios,
n. 136]
Así debes ejercitarte en el espíritu de
penitencia: cara a Dios y como un hijo, como
el pequeñín que demuestra a su padre cuánto
le ama, renunciando a sus pocos tesoros de
escaso valor -un carrete, un soldado
descabezado, una chapa de botella-; le
cuesta dar ese paso, pero al fin puede más
el cariño, y extiende satisfecho la mano. [Amigos
de Dios, n. 136]
Penitencia es el cumplimiento exacto del
horario que te has fijado, aunque el cuerpo
se resista o la mente pretenda evadirse con
ensueños quiméricos. Penitencia es
levantarse a la hora. Y también, no dejar
para más tarde, sin un motivo justificado,
esa tarea que te resulta más difícil o
costosa. [Amigos de Dios, n. 138]
La penitencia está en saber compaginar tus
obligaciones con Dios, con los demás y
contigo mismo, exigiéndote de modo que
logres encontrar al tiempo que cada cosa
necesita. Eres penitente cuando te sujetas
amorosamente a tu plan de oración, a pesar
de que estés rendido, desganado o frío.
[Amigos de Dios, n. 138]
Penitencia es tratar siempre con la máxima
caridad a los otros, empezando por los
tuyos. Es atender con la mayor delicadeza a
los que sufren, a los enfermos, a los que
padecen. Es contestar con paciencia a los
cargantes e inoportunos. Es interrumpir o
modificar nuestros programas, cuando las
circunstancias -los intereses buenos y
justos de los demás, sobre todo- así lo
requieran. [Amigos de Dios, n. 138]
La penitencia consiste en soportar con buen
humor las mil pequeñas contrariedades de la
jornada; en no abandonar la ocupación,
aunque de momento se te haya pasado la
ilusión con que la comenzaste; en comer con
agradecimiento lo que nos sirven, sin
importunar con caprichos. [Amigos de Dios,
n. 138]
Penitencia, para los padres y, en general,
para los que tienen una misión de gobierno o
educativa, es corregir cuando hay que
hacerlo, de acuerdo con la naturaleza del
error y con las condiciones del que necesita
esa ayuda, por encima de subjetivismos
necios y sentimentales. [Amigos de Dios,
n. 138]
El espíritu de penitencia lleva a no
apegarse desordenadamente a ese boceto
monumental de los proyectos futuros, en el
que ya hemos previsto cuáles serán nuestros
trazos y pinceladas maestras. ¡Qué alegría
damos a Dios cuando sabemos renunciar a
nuestros garabatos y brochazos de
maestrillo, y permitimos que sea El quien
añada los rasgos y colores que más le
plazcan!
Podría seguir señalándote una multitud de
detalles -te he citado sólo los que ahora me
venían a la cabeza-, que puedes aprovechar a
lo largo del día, para acercarte más y más a
Dios, más y más a tu prójimo. Si te he
mencionado esos ejemplos, insisto, no es
porque yo desprecie las grandes penitencias;
al contrario, se demuestran santas y buenas,
y aun necesarias, cuando el Señor llama por
ese camino, contando siempre con la
aprobación de quien dirige tu alma. Pero te
advierto que las grandes penitencias son
compatibles también con las caídas
aparatosas, provocadas por la soberbia. En
cambio, con ese deseo continuo de agradar a
Dios en las pequeñas batallas personales
-como sonreír cuando no se tienen ganas: yo
os aseguro, además, que en ocasiones resulta
más costosa una sonrisa que una hora de
cilicio-, es difícil dar pábulo al orgullo,
a la ridícula ingenuidad de considerarnos
héroes notables: nos veremos como un niño
que apenas alcanza a ofrecer a su padre
naderías, pero que son recibidas con inmenso
gozo. [Amigos de Dios, 139]
¿Y qué otros consejos os sugiero? Pues los
procedimientos que han utilizado siempre los
cristianos que pretendían de verdad seguir a
Cristo, los mismos que emplearon aquellos
primeros que percibieron el alentar de
Jesús: el trato asiduo con el Señor en la
Eucaristía, la invocación filial a la
Santísima Virgen, la humildad, la templanza,
la mortificación de los sentidos -que no
conviene mirar lo que no es lícito desear,
advertía San Gregorio Magno- y la
penitencia. [Amigos de Dios, 186]
No te vences, no eres mortificado, porque
eres soberbio. -¿Que tienes una vida
penitente? No olvides que la soberbia es
compatible con la penitencia... -Más
razones: la pena tuya, después de la caída,
después de tus faltas de generosidad, ¿es
dolor o es rabieta de verte tan pequeño y
sin fuerzas? -¡Qué lejos estás de Jesús, si
no eres humilde..., aunque tus disciplinas
florezcan cada día rosas nuevas! [Camino,
n. 200]
Entierra con la penitencia, en el hoyo
profundo que abra tu humildad, tus
negligencias, ofensas y pecados. -Así
entierra el labrador, al pie del árbol que
los produjo, frutos podridos, ramillas secas
y hojas caducas. -Y lo que era estéril,
mejor, lo que era perjudicial, contribuye
eficazmente a una nueva fecundidad. /
Aprende a sacar, de las caídas, impulso: de
la muerte, vida. [Camino, n. 211]
Ese Cristo, que tú ves, no es Jesús. -Será,
en todo caso, la triste imagen que pueden
formar tus ojos turbios... -Purifícate.
Clarifica tu mirada con la humildad y la
penitencia. Luego... no te faltarán las
limpias luces del Amor. Y tendrás una visión
perfecta. Tu imagen será realmente la suya:
¡El! [Camino, n. 212.]
¿Tienes miedo a la penitencia?... A la
penitencia, que te ayudará a obtener la Vida
eterna. -En cambio, por conservar esta pobre
vida de ahora, ¿no ves cómo los hombres se
someten a las mil torturas de una cruenta
operación quirúrgica? [Camino, n.
224]
El ayuno riguroso es penitencia gratísima a
Dios. -Pero, entre unos y otros, hemos
abierto la mano. No importa -al contrario-
que tú, con la aprobación de tu Director, lo
practiques frecuentemente. [Camino n. 231]
¿Motivos para la penitencia?: Desagravio,
reparación, petición, hacimiento de gracias:
medio para ir adelante...: por ti, por mí,
por los demás, por tu familia, por tu país,
por la Iglesia... Y mil motivos más. [Camino
n. 232]
Si sientes la Comunión de los Santos -si la
vives-, serás gustosamente hombre penitente.
-Y entenderás que la penitencia es "gaudium,
etsi laboriosum" -alegría, aunque trabajosa:
y te sentirás "aliado" de todas las almas
penitentes que han sido, son y serán.
[Camino n. 548]
Mientras descansa la Sagrada Familia, se
aparece el Angel a José, para que huyan a
Egipto. María y José toman al Niño y
emprenden el camino sin demora. No se
rebelan, no se excusan, no esperan a que
termine la noche...: di a Nuestra Madre
Santa María y a Nuestro Padre y Señor San
José que deseamos amar prontamente toda la
penitencia pasiva [Surco, n. 999].
Fomenta tu espíritu de mortificación en los
detalles de caridad, con afán de hacer
amable a todos el camino de santidad en
medio del mundo: una sonrisa puede ser, a
veces, la mejor muestra del espíritu de
penitencia. [Forja n. 149]
Cada día un poco más -igual que al tallar
una piedra o una madera-, hay que ir limando
asperezas, quitando defectos de nuestra vida
personal, con espíritu de penitencia, con
pequeñas mortificaciones, que son de dos
tipos: las activas -ésas que buscamos, como
florecicas que recogemos a lo largo del
día-, y las pasivas, que vienen de fuera y
nos cuesta aceptarlas. Luego, Jesucristo va
poniendo lo que falta. /-¡Qué Crucifijo tan
estupendo vas a ser, si respondes con
generosidad, con alegría, del todo! [Forja,
n. 403]
El espíritu de penitencia está
principalmente en aprovechar esas abundantes
pequeñeces -acciones, renuncias,
sacrificios, servicios.- que encontramos
cada día en el camino, convirtiéndolas en
actos de amor, de contrición, en
mortificaciones, y formar así un ramillete
al final del día: ¡un hermoso ramo, que
ofrecemos a Dios! [Forja, n. 408].
No es espíritu de penitencia hacer unos días
grandes mortificaciones, y abandonarlas
otros. / -Espíritu de penitencia significa
saberse vencer todos los días, ofreciendo
cosas -grandes y pequeñas- por amor y sin
espectáculo. [Forja, n. 784]
Después del Santo Sacrificio, has visto cómo
de tu Fe y de tu Amor -de tu penitencia, de
tu oración y de tu actividad- dependen en
buena parte la perseverancia de los tuyos y,
a veces, aun su vida terrena. / -¡Bendita
Cruz, que llevamos mi Señor Jesús -El-, y
tú, y yo! [Forja, n. 789]
Fortalece tu espíritu con la penitencia, de
tal manera que, cuando llegue la
contradicción, nunca te desalientes. [Forja,
n. 817]
____________________________________________
Sobre la Cuaresma:
[1] Hemos entrado en el tiempo de Cuaresma:
tiempo de penitencia, de purificación, de
conversión. No es tarea fácil. El
cristianismo no es camino cómodo: no basta
estar en la Iglesia y dejar que pasen los
años. En la vida nuestra, en la vida de los
cristianos, la conversión primera -ese
momento único, que cada uno recuerda, en el
que se advierte claramente todo lo que el
Señor nos pide- es importante; pero más
importantes aún, y más difíciles, son las
sucesivas conversiones. Y para facilitar la
labor de la gracia divina con estas
conversiones sucesivas, hace falta mantener
el alma joven, invocar al Señor, saber oír,
haber descubierto lo que va mal, pedir
perdón. [Es Cristo que pasa, 57]
¿Qué mejor manera de comenzar la Cuaresma?
Renovamos la fe, la esperanza, la caridad.
Esta es la fuente del espíritu de
penitencia, del deseo de purificación. La
Cuaresma no es sólo una ocasión para
intensificar nuestras prácticas externas de
mortificación: si pensásemos que es sólo
eso, se nos escaparía su hondo sentido en la
vida cristiana, porque esos actos externos
son -repito- fruto de la fe, de la esperanza
y del amor. [Es Cristo que pasa, 57]
La Cuaresma conmemora los cuarenta días que
pasó Jesús en el desierto, como preparación
de esos años de predicación, que culminan en
la Cruz y en la gloria de la Pascua.
Cuarenta días de oración y de penitencia. Al
terminar, tuvo lugar la escena que la
liturgia de hoy ofrece a nuestra
consideración, recogiéndola en el Evangelio
de la Misa: las tentaciones de Cristo. [Es
Cristo que pasa, 61]
Tiempo de penitencia, pues. Pero, como hemos
visto, no es una tarea negativa. La Cuaresma
ha de vivirse con el espíritu de filiación,
que Cristo nos ha comunicado y que late en
nuestra alma. El Señor nos llama para que
nos acerquemos a El deseando ser como El:
sed imitadores de Dios, como hijos suyos muy
queridos, colaborando humildemente, pero
fervorosamente, en el divino propósito de
unir lo que está roto, de salvar lo que está
perdido, de ordenar lo que ha desordenado el
hombre pecador, de llevar a su fin lo que se
descamina, de restablecer la divina
concordia de todo lo creado. [Es Cristo
que pasa, 65]