S.S. BENEDICTO XVI
Audiencia General
Miércoles 1 de marzo de 2006
Queridos hermanos y hermanas:
Hoy, con la liturgia del miércoles de
Ceniza, iniciamos el itinerario
cuaresmal de cuarenta días, que nos
llevará al Triduo pascual, memoria de la
pasión, muerte y resurrección del Señor,
centro del misterio de nuestra
salvación. Este es un tiempo favorable,
en el que la Iglesia invita a los
cristianos a tomar una conciencia más
viva de la obra redentora de Cristo y a
vivir con más profundidad su bautismo.
En efecto, en este tiempo litúrgico el
pueblo de Dios, desde los primeros
tiempos, se alimenta con la abundancia
de la palabra de Dios, para fortalecerse
en la fe, recorriendo toda la historia
de la creación y de la redención.
Con su duración de cuarenta días, la
Cuaresma encierra una indudable fuerza
evocadora. En efecto, alude a algunos de
los acontecimientos que marcaron la vida
y la historia del antiguo Israel,
volviendo a proponer, también a
nosotros, su valor paradigmático:
pensemos, por ejemplo, en los cuarenta
días del diluvio universal, que
concluyeron con el pacto de alianza
establecido por Dios con Noé, y así con
la humanidad, y en los cuarenta días de
permanencia de Moisés en el monte Sinaí,
tras los cuales tuvo lugar el don de las
tablas de la Ley. El tiempo de Cuaresma
quiere invitarnos sobre todo a revivir
con Jesús los cuarenta días que pasó en
el desierto, orando y ayunando, antes de
emprender su misión pública.
También nosotros hoy iniciamos un camino
de reflexión y oración con todos los
cristianos del mundo para dirigirnos
espiritualmente hacia el Calvario,
meditando los misterios centrales de la
fe. Así nos prepararemos para
experimentar, después del misterio de la
cruz, la alegría de la Pascua de
resurrección.
En todas las comunidades parroquiales se
realiza hoy un gesto austero y
simbólico: la imposición de la
ceniza; este rito va acompañado de
dos fórmulas muy densas de significado,
que constituyen una apremiante llamada a
reconocerse pecadores y a volver a Dios.
La primera fórmula reza: "Acuérdate de
que eres polvo y al polvo volverás" (cf.
Jn 3, 19). Estas palabras,
tomadas del libro del Génesis, evocan la
condición humana, marcada por la
caducidad y el límite, y quieren
impulsarnos a volver a poner nuestra
esperanza únicamente en Dios.
La segunda fórmula remite a las palabras
que pronunció Jesús al inicio de su
ministerio itinerante: "Convertíos y
creed en el Evangelio" (Mc 1,
15). Es una invitación a poner como
fundamento de la renovación personal y
comunitaria la adhesión firme y confiada
al Evangelio. La vida del cristiano es
una vida de fe, fundada en la palabra de
Dios y alimentada por ella. En las
pruebas de la vida y en todas las
tentaciones, el secreto de la victoria
radica en escuchar la Palabra de verdad
y rechazar con decisión la mentira y el
mal.
Este es el programa verdadero, central,
del tiempo de Cuaresma: escuchar la
Palabra de verdad; vivir, hablar y hacer
la verdad; evitar la mentira, que
envenena a la humanidad y es la puerta
de todos los males.
Por tanto, urge volver a escuchar, en
estos cuarenta días, el Evangelio, la
palabra del Señor, palabra de verdad,
para que en todos los cristianos, en
cada uno de nosotros, se refuerce la
conciencia de la verdad que nos ha sido
concedida, para que la vivamos y demos
testimonio de ella. La Cuaresma nos
impulsa a dejar que la palabra de Dios
penetre en nuestra vida para conocer así
la verdad fundamental: quiénes somos,
de dónde venimos, a dónde debemos ir,
cuál es el camino que hemos de seguir en
la vida. De este modo, el tiempo de
Cuaresma nos ofrece un itinerario
ascético y litúrgico que, a la vez que
nos ayuda a abrir los ojos a nuestra
debilidad, nos estimula a abrir el
corazón al amor misericordioso de
Cristo.
El camino cuaresmal, al acercarnos a
Dios, nos permite mirar de un modo nuevo
a nuestros hermanos y sus necesidades.
Quien comienza a ver a Dios, a ver el
rostro de Cristo, ve de una forma
diferente también a los hermanos,
descubre a los hermanos, su bien, su
mal, sus necesidades.
Por esto, la Cuaresma, como escucha de
la verdad, es un tiempo favorable para
convertirse al amor, porque la verdad
profunda, la verdad de Dios, es al mismo
tiempo amor. Al convertirnos a la verdad
de Dios, necesariamente debemos
convertirnos al amor, un amor que sepa
hacer propia la actitud de compasión y
misericordia del Señor, como quise
recordar en el
Mensaje
para la Cuaresma,
que tiene por tema las palabras
evangélicas: "Jesús, al ver a la
multitud, se compadeció de ella" (Mt
9, 36).
La Iglesia, consciente de su misión en
el mundo, no cesa de proclamar el amor
misericordioso de Cristo, que sigue
dirigiendo su mirada conmovida hacia los
hombres y los pueblos de todos los
tiempos.
"Ante los terribles desafíos de la
pobreza de gran parte de la humanidad
—escribí en el citado
Mensaje
cuaresmal—,
la indiferencia y el encerrarse en el
propio egoísmo están en un contraste
intolerable con la "mirada" de Cristo.
El ayuno y la limosna, que, junto con la
oración, la Iglesia propone de modo
especial en el período de Cuaresma, son
una ocasión propicia para configurarnos
con esa misma "mirada"" (L'Osservatore
Romano, edición en lengua española,
3 de febrero de 2006, p. 4), con la
mirada de Cristo, y vernos a nosotros
mismos, ver a la humanidad, a los demás,
con esta misma mirada. Con este espíritu
entremos en el clima austero y orante de
la Cuaresma, que es precisamente un
clima de amor a los hermanos.
Que sean días de reflexión e intensa
oración, en los que nos dejemos guiar
por la palabra de Dios, que la liturgia
nos propone abundantemente. Que la
Cuaresma sea, además, un tiempo de
ayuno, de penitencia y de vigilancia
sobre nosotros mismos, convencidos de
que la lucha contra el pecado no termina
nunca, pues la tentación es una realidad
de cada día, y la fragilidad y el engaño
son experiencias de todos.
Por último, que la Cuaresma, a través de
la limosna, haciendo el bien a los
demás, sea ocasión de compartir
sinceramente con los hermanos los dones
recibidos y de mostrarnos solícitos a
las necesidades de los más pobres y
abandonados.
Que en este itinerario penitencial nos
acompañe María, la Madre del Redentor,
que es maestra de escucha y de fiel
adhesión a Dios. Que la Virgen santísima
nos ayude a llegar, purificados y
renovados en la mente y en el espíritu,
a celebrar el gran misterio de la Pascua
de Cristo. Con estos sentimientos, deseo
a todos una buena y fructífera Cuaresma.