El próximo 6 de febrero comienza la
Cuaresma. Este año, el Santo Padre
invita a redescubrir en este tiempo
"el valor de ser cristianos" y
reflexiona sobre la limosna.
Mensaje
de S. S. Benedicto XVI
Vaticano, 30 de octubre de 2007
¡Queridos hermanos y hermanas!
1. Cada año, la Cuaresma nos ofrece una
ocasión providencial para profundizar en
el sentido y el valor de ser cristianos,
y nos estimula a descubrir de nuevo la
misericordia de Dios para que también
nosotros lleguemos a ser más
misericordiosos con nuestros hermanos.
En el tiempo cuaresmal la Iglesia se
preocupa de proponer algunos compromisos
específicos que acompañen concretamente
a los fieles en este proceso de
renovación interior: son la oración, el
ayuno y la limosna. Este año, en mi
acostumbrado Mensaje cuaresmal, deseo
detenerme a reflexionar sobre la
práctica de la limosna, que representa
una manera concreta de ayudar a los
necesitados y, al mismo tiempo, un
ejercicio ascético para liberarse del
apego a los bienes terrenales. Cuán
fuerte es la seducción de las riquezas
materiales y cuán tajante tiene que ser
nuestra decisión de no idolatrarlas, lo
afirma Jesús de manera perentoria: “No
podéis servir a Dios y al dinero” (Lc
16,13).
La limosna nos ayuda a vencer esta
constante tentación, educándonos a
socorrer al prójimo en sus necesidades y
a compartir con los demás lo que
poseemos por bondad divina. Las colectas
especiales en favor de los pobres, que
en Cuaresma se realizan en muchas partes
del mundo, tienen esta finalidad. De
este modo, a la purificación interior se
añade un gesto de comunión eclesial, al
igual que sucedía en la Iglesia
primitiva. San Pablo habla de ello en
sus cartas acerca de la colecta en favor
de la comunidad de Jerusalén (cf. 2Cor
8,9; Rm 15,25-27 ).
2. Según las enseñanzas evangélicas, no
somos propietarios de los bienes que
poseemos, sino administradores: por
tanto, no debemos considerarlos una
propiedad exclusiva, sino medios a
través de los cuales el Señor nos llama,
a cada uno de nosotros, a ser un medio
de su providencia hacia el prójimo. Como
recuerda el Catecismo de la Iglesia
Católica, los bienes materiales tienen
un valor social, según el principio de
su destino universal (cf. nº 2404).
En el Evangelio es clara la amonestación
de Jesús hacia los que poseen las
riquezas terrenas y las utilizan solo
para sí mismos. Frente a la muchedumbre
que, carente de todo, sufre el hambre,
adquieren el tono de un fuerte reproche
las palabras de San Juan: “Si alguno que
posee bienes del mundo, ve a su hermano
que está necesitado y le cierra sus
entrañas, ¿cómo puede permanecer en él
el amor de Dios?” (1Jn 3,17). La llamada
a compartir los bienes resuena con mayor
elocuencia en los países en los que la
mayoría de la población es cristiana,
puesto que su responsabilidad frente a
la multitud que sufre en la indigencia y
en el abandono es aún más grave.
Socorrer a los necesitados es un deber
de justicia aun antes que un acto de
caridad.
3. El Evangelio indica una
característica típica de la limosna
cristiana: tiene que ser en secreto.
“Que no sepa tu mano izquierda lo que
hace la derecha”, dice Jesús, “así tu
limosna quedará en secreto” (Mt 6,3-4).
Y poco antes había afirmado que no hay
que alardear de las propias buenas
acciones, para no correr el riesgo de
quedarse sin la recompensa de los cielos
(cf. Mt 6,1-2). La preocupación del
discípulo es que todo vaya a mayor
gloria de Dios. Jesús nos enseña:
“Brille así vuestra luz delante de los
hombres, para que vean vuestra buenas
obras y glorifiquen a vuestro Padre que
está en los cielos” (Mt 5,16). Por
tanto, hay que hacerlo todo para la
gloria de Dios y no para la nuestra.
Queridos hermanos y hermanas, que esta
conciencia acompañe cada gesto de ayuda
al prójimo, evitando que se transforme
en una manera de llamar la atención. Si
al cumplir una buena acción no tenemos
como finalidad la gloria de Dios y el
verdadero bien de nuestros hermanos,
sino que más bien aspiramos a satisfacer
un interés personal o simplemente a
obtener la aprobación de los demás, nos
situamos fuera de la óptica evangélica.
En la sociedad moderna de la imagen hay
que estar muy atentos, ya que esta
tentación se plantea continuamente. La
limosna evangélica no es simple
filantropía: es más bien una expresión
concreta de la caridad, la virtud
teologal que exige la conversión
interior al amor de Dios y de los
hermanos, a imitación de Jesucristo, que
muriendo en la cruz se entregó a sí
mismo por nosotros. ¿Cómo no dar gracias
a Dios por tantas personas que en el
silencio, lejos de los reflectores de la
sociedad mediática, llevan a cabo con
este espíritu acciones generosas de
sostén al prójimo necesitado? Sirve de
bien poco dar los propios bienes a los
demás si el corazón se hincha de
vanagloria por ello. Por este motivo,
quien sabe que “Dios ve en el secreto” y
en el secreto recompensará no busca un
reconocimiento humano por las obras de
misericordia que realiza.
4. Invitándonos a considerar la limosna
con una mirada más profunda, que
trascienda la dimensión puramente
material, la Escritura nos enseña que
hay mayor felicidad en dar que en
recibir (Hch 20,35). Cuando actuamos con
amor expresamos la verdad de nuestro
ser: en efecto, no hemos sido creados
para nosotros mismos, sino para Dios y
para los hermanos (cf. 2Cor 5,15). Cada
vez que por amor de Dios compartimos
nuestros bienes con el prójimo
necesitado experimentamos que la
plenitud de vida viene del amor y lo
recuperamos todo como bendición en forma
de paz, de satisfacción interior y de
alegría. El Padre celestial recompensa
nuestras limosnas con su alegría. Y hay
más: San Pedro cita entre los frutos
espirituales de la limosna el perdón de
los pecados. “La caridad –escribe– cubre
multitud de pecados” (1P 4,8). Como a
menudo repite la liturgia cuaresmal,
Dios nos ofrece, a los pecadores, la
posibilidad de ser perdonados. El hecho
de compartir con los pobres lo que
poseemos nos dispone a recibir ese don.
En este momento pienso en los que
sienten el peso del mal que han hecho y,
precisamente por eso, se sienten lejos
de Dios, temerosos y casi incapaces de
recurrir a él. La limosna, acercándonos
a los demás, nos acerca a Dios y puede
convertirse en un instrumento de
auténtica conversión y reconciliación
con él y con los hermanos.
5. La limosna educa a la generosidad del
amor. San José Benito Cottolengo solía
recomendar: “Nunca contéis las monedas
que dais, porque yo digo siempre: si
cuando damos limosna la mano izquierda
no tiene que saber lo que hace la
derecha, tampoco la derecha tiene que
saberlo” (Detti e pensieri, Edilibri, n.
201). Al respecto es significativo el
episodio evangélico de la viuda que, en
su miseria, echa en el tesoro del templo
“todo lo que tenía para vivir” (Mc
12,44). Su pequeña e insignificante
moneda se convierte en un símbolo
elocuente: esta viuda no da a Dios lo
que le sobra, no da lo que posee sino lo
que es. Toda su persona.
Este episodio conmovedor se encuentra
dentro de la descripción de los días
inmediatamente precedentes a la pasión y
muerte de Jesús, el cual, como señala
San Pablo, se ha hecho pobre a fin de
enriquecernos con su pobreza (cf. 2Cor
8,9); se ha entregado a sí mismo por
nosotros. La Cuaresma nos empuja a
seguir su ejemplo, también a través de
la práctica de la limosna. Siguiendo sus
enseñanzas podemos aprender a hacer de
nuestra vida un don total; imitándole
conseguimos estar dispuestos a dar, no
tanto algo de lo que poseemos, sino a
darnos a nosotros mismos. ¿Acaso no se
resume todo el Evangelio en el único
mandamiento de la caridad? Por tanto, la
práctica cuaresmal de la limosna se
convierte en un medio para profundizar
nuestra vocación cristiana. El
cristiano, cuando gratuitamente se
ofrece a sí mismo, da testimonio de que
no es la riqueza material la que dicta
las leyes de la existencia, sino el
amor. Por tanto, lo que da valor a la
limosna es el amor, que inspira formas
distintas de don, según las
posibilidades y las condiciones de cada
uno.
6. Queridos hermanos y hermanas, la
Cuaresma nos invita a “entrenarnos”
espiritualmente, también mediante la
práctica de la limosna, para crecer en
la caridad y reconocer en los pobres a
Cristo mismo. Los Hechos de los
Apóstoles cuentan que el Apóstol San
Pedro dijo al hombre tullido que le
pidió una limosna en la entrada del
templo: “No tengo plata ni oro; pero lo
que tengo, te lo doy: en nombre de
Jesucristo, el Nazareno, echa a andar” (Hch
3,6). Con la limosna regalamos algo
material, signo del don más grande que
podemos ofrecer a los demás con el
anuncio y el testimonio de Cristo, en
cuyo nombre está la vida verdadera. Por
tanto, que este tiempo esté
caracterizado por un esfuerzo personal y
comunitario de adhesión a Cristo para
ser testigos de su amor. María, Madre y
Sierva fiel del Señor, ayude a los
creyentes a llevar adelante la “batalla
espiritual” de la Cuaresma armados con
la oración, el ayuno y la práctica de la
limosna, para llegar a las celebraciones
de las fiestas de Pascua renovados en el
espíritu. Con este deseo, os imparto a
todos una especial Bendición Apostólica.
Vaticano, 30 de octubre de 2007
BENEDICTUS PP. XVI
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Vaticana
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