Lunes - 21.Mayo.2012

Grandes Secciones
Actualidad
Autores
Biología humana
Avances científicos de relevancia ética
Fe y ciencias
Ciencia
Filosofía
Teología
Espiritualidad
La vida del cristiano La vida del cristiano
Amor a la Madre de Dios Maria Madre de Dios
Sobre el Adviento Adviento
Tiempo de Navidad Tiempo de Navidad
Año Nuevo. Tiempo y eternidad Año Nuevo. Tiempo y eternidad
TIEMPO DE EPIFANÍA Epifanía
Cuaresma Cuaresma
Semana Santa Semana Santa
Tiempo pascual, Se celebra la Resurrección de  Jesucristo, fundamento de nuestra fe, Tiempo pascual
San José San José
SAN JOSEMARÍA ESCRIVÁ, SANTO DE LO ORDINARIO San Josemaría, Santo de lo ordinario
Cuadros de espiritualidad Cuadros de espiritualidad
Religión
Derecho
Familia - educación
Etica
Valores
Cultura
Literatura
Libros
Cine
Vídeos culturales
Testimonios
Archivo
Blog de N. López Moratalla
Los secretos de tu cerebro
Blog de A. Orozco
Blog informal. Notas. Avisos de Arvo.net.

LA MÚSICA DE UNA GRAN PALABRA, (Antonio Orozco Delclós)

ver las estadisticas del contenido recomendar  contenido a un amigo
VERDAD Y LIBERTAD

 


La música de una gran palabra, «Reconciliación»

 

Ojos cerrados, se hace el silencio. Se escucha tan sólo, muy quedo, in crescendo, la música donde danzan con sosegada vibración sostenida las letras que enlazan una gran palabra: "reconciliación".

por Antonio Orozco-Delclós
Arvo Net


En la Real Academia, "conciliar" suena a concierto, orden, armonía de voces e instrumentos musicales distintos. Se concilian ánimos, tendencias, saberes; sentimientos, deseos, amores; afanes, miradas, atenciones; textos, interpretaciones, versiones: todo sin violencia, desde un contraste previo, configurando una belleza única.

Nada impide soñar ahora despiertos, ojos cerrados, sinfonía de fondo. Soñar en "el principio", y desde "el principio". ¿Qué era en "el principio"? "En el principio era el Orden", diría Xenius (Cfr. Eugenio D"Ors, Diálogos, Madrid 1981, p.141). Orden supremo, armonía inmensa: Tres Personas en un solo Dios: ¡misterio!, el mayor es éste.

J.R.R. Tolkien, compuso un mito sugerente. En el principio estaba Eru (Illúvatar), el Único. Creó los Ainur, y les habló y les propuso temas de música, y cantaron ante él y él se sintió complacido. Las criaturas, al escuchar, alcanzaban una comprensión más y más profunda, y crecían en unisonancia y armonía. Cuando Eru les reveló el más poderoso de los temas -la gloria del principio y el esplendor del final-, se inclinaron ante Illúvatar y guardaron silencio.

Entonces les dijo Illúvatar: -Del tema que os he comunicado, quiero ahora que hagáis, juntos y en armonía, una Gran Música, cada cual con sus propios pensamientos y recursos, si así le place. Yo me sentaré y escucharé, y será de mi agrado que por medio de vosotros una gran belleza despierte en canción.

Entonces los Ainur comenzaron a convertir el tema de Illúvatar en una gran música. A Eru le pareció bien durante largo rato. Pero a medida que el tema prosperaba, nació un deseo turbio en el corazón Melkor (el más poderoso de los Ainur): entretejer asuntos de su propia imaginación discordantes con el tema de Illúvatar y de sus hermanos. Intentaba así acrecentar su poder y gloria.

Se quebró la armonía, estalló la estridencia. Quedaron confundidos los pensamientos de muchos y algunos comenzaron a concertar su música con la de Melkor. Hubo un mar de sonido turbulento. Por fin, se definieron dos músicas por completo discordantes: la de Melkor, con unidad propia, pero chirriante, vana e infinitamente reiterada, clamor de múltiples trompetas que bramaban unas pocas notas al unísono; la otra, aunque lenta y mezclada con un dolor sin medida -fuente principal de su belleza- era profunda, vasta y hermosa (J.R.R. TOLKIEN, El Silmarillion, Barcelona 1984, pp. 13-23).

Mitos que son verdad

Hasta aquí, parte del sueño mítico de Tolkien. En nocturno paseo londinense, le decía a su amigo C.S. Lewis: "los mitos son verdad". Ciertamente hay "mitos" que son verdad. Y son verdad, sin duda, las enseñanzas del Espíritu Santo, transcritas en la Escritura Sagrada: el árbol de la vida, el árbol de la ciencia del bien y del mal... (Cfr. Respuestas de la Pontificia Comisión Bíblica, de 30 de junio de 1909, Dz 2123/3514; Cfr.PIO XII, Humani generis; Conc. Vaticano II, GS 13). No son simples fábulas ingeniadas por imaginaciones calenturientas: son verdades vestidas de tul que velan y revelan la desnudez deslumbrante de los misterios y aconteceres que ofuscarían con su luz soberana nuestro débil mirar.

¿Cómo ver sin ser herido por la infinita luz del Dios Uno y Trino, y la del rayo creador de su Verbo, simplicísimo, majestuoso, poniendo cada cosa en el preciso orden que conviene al universo? Por contraste, ¿no fundiría ahora mismo la tristeza el corazón de quien viera el abismo hondísimo de negrura labrado por el pecado?

Hay verdades que deben cubrirse de velos a la mirada humana. El velo las vela y las revela. Y es responsabilidad nuestra desvelarlas hasta donde posible sea. Escuchar una y otra vez la melodía eterna - la Palabra de Dios - para alcanzar comprensión más y más honda de la Verdad, Bondad y Belleza que encubre, robusteciendo así - con la gracia divina - las pupilas, hasta ser capaces de mayor luz.

También es perentorio desvelar la hondura del abismo oscuro, porque "el hombre contemporáneo experimenta la amenaza de una impasibilidad espiritual y hasta de la muerte de la conciencia; y esta muerte es algo más profundo que el pecado: es la eliminación del sentido del pecado... Ese pecado comienza cuando al hombre no le dice ya nada la palabra de la Cruz como el grito último del amor, que tiene el poder de rasgar los corazones" (Juan Pablo II, En el Angelus, I-V-1979). Realmente, no sabríamos nada del pecado si, en la oración, no hiciéramos a menudo una ficción que no es ficción: vernos - así, vernos - con un imponente martillo en la mano que se descarga con furia sobre los clavos que perforaron la carne y los huesos del Verbo hecho carne, hasta fijarle en el madero de la Cruz. Y esto, después de desgarrar su cuerpo con látigo de cuero y hierros, y herir su cabeza con espinas largas como un dedo.

¿Cabe mayor discordancia, más insoportable chirrido, desorden más radical, crimen más imperdonable? " (...) Pero pareció que la música de Illúvitar se apoderaba de algún modo de las notas más triunfantes de Melkor y las entretejía en su propia solemne estructura".

En el mito de Tolkien incluso el pecado, la gran discordancia, único verdadero mal, lo implica Dios en su propia música; y lo que, por su natural imperio había de arruinarnos, nos conduce a un bien más alto que el dispuesto "al principio" para los que le aman.

El hombre, con el pecado, ha henchido de ponzoña un aguijón de muerte. Y cuando, súbito como el alacrán, se incurvaba dispuesto a clavarla en nuestras venas, Dios viene, se hace hombre, se interpone, deja que el maldito traspase su corazón humano con dolor sin límite. De Getsemaní al Calvario sufre, concentrando en breve espacio, el dolor, la angustia que el hombre había de padecer eternamente. El pecado le hiere y su dolor salva: en lo alto de la Cruz, reconcilia. Donde abundó el delito sobreabundó la gracia. Emerge en el mundo una armonía nueva, más bella aún que la del "principio". Dios enriquece con su sangre -si se puede hablar así- su infinito Amor del "principio" con el matiz riquísimo, delicadísimo, dulcísimo de la Misericordia. ¡Oh, Dios, te has superado a Ti mismo!

Incredibile, ergo divinum!, diría Tertuliano: increíble, luego es divino. O felix culpa!, canta la Iglesia universal. "­Bendito seas! Alabado seas por todas las criaturas por los siglos de los siglos! Amén. Cantad a Dios un cántico nuevo, porque ha hecho maravillas! (Sal 98 [97], 1).

¿Quién dijo que el río no puede desandar su curso y volver a su hontanar? Dios recrea el mundo, el corazón del hombre. Ojalá pueda recrearse en él eternamente. Que el amor humano al amor de Dios sea más grande que el pecado: que aborrezca aún el pecado más leve y toda ocasión que lo propicie.

Quizá a pesar de toda la luz que ahora nos ilumina, volverá a abrir grietas el humo pestilente de Satanás. Las sombras de Melkor quizá nos invadan de nuevo. En este mundo siempre está él como león rugiente en busca de presa que devorar. Quizá, por mi culpa, pierda la sintonía con la del Santo Espíritu. Tal vez consienta a menudo rebuznos y bramidos, gruñidos y relinchos. No me acostumbraré a ellos. Iré corriendo al lugar de la "Gran Música", donde se disuelven las estridencias y discordancias en la bellísima melodía de misericordia y de perdón.

Así se llama: sacramento de la reconciliación, donde criatura y Creador se funden en un abrazo de amor que restaura el orden y el concierto, y se revive mil veces la alegría inmensa de la armonía recobrada. Setenta veces siete.

Reconciliarse con Dios es reconciliarse con la paz, conciliar el sueño reparador de las estridencias exacerbantes de Melkor. Qué bien se duerme con la conciencia reconciliada con lo que me es más íntimo que yo mismo: Dios Uno y Trino.

¡Venid a mí...!

¿Cómo sucede que el hombre se aleje del sacramento de la reconciliación? ¿Es que no se entera de qué va la fiesta? ¿No se ha enterado de que hay fiesta? ¿Prefiere guardar el veneno cada día más denso en el corazón, en lugar de purificarse como Dios manda, y nunca mejor dicho?

¿Y después? ¿Cómo podré pagar al Señor todo el bien que me ha hecho? Alzaré el cáliz de salvación e invocaré el nombre del Señor ; acudiré al gran Sacrificio de la Reconciliación, la Misa, donde se re-presenta, se hace presente, actual, aquí y ahora, el mismo Sacrificio de la Cruz gloriosa del Calvario, cumbre donde las voces de los Ángeles y Santos adquieren notas, acentos y cadencias de indescriptible júbilo. Se atenúan los dolores de parto que fatigan a las criaturas de la tierra (Cfr. Rom 8, 22), pregustando ya la gran armonía de la libertad gloriosa de los hijos de Dios. Se supera el tiempo y el espacio. Mejor, tal vez: el tiempo, el espacio, las criaturas todas se concentran en el Centro de la Historia: "Yo aplaudo y ensalzo con los Ángeles: no me es difícil, porque me sé rodeado de ellos, cuando celebro la Santa Misa. Están adorando a la Trinidad. Como sé también que, de algún modo, interviene la Santísima Virgen, por la íntima unión que tiene con la Trinidad Beatísima y porque es Madre de Cristo, de su Carne y de su Sangre (B. Josemaría. Escrivá, Es Cristo que pasa, n. 89). Y siempre -según confiaba el mimso autor- "celebro la Misa con todo el Pueblo de Dios. Diré más: estoy también con los que aún no se han acercado al Señor, los que están más lejanos y todavía no son de su grey; a ésos también los tengo en el corazón. Y me siento rodeado por las aves que vuelan y cruzan el azul del cielo, algunas hasta mirar de hito en hito al sol... Y rodeado por todos los animales que están sobre la tierra; los racionales, que somos los hombres, aunque a veces perdamos la razón, y los irracionales, los que corretean por la superficie terrestre, o los que habitan en las entrañas escondidas del mundo".

En cada Misa, la grandiosa sinfonía de la Reconciliación universal va in crescendo. Es el momento de vivir con mayor intensidad y eficacia aquel consejo sacerdotal: Niño bueno: ofrécele el trabajo de aquellos obreros que no le conocen; ofrécele la alegría natural de los pobres chiquitines que frecuentan las escuelas malvadas...(Camino, 866).

Arvo Net, febrero 2001

 

© ASOCIACIÓN ARVO 1980-2005

Contacto: mailto:webmaster@arvo.net

Director de Revistas: Javier Martínez Cortés

Editor-Coordinador: Antonio Orozco Delclós

 

Enviado por Arvo Net - 15/05/2005 ir arriba

v01.99:0.36
GestionMax
TIENDA   Novedades   rss   contacto   buscador   tags   mapa web   
© ASOCIACIÓN ARVO | 1980-2009    
Editor / Coordinador: Antonio Orozco Delclós