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LA MÚSICA DE UNA GRAN PALABRA, (Antonio Orozco Delclós) |
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VERDAD Y LIBERTAD
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La música de una gran palabra, «Reconciliación»
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Ojos cerrados, se hace el silencio. Se escucha tan sólo, muy
quedo, in crescendo, la música donde danzan con
sosegada vibración sostenida las letras que enlazan una gran
palabra: "reconciliación". |
por Antonio
Orozco-Delclós
Arvo Net
En la Real Academia, "conciliar" suena a
concierto, orden, armonía de voces e
instrumentos musicales distintos. Se
concilian ánimos, tendencias, saberes;
sentimientos, deseos, amores; afanes,
miradas, atenciones; textos,
interpretaciones, versiones: todo sin
violencia, desde un contraste previo,
configurando una belleza única.
Nada impide soñar ahora despiertos, ojos
cerrados, sinfonía de fondo. Soñar en "el
principio", y desde "el principio". ¿Qué era
en "el principio"? "En el principio era el
Orden", diría Xenius (Cfr. Eugenio D"Ors,
Diálogos, Madrid 1981, p.141). Orden
supremo, armonía inmensa: Tres Personas en
un solo Dios: ¡misterio!, el mayor es éste.
J.R.R. Tolkien, compuso un mito sugerente.
En el principio estaba Eru (Illúvatar), el
Único. Creó los Ainur, y les habló y les
propuso temas de música, y cantaron ante él
y él se sintió complacido. Las criaturas, al
escuchar, alcanzaban una comprensión más y
más profunda, y crecían en unisonancia y
armonía. Cuando Eru les reveló el más
poderoso de los temas -la gloria del
principio y el esplendor del final-, se
inclinaron ante Illúvatar y guardaron
silencio.
Entonces les dijo Illúvatar: -Del tema que
os he comunicado, quiero ahora que hagáis,
juntos y en armonía, una Gran Música, cada
cual con sus propios pensamientos y
recursos, si así le place. Yo me sentaré y
escucharé, y será de mi agrado que por medio
de vosotros una gran belleza despierte en
canción.
Entonces los Ainur comenzaron a convertir el
tema de Illúvatar en una gran música. A Eru
le pareció bien durante largo rato. Pero a
medida que el tema prosperaba, nació un
deseo turbio en el corazón Melkor (el más
poderoso de los Ainur): entretejer asuntos
de su propia imaginación discordantes con el
tema de Illúvatar y de sus hermanos.
Intentaba así acrecentar su poder y gloria.
Se quebró la armonía, estalló la
estridencia. Quedaron confundidos los
pensamientos de muchos y algunos comenzaron
a concertar su música con la de Melkor. Hubo
un mar de sonido turbulento. Por fin, se
definieron dos músicas por completo
discordantes: la de Melkor, con unidad
propia, pero chirriante, vana e
infinitamente reiterada, clamor de múltiples
trompetas que bramaban unas pocas notas al
unísono; la otra, aunque lenta y mezclada
con un dolor sin medida -fuente principal de
su belleza- era profunda, vasta y hermosa (J.R.R.
TOLKIEN, El Silmarillion, Barcelona
1984, pp. 13-23).
Mitos que son verdad
Hasta aquí, parte del sueño mítico de
Tolkien. En nocturno paseo londinense, le
decía a su amigo C.S. Lewis: "los mitos son
verdad". Ciertamente hay "mitos" que son
verdad. Y son verdad, sin duda, las
enseñanzas del Espíritu Santo, transcritas
en la Escritura Sagrada: el árbol de la
vida, el árbol de la ciencia del bien y del
mal... (Cfr. Respuestas de la Pontificia
Comisión Bíblica, de 30 de junio de 1909, Dz
2123/3514; Cfr.PIO XII, Humani generis; Conc.
Vaticano II, GS 13). No son simples fábulas
ingeniadas por imaginaciones calenturientas:
son verdades vestidas de tul que velan y
revelan la desnudez deslumbrante de los
misterios y aconteceres que ofuscarían con
su luz soberana nuestro débil mirar.
¿Cómo ver sin ser herido por la infinita luz
del Dios Uno y Trino, y la del rayo creador
de su Verbo, simplicísimo, majestuoso,
poniendo cada cosa en el preciso orden que
conviene al universo? Por contraste, ¿no
fundiría ahora mismo la tristeza el corazón
de quien viera el abismo hondísimo de
negrura labrado por el pecado?
Hay verdades que deben cubrirse de velos a
la mirada humana. El velo las vela y las
revela. Y es responsabilidad nuestra
desvelarlas hasta donde posible sea.
Escuchar una y otra vez la melodía eterna -
la Palabra de Dios - para alcanzar
comprensión más y más honda de la Verdad,
Bondad y Belleza que encubre, robusteciendo
así - con la gracia divina - las pupilas,
hasta ser capaces de mayor luz.
También es perentorio desvelar la hondura
del abismo oscuro, porque "el hombre
contemporáneo experimenta la amenaza de una
impasibilidad espiritual y hasta de la
muerte de la conciencia; y esta muerte es
algo más profundo que el pecado: es la
eliminación del sentido del pecado... Ese
pecado comienza cuando al hombre no le dice
ya nada la palabra de la Cruz como el grito
último del amor, que tiene el poder de
rasgar los corazones" (Juan Pablo II, En el
Angelus, I-V-1979). Realmente, no sabríamos
nada del pecado si, en la oración, no
hiciéramos a menudo una ficción que no es
ficción: vernos - así, vernos - con un
imponente martillo en la mano que se
descarga con furia sobre los clavos que
perforaron la carne y los huesos del Verbo
hecho carne, hasta fijarle en el madero de
la Cruz. Y esto, después de desgarrar su
cuerpo con látigo de cuero y hierros, y
herir su cabeza con espinas largas como un
dedo.
¿Cabe mayor discordancia, más insoportable
chirrido, desorden más radical, crimen más
imperdonable? " (...) Pero pareció que la
música de Illúvitar se apoderaba de algún
modo de las notas más triunfantes de Melkor
y las entretejía en su propia solemne
estructura".
En el mito de Tolkien incluso el pecado, la
gran discordancia, único verdadero mal, lo
implica Dios en su propia música; y lo que,
por su natural imperio había de arruinarnos,
nos conduce a un bien más alto que el
dispuesto "al principio" para los que le
aman.
El hombre, con el pecado, ha henchido de
ponzoña un aguijón de muerte. Y cuando,
súbito como el alacrán, se incurvaba
dispuesto a clavarla en nuestras venas, Dios
viene, se hace hombre, se interpone, deja
que el maldito traspase su corazón humano
con dolor sin límite. De Getsemaní al
Calvario sufre, concentrando en breve
espacio, el dolor, la angustia que el hombre
había de padecer eternamente. El pecado le
hiere y su dolor salva: en lo alto de la
Cruz, reconcilia. Donde abundó el delito
sobreabundó la gracia. Emerge en el mundo
una armonía nueva, más bella aún que la del
"principio". Dios enriquece con su sangre
-si se puede hablar así- su infinito Amor
del "principio" con el matiz riquísimo,
delicadísimo, dulcísimo de la Misericordia.
¡Oh, Dios, te has superado a Ti
mismo!
Incredibile, ergo divinum!, diría
Tertuliano: increíble, luego es divino. O
felix culpa!, canta la Iglesia
universal. "Bendito seas! Alabado seas por
todas las criaturas por los siglos de los
siglos! Amén. Cantad a Dios un cántico
nuevo, porque ha hecho maravillas! (Sal 98
[97], 1).
¿Quién dijo que el río no puede desandar su
curso y volver a su hontanar? Dios recrea el
mundo, el corazón del hombre. Ojalá pueda
recrearse en él eternamente. Que el amor
humano al amor de Dios sea más grande que el
pecado: que aborrezca aún el pecado más leve
y toda ocasión que lo propicie.
Quizá a pesar de toda la luz que ahora nos
ilumina, volverá a abrir grietas el humo
pestilente de Satanás. Las sombras de Melkor
quizá nos invadan de nuevo. En este mundo
siempre está él como león rugiente en
busca de presa que devorar. Quizá, por
mi culpa, pierda la sintonía con la del
Santo Espíritu. Tal vez consienta a menudo
rebuznos y bramidos, gruñidos y relinchos.
No me acostumbraré a ellos. Iré corriendo al
lugar de la "Gran Música", donde se
disuelven las estridencias y discordancias
en la bellísima melodía de misericordia y de
perdón.
Así se llama: sacramento de la
reconciliación, donde criatura y Creador
se funden en un abrazo de amor que restaura
el orden y el concierto, y se revive mil
veces la alegría inmensa de la armonía
recobrada. Setenta veces siete.
Reconciliarse con Dios es reconciliarse con
la paz, conciliar el sueño reparador de las
estridencias exacerbantes de Melkor. Qué
bien se duerme con la conciencia
reconciliada con lo que me es más íntimo que
yo mismo: Dios Uno y Trino.
¡Venid a mí...!
¿Cómo sucede que el hombre se aleje del
sacramento de la reconciliación? ¿Es que no
se entera de qué va la fiesta? ¿No se ha
enterado de que hay fiesta? ¿Prefiere
guardar el veneno cada día más denso en el
corazón, en lugar de purificarse como Dios
manda, y nunca mejor dicho?
¿Y después? ¿Cómo podré pagar al Señor
todo el bien que me ha hecho? Alzaré el
cáliz de salvación e invocaré el nombre del
Señor ; acudiré al gran Sacrificio de la
Reconciliación, la Misa, donde se
re-presenta, se hace presente, actual, aquí
y ahora, el mismo Sacrificio de la Cruz
gloriosa del Calvario, cumbre donde las
voces de los Ángeles y Santos adquieren
notas, acentos y cadencias de indescriptible
júbilo. Se atenúan los dolores de parto que
fatigan a las criaturas de la tierra (Cfr.
Rom 8, 22), pregustando ya la gran armonía
de la libertad gloriosa de los hijos de
Dios. Se supera el tiempo y el espacio.
Mejor, tal vez: el tiempo, el espacio, las
criaturas todas se concentran en el Centro
de la Historia: "Yo aplaudo y ensalzo con
los Ángeles: no me es difícil, porque me sé
rodeado de ellos, cuando celebro la Santa
Misa. Están adorando a la Trinidad. Como sé
también que, de algún modo, interviene la
Santísima Virgen, por la íntima unión que
tiene con la Trinidad Beatísima y porque es
Madre de Cristo, de su Carne y de su Sangre
(B. Josemaría. Escrivá, Es Cristo que
pasa, n. 89). Y siempre -según confiaba
el mimso autor- "celebro la Misa con todo
el Pueblo de Dios. Diré más: estoy también
con los que aún no se han acercado al Señor,
los que están más lejanos y todavía no son
de su grey; a ésos también los tengo en el
corazón. Y me siento rodeado por las aves
que vuelan y cruzan el azul del cielo,
algunas hasta mirar de hito en hito al
sol... Y rodeado por todos los animales que
están sobre la tierra; los racionales, que
somos los hombres, aunque a veces perdamos
la razón, y los irracionales, los que
corretean por la superficie terrestre, o los
que habitan en las entrañas escondidas del
mundo".
En cada Misa, la grandiosa sinfonía de la
Reconciliación universal va in crescendo.
Es el momento de vivir con mayor intensidad
y eficacia aquel consejo sacerdotal: Niño
bueno: ofrécele el trabajo de aquellos
obreros que no le conocen; ofrécele la
alegría natural de los pobres chiquitines
que frecuentan las escuelas malvadas...(Camino,
866).
Arvo Net, febrero 2001
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Director de Revistas: Javier Martínez Cortés |
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Editor-Coordinador: Antonio Orozco Delclós
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Enviado por Arvo Net - 15/05/2005 |
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