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EL HOMBRE, ESE ABSURDO (Antonio Orozco Delclós)

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«EL HOMBRE, ESE ABSURDO» O «DIOS CONTRA SÍ MISMO»

 

«El hombre, el ser absurdo…» [J. Ratzinger].

En la muerte de Jesús en la cruz «se realiza ese ponerse Dios contra sí mismo,
al entregarse para dar nueva vida al hombre y
salvarlo» [Benedicto XVI]

 Por Antonio Orozco Delclós

 En un intento desesperado de poner orden a mis papeles, fui a comprar una carpeta con clasificador. Mientras andaba buscando por los anaqueles aquello que me pareciera de utilidad, un muchacho joven pero muy alto y fuerte me sorprendió con la pregunta: ¿A qué hora y dónde ponen la ceniza? Era el miércoles que iniciaba la Cuaresma. La secularización es un mito. La imposición de la ceniza, interesa a la gente joven. ¿Por qué será? Yo había celebrado el rito litúrgico por la mañana, con la fórmula «Convertíos y creed en el Evangelio». La otra, más clásica, «recuerda que eres polvo y en polvo te has de convertir» -lo ha dicho el Papa ese mismo día- son palabras tomadas del libro del Génesis, que «evocan la condición humana, marcada por la caducidad y el límite, y quieren impulsarnos a volver a poner nuestra esperanza únicamente en Dios» [Audiencia general, 1 de marzo 2006].

 Caducidad y límite. Expresan una parte insoslayable de la realidad: la dura realidad de la muerte, de la ceniza, del polvo al que hay que volver, cuando todo nuestro ser clama por la vida. El recuerdo puede suscitar un cierto desasosiego. De hecho, vemos cómo se intenta quitar de mil maneras de la memoria, o de restarle importancia, como si fuera una nada, algo insignificante, natural, con lo que todo se acaba y no hay que darle más vueltas.

 Juan Pablo II, decía en un menaje a la juventud que se reuniría en Denver, en 1992: «En todas las lenguas existen varios términos para expresar lo que el hombre no quiere perder bajo ningún concepto, lo que constituye su aspiración, su deseo, su esperanza; pero ninguna otra palabra como el término "vida" logra resumir en todas ellas de forma tan completa las mayores aspiraciones del ser humano. "Vida" indica la suma de los bienes deseados y al mismo tiempo aquello que los hace posibles, accesibles, duraderos». Y a continuación se preguntaba el papa Wojtyla: «¿Acaso la historia del hombre no está marcada por una fatigosa y dramática búsqueda de algo o alguien que sea capaz de liberarlo de la muerte y de asegurarle la vida?» [Mensaje del Santo Padre Juan Pablo II para la VIII Jornada Mundial De La Juventud, 15-VIII 1992]

 La ciencia, en el mejor de los casos  ofrece una solución transitoria y parcial. Por mucho que avance será incapaz de resolver la dura realidad de la muerte, de la ceniza, del polvo al que hay que volver.

 El cristiano, en coherencia con su fe en la verdad revelada por Cristo y recibida en su Iglesia, ¿ha de ver la muerte con entusiasmo o acaso con indiferencia estoica? Conviene no apresurarse en la respuesta. De una parte tenemos el testimonio de santos que en la madurez de su amor a Dios, desean tanto verle, contemplar su Rostro y disfrutar de su Amor infinito, que la muerte les resulta no una trivialidad, pero sí un momento sumamente gozoso, aun en medio del dolor que puedan sufrir en la enfermedad previa. Es un dato de experiencia a retener.

 Ahora bien, el cristiano que percibe en su corazón una cierta angustia ante la muerte, o lo que viene a ser lo mismo, ante la caducidad, el límite, ¿ha de inquietarse por ello, es decir, poner angustia sobre angustia, como si su obligación fuese entusiasmarse ante la dura realidad? Pienso que conviene tranquilizarse si se experimentan esos sentimientos naturales: se trata de sentimientos naturales ante un acontecer inesquivable no natural. Nos puede ayudar a comprender esto el que fuera profesor insigne de teología, Joseph Ratzinger, hoy papa Benedicto XVI.

 ¿Qué significa ser hombre?

Leer a Joseph Ratzinger es ir de asombro en asombro. Cuando uno espera una ardua y difícil argumentación se encuentra resuelta en unas pocas líneas una cuestión de siglos; cuando espera un alarde de erudición, se encuentra con la sencillez evangélica; cuando piensa que ya está todo dicho sobre una palabra evangélica se abisma en un pozo sin fondo; cuando se dispone a un lenguaje escolástico, se topa con términos que parecen sacados del más puro existencialismo ateo. Así, en su libro El Dios de los Cristianos: «Ser hombre significa ser para la muerte. Ser hombre es tener que morir, ser contradictorio». ¿¡Contradictorio!? Esto equivale a «absurdo». No se atreverá a decir tal cosa. Pues sí, lo dice más adelante: «El hombre, el ser absurdo…» [J. Ratzinger, El Dios de los cristianos, Ed. Sígueme, 2005, p. 84]

 Pero antes explica en qué consiste la absurdidad: «morir por necesidad biológica y natural, y al mismo tiempo albergar en su bios un centro espiritual abierto que pide eternidad; desde este centro, la muerte no es natural sino, ilógicamente, una expulsión del ámbito de la vida, ruina de una comunicación llamada a durar. En este mundo, vivir quiere decir morir.» [ibid.]

 Esta es la realidad de la existencia humana, por más que uno se empeñe en negar: la muerte no es natural, ser hombre es –existencialmente hablando- ser contradictorio. Lo mejor para soportarlo es saberlo. Reconozcamos que la razón se estrella ante esa monstruosidad que es la muerte. La muerte de los seres más queridos se experimenta como un «no es posible», ya no está; hoy, mañana, pasado mañana no volverá a casa, «¡es absurdo!», no es razonable. «De todos los males humanos, el peor es la muerte.» Ella constituye «el dolor más extremo de todos los que el hombre puede padecer, porque nos despoja del más amado de todos los bienes: la vida.» Estas expresiones implacables no proceden del materialismo ni del sensualismo, sino de Santo Tomás de Aquino. Contra todas las sentencias más o menos estoicas, según las cuales deberíamos aceptar la muerte como algo natural, pues todo lo que nace está destinado obviamente a morir, la muerte continúa siendo para todos, si somos sinceros, «no sólo algo espantoso, sino algo incomprensible…, una violación, una afrenta, un escándalo» (J. Maritain), un hecho que nada tiene de «natural» (J. B. Torelló).

 Cabe decir que la palabra más elocuente del Dios humanado sobre la muerte, en el mundo, es el llanto. La demostración de la absurdidad de la muerte se encuentra en las lágrimas de Jesús ante la tumba de su amigo Lázaro, cuando bien sabía que Él mismo lo devolvería a la vida instantes después [cfr. Jn 11, 35]. Es éste un momento privilegiado para captar la verdad de la encarnación del Logos y la verdad de la muerte. El Logos –Palabra, Razón, Sentido, como suele puntualizar Ratzinger a la traducción del término de la Vulgata latina, Verbo –, el Logos ante la irracionalidad, la contradicción, la absurdidad de la muerte de un ser creado para la inmortalidad, llora. No es para menos. El Rostro de Dios humanado ante el rostro del pecado, la muerte, llora. El muerto puede ser un santo, pero en cada muerte humana se refleja el rostro, el drama, la absurda tragedia del pecado de la humanidad.

 Negar esa cierta contradicción que alberga en sí misma la muerte del ser humano, además de escamotear la realidad de la existencia, sería a la vez bloquear el paso al fondo de la esencia del Cristianismo y de la existencia humano-divina de Jesucristo en la tierra; sería desconocer la gravedad de lo que necesitamos ser salvados: el absurdo; por otro nombre, el mal.

 En rigor, el mal no es «criatura» (su autor sí es criatura, no Dios) porque en el Creador no hay sombra alguna de mal. Como dice en otro lugar el cardenal Ratzinger: «el mal no es una criatura nueva, algo espontáneo y real en sí mismo, sino que es, por naturaleza, negación, una corrosión de la criatura. No es un ser –porque el ser sólo puede proceder de la Fuente del Ser-, sino una negación. Que la negación pueda ser tan poderosa tiene que conmocionarnos. Pero creo que es consolador saber que el mal no es una criatura, sino algo parecido a una planta parasitaria. Vive de lo que arrebata a otros y al final se mata a sí mismo igual que lo hace la planta parasitaría cuando se apodera de su hospedante y lo mata. El mal no es algo propio, existente, sino pura negación. Y si me entrego al mal, abandono el ámbito del despliegue positivo de la existencia a favor del estado parasitario, del autocarcomerse y de la negación de la existencia.» [J. Ratzinger, Dios y el mundo, Galaxia Gutenberg 2002, p. 120]

 ¿Qué significa «Se hizo hombre»?

Para liberarnos de tal monstruosidad, el Verbo se hizo carne, el Logos se hizo hombre. «Se hizo hombre» [artículo del Credo] significa, por consiguiente, también esto: fue a la muerte. La contradicción propia de la muerte humana adquiere en él su máxima agudización». [El Dios…, p. 84]

 Ratzinger considera que lo más grave de la muerte de Cristo es la interrupción del inefable diálogo con el Padre que constituía el eje de toda la existencia humana de Jesús. Pero este aspecto tiene una profundidad que ahora no podemos abarcar. «El grito mortal del salmo 21, «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?», nos permite conjeturar algo de la hondura de este acontecimiento». [El Dios…, p. 85]

 Un párrafo impresionante de la Encíclica Deus cáritas est, confirma la crudeza objetiva de la humana existencia: «Es cierto que Job puede quejarse ante Dios por el sufrimiento incomprensible y aparentemente injustificable que hay en el mundo. Por eso, en su dolor, dice: « ¡Quién me diera saber encontrarle, poder llegar a su morada!... Sabría las palabras de su réplica, comprendería lo que me dijera. ¿Precisaría gran fuerza para disputar conmigo?... Por eso estoy, ante él, horrorizado, y cuanto más lo pienso, más me espanta. Dios me ha enervado el corazón, el Omnipotente me ha aterrorizado » (23, 3.5-6.15-16). A menudo no se nos da a conocer el motivo por el que Dios frena su brazo en vez de intervenir. Por otra parte, Él tampoco nos impide gritar como Jesús en la cruz: « Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? » (Mt 27, 46). Deberíamos permanecer con esta pregunta ante su rostro, en diálogo orante: « ¿Hasta cuándo, Señor, vas a estar sin hacer justicia, tú que eres santo y veraz? » (cf. Ap 6, 10). San Agustín da a este sufrimiento nuestro la respuesta de la fe: «Si comprehendis, non est Deus», si lo comprendes, entonces no es Dios. Nuestra protesta no quiere desafiar a Dios, ni insinuar en Él algún error, debilidad o indiferencia. Para el creyente no es posible pensar que Él sea impotente, o bien que «tal vez esté dormido» (1 R 18, 27). Es cierto, más bien, que incluso nuestro grito es, como en la boca de Jesús en la cruz, el modo extremo y más profundo de afirmar nuestra fe en su poder soberano. En efecto, los cristianos siguen creyendo, a pesar de todas las incomprensiones y confusiones del mundo que les rodea, en la « bondad de Dios y su amor al hombre » (Tt 3, 4). Aunque estén inmersos como los demás hombres en las dramáticas y complejas vicisitudes de la historia, permanecen firmes en la certeza de que Dios es Padre y nos ama, aunque su silencio siga siendo incomprensible para nosotros.» (Benedicto XVI, Enc. Deus caritas est, n. 38).  Obviamente la protesta filial de que nos habla el Papa puede referirse justamente a la muerte.

 ¿Por qué?

¿Por qué Dios nos ha creado "para enviarnos" a la muerte?, es la pregunta que no cesa. Ciertamente no es Dios quien nos ha enviado a la muerte: «Porque Dios creó al hombre para la incorruptibilidad, le hizo imagen de su misma naturaleza» [Sab, 2, 23] ¿Entonces? ¿Estamos ante la frustración de la omnipotencia divina? Per peccatum mors, por el pecado entró la muerte en el mundo. Por una libertad creada buena, que eligió el mal, entró el absurdo en el universo y en nuestro mundo. El mal es lo ininteligible; por lo absurdo de la soberbia –obra de la criatura autoendemoniada- entró el absurdo de la muerte en el mundo. El absurdo desencadena una sarta de mentiras, engaños, errores buscados, aparentes autosuficiencias de lo insuficiente, poderes fantasmales y despóticos, odios a la vida, al alma y al cuerpo, en una palabra, lo que no se quiere nombrar: el pecado, lo monstruoso.

 «Hacerse hombre», significa que el Logos, es decir, el Hijo de Dios vivo, eternamente engendrado en el seno amoroso del Padre, que es toda la sabiduría, el orden, la paz, la vida en plenitud, el principio de inteligibilidad de todas las cosas, desciende al terreno del absurdo, de la contradicción, de la muerte, para vivir en ello, para morar en ello, para morir en ello, para salvarnos de todo ello. Desciende del Cielo y desciende «a los infiernos», al lugar de los muertos, viviendo la muerte, si se puede hablar así.

 Debiéramos calar hondo, con la ayuda de la Gracia, en la grandeza de la humildad del Hijo de Dios, en la magnitud del abismo del que habíamos de ser salvados, y por tanto, en la magnitud de la obra de la Redención. Nunca lo haremos bastante.

 Con su descendimiento a la profundidad de la muerte, el Hijo de Dios no nos ofrece un argumento racional explicativo del misterio del dolor, porque no lo hay. Responde a nuestras angustiosas y justificadas preguntas no con un argumento, sino con un hecho elocuentísimo: su encarnación para morir.

 «Todo se hizo por él y sin él no se hizo nada de cuanto existe» [Jn 1, 3]. Entrar en él sería el modo de entenderlo todo.  Establece su morada entre nosotros. Con ello –entre otras muchas cosas que aquí es imposible resumir- viene a decirnos algo así: Yo, el Logos, la Sabiduría misma, no puedo explicaros lo inexplicable; pues bien, asumo la responsabilidad de vuestra dolorosa existencia, asumo vuestra misma naturaleza mortal, asumo la contradicción, el absurdo, la muerte, salvo el pecado, para que entendáis esto que os demuestro como mi vida y con mi muerte: vale la pena ser hombre, vale la pena vivir y vale la pena morir. Tengo poder para dar mi vida y poder para recobrarla. Lo haré. Así podréis confiar plenamente en mí. Así vuestra fe será fe razonable. Tened fe Mí. Mirad mi llanto sobre todos los Lázaros del mundo, y sobre toda Jerusalén de la tierra. Tomad y comed: esto –este pan- es mi cuerpo (transustanciación) que se entrega a la tortura de la Cruz. Tomad y bebed: esto –este vino- es mi sangre que se derrama para el perdón de los pecados. Yo he venido a transformar la violencia en amor, la muerte en vida, el fracaso en victoria, el absurdo en coherencia…

 «Dios contra sí mismo»

«Cuando Jesús habla en sus parábolas del pastor que va tras la oveja descarriada, de la mu­jer que busca la dracma, del padre que sale al encuentro del hijo pródigo y lo abraza, no se trata sólo de meras palabras, -dice Benedicto XVI- sino que es la explicación de su propio ser y actuar. En su muerte en la cruz se realiza ese ponerse Dios contra sí mismo, al entregarse para dar nueva vida al hombre y salvarlo: esto es amor en su forma más radical» [BENEDICTO XVI, Deus caritas est, 25-XII-2005, n. 12]

 «Dios contra sí mismo». El Papa utiliza libremente el lenguaje, aunque en apariencia rompa esquemas intocables, con tal de despertar la mente al misterio del amor de Dios involucrado en el misterio del hombre; y, aquí, apunta a esa especie de dialéctica figurada que, en el amor, «sintetiza» la justicia con la misericordia para liberarnos del absurdo en que nos hallamos inmersos.

 Un nuevo lenguaje para la lógica de Dios. Hay la lógica de la física, la lógica matemática, la lógica de la biología, la lógica de la razón, las razones del corazón que la razón no entiende…; y la lógica del amor. Todas encuentran su unidad y armonía profundas en el Logos divino [2]. Sólo chirría con su estridencia absurda la lógica del mal, cuyo autor es criatura. Y esa estridencia perturbadora será por fin anulada por la sobreabundancia de aquella sabiduría que es todavía hoy «escándalo para los judíos, necedad para los gentiles; mas para los llamados, lo mismo judíos que griegos, un Cristo, fuerza de Dios y sabiduría de Dios. Porque la necedad divina es más sabia que la sabiduría de los hombres, y la debilidad divina, más fuerte que la fuerza de los hombres» [1 Cor 1, 23-24]. La lógica de Cristo crucificado, el Logos humanado en la cruz, torturado, muerto y enterrado como el grano de trigo.

 Lo que al absurdo parece absurdo es la sabiduría que salva: «pues la predicación de la cruz es una necedad para los que se pierden; mas para los que se salvan - para nosotros - es fuerza de Dios. Porque dice la Escritura: Destruiré la sabiduría de los sabios, e inutilizaré la inteligencia de los inteligentes. ¿Dónde está el sabio? ¿Dónde el docto? ¿Dónde el sofista de este mundo? ¿Acaso no entonteció Dios la sabiduría del mundo? De hecho, como el mundo mediante su propia sabiduría no conoció a Dios en su divina sabiduría, quiso Dios salvar  a los creyentes mediante la necedad de la predicación. Así, mientras los judíos piden señales y los griegos buscan sabiduría, nosotros predicamos a un Cristo crucificado» [1 Cor, 1-18-23]

 Transitando de la Vida a la muerte, el Logos ha transitado de la muerte a la Vida y «no puede sucumbir ya: resurge al otro lado del umbral de la muerte y crea una nueva plenitud. Sólo la resurrección descubre así lo último, lo definitivo en el artículo de fe «Se hizo hombre»: por ella sabemos que eso de ser hombre vige eternamente: Jesucristo se ha hecho hombre para siempre. Por él entró la humanidad en el propio ser de Dios: ese es el fruto de su muerte. Estamos en Dios. Dios es el totalmente otro (Ganzandere) y el no-otro (Nichtandere) simultáneamente. Cuando decimos Padre con él, lo decimos en Dios mismo. Esa es la esperanza de los hombres, la alegría cristiana, el evangelio: aún hoy es hombre. En él Dios se ha hecho verdaderamente el no-otro. El hombre, el ser absurdo, ya no es absurdo. El hombre, el ser desconsolado, ya no está desconsolado: podemos alegrarnos. Él nos ama: Dios nos ama de tal modo que su amor se hizo carne y carne permanece. Esta alegría debería ser el impulso más fuerte para comunicar eso mismo a otros, para darles también a ellos la alegría de la luz que nos ha nacido y anuncia el día en medio de la noche del mundo» [El Dios…, p. 85-86].

 No hay pues por qué minimizar ese cierto absurdo del que partimos, sino –unidos a la vida de Cristo- superarlo («ya no es absurdo»), como hacen los santos, con la gozosa certeza de una resurrección que no sólo aguarda en el futuro, sino que actúa ya en el presente… «hasta la Manifestación de nuestro Señor Jesucristo, Manifestación que a su debido tiempo hará ostensible el Bienaventurado y único Soberano, el Rey de los reyes y el Señor de los señores, el único que posee Inmortalidad, que habita en una luz inaccesible… A él el honor y el poder por siempre. Amén.» [1 Tim 6, 14-15].

 La Iglesia celebra todos los días el Misterio Pascual tantas veces cuantas ce celebra el Santo Sacrificio Eucarístico, pero se prepara durante cuarenta días –la Cuaresma- con especial intensidad, para celebrarlo más solemnemente en el Tiempo Pascual, y así –año tras año-, participemos también más intensamente en la Vida del Verbo encarnado.

 Así, pues, «la Cuaresma nos impulsa a dejar que la palabra de Dios penetre en nuestra vida para conocer así la verdad fundamental: quiénes somos, de dónde venimos, a dónde debemos ir, cuál es el camino que hemos de seguir en la vida. De este modo, el tiempo de Cuaresma nos ofrece un itinerario ascético y litúrgico que, a la vez que nos ayuda a abrir los ojos a nuestra debilidad, nos estimula a abrir el corazón al amor misericordioso de Cristo» [Benedicto XVI, Audiencia general, 1 de marzo 2006]

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Enviado por Arvo - 16/03/2006 ir arriba

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