Extractos de los mensajes del Papa en Cuaresma
Reunimos a
continuación extractos de discursos y homilías que
el Santo Padre ha pronunciado en preparación a
la Pascua.
Caridad, oración Penitencia para la renovación interior.
Jesús indica cuáles son los instrumentos útiles para realizar la
auténtica renovación interior y comunitaria: las obras de caridad
(limosna), la oración y la penitencia (el ayuno).
Ciertamente, el ayuno al que la Iglesia nos invita en este tiempo
fuerte no brota de motivaciones de orden físico o estético, sino de
la necesidad de purificación interior que tiene el hombre, para
desintoxicarse de la contaminación del pecado y del mal; para
formarse en las saludables renuncias que libran al creyente de la
esclavitud de su propio yo; y para estar más atento y disponible a
la escucha de Dios y al servicio de los hermanos. Por esta razón, la
tradición cristiana considera el ayuno y las demás prácticas
cuaresmales como "armas" espirituales para luchar contra el mal,
contra las malas pasiones y los vicios.
Al respecto, me complace volver a escuchar, juntamente con vosotros,
un breve comentario de san Juan Crisóstomo: "Del mismo modo que, al
final del invierno —escribe—, cuando vuelve la primavera, el
navegante arrastra hasta el mar su nave, el soldado limpia sus armas
y entrena su caballo para el combate, el agricultor afila la hoz, el
peregrino fortalecido se dispone al largo viaje y el atleta se
despoja de sus vestiduras y se prepara para la competición; así
también nosotros, al inicio de este ayuno, casi al volver una
primavera espiritual, limpiamos las armas como los soldados;
afilamos la hoz como los agricultores; como los marineros disponemos
la nave de nuestro espíritu para afrontar las olas de las pasiones
absurdas; como peregrinos reanudamos el viaje hacia el cielo; y como
atletas nos preparamos para la competición despojándonos de todo"
(Homilías al pueblo de Antioquía, 3).
(Homilía en la Misa del Miércoles de Ceniza, 21-II-2007).
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La conversión: un camino de todos los días
La Cuaresma es una oportunidad para «volver a ser» cristianos, a
través de un proceso constante de cambio interior y de avance en el
conocimiento y en el amor de Cristo. La conversión no tiene lugar
nunca una vez para siempre, sino que es un proceso, un camino
interior de toda nuestra vida. Ciertamente este itinerario de
conversión evangélica no puede limitarse a un período particular del
año: es un camino de todos los días, que tiene que abarcar toda la
existencia, cada día de nuestra vida.
San Agustín dijo en una ocasión que nuestra vida es un ejercicio
único del deseo de acercarnos a Dios, de ser capaces de dejar entrar
a Dios en nuestro ser. «Toda la vida del cristiano fervoroso
--dice-- es un santo deseo». Si esto es así, en Cuaresma se nos
invita aún más a arrancar «de nuestros deseos las raíces de la
vanidad» para educar el corazón en el deseo, es decir, en el amor de
Dios.
¿Qué es en realidad convertirse? Convertirse quiere decir buscar a
Dios, caminar con Dios, seguir dócilmente las enseñanzas de su Hijo,
Jesucristo; convertirse no es un esfuerzo para realizarse uno mismo,
porque el ser humano no es el arquitecto del propio destino.
Nosotros no nos hemos hecho a nosotros mismos. Por ello, la
autorrealización es una contradicción y es demasiado poco para
nosotros. Tenemos un destino más alto. Podríamos decir que la
conversión consiste precisamente en no considerarse en «creadores»
de sí mismos, descubriendo de este modo la verdad, porque no somos
autores de nosotros mismos.
(Primera audiencia Cuaresma 2007, 21-II-2007).
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Aceptar y corresponder al amor de Dios
Sólo el amor en el que se unen el don gratuito de uno mismo y el
deseo apasionado de reciprocidad infunde un gozo tan intenso que
convierte en leves incluso los sacrificios más duros. Jesús dijo:
"Yo cuando sea elevado de la tierra, atraeré a todos hacia mí". La
respuesta que el Señor desea ardientemente de nosotros es ante todo
que aceptemos su amor y nos dejemos atraer por Él. Aceptar su amor,
sin embargo, no es suficiente. Hay que corresponder a ese amor y
luego comprometerse a comunicarlo a los demás: Cristo "me atrae
hacia sí" para unirse a mí, para que aprenda a amar a los hermanos
con su mismo amor.
Vivamos la Cuaresma como un tiempo "eucarístico", en el que,
aceptando el amor de Jesús, aprendamos a difundirlo a nuestro
alrededor con cada gesto y palabra. De ese modo contemplar "al que
traspasaron" nos llevará a abrir el corazón a los demás reconociendo
las heridas infligidas a la dignidad del ser humano; nos llevará,
particularmente, a luchar contra toda forma de desprecio de la vida
y de explotación de la persona y a aliviar los dramas de la soledad
y del abandono de muchas personas
(Mensaje para la cuaresma 2007, 21-XI-2006).