Carta del
Prelado del Opus Dei
Mons. Javier Echevarría
4 de febrero
de 2008
El Prelado
del Opus Dei, en su carta pastoral de febrero, anima a
vivir la Cuaresma con optimismo y deseos de conversión,
para gozar con Dios de la felicidad.
Queridísimos: ¡que Jesús me guarde a
mis hijas y a mis hijos!
Estamos a las puertas de la Cuaresma: tiempo en el que la
Iglesia, como Madre buena, recuerda insistentemente a sus
hijos la necesidad de convertirse una y otra vez a Dios,
rectificando lo que haya que cambiar en nuestra existencia
personal. Ciertamente, como recordaba el Papa en una
circunstancia análoga, este itinerario de conversión
evangélica no puede limitarse a un período particular del
año: es un camino de cada día, que debe abrazar toda la
existencia, todos los días de nuestra vida[1].
Durante el rito litúrgico del Miércoles de Ceniza, el
sacerdote, al imponernos las cenizas, pronuncia unas
palabras que constituyen una llamada urgente a examinarnos:
acuérdate de que eres polvo y al polvo has de volver[2].
Así reza una de las fórmulas previstas. Es un recuerdo muy
expresivo de nuestra condición de criaturas mortales:
llegará el momento en el que el Señor nos llamará a su
presencia, juzgará nuestros pensamientos, palabras y
acciones, y nos dará la recompensa —de gloria, de
purificación o de condena— que haya merecido nuestra
existencia.
La consideración de esta realidad no ha de asustarnos, sino
movernos a dolor por nuestras faltas, a propósitos de mejora
y a la alegría del encuentro definitivo con la Trinidad. Lo
recuerda el Santo Padre en su última carta encíclica: ya
desde los primeros tiempos, la perspectiva del Juicio ha
influido en los cristianos, también en su vida diaria, como
criterio para ordenar la vida presente, como llamada a su
conciencia y, al mismo tiempo, como esperanza en la justicia
de Dios[3].
Es lo que pone de manifiesto la otra fórmula que puede
emplearse en ese rito: convertíos y creed en el Evangelio[4].
Somos pecadores, necesitados del perdón de Dios; por eso, se
nos invita a un cambio profundo, a enderezar el rumbo de
nuestra peregrinación terrena hacia la meta definitiva: la
felicidad eterna con Dios. Deseo que, con un sentido de
optimismo, veamos en estas palabras la exigencia de mejorar
día tras día: si mantenemos esa pelea, para nosotros el Juez
divino no será Juez —en el sentido austero de la palabra—
sino simplemente Jesús[5],
"nuestro" Jesús: un Dios que perdona.
Meditemos, por tanto, lo que escribió San Josemaría:
considerad esta maravilla del cuidado de Dios con nosotros,
dispuesto siempre a oírnos, pendiente en cada momento de la
palabra del hombre. En todo tiempo —pero de un modo especial
ahora, porque nuestro corazón está bien dispuesto, decidido
a purificarse—, Él nos oye, y no desatenderá lo que pide
un corazón contrito y humillado (Sal 50, 19)[6].
La Iglesia Santa nos pone delante, una y otra vez, con una
pedagogía muy acertada, las ideas fundamentales, para que se
nos queden bien grabadas y no las olvidemos. Al comenzar la
Cuaresma, mientras el sacerdote actúa en esa ceremonia del
Miércoles de Ceniza, nos invita a entonar un cántico lleno
de esperanza: renovemos nuestra vida con un espíritu de
humildad y penitencia; ayunemos y lloremos delante del
Señor, porque la misericordia de nuestro Dios está siempre
dispuesta a perdonar nuestros pecados[7].
Cada año consideramos que el espíritu de la Cuaresma se
resume en tres prácticas tradicionales de este período: la
oración, la penitencia, las obras de misericordia. Os he
invitado a deteneros en estos puntos, precisamente con
ocasión de este tiempo litúrgico. Ahora querría fijarme
especialmente en el espíritu de penitencia, que nos ha de
mover —con dolor y refugiándonos en la misericordia divina—
a reparar por nuestros pecados y por los de todas las
criaturas.
Glosando la llamada del profeta Joel al arrepentimiento —convertíos
a mí de todo corazón—, que la liturgia propone al
comienzo de la Cuaresma[8],
San Jerónimo se expresaba de la siguiente manera: «Que
vuestra penitencia interior se manifieste por medio del
ayuno, del llanto y de las lágrimas. Así, ayunando ahora,
seréis luego saciados; llorando ahora, podréis luego reír;
lamentándoos ahora, seréis luego consolados (...). No dudéis
del perdón, pues, por grandes que sean vuestras culpas, la
magnitud de su misericordia remitirá, sin duda, la
abundancia de vuestros muchos pecados»[9].
En primer lugar, reparemos por nuestras faltas personales.
Todos nosotros hemos recibido el Bautismo, que nos ha
convertido en hijos de Dios y miembros del Cuerpo Místico de
Cristo, que es la Iglesia. ¿No es lógico que correspondamos
a tanto amor con toda nuestra alma? Sin embargo, debemos
reconocer que con frecuencia, por nuestra debilidad, no
cumplimos la Voluntad de Dios o, por lo menos, no
correspondemos a su Amor con la prontitud y la generosidad
que tiene derecho a esperar de nosotros.
¡Cómo le dolía a nuestro Padre que tantos cristianos
olvidasen la grandeza y dignidad de su filiación divina!
Podemos aplicarnos sus palabras. Reacciona. —Oye lo que
te dice el Espíritu Santo: "Si inimicus meus maledixisset
mihi, sustinuissem utique" —si mi enemigo me ofende, no es
extraño, y es más tolerable. Pero, tú... "tu vero homo
unanimis, dux meus, et notus meus, qui simul mecum dulces
capiebas cibos" —¡tú, mi amigo, mi apóstol, que te asientas
a mi mesa y comes conmigo dulces manjares![10].
Hijas e hijos míos, sin perder nunca la paz, reconozcamos
sin ambages nuestros pecados y nuestras faltas: Padre y muy
Padre nuestro es el Señor, siempre dispuesto a acogernos en
sus brazos. Cuidemos diariamente los minutos de examen —sin
escrúpulos pero con delicadeza de conciencia—, para
descubrir con la luz del Espíritu Santo lo que ha salido
bien, lo que ha ido mal, lo que podríamos cumplir mejor.
Ante lo bueno, reaccionemos con sincera gratitud; ante las
faltas, imploremos filialmente el perdón; y acabemos siempre
con un acto de contrición —dolor de amor— y con algún
propósito bien concreto de lucha; pequeño quizá, pero con
serio afán de crecimiento interior.
De este modo, cuando acudamos al sacramento de la
Penitencia, lo haremos bien preparados y obtendremos más
provecho espiritual. ¿Somos conscientes de que, al practicar
el examen de conciencia, de antigua raigambre cristiana,
ponemos nuestra alma al descubierto delante del Señor? ¿Nos
damos cuenta de que Dios está dispuesto a concedernos su
gracia para que le amemos más?
La Iglesia ha recomendado y sigue recomendando la práctica
de la confesión frecuente. Sin este medio de santificación
personal, resulta muy difícil —por no decir imposible—
mantener un alto nivel de vida cristiana; más aún cuando, en
el ambiente que nos rodea, abundan las ocasiones de
apartarse del Señor. No me canso, por eso, de animaros a
seguir realizando un intenso y extenso apostolado de la
Confesión No nos dejemos llevar por los respetos
humanos, y alimentemos en nuestros amigos, parientes,
colegas, este afán de ayudar a las personas con las que
coinciden.
Decid a todos —también porque nos vean convencidos de lo que
manifestamos— que aprovechen la abundante gracia de la
Cuaresma, para purificar a fondo sus almas y descubrir o
intensificar un trato de intimidad con el Señor. Se llenarán
de paz y serán más felices, pues no hay gozo más grande que
saberse hijos de Dios. Orientémosles a que acudan
periódicamente a este sacramento de la alegría, como
lo calificaba nuestro Padre.
Os mencionaba también la necesidad de pedir perdón por los
pecados de los demás. Para esto no es preciso llevar a cabo
tareas grandes. Eso ya lo ha hecho Nuestro Señor, muriendo
en la Cruz por nosotros. Pero Él desea que unamos a su
Sacrificio redentor las pequeñas mortificaciones y
penitencias que la misma existencia trae consigo: las
molestias de una enfermedad, las incomprensiones por parte
de otros, las dificultades del trabajo, el fracaso de un
plan que nos habíamos trazado con gran ilusión... Para
aceptar con buen humor las contrariedades de este tipo, que
constituyen materia de nuestra santificación personal,
conviene que —especialmente durante estas semanas— añadamos
con generosidad pequeñas mortificaciones en la comida, en la
bebida, en la comodidad, en los momentos de descanso o
distracción, que nos unan más a la Cruz de Jesucristo y nos
vayan preparando para obtener mucho fruto de la Pascua.
Recientemente, Benedicto XVI ha recordado a todos la perenne
validez de este modo de comportarse. Escribe en su encíclica
sobre la esperanza: la idea de poder "ofrecer" las
pequeñas dificultades cotidianas, que nos aquejan una y otra
vez como punzadas más o menos molestas, dándoles así un
sentido, eran parte de una forma de devoción todavía muy
difundida hasta no hace mucho tiempo, aunque hoy tal vez
menos practicada[11].
Y añade el Papa, lamentándose del olvido en que parecen
haber caído esas muestras de amor a Dios, que las almas
piadosas, mediante el ofrecimiento de las contrariedades de
la jornada, estaban convencidas de poder incluir sus
pequeñas dificultades en el gran com-padecer de Cristo, que
así entraban a formar parte de algún modo del tesoro de com-pasión
que necesita el género humano[12].
Y concluye: quizá debamos preguntarnos realmente si esto
no podría volver a ser una perspectiva sensata también para
nosotros[13].
Es una pregunta que os traslado, para que la consideréis
cada uno de vosotros, redescubriendo el valor del
sacrificio escondido y silencioso[14],
y para que la hagáis resonar al oído de las personas con las
que coincidís.
Como todos los meses, os pido que estéis muy unidos a mis
intenciones. Encomendad ahora de modo especial los comienzos
de la labor apostólica estable en Rumanía y en Indonesia; se
están dando pasos concretos para ponerla en marcha, si Dios
quiere, dentro de este año. Y seguid rezando por el Papa y
por sus intenciones, entre las que ocupa un lugar importante
la deseada unión de todos los cristianos, comenzando por una
unidad más honda y sobrenatural entre los católicos.
También deseo que encomendemos diariamente a las personas
enfermas: el Señor nos concede con abundancia el tesoro de
poder atender a tantas y a tantos que sufren. Me interesa
que, así como el Señor iba tras los dolientes para sanarlos
y consolarlos, así vayamos todas y todos a enriquecernos con
esta caridad, auténtico cariño, atendiendo a quienes lo
necesiten.
No quiero alargarme, pero os pido que acudáis al queridísimo
don Álvaro, que celebraba su santo el 19 de febrero.
Pidámosle que nos obtenga del Señor una superabundancia de
caridad fraterna, de modo que todos en la Obra —en cualquier
momento, y más aún si algunas o algunos pasan por un período
de enfermedad—, experimentemos vivamente que el Opus Dei es
familia, familia de verdad, en la que gustosamente nos
desvivimos los unos por los otros.
Con todo cariño, os bendice
vuestro Padre
+ Javier
Roma, 1 de febrero de 2008.
[1]
Benedicto XVI, Discurso en la audiencia general, 21-II-2007.
[2]
Misal Romano, Miércoles de Ceniza, Imposición de las
cenizas (cfr. Gn 3, 19).
[3]
Benedicto XVI, Carta encíclica Spe salvi, 30-XI-2007,
n. 41.
[4]
Misal Romano, Miércoles de Ceniza, Imposición de las
cenizas (cfr. Mc 1, 15).
[5]
San Josemaría, Camino, n. 168.
[6]
San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 57.
[7]
Misal Romano, Miércoles de Ceniza, Antífona en la
imposición de las cenizas (cfr. Jl 2, 13).
[8]
Cfr. Misal Romano, Miércoles de Ceniza, Primera lectura
(Jl 2, 12).
[9]
San Jerónimo, Comentario sobre el libro del profeta Joel
II, 12-13.
[10]
San Josemaría, Camino, n. 244.
[11]
Benedicto XVI, Carta encíclica Spe salvi, 30-XI-2007,
n, 40.
[12]
Ibid.
[13]
Ibid.
[14]
Cfr. San Josemaría, Camino, nn. 185 y 509.
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