CONGREGACIÓN PARA LA EDUCACIÓN CATÓLICA
DIMENSIÓN RELIGIOSA
DE LA EDUCACIÓN
EN LA ESCUELA CATÓLICA
ORIENTACIONES PARA LA REFLEXIÓN Y REVISIÓN
INTRODUCCIÓN
1. El 28 de octubre de 1965 el Concilio Vaticano II aprobó la declaración Gravissimum educationis sobre la educación cristiana. Ella establece el elemento característico de la escuela católica: «Esta persigue, en no menor grado que las demás escuelas, los fines culturales y la formación humana de la juventud. Su nota distintiva es crear un ambiente en la comunidad escolar animado por el espíritu evangélico de libertad y caridad, ayudar a los adolescentes para que en el desarrollo de la propia personalidad crezcan a un tiempo según la nueva criatura que han sido hechos por el bautismo, y ordenar, finalmente, toda la cultura humana según el mensaje de salvación, de suerte que quede iluminado por la fe el conocimiento que los alumnos van adquiriendo del mundo, de la vida y del hombre».(1)
El Concilio permite, pues, subrayar como característica específica de la escuela católica, la dimensión religiosa: a) en el ambiente educativo; b) en el desarrollo de la personalidad juvenil; c) en la coordinación entre cultura y evangelio; d) de modo que todo sea iluminado por la fe.
2. Han transcurrido ya más de veinte años desde la declaración conciliar; por tanto, acogiendo las sugerencias llegadas de muchas partes, la Congregación para la Educación Católica dirige una cordial invitación a todos los Excelentísimos Ordinarios locales y a los Reverendísimos Superiores y Superioras de los Institutos dedicados a la educación de la juventud, a fin de que examinen si se han seguido tales directrices del Concilio. La ocasión, contando también con los deseos expresados en la Segunda Asamblea General Extraordinaria del Sínodo de los Obispos de 1985, no debe dejarse pasar. Al examen deben seguir decisiones sobre qué cosa se puede y debe hacer, a fin de que las esperanzas puestas por la Iglesia en la misma escuela y compartidas por numerosas familias y alumnos, encuentren respuestas cada vez más eficaces.
3. Para dar cumplimiento a la declaración conciliar, la Congregación ha intervenido en los problemas de estas escuelas. Con el documento La Escuela Católica(2) presentó un texto sobre su identidad y su misión en el mundo de hoy. Con El laico católico testigo de la fe en la escuela (3) quiso valorar el trabajo de los laicos, que se suma a aquél de gran valor, que han realizado y realizan numerosas familias religiosas masculinas y femeninas. El presente texto se basa en las mismas fuentes, convenientemente actualizadas, de los documentos anteriores y guarda con ellos estrecha relación.(4)
4. Por fidelidad al tema propuesto, se tratará sólo de las escuelas católicas, esto es, de todas las escuelas e instituciones de enseñanza y educación de cualquier orden y nivel pre-universitario dependientes de la autoridad eclesiástica, orientados a la formación de la juventud laica, que operan en el área de competencia de este Dicasterio. Conscientemente se dejan sin respuesta otros problemas. Hemos preferido centrar la atención en uno solo, antes que dispersarla en muchos. Esperamos poder tratar de ellos oportunamente.(5)
5. Las páginas que siguen ofrecen orientaciones de carácter general. De hecho, las situaciones históricas, ambientales y personales difieren de un lugar a otro, de una escuela a otra y de una a otra clase.
La Congregación insta, por tanto, a los responsables de las escuelas católicas: Obispos, Superiores y Superioras religiosos, Directores de centros, a que reflexionen sobre tales orientaciones generales y las adapten a las situaciones locales concretas, que sólo ellos conocen bien.
6. Las escuelas católicas son frecuentadas también por alumnos no católicos y no cristianos. En algunos Países constituyen, incluso, la gran mayoría. El Concilio era consciente de ello.(6) Por tanto será respetada la libertad religiosa y de conciencia de los alumnos y de las familias. Libertad firmemente tutelada por la Iglesia.(7)
Por su parte, la escuela católica no puede renunciar a la libertad de proclamar el mensaje evangélico y exponer los valores de la educación cristiana. Es su derecho y su deber. Debería quedar claro a todos que exponer o proponer no equivale a imponer. El imponer, en efecto, supone violencia moral, que el mismo mensaje evangélico y la disciplina de la Iglesia rechazan resueltamente.(8)
PRIMERA PARTE
LOS JÓVENES DE HOY
ANTE LA DIMENSIÓN RELIGIOSA DE LA VIDA
1. La juventud en un mundo que cambia
7. El Concilio propuso un análisis realista de la situación religiosa de nuestro tiempo; (9) incluso hizo expresa referencia a la condición juvenil.(10) Otro tanto deben hacer los educadores. Cualquiera que sea el método que se use, procúrese aprovechar los resultados obtenidos en la encuesta sobre los jóvenes en su propio ambiente, sin olvidar que las nuevas generaciones, en ciertos aspectos, son diferentes de aquéllas a las que se refería el Concilio.
8. Gran número de escuelas católicas se encuentran en aquellas partes del mundo donde se producen actualmente profundos cambios de mentalidad y de vida. Se trata de grandes áreas urbanizadas, industrializadas, que progresan en la llamada economía terciaria. Se caracterizan por la amplia disponibilidad de bienes de consumo, múltiples oportunidades de estudio, complejos sistemas de comunicación. Los jóvenes están en contacto con los «mass-media» desde los primeros años de su vida. Escuchan opiniones de todo género. Se les informa precozmente de todo.
9. Por todos los medios posibles, entre ellos la escuela, reciben informaciones muy diversas, sin estar capacitados para ordenarlas sintetizarlas. De hecho no tienen todavía o no siempre, capacidad crítica para distinguir lo que es verdadero y bueno de lo que no lo es, ni siempre disponen de puntos de referencia religiosa y moral, para asumir una postura independiente y recta frente a las mentalidades y a las costumbres dominantes. El perfil de lo verdadero, de lo bueno y de lo bello ha quedado tan difuso, que los jóvenes no saben qué dirección seguir; y si aún creen en algunos valores, son incapaces de sistematizarlos, inclinándose, con frecuencia, a seguir su propia filosofía a tenor del gusto dominante.
Los cambios no llegan a todas partes del mismo modo ni con el mismo ritmo. En todo caso, a la escuela le toca indagar «in situ» el comportamiento religioso de los jóvenes, para conocer que piensan, como viven, como reaccionan donde los cambios son profundos, donde se están iniciando y donde son rechazados por las culturas locales, pero que igualmente llegan a través de los medios de comunicación, para los que no existen fronteras.
2. La situación juvenil
10. A pesar de la gran diversidad de situaciones ambientales, los jóvenes manifiestan características comunes que merecen la atención de los educadores.
Muchos de ellos viven con gran inestabilidad. Por una parte se encuentran en un mundo unidimensional, en el que sólo cuenta lo que es útil y, sobre todo, lo que ofrece resultados prácticos y técnicos. Por otra, parece que han superado ya esta etapa; de algún modo se constata en todas partes voluntad de salir de ella.
11. Muchos jóvenes viven en un ambiente pobre en relaciones y sufren, por lo tanto, soledad y falta de afecto. Es un fenómeno universal, a pesar de las diferentes condiciones de vida en las situaciones de opresión, en el desarraigo de las «chabolas» y en las f rías viviendas del mundo moderno. Se nota, más que en otros tiempos, el abatimiento de los jóvenes, y esto atestigua sin duda la gran pobreza de relaciones en la familia y en la sociedad.
12. Una gran masa de jóvenes mira con intranquilidad su propio porvenir. Esto es debido a que fácilmente se deslizan hacia la anarquía de valores humanos, erradicados de Dios y convertidos en propiedad exclusiva del hombre. Esta situación crea en ellos cierto temor ligado, evidentemente, a los grandes problemas de nuestro tiempo, tales como: el peligro atómico, el desempleo, el alto porcentaje de separaciones y divorcios, la pobreza, etc. El temor y la inseguridad del porvenir implican, sobre todo, fuerte tendencia a la excesiva concentración en sí mismos y favorecen, al mismo tiempo, en muchas reuniones juveniles la violencia no sólo verbal.
13. No pocos jóvenes, al no saber dar un sentido a su vida, con tal de huir de la soledad, se refugian en el alcohol, la droga, el erotismo, en exóticas experiencias, etc.
La educación cristiana tiene, en este campo, una gran tarea que cumplir con relación a la juventud: ayudarla a dar un significado a la vida.
14. La volubilidad juvenil se acentúa con el paso del tiempo; a sus decisiones les falta firmeza: del «sí» de hoy pasan con suma facilidad al «no» de mañana.
Una vaga generosidad, en fin, caracteriza a muchos jóvenes. Surgen movimientos animados de gran entusiasmo, pero no siempre ordenados según una óptica bien definida, ni iluminados desde el interior. Es importante, pues, aprovechar esas energías potenciales y orientarlas oportunamente con la luz de la fe.
15. En alguna región, una encuesta particular podría referirse al fenómeno del alejamiento de la fe de muchos jóvenes. El fenómeno comienza frecuentemente por el gradual abandono de la práctica religiosa. Con el tiempo nace una hostilidad hacia las instituciones eclesiásticas y una crisis de aceptación de la fe y de los valores morales a ella vinculados, especialmente en aquellos países donde la educación general es laica o francamente atea. Este fenómeno parece darse más a menudo en zonas de fuerte desarrollo económico y de rápidos cambios culturales y sociales. Sin embargo, no es un fenómeno reciente. Habiéndose dado en los padres, pasa a las nuevas generaciones. No es ya crisis personal, sino crisis religiosa de una civilización. Se ha hablado de «ruptura entre Evangelio y Cultura»(11)
16. El alejamiento toma, a menudo, aspecto de total indiferencia religiosa. Los expertos se preguntan si ciertos comportamientos juveniles no pueden interpretarse como sustitutivos para rellenar el vacío religioso: culto pagano al cuerpo, evasión en la droga, gigantescos «ritos de masas» que pueden desembocar en formas de fanatismo o de alienación.
17. Los educadores no deben limitarse a observar los fenómenos, sino que deben buscar sus causas. Quizá haya carencias en el punto de partida, es decir, en el ambiente familiar. Tal vez es insuficiente la propuesta de la comunidad eclesial. La formación cristiana de la infancia y de la primera adolescencia no siempre resiste los choques del ambiente. Quizá deba buscarse la causa, alguna vez, en la propia escuela católica.
18. Existen numerosos síntomas positivos y muy prometedores. En una escuela católica, como en cualquier otra escuela, se pueden encontrar jóvenes ejemplares por su comportamiento religioso, moral y escolar. Analizando las causas de esta ejemplaridad, a menudo aparece un óptimo ambiente familiar ayudado por la comunidad eclesial y por la misma escuela. Un conjunto de condiciones abierto a la acción interior de la gracia.
Hay jóvenes que, buscando una religiosidad más consciente, se preguntan por el sentido de la vida y encuentran en el Evangelio la respuesta a sus inquietudes. Otros, superando las crisis de indiferencia y duda, se acercan o retornan a la vida cristiana. Estas realidades positivas son motivo para esperar que la religiosidad de la juventud puede crecer en extensión y profundidad.
19. Pero hay también, jóvenes para los que su permanencia en la escuela católica influye poco en su vida religiosa; adoptan actitudes no positivas frente a las principales experiencias de las prácticas cristianas —oración, participación en la Santa Misa, frecuencia de sacramentos— o adoptan alguna forma de rechazo, sobre todo, respecto a la religión de la Iglesia.
Podríamos tener escuelas irreprochables en el aspecto didáctico, pero que son defectuosas en su testimonio y en la exposición clara de los auténticos valores. En estos casos es evidente, desde el punto de vista pedagógico-pastoral, la necesidad de revisar no sólo la metodología y los contenidos educativos religiosos, sino también el proyecto global en el que se desarrolla todo el proceso educativo de los alumnos.
20. Se debería conocer mejor la naturaleza de la demanda religiosa juvenil. No pocos se preguntan para qué vale tanta ciencia y tecnología, si todo puede acabar en una hecatombe nuclear; reflexionan sobre la civilización que ha inundado el mundo de «cosas», incluso bellas y útiles, y se preguntan si el fin del hombre consiste en tener muchas «cosas» y no en algo distinto que vale mucho más; y quedan desconcertados por la injusticia de que haya pueblos libres y ricos y pueblos pobres y sin libertad.
21. En muchos jóvenes, la posición crítica frente al mundo, llega a ser demanda crítica ante la religión para saber si ella puede responder a los problemas de la humanidad. En muchos, hay una exigencia de profundización en la fe y de vivir con coherencia. A ella se añade otra de compromiso responsable en la acción.
Los observadores valorarán el fenómeno de los grupos juveniles y de los movimientos de espiritualidad, apostolado y servicio. Señal de que los jóvenes no se contentan con palabras, sino que quieren hacer algo que valga para sí mismos y para los demás.
22. La escuela católica acoge a millones de jóvenes de todo el mundo,(12) hijos de su estirpe, de su nación, de sus tradiciones, de sus familias y, también, hijos de nuestro condiciones a las tiempo. Cada uno lleva en sí mismo las huellas de su origen y los rasgos de su individualidad. Esta escuela no se limita a impartir lecciones, sino que desarrolla un proyecto educativo iluminado por el mensaje evangélico y atento a las necesidades de los jóvenes de hoy. El conocimiento exacto de la realidad sugiere las mejores actuaciones educativas.
23. Según los casos, hay que volver a empezar desde los fundamentos, integrar aquello que los alumnos han asimilado, dar respuesta a las cuestiones que surgen en su espíritu curioso y crítico, destruir el muro de la indiferencia, ayudar a los ya bien educados a llegar a un «camino mejor» y darles una ciencia unida a la sabiduría cristiana.(13) Las formas y el avance gradual en el desarrollo del proyecto educativo están, pues, condicionados y guiados por el nivel de conocimiento de las situaciones personales de los alumnos.(14)
SEGUNDA PARTE
DIMENSIÓN RELIGIOSA DEL AMBIENTE
1. Concepto de ambiente educativo cristiano
24. Tanto la pedagogía actual como la del pasado, da mucha importancia al ambiente educativo. Este es el conjunto de elementos coexistentes y cooperantes capaces de ofrecer condiciones favorables al proceso formativo. Todo proceso educativo se desarrolla en ciertas condiciones de espacio y tiempo, en presencia de personas que actúan y se influyen recíprocamente, siguiendo un programa racionalmente ordenado y aceptado libremente. Por tanto, personas, espacios, tiempo, relaciones, enseñanza, estudio y actividades diversas son elementos que hay que considerar en una visión orgánica del ambiente educativo.
25. Desde el primer día de su ingreso en la escuela católica, el alumno debe recibir la impresión de encontrarse en un ambiente nuevo, iluminado por la fe y con características peculiares. El Concilio las resumió en un ambiente animado del espíritu evangélico de caridad y libertad.(15) Todos deben poder percibir en la escuela católica la presencia viva de Jesús «Maestro» que, hoy como siempre, camina por la vía de la historia y es el único «Maestro» y Hombre perfecto en quien todos los valores encuentran su plena valoración.
Pero es preciso pasar de la inspiración ideal a la realidad. El espíritu evangélico debe manifestarse en un estilo cristiano de pensamiento y de vida que impregne a todos los elementos del ambiente educativo.
La imagen del Crucificado en el ambiente recordará a todos, educadores y alumnos, esta sugestiva y familiar presencia de Jesús «Maestro», que en la cruz nos dio la lección más sublime y completa.
26. Los educadores cristianos, como personas y como comunidad, son los primeros responsables en crear el peculiar estilo cristiano. La dimensión religiosa del ambiente se manifiesta a través de la expresión cristiana de valores como la palabra, los signos sacramentales, los comportamientos, la misma presencia serena y acogedora acompañada de amistosa disponibilidad. Por este testimonio diario los alumnos comprenderán «qué» tiene de específico el ambiente al que está confiada su juventud. Si así no fuera, poco o nada quedaría de una escuela católica.
2. La escuela católica como ambiente físico
27. Muchos alumnos frecuentan la escuela católica desde la infancia hasta la madurez. Es justo que sientan la escuela como una prolongación de su casa. Es obligado, también, que la escuela-casa posea alguna de aquellas características que hacen agradable la vida en un ambiente familiar feliz. Y, donde éste no existe, la escuela puede hacer mucho para que sea menos dolorosa la falta del mismo.
28. A crear ese ambiente agradable contribuye la adecuada distribución del edificio, con zonas reservadas a las activldades didácticas, recreativas y deportivas y a otras, tales como reuniones de padres, profesores, trabajos de grupo etc. Las posibilidades, sin embargo, varían de un lugar a otro. Con realismo debe admitirse que existen edificios desprovistos de funcionalidad y comodidad. Sin embargo, los alumnos en un ambiente materialmente modesto se encontrarán igualmente a gusto, si humana y espiritualmente es rico.
29. El testimonio de sencillez y pobreza evangélicas caracteristico de la escuela catolíca no es contrario a la adecuada dotación de material didáctico. El dinamismo del progreso tecnológico exige que las escuelas estén provistas de equipos a veces complejos y costosos. No es un lujo, sino un deber basado en la finalidad didáctica de la escuela. Por ello las escuelas de la Iglesia tienen derecho a recibir ayuda para su actualización didáctica.(16) Personas y entidades deberían cumplir con esta necesaria obra de ayuda.
Los alumnos, por su parte, se responsabilizarán del cuidado de su escuela-casa para conservarla en las mejores condiciones de orden y limpieza. El cuidado del ambiente es un capítulo de la educación ecológica cada día más sentida y necesaria.
En la organización y en el desarrollo de la escuela católica como «casa», será de gran ayuda el conocimiento de la presencia en ella de María Santísima, Madre y Maestra de la Iglesia, que siguió el crecimiento en sabiduría y en gracia de su Hijo y, desde el comienzo, acompaña a la Iglesia en su misión salvadora.
30. Contribuye grandemente a los fines de la educación el emplazamiento de la capilla en el conjunto de la construcción, no como cuerpo extraño, sino como lugar familiar e íntimo donde los jóvenes creyentes encuentran la presencia del Señor: «Sabed que yo estoy con vosotros todos los días».(17) Y donde, además, se tienen, con cuidado especial, las celebraciones litúrgicas previstas en el calendario del curso escolar en armonía con la comunidad eclesial.
3. La escuela católica como ambiente eclesial educador
31. La declaración Gravissimum educationis (18) marca un cambio decisivo en la historia de la escuela católica: el paso de la escuela-institución al de escuela-comunidad. La dimensión comunitaria es especialmente fruto de la diversa conciencia que de Iglesia alcanzó el Concilio. Dicha dimensión comunitaria en cuanto tal no es en el texto conciliar una simple categoría sociológica, sino que es, sobre todo, teológica. De este modo se recobra la visión de Iglesia como Pueblo de Dios, tratada en el capítulo segundo de la Lumen gentium.
La Iglesia, reflexionando sobre la misión que el Señor le confió, escoge en cada momento los medios pastorales que cree más eficaces para el anuncio evangélico y la promoción completa del hombre. Considerada en este marco, también la escuela católica desempeña un verdadero y específico servicio pastoral, pues efectúa una mediación cultural, fiel a la nueva evangélica y, al mismo tiempo, respetuosa de la autonomía y competencia propias de la investigación científica.
32. De la escuela-comunidad forman parte todos los que están comprometidos directamente en ella: profesores, personal directivo, administrativo y auxiliar; los padres, figura central en cuanto naturales e insustituibles educadores de sus hijos y, los alumnos, copartícipes y responsables como verdaderos protagonistas y sujetos activos del proceso educativo.(19)
La comunidad escolar en su conjunto —con diversidad de funciones, pero con idénticos fines— posee las características de la comunidad cristiana, si es un lugar impregnado de caridad.
33. La escuela católica tiene desde el Concilio una identidad bien definida: posee todos los elementos que le permiten ser reconocida no sólo como medio privilegiado para hacer presente a la Iglesia en la sociedad, sino también como verdadero y particular sujeto eclesial. Ella misma es, pues, lugar de evangelización, de auténtico apostolado y de acción pastoral, no en virtud de actividades complementarias o paralelas o paraescolares, sino por la naturaleza misma de su misión, directamente dirigida a formar la personalidad cristiana. En este aspecto es esclarecedor el pensamiento del Santo Padre, Juan Pablo II, para quien «la escuela católica no es un hecho marginal o secundario en la misión pastoral del obispo. Tampoco se le puede atribuir únicamente una función de mera suplencia de la escuela estatal».(20)
34. La escuela católica encuentra su verdadera justificación en la misión misma de la Iglesia; se basa en un proyecto educativo en el que se funden armónicamente fe, cultura y vida. Por su medio la Iglesia local evangeliza, educa y colabora en la formación de un ambiente moralmente sano y firme en el pueblo.
El mismo Pontífice afirmó también que, «la necesidad de la escuela católica se manifiesta, con toda su clara evidencia, en su contribución al cumplimiento de la misión del pueblo de Dios, al diálogo entre Iglesia y comunidad humana, a la tutela de la libertad de conciencia ...». Para el Pontífice, la escuela católica busca, sobre todo, el logro de dos objetivos: ella, «en efecto, por sí misma tiene por fin conducir al hombre a su perfección humana y cristiana y a su maduración en la fe. Para los creyentes en el mensaje de Cristo, son dos facetas de una única realidad».(21)
35. La mayor parte de las escuelas católicas dependen de Institutos de vida consagrada, los cuales enriquecen el ambiente escolar con los valores de su comunidad de consagrados. Con su misma vida comunitaria manifiestan visiblemente la vida de la Iglesia que ora, trabaja y ama.
Sus miembros ofrecen su vida al servicio de los alumnos, sin intereses personales, convencidos de que en ellos sirven al Señor.(22) Aportan a la escuela la riqueza de su tradición educativa, moldeada en el carisma fundacional. Ofrecen una preparación profesional esmerada, exigida por su vocación docente, e iluminan su trabajo con la fuerza y el amor de su propia consagración.
Los alumnos comprenderán el valor de su testimonio. Más aún, cobrarán especial afecto a estos educadores, que saben conservar el don de una perenne juventud espiritual. Tal afecto perdurará por mucho tiempo una vez finalizados los años de escuela.
36. La Iglesia alienta la consagración de cuantos quieren vivir su propio carisma educativo.(23) Anima a los educadores a no desistir de su labor, aun cuando vaya acompañada de sufrimientos y dificultades. Antes bien, desea y reza para que otros muchos sigan su especial vocación. Pero si aparecieran dudas e incertidumbres, si se multiplicaran las dificultades deben retornar a los primeros días de su consagración, la que es una forma de holocausto.(24) Holocausto aceptado «en la perfección del amor, que es el fin de la vida consagrada».(25) Y tanto más meritorio cuanto se consume en servicio de la juventud, esperanza de la Iglesia.
37. También los educadores laicos, no menos que los sacerdotes y religiosos, aportan a la escuela católica su competencia y el testimonio de su fe. Este testimonio laical, vivido como ideal, es ejemplo concreto para la vocación de la mayoría de los alumnos. A los educadores laicos católicos la Congregación dedicó un documento especial,(26) concebido como un llamamiento a la responsabilidad apostólica de los laicos en el campo educativo, y por tanto, como participación fraterna en una misión común, que encuentra su punto de unión en la unidad de la Iglesia. En ella todos son miembros activos y cooperadores, en uno u otro campo de acción, aunque viviendo en estados diversos de vida, según la vocación de cada uno.
38. De esto se sigue que la Iglesia funda sus escuelas y las confía a los laicos; o también, que sean éstos los que las establezcan. En todo caso el reconocimiento de escuela católica está reservado a la autoridad competente.(27) En tales circunstancias, los laicos tendrán como primera preocupación la de crear un ambiente comunitario penetrado por el espíritu de caridad y libertad, atestiguado por su misma vida.
39. La comunidad educativa trabaja tanto más eficazmente cuanto más se refuerza en el ambiente la voluntad de participación. El proyecto educativo debe interesar igualmente a educadores, jóvenes y familias, de modo que cada uno pueda cumplir su parte, siempre con espíritu evangélico de caridad y libertad. Las vías de comunicación deben estar, por lo tanto, abiertas en todas las direcciones entre quienes están interesados en la vida de la escuela. Un ambiente positivo favorece los encuentros. Y a su vez, un análisis fraterno de los problemas comunes lo enriquece.
Frente a los problemas diarios de la vida, agravados quizás por incomprensiones y tensiones, la voluntad de participar en el programa educativo puede allanar dificultades, conciliar puntos de vista diferentes, facilitar la toma de decisiones en armonía con el proyecto educativo y, respetando la autoridad, hacer también posible la evaluación crítica de la marcha de la escuela con la participación de educadores, alumnos y familias en el común intento de procurar el bien común.
40. El clima comunitario de las escuelas primarias, en consideración a las peculiares condiciones de los alumnos, reproducirá en lo posible el ambiente íntimo y acogedor de la familia. Los responsables se empeñarán en fomentar recíprocas relaciones llenas de gran confianza y espontaneidad. Serán, también, solícitos en establecer estrecha y constante colaboración con los padres de los alumnos. La integración funcional entre escuela y familia representa, en efecto, la condición esencial en la que se hacen evidentes y desarrollan todas las facultades que los alumnos revelan en relación con uno u otro ambiente, incluida su apertura al sentimiento religioso y lo que tal apertura supone.
41. La Congregación quiere expresar su reconocimiento y satisfacción a aquellas diócesis que trabajan, sobre todo, por medio de las escuelas parroquiales primarias, muy merecedoras de la ayuda de toda la comunidad eclesial, y a aquellos Institutos religiosos que sostienen con evidentes sacrificios las escuelas primarias. Anima ardientemente a cuantas diócesis e Institutos religiosos tienen el deseo y la voluntad de crearlos.
No basta el cine, los entretenimientos, el campo de deportes, y la misma aula de religión, a menudo, no es suficiente. Se necesita la escuela. Con lo que se llega a una meta que en algunos países ha sido el punto de partida. Allí, en efecto, se comenzó con la escuela, para construir después el edificio sagrado y promover una nueva comunidad cristiana.(29)
4. La escuela católica como comunidad abierta
42. La escuela católica tiene interés en proseguir e intensificar la colaboración con las familias. Esta colaboración tiene por objeto no sólo las cuestiones escolares, sino que tiende, sobre todo, a la realización del proyecto educativo, y se acrecienta cuando se trata de cuestiones delicadas, como: la formación religiosa, moral y sexual, la orientación profesional y la opción por vocaciones especiales. Colaboración que no se debe a motivos de oportunidad, sino que se basa en motivos de fe. La tradición católica enseña que la familia tiene una misión educativa propia y original, que viene de Dios.
43. Los padres son los primeros y principales educadores de sus hijos.(29) La escuela es consciente de ello. Mas no siempre lo son las familias. La escuela, en este caso, asume también el deber de instruirlos. Todo lo que se haga a este respecto será poco. El camino que hay que seguir es el de la apertura, del encuentro y de la colaboración. No pocas veces sucede que cuando se habla de los hijos, se despierta la conciencia educativa de los padres. Al mismo tiempo, la escuela trata de involucrar sobre todo a las familias en el proyecto educativo, sea en la etapa de programación, sea en la de evaluación. La experiencia enseña que padres poco sensibles en un principio han llegado a ser óptimos colaboradores después.
44. «La presencia de la Iglesia en el campo escolar se manifiesta especialmente por la escuela católica».(30) Esta afirmación del Concilio tiene valor histórico y programático. En muchos lugares, y desde tiempos lejanos, las escuelas de la Iglesia han surgido en torno a los monasterios, a las iglesias catedrales y parroquiales. Signo visible de presencia y de unidad.
La Iglesia ha amado sus escuelas, donde cumple el deber de formar a sus hijos. Después de haberlas establecido por obra de obispos, de innumerables familias de vida consagrada y de laicos, no ha cesado de sostenerlas en las dificultades de todo género y de defenderlas frente a gobiernos inclinados a abolirlas o a apropiarse de ellas.
A la presencia de la Iglesia en la escuela corresponde la de la escuela en la Iglesia. Es la consecuencia lógica de una recíproca vinculación. La Iglesia que es horizonte preciso e insuperable de la Redención de Cristo y, también, el lugar donde la escuela católica se sitúa como en su manantial, reconociendo en el Papa el centro y la medida de la unidad de toda la comunidad cristiana. El amor y la fidelidad a la Iglesia animan la escuela católica.
Los educadores unidos entre sí en comunión generosa y humilde con el Papa, encuentran luz y fuerza para una auténtica educación cristiana. En términos prácticos, el proyecto educativo de la escuela está abierto a la vida y a los problemas de la Iglesia local y universal, atento al magisterio eclesiástico y dispuesto a la colaboración. A los alumnos católicos se les ayuda a insertarse en la comunidad parroquial y diocesana. Encontrarán la forma de adherirse a las asociaciones y movimientos juveniles y de colaborar en iniciativas locales.
Con el trato directo entre las escuelas católicas, el obispo y demás ministros de la comunidad eclesial, se reforzarán la estima y cooperación mutuas. De hecho, hoy día, el interés de las Iglesias locales por las escuelas católicas va haciéndose más vivo en las diversas partes del mundo.(31)
45. La educación cristiana exige respeto hacia el Estado y sus representantes, observancia de las leyes justas y búsqueda del bien común. Por tanto, todas las causas nobles, como: libertad, justicia, trabajo, progreso ... están presentes en el proyecto educativo y son sinceramente sentidas en el ambiente de la escuela. Acontecimientos y celebraciones nacionales de los respectivos Países tienen en él la debida resonancia.
Del mismo modo están presentes y se viven los problemas de la sociedad internacional. Para la educación cristiana, la humanidad es una gran familia dividida, sin duda, por razones históricas y políticas, pero siempre unida en Dios, Padre de todos. De ahí que los llamamientos de la Iglesia en favor de la paz, justicia, libertad, progreso de todos los pueblos y ayuda fraterna a los menos afortunados, tienen en la escuela convencida acogida. Análoga atención presta a los llamamientos provenientes de autorizados organismos internacionales, tales como la ONU y la UNESCO.
46. La apertura de las escuelas católicas a la sociedad civil es una realidad que cualquiera puede constatar. Por lo que, gobiernos y opinión pública deberían reconocer la labor de estas escuelas como servicio real a la sociedad. No es noble aceptar el servicio e ignorar o combatir al servidor. Afortunadamente parece que la comprensión hacia las escuelas católicas va mejorando, al menos en un buen número de Países.(32) Hay indicios de que los tiempos cambian, como lo demuestra una reciente encuesta hecha por la Congregación.
TERCERA PARTE
DIMENSIÓN RELIGIOSA DE LA VIDA
Y DEL TRABAJO ESCOLARES
1. Dimensión religiosa de la vida escolar
47. Los alumnos emplean la mayor parte de sus días y de su juventud en la vida y trabajo escolares. A menudo se identifica «escuela» con «enseñanza». En realidad la docencia es sólo una parte de la vida escolar.
En armonía con la actividad didáctica desarrollada por el profesor, está la participación del alumno que trabaja individual y comunitariamente: estudio, investigación, ejercicios, actividades para-escolares, exámenes, relaciones con los profesores y compañeros, actividades de grupo, asambleas de clase y de centro ...
En la compleja vida escolar, la escuela católica, totalmente afín a las otras escuelas, difiere de ellas en un punto esencial: ella está anclada en el Evangelio, de donde le viene su inspiración y su fuerza. El principio de que ningún acto humano es moralmente indiferente ante la propia conciencia y ante Dios encuentra aplicación precisa en la vida escolar. De ahí el trabajo escolar acogido como deber y desarrollado con buena voluntad; ánimo y perseverancia en los momentos difíciles; respeto al profesor; lealtad y caridad con los compañeros; sinceridad, tolerancia y bondad con todos.
48. No es sólo progreso educativo humano, sino verdadero itinerario cristiano hacia la perfección. El alumno religiosamente sensible sabe que cumple la voluntad de Dios en el trabajo y en las relaciones humanas cotidianas, y que sigue el ejemplo del Maestro, quien ocupó su juventud en el trabajo e hizo bien a todos.(33)
Otros estudiantes, que no tienen esta dimensión religiosa, no podrán obtener frutos benéficos y se exponen a vivir superficialmente los años más hermosos de su juventud.
49. En el marco de la vida escolar merece una mención especial el trabajo intelectual del alumno. Este trabajo no debe ir separado de la vida cristiana, entendida como adhesión al amor de Dios y cumplimiento de su voluntad. La luz de la fe cristiana estimula el deseo de conocer el universo creado por Dios. Enciende el amor a la verdad, que excluye la superficialidad en el aprender y en el juzgar. Reaviva el sentido crítico, que rechaza la aceptación ingenua de muchas afirmaciones. Conduce al orden, al método y a la precisión, expresión de una mente bien formada y que trabaja con sentido de responsabilidad. Soporta el sacrificio y tiene la constancia requeridos por el trabajo intelectual. En las horas de trabajo el estudiante cristiano recuerda la ley del Génesis (34) y la invitación del Señor.(35)
50. El trabajo intelectual, enriquecido con esta dimensión religiosa, actúa, por lo tanto, en diversas direcciones: estimula con nuevas motivaciones el rendimiento escolar, refuerza la formación de la personalidad cristiana y enriquece al alumno con méritos sobrenaturales. Sería una pena que los jóvenes confiados a las escuelas de la Iglesia afrontaran tantas fatigas ignorando estas realidades.
2. Dimensión religiosa de la cultura escolar
51. El crecimiento del cristiano sigue armónicamente el ritmo del desarrollo escolar. Con el paso de los años, se impone en la escuela católica, con exigencia creciente, la coordinación entre cultura y fe.(36) En esta escuela, la cultura humana sigue siendo cultura humana, expuesta con objetividad científica. Pero el profesor y el alumno creyentes exponen y reciben críticamente la cultura sin separarla de la fe.(37) Si se diera esta separación sería un empobrecimiento espiritual.
La coordinación entre el universo cultural humano y el universo religioso se produce en el intelecto y en la conciencia del mismo hombre-creyente. Los dos universos no son paralelas entre las que no es posible la comunicación. Cuando se buscan los puntos de contacto, que hay que individuar en la persona humana, protagonista de la cultura y sujeto de la religión, se encuentran.(38) Encontrarlos no es competencia exclusiva de la enseñanza religiosa. A ello dedica un tiempo limitado. Las otras enseñanzas disponen de muchas horas al día para ello.
Todos los profesores tienen el deber de actuar de mutuo acuerdo. Cada uno desarrollará su programa con competencia científica, mas, en el momento adecuado, ayudará a los alumnos a mirar más allá del horizonte limitado de las realidades humanas. En la escuela católica y, análogamente, en toda otra escuela Dios no puede ser el Gran-Ausente o un intruso mal recibido. El Creador del universo no obstaculiza el trabajo de quien quiere conocer dicho universo, que la fe llena de significados nuevos.
52. La escuela católica media o secundaria prestará atención especial a los desafíos que la cultura lanza a la fe. Se ayudará a los estudiantes a conseguir la síntesis de fe y cultura, necesaria para la madurez del creyente y a identificar y refutar críticamente las deformaciones culturales, que atentan contra la persona y, por tanto, son contrarias al Evangelio.(39)
Nadie se hace la ilusión de que los problemas de la religión y la fe pueden encontrar total solución en la sola realidad de la escuela. Sin embargo, se quiere expresar la convicción de que el ambiente escolar es el camino privilegiado para afrontar de manera adecuada los problemas indicados arriba.
La declaración Gravissimum educationis, en sintonía con la Gaudium et spes,(40) señala como una de las características de la escuela católica, la de interpretar y disponer la cultura humana a la luz de la fe.(41)
53. El ordenamiento de toda la cultura al anuncio de la salvación, según las indicaciones del Concilio, no puede obviamente significar que la escuela católica no debe respetar la autonomía y metodología propias de las diversas ciencias del saber humano, y que puede considerar a las demás ciencias como simples auxiliares de la fe. Lo que se quiere subrayar es que la justa autonomía de la cultura debe ser distinta de una visión autónoma del hombre y del mundo que niegue los valores espirituales o prescinda de ellos.
En este campo es indispensable tener presente que la fe, que no se identifica con ninguna cultura y es independiente de todas ellas, está llamada a inspirar a todas: «Una fe que no se hace cultura es una fe que no ha sido recibida plenamente, ni pensada enteramente, ni vivida fielmente» .(42)
54. Los programas y las reformas escolares de muchos Países reservan cada vez más espacio a las enseñanzas científica y tecnológica. A estas enseñanzas no les puede faltar la dimensión religiosa. Se ayudará a los alumnos a comprender que el mundo de las ciencias de la naturaleza y sus respectivas tecnologías pertenecen al mundo creado por Dios. Tal comprensión acrecienta el gusto por la investigación. Desde los lejanísimos cuerpos celestes y las incomensurables fuerzas cósmicas hasta las infinitesimales partículas y fuerzas de la materia, todo lleva en sí la impronta de la sabiduría y del poder del Creador. La admiración antigua que sentía el hombre bíblico ante el universo,(43) es válida para el estudiante moderno, con la diferencia de que éste posee conocimientos más vastos y profundos. No hay contradicción entre fe y verdadera ciencia de la naturaleza, porque Dios es la causa primera de una y otra.
El estudiante que posee armonizadas una y otra en su espíritu, estará mejor preparado, en sus futuras ocupaciones profesionales, para emplear ciencia y técnica al servicio del hombre y de Dios. Es como restituir a él, lo que él nos ha dado.(44)
55. La escuela católica debe esforzarse por superar la fragmentación e insuficiencia de los programas. A los profesores de etnología, biología, sicología, sociología y filosofía se les presenta la ocasión de exponer una visión unitaria del hombre, necesitado de redención, e introducir en ellas la dimensión religiosa. Se ayudará a los alumnos a concebir al hombre como un ser viviente con naturaleza física y espiritual, y con alma inmortal. Los mayores llegarán a un concepto más maduro de la persona con todo lo que le pertenece: inteligencia, voluntad, libertad, sentimientos, facultades operativas y creativas, derechos y obligaciones, relaciones sociales y misión en el mundo y en la historia.
56 Esta visión del hombre está caracterizada por la dimensión religiosa. El hombre posee una dignidad y grandeza superior a toda otra criatura porque es obra de Dios, elevado al orden sobrenatural como hijo de Dios y, por tanto, con un origen divino y un destino eterno que trasciende este universo.(45) El profesor de religión encuentra el camino preparado para presentar orgánicamente la antropología cristiana.
57 Todo pueblo ha heredado un patrimonio sapiencial. Muchos se inspiran en concepciones filosófico-religiosas de vitalidad milenaria. El genio sistemático heleno y europeo ha producido con los siglos no sólo una multitud de doctrinas, sino también un sistema de verdades, que ha sido reconocido como filosofía perenne. La escuela católica hace suyos los programas vigentes, pero los acoge en el marco global de la perspectiva religiosa.
Se pueden dar algunos criterios: Respeto al hombre que busca la verdad, planteándose los grandes problemas de la existencia.(46) Confianza en su capacidad de alcanzarla, al menos en cierta medida; no confianza sentimental, sino religiosamente justificada, en cuanto que Dios, que creó al hombre «a su imagen y semejanza», no le ha negado la inteligencia para descubrir la verdad necesaria para orientar su vida.(47) Sentido crítico para juzgar y elegir entre lo verdadero y lo que no lo es.(48) Atención a un cuadro sistemático, como el ofrecido por la filosofía perenne, para situar en él las respuestas humanas adecuadas a las cuestiones que se refieren al hombre, al mundo, a Dios (49) Intercambio vital entre las culturas de los pueblos y el mensaje evangélico.(50) Plenitud de verdad contenida en el mismo mensaje evangélico, que acoge e integra la cultura de los pueblos y los enriquece con la revelación de los misterios divinos, que sólo Dios conoce y que, por amor, ha querido revelar al hombre.(51) De este modo, en la inteligencia de los alumnos, que por el estudio de la filosofía se han acostumbrado a pensar profundamente, la sabiduría humana se encuentra con la sabiduría divina.
58 El profesor orienta el trabajo de los alumnos de modo que descubran la dimensión religiosa en el universo de la historia humana. Primeramente les hará sentir gusto por la verdad histórica y por consiguiente el deber de criticar los programas y textos impuestos a veces por los gobiernos o manipulados según la ideología de los autores. Luego, los conducirá a concebir la historia en su realidad como el teatro de las grandezas y miserias del hombre.(52)
Protagonista de la historia es el hombre que proyecta en el mundo, agigantados, el bien y el mal que lleva en sí mismo. La historia asume el aspecto de una lucha terrible entre ambas realidades.(53) Por esto la historia resulta objeto de un juicio moral. Pero el juicio ha de ser imparcial.
59. Para ello el profesor ayudará a los alumnos a captar el sentido de la universalidad de la historia. Mirando las cosas desde arriba, verán las conquistas de la civilización, del progreso económico, de la libertad y de la colaboración entre los pueblos. Tales conquistas tranquilizarán su espíritu turbado por las páginas oscuras de la historia. Pero aún no es todo. Oportunamente les invitará a reflexionar sobre cómo los aconteceres humanos son atravesados por la historia de la salvación universal. En este momento la dimensión religiosa de la historia comenzará a aparecer en su luminosa grandeza.(54)
60. El crecimiento de la enseñanza científica y técnica no debe marginar la humanística: filosofía, historia, literatura y arte. Todos los pueblos, desde sus orígenes más remotos, han creado y transmitido su legado artístico y literario. Reuniendo estas riquezas culturales, se obtiene el patrimonio de la humanidad. De este modo el profesor, mientras despierta en los alumnos el gusto estético, los educa en el mejor conocimiento de la gran familia humana. El camino más fácil para descubrir la dimensión religiosa en el mundo artístico y literario, consiste en partir desde expresiones concretas. En todo pueblo, el arte y la literatura han tenido relación con las creencias religiosas. El patrimonio artístico y literario cristiano, a su vez, tiene tal amplitud, que constituye una prueba visible de la fe a lo largo de los siglos y milenios.
61 En particular, las obras literarias y artísticas describen los acontecimientos de los pueblos, familias y personas. Escudriñan lo más profundo del corazón humano, poniendo de relieve luces y sombras, esperanzas y desalientos. La perspectiva cristiana supera la visión puramente humana ofreciendo criterios más penetrantes para comprender las vicisitudes de los pueblos y los misterios del alma.(55) Además, una adecuada formación religiosa está en la base de numerosas vocaciones cristianas de artistas y críticos de arte.
Y si la clase está preparada, el profesor puede conducir a los estudiantes a una comprensión más profunda de la obra de arte, como forma sensible que refleja la belleza divina. Lo han enseñado los Padres de la Iglesia y los maestros de la filosofía cristiana en sus intervenciones en el campo de la estética. Particularmente San Agustín y Santo Tomás: el primero invita a trascender la intención del artista para ver en la obra de arte el orden eterno de Dios; el segundo contempla en la obra de arte la presencia del Verbo Divino.(56)
62 La escuela católica, particularmente atenta a los problemas educativos, es de gran importancia para la sociedad y para la Iglesia.
Los programas estatales prevén, con frecuencia, cursos de pedagogía, de sicología y de didáctica en forma histórica y sistemática. Recientemente las ciencias de la educación se han dividido en gran número de especializaciones y corrientes. Además, han sido invadidas por ideologías filosóficas y políticas. Los alumnos tienen a veces la impresión de una confusa fragmentación. Los profesores de ciencias pedagógicas ayudarán a los estudiantes a superar tal dispersión y a que se formen una síntesis crítica.
La elaboración de dicha síntesis parte de la premisa de que toda corriente pedagógica contiene cosas ciertas y útiles. Es preciso, pues, conocer, juzgar y seleccionar.
63. Se ayudará a los alumnos a descubrir que el centro de las ciencias de la educación lo ocupa siempre la persona con sus energías físicas y espirituales, con sus aptitudes operativas y creativas, con su misión en la sociedad y con su apertura religiosa. La persona es íntimamente libre. No pertenece ni al Estado ni a ningún otro grupo humano. Toda la obra educativa está, pues, al servicio de la persona, a fin de que consiga una formación completa.
En la persona humana se injerta el modelo cristiano, inspirado en la persona de Cristo. Este modelo, acogiendo los esquemas de la educación humana, los enriquece de dones, virtudes, valores y vocaciones de orden sobrenatural. Con exactitud científica se habla de educación cristiana. La declaración conciliar trazó una clara síntesis de ella.(57) La buena orientación de la enseñanza pedagógica, conduce, pues, a los alumnos a educarse a sí mismos humana y cristianamente. Es la mejor preparación para llegar a ser educadores de otros.
64. El trabajo interdisciplinar introducido en las escuelas católicas obtiene resultados positivos. De hecho, en el proceso didáctico se presentan temas y problemas que superan los límites de cada asignatura. Aquí interesan los temas religiosos, que aparecen fácilmente cuando se trata del hombre, de la familia, de la sociedad y de la historia. Los profesores de las diversas materias estarán preparados y prontos a dar las respuestas precisas.
65. El profesor de religión no está fuera de sitio. Su misión es ofrecer una enseñanza sistemática de la religión. No obstante, y dentro de las posibilidades concretas, puede ser invitado a otras clases para esclarecer cuestiones de su competencia; o bien él mismo decidirá invitar a otros colegas expertos. En todo caso, los alumnos quedarán bien impresionados de la colaboración fraterna entre los diversos profesores con el único propósito de ayudarles a crecer en conocimientos y en convicciones.
CUARTA PARTE
ENSEÑANZA RELIGIOSA ESCOLAR
Y DIMENSIÓN RELIGIOSA DE LA EDUCACIÓN
1. Identidad de la enseñanza religiosa escolar
66. La Iglesia tiene la misión de evangelizar para transformar en lo íntimo y renovar a la humanidad.(58) Entre los medios de evangelización los jóvenes encuentran el de la escuela.(59) Conviene reflexionar sobre las declaraciones del magisterio: «Junto a la familia y colaborando con ella, la escuela ofrece a la catequesis posibilidades no despreciables ... Esto se refiere, ante todo, —como es evidente— a la escuela católica: ¿Seguiría mereciendo este nombre si, aun brillando por el nivel alto de su enseñanza en las materias profanas, hubiera motivo justificado para reprocharle su negligencia o desviación en la educación propiamente religiosa? ¡No se diga que ésta se dará implícitamente o de manera indirecta! El carácter propio y la razón profunda de la escuela católica, el motivo por el que los padres deberían preferirla, es precisamente la calidad de la enseñanza religiosa integrada en la educación de los alumnos».(60)
67 A veces pueden aflorar incertidumbres, divergencias e, incluso, malestar en cuanto a los planteamientos teóricos generales y, por tanto, de acción operativa acerca de las exigencias de la enseñanza de la religión en la escuela católica.
Esta escuela tiene, por un lado una «estructura civil» con metas, métodos y características comunes a cualquier otra institución escolar. Y, por otro, se presenta también como «comunidad cristiana», teniendo en su base un proyecto educativo cristiano cuya raíz está en Cristo y en su Evangelio.
La armonización de ambos aspectos no siempre es fácil y requiere una constante atención, para que no se produzca una antinomia con perjuicio del planteamiento serio de la cultura y del recio testimonio del Evangelio.
68. Hay nexo indisoluble y clara distinción entre enseñanza de la religión y catequesis,(61) que es la transmisión del mensaje evangélico, una etapa de la evangelización.
El nexo se justifica para que la escuela se mantenga en su nivel de escuela, orientada a dar una cultura completa e integrable en el mensaje cristiano. La distinción estriba en que la catequesis, a diferencia de la enseñanza religiosa escolar, presupone ante todo la aceptación vital del mensaje cristiano como realidad salvífica. Además, el lugar específico de la catequesis es una comunidad que vive la fe en un espacio más vasto y por un período más largo que el escolar, es decir, toda la vida.
69. Ante el mensaje cristiano, la catequesis trata de promover la maduración espiritual, litúrgica, sacramental y apostólica que se realiza en la comunidad eclesial local. La escuela, por el contrario, tomando en consideración los mismos elementos del mensaje cristiano, trata de hacer conocer lo que de hecho constituye la identidad del cristianismo y lo que los cristianos coherentemente se esfuerzan por realizar en su vida. Sin embargo, hay que advertir que también una enseñanza religiosa dirigida a los alumnos creyentes no puede dejar de contribuir a reforzar su fe, igual que la experiencia religiosa de la catequesis refuerza el conocimiento del mensaje cristiano.
Tal enseñanza procura igualmente subrayar el aspecto de racionalidad que distingue y motiva la elección cristiana del creyente, y antes aún la experienza religiosa del hombre en cuanto tal.
La distinción entre enseñanza de la religión y catequesis no excluye que la escuela católica, en cuanto tal, pueda y deba ofrecer su aportación específica a la catequesis. Con su proyecto de formación orientado globalmente en sentido cristiano, toda la escuela se inserta en la función evangelizadora de la Iglesia, favoreciendo y promoviendo una educación en la fe.
70 El magisterio reciente ha insistido en un aspecto esencial: «El principio de fondo que debe orientar el trabajo en este delicado sector de la pastoral es el de la distinción y, al mismo tiempo, el de la complementariedad entre la enseñanza de la religión y la catequesis. En la escuela, pues, se trabaja en la formación completa del alumno. La enseñanza de la religión debe, por lo tanto, distinguirse en relación a los objetivos y criterios propios de una estructura escolar moderna».(62) Atañe a los responsables tener en cuenta estas directrices del magisterio y respetar las características distintivas de la enseñanza religiosa escolar. Esta enseñanza, debe ocupar un puesto digno en clase entre las demás asignaturas; se desarrolla según un programa propio y aprobado por la autoridad competente; busca útiles relaciones interdisciplinarias con las demás materias, de tal manera que se realice una coordinación entre el saber humano y el conocimiento religioso; junto con las otras enseñanzas tiende a la promoción cultural de los alumnos; emplea los mejores medios didácticos en uso en la escuela de hoy; en algunos Países la evaluación de aprovechamiento tiene igual valor académico legal que el de las otras asignaturas.
2. Algunos presupuestos a la enseñanza religiosa escolar
71. No hay que extrañarse de que los alumnos lleven a la clase lo que oyen o ven en los modelos de pensamiento y de vida de la gente. Son portadores de las impresiones recibidas de la «civilización de las comunicaciones» . Algunos, quizá, demuestran indiferencia e insensibilidad. Los programas escolares no tocan estos aspe
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