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JORNADA MUNDIAL DE SANTIFICACI (Cardenal Darío Castrillón)

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JORNADA MUNDIAL DE SANTIFICACIÓN DE LOS SACERDOTES 2002

Carta del Card. Darío Castrillón Hoyos, prefecto de la Congregación para el Clero a los sacerdotes, para la Jornada Mundial de Santificación de los Sacerdotes 2002, con textos (subsidio) para la meditación. Eucaristía y Confesión.

Eucaristía y Confesión:
volver a partir de la misericordia de Dios
para redescubrir la identidad sacerdotal”

 

Queridos amigos sacerdotes,

la Jornada por la Santificación Mundial del Clero 2002, se quiere inspirar al tema de las Cartas a los Sacerdotes de Juan Pablo II en ocasión del Jueves Santo 2000, 2001 y 2002, que han centrado nuestra atención sobre el misterio de la Eucaristía y de la Confesión.

Precisamente para nosotros sacerdotes ordenados estos son dos sacramentos en los cuales, en modo particular y personal, experimentamos el inefable amor misericordioso de Dios Padre por nosotros y por la humanidad entera.

Los sacramentos de la Eucaristía y de la Confesión son realmente el corazón de nuestro sacerdocio. En efecto, Dios Padre se confía de nosotros presbíteros de un modo único, encomendándonos a su Hijo Jesús que en la Santa Misa, se dona a todos a través de nuestro ministerio, con su Cuerpo y con su Sangre: “la sangre derramada por vosotros y por todos” (Mt 26, 28; Mc 14, 24; Lc 22, 20).

Cuantas veces, en la celebración del Sacrificio divino, hemos pronunciado estas palabras sagradas invadidos de un cierto temor y asombro, por la confianza que el Señor ha puesto en nosotros, llamándonos a sumergir nuestra miseria y pobreza en su Sangre, que cada día es ‘derramada por nosotros y por todos.’

No sería posible redescubrir nuestra identidad sacerdotal sin regresar a la fuente eucarística, al Cenáculo, vientre de nuestro sacerdocio, según la insistencia del Santo Padre durante el Gran Jubileo:

“Debemos meditar siempre de nuevo el misterio de aquella noche. Debemos regresar frecuentemente con el espíritu a este Cenáculo, donde especialmente nosotros sacerdotes podemos sentirnos, en un cierto modo, ‘de casa.’ De nosotros se pudiera decir, respecto al Cenáculo, lo que el Salmista dice de los pueblos respecto a Jerusalén: ‘El Señor escribirá en el libro de los pueblos: éste ha nacido allí’ (Sal 87 [86], 6)” (Carta a los Sacerdotes en el Jueves Santo 2000).

En el Sacramento de la Reconciliación, en cambio, es el Espíritu Santo que el Padre y el Hijo nos donan para la remisión de nuestros pecados y lo hacen a través de la acción de la Iglesia, mediante el sacerdote. Por tanto, en la práctica de la Confesión, para el fiel y en mayor medida para nosotros ministros de la Reconciliación, llega a ser particularmente tangible la acción del Espíritu de Dios, que nos llama a una intimidad especial de intención y de acción con Él. Quien es ministro de la Confesión es vicario del Perdón divino en el confesionario; por consiguiente de él depende también cuanto el penitente podrá contemplar del rostro misericordioso de Jesús y gustar de la alegría de la reconciliación, así como enseña el Santo Padre:

“En otras palabras—y esto nos llena de responsabilidad—Dios se apoya en nosotros, en nuestra disponibilidad y fidelidad, para obrar sus prodigios en los corazones. En la celebración de este Sacramento, quizás incluso más que en otros, es importante que los fieles tengan una experiencia viva del rostro de Cristo Buen Pastor” (Carta a los Sacerdotes en el Jueves Santo 2002).

San Pablo sintetiza con el termino ‘embajadores’ nuestro ministerio admirable y gratuito: “nosotros hacemos las veces … de embajadores de Cristo, como si Dios exhortara por nuestro medio. Os suplicamos en nombre de Cristo: dejaos reconciliar con Dios” (2 Cor 5, 20).

Hoy, más que nunca, la Iglesia y la humanidad tienen necesidad de misericordia, de purificación y de paz. Se habla, como es obvio, de justicia, pero la justicia no puede ser jamás separada del perdón; una justicia sin misericordia no sería justicia de Dios sino únicamente justicia humana, que jamás podría resolver los numerosos conflictos que acontecen en la actualidad, conflictos individuales y comunitarios, nacionales e internacionales, los cuales necesitan de un complemento real de misericordia para poder ser superados.

Nosotros los sacerdotes en primer lugar somos calurosamente invitados de Cristo y de su Vicario en la tierra, el Papa, a volver a refrescarnos en la fuente de la misericordia divina, que brota siempre abundantemente de los sacramentos de la Eucaristía y de la Reconciliación. “Es necesario volver a partir de Él para redescubrir la fuente y la lógica profunda de nuestra fraternidad: ‘amaos los unos a los otros, como yo los he amado’ (Jn 13, 34)” (Carta a los Sacerdotes en el Jueves Santo 2001).

Si, por absurdo, no lo hiciéramos, nos encontraríamos cada vez más inmersos en la noche, en medio de una confusa oscuridad ética y en la impotencia espiritual de frente a una ola de mal que amenazaría de volcarnos, si no viniera detenida y vencida de la ola de la misericordia divina.

Nos vienen a la mente, a este propósito, las palabras de Jesús citadas en la homilía de la canonización de la humilde religiosa polaca Faustina Kowalska, el 30 de abril del 2000, Domingo de la Divina Misericordia: “Dijo Jesús a Sor Faustina: ‘La humanidad no encontrará paz, hasta que no se dirija con confianza a la divina misericordia’” (Diario, p. 132).

El Santo Padre, en aquel mismo discurso, proseguía con acento profético:

“Qué cosa nos traerán los años que están delante de nosotros? (…) Es cierto, sin embargo, que junto a los nuevos progresos no faltarán desafortunadamente experiencias dolorosas. Pero la luz de la divina misericordia, que el Señor ha querido en cierto modo ofrecer de nuevo al mundo mediante el carisma de Sor Faustina, iluminará el camino de los hombres del tercer milenio. Como los Apóstoles un tiempo, hoy se requiere también que la humanidad reciba en el cenáculo de la historia el Cristo resucitado, que muestra las heridas de su crucifixión y repite: ‘¡Paz a vosotros!’ Es necesario que la humanidad se deje alcanzar y llenar del Espíritu que Cristo resucitado le dona. El Espíritu Santo es quien sana las heridas del corazón, abate las barreras que nos separan de Dios y nos dividen entre nosotros, restituye al mismo tiempo la alegría del amor del Padre y aquella de la unidad fraterna” (Juan Pablo II, Homilía del 30 de abril 2000).

Si hacemos descender en nuestro hoy la llamada de Jesús a “confiar en la divina misericordia,” nuevamente recordado por el Papa para la época actual, no podemos no darnos cuenta en que medida, precisamente nosotros sacerdotes, somos interpelados en primera persona a dejarnos llenar del Espíritu que Cristo resucitado nos dona, y a llegar a ser para todos signo del perdón de Dios (cfr. Jn 20, 19-23). Sin el perdón, fruto de la misericordia, la paz se resolvería en una verdadera utopía y, en su lugar, entrarían inevitablemente la venganza y la retorsión.

Únicamente el mandamiento de Cristo “amaos los unos a los otros como yo los he amado” (Jn 13, 34) y “amad a vuestros enemigos” (Lc 6, 27), es capaz de reconciliarnos a Dios, de reconciliar al hombre consigo mismo y con su prójimo. La fuerza impetuosa del cristianismo—y que ninguna otra religión conoce en tal medida— ¿no es quizás la misericordia y el perdón?

Esta energía dinámica y continuamente activa que brota de la Redención de Cristo, se comunica a la humanidad sobre todo mediante el ministerio sacerdotal. Únicamente éste puede ofrecer la Eucaristía y el Perdón sacramental. También si, alguna vez, nuestro desanimo puede ser grande de frente a la indiferencia del mundo, que incluso puede convertirse en hostilidad contra la Iglesia, no debemos olvidar que nuestra sociedad tiene sed del perdón y de la paz que Cristo resucitado ha venido a traer y que solo en Él tiene la fuente. El Santo Padre nos dice una profunda verdad al respecto, haciéndonos reflexionar sobre la naturaleza del anuncio de Cristo:

“Como anunciadores de Cristo, somos ante todo invitados a vivir en su intimidad: ¡no se puede dar a los otros aquello que nosotros mismos no tenemos! Hay una sed de Cristo que, no obstante tantas apariencias contrarias, florece también en la sociedad contemporánea, brota entre las incoherencias de formas nuevas de espiritualidad, se esboza incluso cuando, en las grandes problemáticas éticas, el testimonio de la Iglesia llega a ser signo de contradicción. Esta sed de Cristo—consciente o no—no puede ser apagada con palabras vacías. Únicamente testigos auténticos son capaces de irradiar creíblemente la palabra que salva” (Carta a los Sacerdotes en el Jueves Santo 2001).

¿Cómo será posible adquirir este Espíritu de Cristo, que nos hace testigos de su don, si no regresamos a la práctica frecuente y regular de la Confesión individual, y si no regresamos a la celebración profundamente sentida y vivida de la Santa Misa, que se debe prolongar en la adoración eucarística, a la cual debemos dar nuevamente espacio y tiempo adecuado durante nuestro día?

El sacerdote se nutre en la adoración eucarística que, junto con la Confesión frecuente, llegan a ser para él el descanso más eficaz, la paz profunda y el bálsamo del alma. No nos salvaran, en efecto, ni la actividad ni los discursos, ni los encuentros que, incluso algunas veces, con tanto éxito, habremos hecho, sino el amor por el Señor Jesús, cuya absoluto señorío debe resplandecer en la vida de cada sacerdote. Es precisamente de este señorío que parte el impulso misionero del “omnia instaurare in Cristo.” ¡Solo desde ahí se alcanza aquel entusiasmo que es irrenunciable!

Los Santos de la Iglesia voluntariamente han entendido y vividos esta realidad espiritual; ellos, frecuentemente, nos han dejado también por escrito sus fecundas experiencias de comunión con el Señor Jesús.

Por ejemplo, en su famoso libro “Introducción a la Vida Devota,” San Francisco de Sales describe magistralmente la absoluta necesidad de tener momentos de retiro espiritual, regularmente establecidos, para ajustar nuevamente nuestra propia alma, la cual es comparada a un reloj:

“No existe reloj, por bueno que sea, que no deba nuevamente recibir energía o dar cuerda dos veces al día, a la mañana y a la tarde, y luego, es necesario además que por lo menos una vez al año se desarme en todas sus partes, para quitar la oxidación que se habrá acumulado, enderezar las piezas deformadas y reparar aquellas que se han acabado. De igual modo quien tiene cuidado de su corazón precioso (…) debe desarmarlo por lo menos una vez al año, y controlar cuidadosamente todas las piezas, es decir, todos sus sentimientos y sus pasiones, para reparar todos los defectos que en él descubre. Y de la misma manera que un relojero unge con aceite especial los engranajes, los resortes y todas las partes mecánicas del reloj (…), así la persona devota (…) debe ungir su corazón con los Sacramentos de la Confesión y de la Eucaristía. Este ejercicio te hará recobrar las energías debilitadas con el tiempo, de nuevo meterá calor en tu corazón, te hará renovar con entusiasmo tus buenos propósitos y volver a hacer florecer las virtudes de tu espíritu” (IVD V 1).

Este santo obispo, maestro apreciadísimo de vida espiritual, ha llegado a ser ejemplo para sus demás hermanos en el Episcopado, que se han esforzado a través de los siglos y se dedican aún a apoyar celosamente a sus más preciosos e indispensables colaboradores, los sacerdotes, a encontrar de nuevo su ser sacerdotal y la alegría de su ministerio, llamándolos ‘a un lugar aparte’ en tranquilidad y silencio. Así actuaba Jesús que dedicaba gran parte de su tiempo al cuidado personal de sus apóstoles, a los cuales frecuentemente, lejos de la muchedumbre y de las actividades, explicaba el significado de las Escrituras, los preparaba a los acontecimientos dolorosos, los consolaba y los fortalecía en la fe (cfr. Mt 17, 1; Mt 20, 17; Mc 10, 32; Lc 10, 23).

También en nuestros días, cuando se percibe urgente la labor de una cada vez más motivada reasimilación de la identidad sacerdotal y de la espiritualidad específica que se deriva de ella, existen obispos que consideran el cuidado personal de los sacerdotes su propia prioridad pastoral, siendo ésta condición fundamental para la fecundidad de todo lo demás. Por tanto, ellos dedican a sus sacerdotes espacios más amplios de tiempo: para los diálogos personales y también para la correspondencia epistolar con ellos, para orar y para fomentar la confianza mutua, para no hacerles faltar jamás la guía y el consejo, la llamada de atención y el afecto … así como ha hecho Jesús, viviendo con sus apóstoles.

Se debe tener la osadía de tomar decisiones claras en este sentido, favoreciendo, entre otras cosas, espacios mayores de oración y de intercambio fraterno entre los sacerdotes. Por ejemplo, hay quien ha propuesto de establecer en la Diócesis una Casa específicamente dedicada a los sacerdotes para hacerlos sentir bien acogidos, cuando tienen necesidad de un periodo suficiente de retiro espiritual y de una recuperación también física; existen, además, también experiencias verdaderas y propias de vida sacerdotal comunitaria, tanto de grupos de sacerdotes entre ellos como de sacerdotes con su obispo. Quizás, en el futuro, estas formas de vida sacerdotal comunitaria en la Diócesis llegarán a ser verdaderamente necesarias en aquellos lugares donde es grave el peligro del aislamiento, en el cual corren el riesgo de caer aquellos sacerdotes que se sienten como abandonados a si mismos por la carencia de apoyo, el exceso de las actividades, la lejanía geográfica, las dificultades, las incomprensiones.

Existen obispos que se trasladan de parroquia en parroquia para permanecer en ellas un tiempo adecuado, también durante más días, buscando pasar la jornada junto con el párroco para vivir como él, compartiendo su vida, conociendo más de cerca su ministerio y de este modo poder comprender progresivamente con más realismo a su propio presbiterio.

¡No es posible imaginar cuan benéfico puede ser este tiempo pasado juntos, como amigos, entre un obispo y sus sacerdotes! Benéfico tanto para los sacerdotes como para los obispos, los cuales, evidentemente, siendo los primeros responsables de sus sacerdotes comparten las alegrías y las tristezas de ellos. ¿No ha hecho de este mismo modo el Señor Jesús? El obispo no puede omitir el conocer personalmente a sus sacerdotes y éstos no pueden prescindir de la paternidad y de la guía auténtica de su propio obispo.

Ciertamente son muchísimas las urgencias pastorales actuales pero sin una atención personal y personalizada hacia los propios presbíteros y hacia el propio Seminario, todo está orientado a la esterilidad.

En efecto, cada vez se toma mayor conciencia de cuanto es importante, para restablecer la comunión eclesial en el seno de cada comunidad, orar juntos, sobre todo delante del Santísimo Sacramento. Sí, el trabajo es inmenso, los retos cada vez más difíciles, pero precisamente por este motivo debemos ir a lo esencial, al alma de todo apostolado, a la intimidad divina y a la unidad de comunión dentro del corazón del Cuerpo místico.

Esto vale sobretodo en relación al obispo y a sus sacerdotes, que forman el corazón palpitante de la entera comunidad diocesana. En las primeras comunidades cristianas, como nos narran los Hechos de los Apóstoles, esta comunión era muy viva. En ellas era efectivamente muy fuerte la adhesión a las palabras pronunciadas por Jesús en la última Cena, como su Testamento; “amaos los unos a los otros como yo los he amado” (Jn 13, 34); el signo distintivo de la autenticidad de su cristianismo, era este: “in hoc cognoscent omnes…” (Jn 13, 35).

Son dos los sacramentos centrales del amor misericordioso de Dios, la Eucaristía y la Confesión, que el Señor nos ha dado para cimentar nuestra unión con Él y, por consecuencia, la unión entre todos los hermanos. Estos nos han sido dados en un contexto de una gran amistad espiritual; ambos brotan del Cenáculo, donde el Señor Jesús se ha dirigido a los suyos como a sus propios amigos: antes de la Resurrección donando la Eucaristía, e inmediatamente después de su Resurrección, instituyendo la Confesión. El “haced esto en memoria mía” (Lc 22, 19), el sacramento del Orden que ha habilitado a los primeros apóstoles y a todos nosotros para perpetuar durante los siglos el Sacrificio Eucarístico, ha resonado en el Cenáculo en un clima de confianza intensa y de oración. Esta es la razón por la cual el Santo Padre nos ha dicho que debemos sentirnos ‘de casa’ en el Cenáculo, lugar de nuestro nacimiento.

Este ‘lugar,’ que es el seno materno de nuestro ministerio sacerdotal, debe ser en cierto modo continuamente re-conquistado en medio de los innumerables compromisos y preocupaciones; los sacerdotes, como en un tiempo los apóstoles, deben estar orientados hacia este lugar mediante una especial intención pastoral, la cual requiere una dedicación fuertemente motivada y no poco empeño, para preparar adecuadamente los contenidos de reflexión, el clima adecuado para la oración, y para el intercambio confiado y fraterno, tal como lo hizo nuestro Señor.

Este ‘lugar’ requiere también un tiempo particular, que no puede ser reducido a cualquier fragmento de tiempo, insuficiente para crear aquella atmósfera espiritual de respeto recíproco, entre sacerdote y sacerdote, entre sacerdote y obispo, la cual favorece una celebración Eucarística en la concordia de los proyectos. También la Confesión individual, celebrada entre compañeros en el ministerio, debe llegar a ser más regular y asidua: “recurramos frecuentemente, queridísimos sacerdotes, a este Sacramento, para que el Señor pueda purificar constantemente nuestro corazón haciéndonos menos indignos de los misterios que celebramos” (Carta a los Sacerdotes en el Jueves Santo 2001).

Me he permitido dirigirme a vosotros, en esta Jornada dedicada a nivel mundial por nuestra santificación, como vuestro hermano en el Señor, consciente, como dice san Pablo, que “llevamos este tesoro en vasos de barro, para que aparezca mejor cómo la fuerza extraordinaria viene de Dios y no de nosotros” (2 Cor 4, 7); pero precisamente por esto con mayor razón debemos estar convencidos que Dios Padre nos asiste con medios de gracia tan eficaces, que ahí “donde ha abundado el pecado sobreabundará la gracia” (Rm 5, 20).

Sobre todo para nosotros llega a ser absolutamente necesario el confiado y regenerante abandono en los brazos de la divina misericordia, siguiendo el ejemplo y los pasos de la Madre de Dios.

A Ella quiero confiar estas páginas de reflexión para que todos sus hijos sacerdotes que las lean, comprendan la urgencia de la hora presente de conversión cotidiana para llegar a ser aquello que se es por vocación. Juntos nos esforzamos por no anteponer nada al amor de Cristo, de descubrir de nuevo para nosotros y para los fieles la riqueza del sacramento y de la virtud de la penitencia, de descubrir de nuevo, también, la sabiduría de la disciplina eclesiástica, con todo la fecundidad pastoral que brota de su cumplimiento motivado interiormente.

El desánimo no puede encontrar lugar en el corazón de un ‘ungido del Señor,’ ya que “nada es imposible para Dios” (Lc 1, 37) y Dios se deja encontrar fácilmente a un corazón humilde y simple.

Nuestra Madre celestial nos recuerda en el “Magnificat” que el Señor “ha derribado a los potentes del trono y ha exaltado a los humildes” (Lc 1, 52) y que esto lo ha hecho mediante su misericordia, que “se extiende de generación en generación sobre aquellos que lo temen” (Lc 1, 50). Con Ella repitamos también nosotros en cada circunstancia: “Jesús en Ti confío.”

Darío Card. Castrillón Hoyos
Prefecto de la Congregación para el Clero

Desde el Vaticano, 8 de mayo 2002

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Subsidio de meditación para la Jornada Mundial de Santificación de los Sacerdotes 2002
(Esquema: Palabra de Dios, meditación, alabanza, oración)

 

I. El Sacerdote es un don de la Misericordia de Dios a la humanidad

LA PALABRA DEL SEÑOR

Del Evangelio según San Juan

“Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando. Ya no os llamo más siervos, pues el siervo no sabe lo que hace su señor; os llama amigos, porque os he dado a conocer todo lo que oí de mi Padre. Vosotros no me habéis elegido a mí, sino que yo os elegí a vosotros, y os he puesto para que vayáis y deis fruto, y para que vuestro fruto permanezca; a fin de que todo lo que pidáis al Padre en mi nombre Él os lo conceda. Esto os mando: que os améis los unos a otros.” (Jn 15, 14-17).

LA MEDITACIÓN

De las cartas de Juan Pablo II a los sacerdotes:

“Misericordia es la absoluta gratuidad con la que Dios nos ha elegido: ‘No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os he elegido a vosotros’ (Jn 15, 16). Misericordia es la condescendencia con la que nos llama a actuar como representantes suyos, aún sabiendo que somos pecadores.

Misericordia es el perdón que Él nunca rechaza, como no rehusó a Pedro después de haber renegado de Él. También vale para nosotros la afirmación de que ‘habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta, que por noventa y nueve justos que no tengan necesidad de conversión’ (Lc 15, 7). Así pues, redescubramos nuestra vocación como ‘misterio de misericordia’” (Jueves Santo 2001).

“¡Qué vocación tan maravillosa la nuestra, mis queridos hermanos sacerdotes! Verdaderamente podemos repetir con el Salmista: ‘¿Cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho? Alzaré la copa de la salvación, e invocaré su nombre’ (Sal 116, 12-13)” (Jueves Santo 2002).

De San Juan Crisóstomo:

“El nacimiento espiritual de las almas es privilegio de los sacerdotes. Ellos las hacen nacer a la vida de la gracia por medio del Bautismo: por medio de ellos nosotros nos revestimos de Cristo y somos consepultados con el Hijo de Dios y nos transformamos en miembros de aquella bendita cabeza. (cfr. Rom 6,1: Gal, 3,27). Por lo tanto nosotros debemos no solo respetarlos más que a príncipes y reyes, sino venerarlos más que a nuestros padres. Estos, en efecto, nos han engendrado de la sangre y de la voluntad de la carne (cfr. Jn 1,13); aquellos, en vez, nos han hecho nacer hijos de Dios, ellos son los instrumentos de nuestra feliz regeneración, de nuestra libertad y de nuestra adopción en el orden de la gracia” (San Juan Crisóstomo, De sacerdotio, III, 6)

De San Antonio de Padua:

“Nuestro altar de oro es el Corazón de Cristo. Es necesario entrar en el Santo de los Santos, que es el Corazón mismo de Jesús y tomar de ahí las riquezas de su amor.”

De San Juan de Ávila:

“Si el Sumo Sacerdote de la Antigua Alianza llevaba los nombres de las doce tribus de Israel escritas sobre sus hombros y sobre su pecho, con más razón Cristo, nuestro Sumo Sacerdote, lleva escritos los nombres de los hombres en su corazón.”

Del Santo Cura de Ars:

“El sacerdocio es el amor del Corazón de Jesús.”

“El sacerdote no es sacerdote para sí mismo. No se da la absolución a sí mismo. No administra los sacramentos a si mismo. No existe para sí mismo, existe para vosotros.”

Del Beato Juan XXIII:

“Hoy, todo lo que se refiere al Sagrado Corazón de Jesús me resulta familiar y doblemente querido. Mi vida me parece destinada a desenvolverse a la luz irradiante del sagrario, y que en el Corazón de Jesús debo hallar como la solución de todas mis dificultades. Me parece que estaría dispuesto a dar mi sangre por el triunfo del Sagrado Corazón. Mi deseo más ardiente es poder hacer algo por ese precioso objeto de amor.

A veces el pensamiento de mi soberbia, de mi increíble amor propio, de mi gran miseria, me atemoriza y pierdo aliento; pero pronto hallo consuelo en aquellas palabras que dijo Jesús a la beata Margarita María Alacoque: «Yo te he elegido para revelar las maravillas de mi Corazón, porque eres un abismo de ignorancia y miseria».

Si, quiero servir al Sagrado Corazón de Jesús, hoy y siempre. Quiero que mi devoción a Él, oculto en el Sacramento del Amor, sea el termómetro de todo mi progreso espiritual. Quiero hacer todo en unión íntima con el Sagrado Corazón de Jesús Sacramentado.

Mi mayor gozo será buscar y hallar aliento solamente en ese Corazón que es la fuente de todos los consuelos.

Determino no concederme reposo hasta que pueda considerarme realmente anonadado en el Corazón de Jesús” (Beato Juan XXIII, Diario del alma).

LA ALABANZA Y ACCIÓN DE GRACIAS

De la Carta a los Efesios

“Cristo amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella, a fin de santificarla, habiéndola purificado en el lavado del agua con la palabra, para presentársela a sí mismo, una Iglesia gloriosa que no tenga mancha ni arruga ni cosa semejante, sino que sea santa y sin falta” (Ef 5, 25b-27).

Del Salmo

El Señor es mi pastor;
nada me falta.
En prados de tiernos pastos me hace descansar.
Junto a aguas tranquilas me conduce.
Confortará mi alma y me guiará por sendas certeras
por amor de su nombre.
Aunque ande en valle de sombra de muerte,
no temeré mal alguno, porque tú estas conmigo.
Tu vara y tu cayado me infunden aliento.
Preparas una mesa delante de mí
en presencia de mis enemigos.
Unges mi cabeza con aceite;
y mi copa rebosa.
Ciertamente el bien y la misericordia me seguirán
todos los días de mi vida,
y en la casa del Señor moraré
por días sin término.

(Sal 22, 1-3.4.5.6)

ORACIÓN

“El Corazón de Jesús es también mío, tengo el valor de decirlo. Si Jesús es mi cabeza, como no será mío lo que es de mi cabeza? Como son verdaderamente míos los ojos de mi cuerpo, así también el Corazón de mi cabeza espiritual es mi corazón. Soy muy afortunado: tengo un mismo corazón con Jesús … con éste tu Corazón y mi corazón, oh, dulcísimo Jesús, rogaré a ti, Dios mío” (San Buenaventura).

II. La Confesión Sacramental y el Sacerdote

LA PALABRA DEL SEÑOR

Del Evangelio según San Juan

“Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, y estando las puertas cerradas en el lugar donde los discípulos se reunían por miedo a los judíos, Jesús entró, se puso en medio de ellos y dijo: ‘¡Paz a vosotros!’ Habiendo dicho esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos se regocijaron cuando vieron al Señor. Entonces Jesús les dijo de nuevo: ‘Paz a vosotros! Como me el Padre me ha enviado, así también yo os envío a vosotros.’ Habiendo dicho esto, sopló y les dijo: ‘Recibid el Espíritu Santo. A los que remitáis los pecados, les serán remitidos; y a quienes se los retengáis, les serán retenidos’” (Jn 20, 19-22).

LA MEDITACIÓN

De la carta de Juan Pablo II a los Sacerdotes:

“El hombre no puede nada por sí mismo. Y nada merece. La confesión, antes que un camino del hombre hacia Dios, es una visita de Dios a la casa del hombre. Así pues, podremos encontrarnos en cada confesión ante los más diversos tipos de personas. Pero hemos de estar convencidos de una cosa: antes de nuestra invitación, e incluso antes de nuestras palabras sacramentales, los hermanos que solicitan nuestro ministerio están ya arropados por una misericordia que actúa en ellos desde dentro. Ojalá que por nuestras palabras y nuestro ánimo de pastores, siempre atentos a cada persona, capaces también de intuir sus problemas y acompañarles en el camino con delicadeza, transmitiéndoles confianza en la bondad de Dios, lleguemos a ser colaboradores de la misericordia que acoge y del amor que salva” (Jueves Santo 2002).

De la carta apostólica de Juan Pablo II:

“A la vez, siempre en relación con la Eucaristía, hay que reflexionar sobre el tema del Sacramento de la penitencia, que tiene una importancia insustituible en la formación de la personalidad cristiana, especialmente si está unida a él la dirección espiritual, es decir, una escuela sistemática de vida interior” (Año internacional de la Juventud, 1985).

De San Efrén el Sirio:

“Tiemblo siempre y me estremezco cuando pienso en mis pecados ocultos, cuando pondero mis obras. Este terrible recuerdo de mis culpas y el del día del juicio infunde pavor en mis entrañas, llena de angustia mis pensamientos, y … no obstante, hago el mal, conozco las obras buenas y hago obras malas. … Soy muy versado en los Libros Sagrados y en su lectura, pero estoy muy lejos de mi deber. Leo a otros la Biblia, pero nada entra a mis oídos. Amonesto y exhorto a los ignorantes, pero lo que a mi me favorece no lo pongo en práctica … Por eso en Ti, oh Señor, busco refugio de este mundo perverso y de este cuerpo lleno de maldad, causa de todo pecado. Por esto yo te grito, como el Apostol San Pablo: ‘¿Cuando seré liberado de este cuerpo de muerte?’ (Rom. 7,24). …

Misteriosamente surge en mi interior un pensamiento consolador que me aconseja el bien y me extiende la mano a la esperanza. … ‘Escucha, oh pecador—me susurra en el oído la penitencia— … quiero darte un consejo vivificante … no caigas en el desaliento, no te abandones a la desesperación … el Señor es bueno y misericordioso, Él anhela verte a su puerta y se alegra si tú te conviertes, volviéndote a abrazar con gozo. Tu gran culpa no puede ni siquiera ser comparada con la gota más pequeña de su misericordia; Él te purifica con su Gracia de los pecados que te dominan. El mar de tus pecados no puede sofocar el soplo más tenue de su misericordia. … No mires la gran cantidad de tus pecados ocultos, … tu Señor puede purificarte de toda culpa, puede lavarte de toda mancha … ‘El te volverá blanco como la nieve,’ según está escrito por el Profeta (Is 1,18). ¡Oh pecador, abandona tus maldades, arrepiéntete de todo aquello que has cometido y Él, en su misericordia, te acogerá! …

A todos aquellos que como yo son pecadores, he dicho todo esto, para suscitar en ellos esperanza, consuelo y arrepentimiento” (Efrén el Sirio, Comentario a “¡Ay de nosotros, que hemos pecado!”)

De San Juan Crisóstomo:

“El ministerio sacerdotal se realiza en la tierra, pero pertenece al orden de las realidades celestes. Y es justo. En efecto, no un hombre, ni un Ángel, ni un Arcángel ni ningún otro poder creado, sino el mismo Paráclito ha ordenado este ministerio y ha inducido a hombres que viven aún en la carne a desempeñar este servicio angélico. Por eso, quien cumple el oficio sacerdotal debe ser puro como si estuviese en el cielo y entre potencias celestes … A hombres que viven en la tierra, que tienen aquí su morada, ha sido confiada la administración de los tesoros celestiales y se les ha dado un poder que Dios no ha concedido ni a los Ángeles, ni a los Arcángeles. Nunca, en efecto, les ha dicho: ‘todo aquello que atéis sobre la tierra será atado en el cielo, y todo lo que desatéis sobre la tierra será desatado en el cielo’ (Mt 18,18). … ¿Qué otra cosa les ha dado sino todo el poder del cielo? ‘A aquellos a quienes perdonareis los pecados, les serán perdonados y a quienes se los retuviereis les serán retenidos (Jn, 20, 23) ¿Cuál poder será mayor que este? El Padre ha dado al Hijo todo poder (Cfr. Jn 5, 22): pero veo que el Hijo lo ha dado a los sacerdotes. Como si ya hubieran sido acogidos en el cielo y hubieran superado la naturaleza humana y estuvieran libres de nuestras pasiones, a tanto poder han sido elevados” (Juan Crisóstomo, El Sacerdocio, 3, 4-5).

Del “Presbiterorum ordinis,” 18:

“Aquellos que son ministros de la gracia sacramental se unen íntimamente a Cristo Salvador y Pastor por la fructuosa recepción de los sacramentos, sobre todo con la confesión sacramental frecuente, puesto que ella—que va preparada con el examen diario de conciencia—favorece tantísimo la necesaria conversión del corazón al amor del Padre de las misericordias.”

Del Diario de Santa Faustina Kowalska:

“Escribe, habla de mi Misericordia. Di a las almas en donde deben buscar el consuelo, es decir, en el tribunal de la Misericordia, allí suceden los más grandes milagros que se repiten continuamente. Para obtener este milagro no es necesario hacer peregrinaciones a tierras lejanas, ni celebrar solemnes ritos exteriores, basta ponerse con fe delante de un representante mío y confesarle la propia miseria y el milagro de la Divina Misericordia se manifestará en toda su plenitud. Aún cuando un alma estuviera en descomposición como un cadáver y humanamente no hubiera ninguna posibilidad de resurrección y todo estuviera perdido, para Dios no lo sería así: un milagro de la Divina Misericordia resucitará a esta alma en toda su plenitud. ¡Infelices de aquellos que no se aprovechan de este milagro de la Divina Misericordia! ¡Lo invocareis en vano, cuando sea demasiado tarde!” (Palabras de Jesús sobre la Confesión Sacramental. Diario.)

ALABANZA Y ACCIÓN DE GRACIAS

De la carta a los Hebreos

“Por tanto, teniendo un gran sumo sacerdote que ha traspasado los cielos, Jesús el Hijo de Dios, retengamos firme la profesión de nuestra fe. Porque no tenemos un sumo sacerdote que no puede compadecerse de nuestras debilidades, pues él fue tentado en todo igual que nosotros, menos en el pecado. Acerquémonos, pues, con confianza al trono de la gracia para que alcancemos misericordia y hallemos gracia, y ser socorridos en el momento oportuno. (Heb 4, 14-16)

Del Salmo

“Alabad al Señor, porque es bueno:
Porque eterna es su misericordia!
Alabad al Dios de dioses:
Porque eterna es su misericordia!

Alabad al Señor de señores:
Porque eterna es su misericordia!
Al único que hace grandes maravillas:
Porque eterna es su misericordia! …

…En nuestra humillación se acordó de nosotros:
Porque eterna es su misericordia!
Y nos rescató de nuestros enemigos:
Porque eterna es su misericordia!

Él da alimento a toda criatura:
Porque eterna es su misericordia!
Alabad al Dios de los cielos:
Porque eterna es su misericordia!”

(Sal 136)

ORACIÓN

“Padre nuestro por los sacerdotes”

Padre nuestro que estás en los cielos,
danos sacerdotes según tu Corazón.

Para que sea santificado tu nombre,
danos sacerdotes según tu Corazón.

Para que venga tu Reino,
danos sacerdotes según tu Corazón.

Para que tu voluntad se cumpla en el Cielo
Como en la tierra,
danos sacerdotes según tu Corazón.

Para darnos el Pan de la vida,
danos sacerdotes según tu Corazón.

Para perdonar nuestras culpas,
danos sacerdotes según tu Corazón

Para que nos ayuden a superar las tentaciones,
danos sacerdotes según tu Corazón.
Y a ellos y a nosotros líbranos de todo mal. Amen.

(Anónimo)

III. La Santísima Eucaristía y el Sacerdote

LA PALABRA DEL SEÑOR

Del Evangelio según San Lucas

“Entonces tomó pan, y habiendo dado gracias, lo partió y se los dio diciendo: ‘Esto es mi cuerpo que por vosotros es dado. Haced esto en memoria mía.’ Asimismo, después de haber cenado, tomó la copa y dijo: ‘Esta copa es la nueva alianza en mi sangre, que por vosotros se derrama’” (Lc 22, 19-20).

Del Evangelio según San Juan

“Jesús les dijo: ‘En verdad, en verdad os digo que si no coméis la carne del Hijo del Hombre y no bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día. Porque mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí, y yo en él. Así como el Padre que tiene la vida, me ha enviado y yo vivo por el Padre, de la misma manera el que me coma también vivirá por mí. Este es el pan que descendió del cielo, no como aquel que vuestros padres comieron y murieron. El que come de este pan vivirá para siempre” (Jn 6, 53-58).

LA MEDITACIÓN

De la carta de Juan Pablo II a los sacerdotes:

“‘Haced esto en memoria mía’ (Lc 22, 19): Las palabras de Cristo, aunque dirigidas a toda la Iglesia, son confiadas, como tarea específica, a los que continuarán el ministerio de los primeros apóstoles. A ellos Jesús entrega la acción, que acaba de realizar, de transformar el pan en su Cuerpo y el vino en su Sangre, la acción con la que Él se manifiesta como Sacerdote y Víctima. Cristo quiere que, desde ese momento en adelante, su acción sea sacramentalmente también acción de la Iglesia por las manos de los sacerdotes. Diciendo ‘haced esto’ no sólo señala el acto, sino también el sujeto llamado a actuar, es decir, instituye el sacerdocio ministerial, que pasa a ser, de este modo, uno de los elementos constitutivos de la Iglesia misma” (Jueves Santo 2000).

De Orígenes:

“Nuestro Señor y Salvador dice: Si no coméis mi carne y no bebéis mi sangre, no tendréis la vida en vosotros. Mi carne es verdadero alimento y mi sangre es verdadera bebida (Jn 6, 54-55). Jesús es puro en todo y por todo, por eso toda su carne es alimento y toda su sangre es bebida. Toda obra suya es santa y todas sus palabras son verdad: por eso su carne es verdadero alimento y su sangre es verdadera bebida. Con la carne y la sangre de su palabra, como con alimento puro y bebida pura, abreva y sacia a todo el género humano. En segundo lugar, después de su carne, son alimento puro Pedro y Pablo y todos los Apóstoles; en tercer lugar sus discípulos: y así todos, por la abundancia de sus méritos o la pureza de sus sentimientos, puede hacerse alimento puro para su prójimo. Todo hombre es alimento; si él es bueno y de lo profundo de su corazón ofrece el bien (Cfr. Mt 12,35), le ofrece a su prójimo, que de ahí saca, alimento puro; si él es malo y hace el mal, ofrece a su prójimo un alimento inmundo” (Orígenes, Homilías sobre el Levítico).

De San Francisco de Sales:

“El Santísimo y sumo Sacrificio y Sacramento de la Misa es el centro de la religión cristiana, el corazón de la devoción, el alma de la piedad, el misterio inefable que manifiesta el abismo de la caridad divina; por su medio Dios se une realmente a nosotros y nos comunica en modo maravilloso, su gracia y sus dones. La oración que se eleva junto con este sacrificio divino posee una fuerza que no se puede expresar con palabras… El Coro de la Iglesia triunfante y el de la Iglesia militante se unen a Nuestro Señor en esta acción divina para atraer el corazón de Dios Padre y conquistarnos su misericordia; esto hecho con Él, en Él y por Él” (Filotea).

De Santa Teresa del Niño Jesús:

“Deseo únicamente la ciencia del Amor. Comprendo en que únicamente el amor puede hacernos agradables al Señor, constituyendo mi única ambición.

Jesús no pide grandes acciones, más bien, sólo el abandono y la gratitud. Jesús de hecho, no tiene necesidad de nuestras obras, sino solamente de nuestro amor. ¡Ah! Lo experimento más que nunca. Jesús está sediento, pero entre los discípulos del mundo sólo encuentra ingratos e indiferentes, y entre sus mismos discípulos, encuentra pocos corazones que se abandonen a Él sin reservas, y que comprenden la ternura de su amor infinito.

Jesús, mi esposo, para atraer mi corazón te has hecho mortal y, supremo misterio, has dado tu sangre: y aún vives para mí en los altares. Si no puedo ver la luz de tu rostro, ni oír aquella voz llena de dulzura, puedo, oh mi Dios, vivir de la Gracia, y reposar sobre tu Sagrado Corazón” (Santa Teresa del Niño Jesús, Escritos).

De la Venerable Conchita Cabrera de Armida:

“¡Qué cosa tan sublime es ser sacerdote! ¡Qué predilección tan inmensa de Dios al escoger esas almas para su servicio íntimo y para que sigan haciendo en la tierra su Obra! Que no se te pase un solo día sin agradecerle tan grande favor. Entre mis siete hijos, a ti te tocó la mejor parte por la pura bondad de Jesús que tanto te ama, que tantas pruebas de predilección te ha dado. Y ¿todavía dudarás? Ocúpate en amarlo y en hacerlo amar, en no pensar en ti sino en Él y en abandonarte como un niño en sus maternales brazos porque su corazón, el corazón de Jesús es profundamente maternal. ¿Verdad que si? Con Él y con María Santísima, ¿qué podemos temer? Saca de ese corazón tu dicha, tu paz, tu alimento, tu consuelo, todo lo que necesites: luz, gracia, fuego, recogimiento, amor y dentro de Él vive y muere, y árdete y piérdete. Eterna debe ser tu confianza como eterna es la misericordia de Dios” (Cartas de una madre, Concepción Cabrera).

ALABANZA Y ACCIÓN DE GRACIAS

De la Carta a los Efesios

“Bendito Dios, y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido en Cristo con toda bendición espiritual en los cielos. Nos escogió en Él desde antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos y e inmaculados delante de Él en el amor, predestinándonos a ser hijos adoptivos por medio de Jesucristo, según el beneplácito de su voluntad, para la alabanza de la gloria de su gracia, que nos dio gratuitamente en su Hijo amado. En Él tenemos redención por medio de su sangre, el perdón de nuestros pecados, según las riquezas de su gracia que hizo sobreabundar para con nosotros en toda sabiduría y entendimiento. Él nos ha dado a conocer el misterio de su voluntad, según el beneplácito que se propuso en Cristo, para realizarlo en la plenitud de los tiempos: que en Cristo sean recapituladas todas las cosas, tanto las que están en los cielos como las que están en la tierra. En Él también hemos sido hecho herederos, habiendo sido predestinados según el propósito de aquel que realiza todas las cosas eficazmente conforme al consejo de su voluntad, para que nosotros, que primero hemos esperado en Cristo, seamos para la alabanza de su gloria” (Ef 1, 3-12).

Del Salmo

Oh Dios, tú eres mi Dios, desde la aurora te busco;
mi alma tiene sed de ti.

Mi cuerpo te anhela
en tierra árida y sedienta,
carente de agua.

Te he contemplado en el santuario,
para admirar tu poder y tu gloria.

Porque tu gracia vale más que la vida;
mis labios te alabarán.

Por eso te bendeciré en mi vida,
y en tu nombre alzaré mis manos.

Como de sebo y de gordura se saciará mi alma;
mi boca te alabará con labios de júbilo.

Cuando en mi cama me acuerdo de ti,
medito en ti en las vigilias de la noche.

Porque tú eres mi socorro,
bajo la sombra de tus alas cantaré de gozo.

Mi vida está apegada a ti;
tu mano derecha me sostiene.

Los que buscan mi alma para destruirla
caerán en las profundidades de la tierra.

Los destruirán a filo de espada,
y serán la porción de las zorras.

(Sal 63)

ORACIÓN

¡Oh Jesús, cómo quisiera que mi corazón viviese únicamente en obediencia a tu adorable Corazón!

Sería más humilde más dulce, más caritativo, ya que tu Corazón es de admirar particularmente por su dulzura, su humildad y caridad.

¿Cuándo, oh Dios, me darás la gracia de liberarme de mi corazón mezquino y poner ahí el tuyo, si no, en el Sacramento de la Eucaristía, supremo don de amor?

¡Sea alabado, adorado y glorificado en todo momento el Corazón Eucarístico de Jesús, en todos los tabernáculos del mundo, hasta el fin de los siglos! Amén.

(San Francisco de Sales)

El subsidio de meditación para la Jornada Mundial de Santificación de los Sacerdotes 2002, se concluye con:

- el rezo o el canto de las “Letanías de Nuestro Señor Jesucristo Sacerdote y Víctima," texto tomado del libro "Dono y Mistero" de Juan Pablo II

- y con el Acto de confianza y de consagración a María Santísima recitado por el Santo Padre Juan Pablo II en Fátima, el 13 de enero de 1991.


 

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Contacto: webmaster@arvo.net
Director de Revistas: Javier Martínez Cortés
Editor-Coordinador:Antonio Orozco Delclós
 

 

09/10/2005 ir arriba
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