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Por J. J. Rodríguez Rosado
El filosofar de nuestro tiempo es, en su línea de vanguardia, un filosofar angustiado, con una angustia que aparece al compás del descubrimiento de la finitud humana. Tan finito es el hombre, tan estrecho y angosto en su ser, que no puede menos de angustiarse. La angustia no es más que el fruto esclarecido de la angostura y finitud de nuestro ser.
Indagando las raíces de este nuevo punto de vista, se encuentran en la temática filosófica formulada por el autor de la Crítica de la razón pura. Kant afirma que todo el interés de la razón humana se centra en las tres preguntas siguientes: 1) ¿Qué puedo yo saber? 2) ¿Qué debo yo hacer? 3) ¿Qué puedo yo esperar? En la Lógica kantiana, dada a la luz por Jäsche en 1800, el filósofo del idealismo trascendental concreta que a la primera pregunta responde la Metafísica-Crítica-Teoría del conocimiento, a la segunda la Ética o Moral y a la tercera la Filosofía de la Religión. La Crítica de la razón pura (1781), Crítica de la razón práctica (1788) y La Religión dentro de los límites de la razón (1793) son las tres obras kantianas destinadas a contestar las preguntas formuladas por el filósofo de Königsberg en la primera Crítica. Pero, en el mismo capítulo de la Lógica, el tercero, sostiene Kant que esas tres preguntas se reducen a una cuarta que es la fundamental y que puede formularse así: ¿Qué es el hombre?
En esta interrogación, a la que responde la Antropología, se decide el objeto de mi saber, el campo de mi hacer y el objetivo de mi esperanza. Al responder a la pregunta por el hombre se resuelve simultáneamente la preocupación temática de la filosofía. Mas cuando Kant escribe su Antropología en 1798, se limita a un análisis del hombre empírico, no racional, olvidándose, el filósofo, de la esperanza que había hecho concebir a sus discípulos en torno a la investigación sobre el ser del hombre. Esto ha dado lugar a que, en el el siglo XX, Heidegger, en su obra Kant und das Problem der Metaphysik, haya dado una interpretación original del pensamiento kantiano, haciendo ver que el interés de Kant estriba en subrayar con sus tres primeras preguntas la finitud humana. Si, en efecto, pregunto por lo que puedo saber, es que reconozco el horizonte de lo incognoscible. Exactamente acontece al preguntar por un deber moral que connota un mundo ético de prohibiciones. Y lo mismo si la interrogación recae sobre el objetivo de mi esperanza. Sea o no histórico el Kant dibujado por Heidegger, el hecho es que según el pensador de Friburgo habría que encontrar en el filósofo crítico las raíces de la conciencia de la finitud de nuestro ser. Ser hombre sería saberse finito.
Representantes
Precursores de la actual filosofía de la angustia pueden considerarse los filósofos de la intimidad. Ejemplos típicos son San Agustín y Pascal. Aquél, por la inquietud que descubre en el corazón humano hasta que descansa en Dios; éste, por su teoría de la fe que llega a tomar el sentido de una apuesta personal frente a Dios, no exenta de incertidumbre y riesgo. Pero el primer paso por el camino de una filosofía de la angustia lo inicia el solitario pensador danés Sören Kierkegaard, que es, filosóficamente, el precursor del existencialismo. Ha sido el primero que ha conjugado el concepto de existencia con la categoría de posibilidad. Pero lo que Kierkegaard subraya, precisamente, es el carácter negativo de toda posibilidad en cuanto tal. Toda posibilidad es, además de posibilidad-de-que-sí, siempre posibilidad-de-que-no. La posibilidad implica de suyo la nihilidad misma de lo posible. El hombre se encuentra ante un abanico abierto de posibilidades, posibilidades que anonadan, porque pueden no-ser. Al chocar entre sí las posibilidades, unas llevan consigo la nihilidad de otras. El discípulo de la angustia -descrito autobiográficamente al final del Concepto de la angustia- ha sido entendido por Kierkegaard como el existente en equilibrio inestable. En la existencia se experimenta la nada. La posibilidad aniquiladora de lo posible, la posibilidad de la nada, es el marco de la existencia de Kierkegaard. Se constituye en el horizonte de lo paralizante. «Lo que yo soy es una nada» (Diario íntimo). De aquí que ante las alternativas posibles de la existencia sea preferible no decidir. «Yo estoy decidido, pero no sé a qué», pudo decir, según cuentan, un discípulo de Heidegger después de una conferencia de éste sobre la decisión.
Kierkegaard prefiere mantener su existencia entre el ser y la nada. En lo que él llama el punto cero.
La existencia humana es, en una palabra, angustia. En la angustia reside el constitutivo formal del hombre, cuya existencia es posibilidad. Ella es la categoría fundamental que define la relación del hombre con el mundo. La posibilidad aniquiladora de lo posible engendra la angustia en el hombre. Angustia que se relaciona con el pecado. En El concepto de la angustia se hace, en primer lugar, un análisis psicológico de la misma en relación con el pecado original. Adán en el paraíso era inocente, mas la inocencia de Adán era ignorancia. En este estado -dice Kierkegaard- hay paz y reposo, pero se despierta la angustia en el momento de la prohibición: «Tan sólo del árbol de la ciencia del bien y del mal no puedes comer». Es natural que Adán no entendiese realmente esta palabra, pues ¿cómo había de entender la distinción del bien y del mal, si esta distinción era el resultado de gustar la fruta del árbol?, piensa Kierkegaard. La prohibición angustia a Adán, pues ella despierta en él la posibilidad de la libertad. Lo que le angustia es la posibilidad angustiosa de poder. En cuanto a lo que puede, Adán no lo sabe todavía. Así es la existencia humana: la angustia se refiere a lo posible que está en conexión con el futuro de la vida. «Para la libertad lo posible es lo futuro, para el tiempo lo futuro es lo posible». Discípulo de Kierkegaard en esta problemática de la angustia es el precursor español Miguel de Unamuno. Su «sentimiento trágico de la vida», en relación con el problema de la fe en la inmortalidad, puede encuadrarse en las coordenadas que trazara el pensador danés. Una situación paralela acontece en Heidegger. De Sartre, en El ser y la nada, son precisamente estas palabras: «Kierkegaard describiendo la angustia antes de la falta la caracteriza como angustia frente a la libertad. Pero Heidegger, en quien la influencia de Kierkegaard es bien conocida, considera al contrario a la angustia como la captación de la nada». Para Heidegger, en la angustia se comprende la existencia en su ser: un ser para la muerte. La angustia es el fruto esclarecido de nuestra finitud. La existencia es como una isla que sobrenada en la nada. La nihilidad de la existencia que se acompaña de la angustia no es más que el reconocimiento de un ser que viene de la nada y espera el retorno a la nada, origen y meta de la existencia. ¿Por qué hay ente y no más bien nada, cuando la nada es más originaria que el ente?, es, según Heidegger, la pregunta eterna de la metafísica. En Was ist Metaphysik? (¿Qué es Metafísica?), la nada que va entrañada en el ente cierra la esperanza de toda trascendencia, para dejar la existencia extrañada de su sobrenadar en el abismo de la absoluta nihilidad. El anonadar de la nada invita al punto final desesperado sobre la existencia imposible.
Pero el verdadero discípulo póstumo de Kierkegaard, en la temática de la angustia, es Karl Jaspers. Para éste el ser en situación es el existente en el mundo. Un mundo que es el horizonte de mi orientación filosófica. De aquí la angostura de la existencia humana como ser en situación. Yo siempre estoy en situación. No puedo saltar por encima de ella, como no puedo saltar sobre mi propia sombra. Y no sólo estoy, sino que soy mi misma situación en el mundo. Hay una identidad entre el yo y su situación. Una situación que limita la espontaneidad del yo y lo clausura. Se trata de una ecuación vital inexorable. En concreto, las situaciones-límite son la cifra de la finitud de nuestro ser. Ellas nos hacen frente con una necesidad ante la que nuestro poder es un no-poder.
No poder no morir, no poder no sufrir, no poder no ser culpable... Son situaciones extremas, emblemas de nuestro límite humano: la finitud de nuestro ser. Ante ellas no somos libres. El reconocimiento de su necesidad es nuestra libertad. Las situaciones límites «son a manera de un muro con el que tropezamos y ante el que fracasamos». Sólo el que las conoce puede llegar a ser existencia. Sólo entonces puede conocerse en lo que es. Pasa con ellas como con la soledad, que es la situación en que el ser se esclarece a sí mismo como existente. «Sólo el que conoció la soledad absoluta puede llegar a ser existencia».
El mismo ser en situación del existente humano es ya una situación-límite y como la raíz de toda otra situación. La situación angosta de nuestro ser es el punto de apoyo de la angostura que nos hacen padecer las situaciones-límites. «La primera situación-límite surge cuando yo, como ser empírico, estoy siempre en una determinada situación y como tal no soy, en general, el conjunto de todas las posibilidades. Estoy en este tiempo histórico, en esta posición social; soy hombre o mujer, joven o viejo...».
La encrucijada humana ante las situaciones límites, que son constitutivas de su ser, significa el fracaso de la existencia. La existencia humana es una existencia en fracaso desde el momento en que, ante esas situaciones, no puede hacer más que resignarse. El fracaso es el constitutivo formal del hombre, y algo que le acompaña durante su existencia. Para Kierkegaard la angustia era el futuro del hombre. En Jaspers el tiempo tiene otra dimensión: «Pues esto es el tiempo: como futuro, posibilidad; como pasado, vinculación por la fidelidad; como presente, decisión». Ante la angustia de la situación, sólo cabe salir, piensa Jaspers, filosofando desde el origen. Pues solo filosofando originariamente somos como el barón de Münchhausen, que salía del pozo tirándose de su coleta.
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*Gran Enciclopedia Rialp, Tomo II, pp. 278-280. Editorial Rialp, S.A. Madrid.
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