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AFECTIVIDAD (José M.ª Poveda)

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AFECTIVIDAD

El concepto y alcance de la afectividad han variado considerablemente en el curso de los últimos 50 años. Su estudio constituye, con el de los instintos, la aportación más importante de la moderna psicología. Los filósofos primero, y los psicólogos, pedagogos y psicopatólogos después, se han venido interesando cada vez más por la naturaleza y finalidad de los procesos afectivos.

Por José M.ª Poveda*





La afectividad es una cualidad del ser psíquico, que está caracterizado por la capacidad de experimentar íntimamente las realidades exteriores y de experimentarse a sí mismo, es decir, de convertir en experiencia interna cualquier contenido de conciencia. El concepto y alcance de la afectividad han variado considerablemente en el curso de los últimos 50 años. Su estudio constituye, con el de los instintos, la aportación más importante de la moderna psicología. Los filósofos primero, y los psicólogos, pedagogos y psicopatólogos después, se han venido interesando cada vez más por la naturaleza y finalidad de los procesos afectivos.

Una consideración completa del tema exige su tratamiento desde perspectivas diversas. En el presente artículo se exponen:


  • las cuestiones teóricas generales, y
  • el estudio de los distintos fenómenos afectivos en particular.

 
Cuestiones generales
 
Dificultades metodológicas. En primer lugar, debe subrayarse que los psicólogos no se ponen de acuerdo respecto a los estados y procesos afectivos. El uso y significado de los términos, las características diferenciales de los mismos, los puntos de vista para su clasificación y la interpretación de los mecanismos de origen revelan, más que en cualquier otro capítulo de la Psicología, la discrepancia de las opiniones y criterios de escuela.
 
No ocurre así con las demás manifestaciones del psiquismo. En general, las nociones sobre la sensopercepción, la instintividad y los impulsos, las representaciones, las imágenes y las ideas, son suficientemente concordantes. Y como tales fenómenos ofrecen en común la particularidad de ser objetivables, su investigación se ha podido verificar según el método propio de las ciencias de la Naturaleza; de ahí que las proposiciones formuladas sobre los mismos por la Psicología empírica y experimental y por la propia Psicofisiología, puedan exhibir, al menos como punto de partida, cierta validez para cualquiera de las múltiples direcciones del pensamiento psicológico actual.
 
Los estados afectivos no son tributarios de este método. Ninguna de las especies de la afectividad es verificable de modo experimental, ni capaz de ser aislada de manera objetiva en condiciones de salud, debiendo llamar la atención en este sentido sobre el hecho de que la eventual ocupación de la conciencia psicológica por determinados estados de ánimo señala, con la posibilidad de su delimitación empírica, el principio de la patología de la afectividad. Por eso, en un primer intento de definición, se venía catalogando como sentimiento a todo lo psíquico no susceptible de situarse en el mismo plano que los fenómenos de la conciencia objetiva ni que los movimientos instintivos y los actos de la voluntad. Y tal fue también la razón por la que el estudio de los procesos afectivos se desviase, en la época del positivismo científico, hacia las presuntas causas orgánicas de los mismos. Sin embargo, debe señalarse la importancia que ofrecen para la Psicología actual dos de las conclusiones obtenidas en dicha dirección. La primera, el reconocimiento del doble aspecto, psíquico y orgánico, de la vida afectiva. La segunda, la de que el factor somático no es elemento diferenciador adecuado, como suponían las hipótesis de que los sentimientos fueran propiedad de las sensaciones (Ziehen), o de que ellos mismos fueran sensaciones distintas y concomitantes de otras (James, Lange y Stumpf).
 
La insuficiencia del método científico-natural ha llevado a los psicólogos a oscilar entre dos posturas radicalmente distintas: el análisis de la conciencia y la descripción de la conducta (Janet). Ambas son deficientes también en el estudio de la afectividad. El que los estados afectivos no sean objetivables no quiere decir que no existan, de algún modo, como contenido de conciencia: unas veces como resultado de la relación entre el yo y el ambiente; así los sentimientos dirigidos. Otras, como algo que surge de manera espontánea dando lugar a verdaderos estados de conciencia -el humor y los estados de ánimo-. Otras, en fin, con una significación más inmediatamente personal y subjetiva: los sentimientos vitales, por ejemplo. Pero en ningún caso se trata de meros elementos, por lo que el análisis de la conciencia ha de soslayar, de manera forzosa, tanto el problema de su origen como la realidad de su proyección dinámica en el resto del psiquismo. La segunda postura aboca al riesgo de confundir ciertas manifestaciones afectivas con modalidades del comportamiento.
 
Estas dificultades metodológicas han motivado la conveniencia de adoptar un punto de vista funcional en lo que se refiere a la naturaleza común de los procesos afectivos. La afectividad aparece así como un modo o función que abarca la totalidad del ser personal, desde la raíz biológica de las tendencias, hasta los matices más diferenciados de la conducta. Y en lo relativo a las manifestaciones concretas de la misma (estados, humores, afectos, sentimientos y emociones), el propio punto de vista funcional ha recibido su perfección y complemento del. método fenomenológico, gracias al cual no sólo es posible distinguir la conducta de sus factores condicionantes impulsos, instintos y afectos principalmente, sino aislar, a través de la introspección, la cualidad última de una y otros. Así puede hablarse sin equívoco, al igual que ocurre con la instintividad, de vida y conducta afectivas. De suerte que una perspectiva funcional del conjunto de la afectividad psíquica presenta la ventaja reconocida de permitir aprehender los hechos psíquicos en sus conexiones, facilitando la explicación de su mecanismo (Gemelli y Zunini, Jaspers, López Ibor, Poveda). Cuestión aparte es la de la naturaleza misma de los estados afectivos. También aquí, la fenomenología de los trastornos de la afectividad ha contribuido, con ventaja sobre las aportaciones de los demás métodos, a aclarar los problemas.
 
Pero las dificultades en el estudio de la afectividad no dependen sólo de la cuestión metodológica. La extraordinaria riqueza de la vida afectiva supone un riesgo constante de atomismo y vuelta a los puntos de vista de la psicología de los elementos; cuando no ocurre así, existe el peligro contrario de identificar los estados afectivos con meras metamorfosis de fenómenos derivables de cualidades del psiquismo tan dispares como la instintividad o la inteligencia: así, la ortodoxia psicoanalítica, interpretándolos como efectos o símbolos de transformación de la libido; filósofos como Descartes y Leibniz considerándolos como pensamientos confusos, y el pragmatismo psicológico de Herbart, Stumpf y no pocos caracterólogos actuales, como condicionamientos de las imágenes o accidentes de los procesos cognoscitivos y volitivos. De ahí que, junto al punto de vista funcional y el análisis fenomenológico, toda reflexión sobre los hechos y procesos afectivos debe considerar superada la tradicional dicotomía y contraposición entre la vida sensible y la intelectual, aceptando la condición psicosomática unitaria y unificadora de los mismos e interpretarlos, de acuerdo con la definición propuesta, no como reacciones simples o efectos secundarios, sino como «acciones» tipificantes del «estar en el mundo» (Cruz Hernández, Zubiri), o cualidades formales, habituales y primarias del «ser personal».
 
Consideraciones históricas
 
En cuanto a la naturaleza y sentido de la afectividad, es interesante resumir la evolución histórica de las nociones sobre la misma.
 
A partir del siglo XVIII empieza a concebirse como algo más preciso, refiriéndolo fundamentalmente a todo lo anímico fuera de la inteligencia. Kant hace uso de la palabra afectividad (Gemüt) todavía en un sentido más o menos sinónimo de alma; Hegel pone en relación la unidad del sentimiento con la conciencia de sí mismo (Selbstbewustsein); J. H. Fichte considera a la afectividad como el medio indiviso, carente de objeto, de nuestra personalidad; Schelling extiende el concepto y considera en él el genio que todo lo vivifica y a todo da calor, la más profunda interioridad y la vida más impetuosa. Herbart ve en la afectividad el alma, en la medida que ésta siente y desea; J. E. Erdmann, el conjunto de sentimientos y voluntad; E. von Hartmann, el fundamento inconsciente del sentimiento. Para el psicopatólogo Wachsmuth (1859), la afectividad designaría la toma de conciencia del acontecer psíquico normal; Ludwig Wille se mantiene igualmente indeterminado en su definición, poco utilizable: sería la forma y manera como la conciencia reacciona a los estímulos (1887).
 
Doctrina actual
 
Desde 1913, Jaspers primero, luego Gruhle y Max Scheler, y actualmente Krüger, K. Schneider y López lbor, han contribuido decisivamente a esclarecer la cuestión. La afectividad es una realidad psíquica concreta, tanto como puedan serlo la inteligencia o la percepción, y aun cuando, en efecto, su presencia funcional sea evidente en cualquier manifestación de la personalidad, comprendiendo así el aspecto bifronte –psicosomático- de la misma, su campo de proyección específica es, de ordinario, menos amplio de lo que se le suele atribuir. La vida afectiva origina contenidos propios, estados de vida interiores no comunicables, originales e irreducibles a otros procesos o estados.
 
La primera de sus notas características es la subjetividad. Frente a los demás procesos de la conciencia, los estados afectivos no son nunca neutrales ni indiferentes. Lo que verdaderamente confiere carácter vivencial a una experiencia como tal experiencia personal es, precisamente, la coexistencia de una determinada tonalidad afectiva.
 
Una segunda característica podría señalarse partiendo de las aportaciones de la Psicología experimental. Para Wundt, la vida afectiva se organiza siempre según una especie de estructura polar. Frente a un sentimiento positivo existiría su correspondiente de signo contrario. En su conjunto, la vida afectiva se considera enmarcada en tres órdenes de polaridad: placer-displacer, excitación-reposo y tensión-relajación. Esta proposición ha influido extraordinariamente en la Psiquiatría a partir de Kraepelin; pero adolece del equívoco derivado de su inspiración en ciertos modelos pertenecientes al ámbito de las ciencias de la Naturaleza, como, por ejemplo, la noción de temperatura en función de la contraposición frío-calor. Es cierto que cualquier tonalidad afectiva o estado de ánimo se manifiesta con mayor o menor claridad, y que la resultante, en un momento dado, pueda estimarse como afecto proporcional de una correlación de sentido contrario; pero esto último sólo es real en situaciones de cierta intensidad afectiva: no cabe duda que la alegría clara excluye la tristeza o que la excitación no puede coincidir con el reposo. Sin embargo, esto no prueba la hipótesis de que el grado de tristeza o el de excitación dependan de variaciones correlativas de los sentimientos de alegría o reposo. Ello, sin contar los numerosos sentimientos y emociones cuya cualidad, siendo impar, no admite otra referencia que la del estado de ánimo neutral; por ejemplo, la ira, los celos y muchos sentimientos dirigidos. El significado último de la doctrina de la polaridad remite al hecho de la transformación continua de la generalidad de los procesos afectivos y al carácter oscilante del estado de ánimo fundamental.
 
Como notas finales deben citarse las ya aludidas de la riqueza cualitativa, la ubicuidad o franquía en cualquier dirección de la conciencia psicológica que, junto a lo subjetivo, ha permitido a Scheler definir los sentimientos como estados del yo, y la existencia de correlaciones orgánicas.
 
La naturaleza teleológica de los procesos afectivos puede comprenderse a partir de las características que acabamos de exponer y del lugar que ocupan dentro de la estructura general de la personalidad.
 
Ontológicamente, la vida humana se despliega dentro de un orden referencial que está determinado por la presencia de realidades de diversa índole: realidades físicas y metafísicas, materiales y espirituales, de carácter moral y personal. Ahora bien, la cualidad primordial del ser psíquico es la existencia de una conciencia subjetiva, bien entendido que esa subjetividad consciente, al ser constitutivamente tendencial, «no se contenta. con quedarse en sí misma», sino que se inclina naturalmente hacia la realidad, tendiendo a captarla, a hacerla suya, a nutrirse de ella (Millán Puelles, La estructura de la subjetividad); siendo el yo la instancia funcional correlativa, en el plano psicológico, del sujeto agente. De este modo, la orientación hacia la realidad crea, de acuerdo con el doble carácter de tal aptitud, relaciones de índole cognoscitiva y de índole experiencial; de suerte que una misma realidad es aceptada, a la vez, como objeto de razón y como predicado de la subjetividad.
 
El segundo de los antedichos aspectos referenciales ha venido a convertirse en el lugar común por antonomasia de la Psicología actual. Dentro de él, los modos que configuran la relación del sujeto con lo real son, precisamente, los afectos y sentimientos.
 
La naturaleza de la afectividad consiste, pues, en convertir toda relación en experiencia interna (vivencia); y su finalidad, en dotar de significado personal los propios contenidos de la experiencia. Entre la mera referencia física, a la que se ordenan las funciones sensoriales, y la intelectual, propia de las operaciones cognoscitivo-volitivas, la referencia afectiva, sentimental o pática, confiere al sujeto concreto y sus operaciones la cualidad existencial del «estar en el mundo».


Debe añadirse, por último, que la naturaleza pática de la relación no se agota en la mera experiencia interna de la realidad, es decir, en el sentido de ser-afectado. Frecuentemente, a través del vivenciar, el sujeto es capaz de participar en una situación o hecho objetivo mediante la comprensión afectiva del mismo. Este carácter especial del vivenciar recibe el nombre de empatía. Sin embargo, debe hacerse notar que la empatía difiere de la simple comprensión simpática (simpatía o antipatía) del contacto interpersonal, en que, a diferencia de esta última no significa nunca una verdadera identificación afectiva con el estado ajeno. El proceso empático sólo llega a proporcionar un auténtico conocimiento del sujeto cuando éste ha regresado de su participación afectiva en la situación de referencia, haciendo de esa participación un conocimiento teórico. La voz empatía puede entenderse sencillamente como proyección sentimental, y procede de la alemana Einfühlung, traducida también como endopatía, intraafección e introyección. Así, pues, la empatía señala la frontera entre los fenómenos de naturaleza afectiva y las operaciones intelectuales.
 
Los fenómenos afectivos
 
Como especies concretas de la afectividad se vienen distinguiendo, generalmente, las emociones, afectos, estados de ánimo y sentimientos.

Las emociones. Se caracterizan comúnmente por su agudeza, por la intervención habitual de un estímulo sensorial exterior y por la presencia evidente y manifiesta de un correlato fisiológico (López Ibor). Suponen una perturbación brusca y profunda de la vida psíquica y fisiológica, pudiendo llegar, en ocasiones, tanto a una perturbación grave del psiquismo superior como a alteraciones, peligrosas para la vida, de las funciones orgánicas.
 
Su semejanza con los actos reflejos y el carácter desproporcionado de los fenómenos emotivos, hicieron de los mismos el lugar común de las experiencias y doctrinas psicofisiológicas de la afectividad. Desde esta perspectiva, el significado de las emociones se agota entre dos extremos igualmente insostenibles: su carácter reactivo y su inutilidad intrínseca. Sin embargo, su afinidad con las reacciones instintivas de los animales induce a pensar que, más allá del sentido funcional de descarga que pueden proporcionar a sujetos embargados por intensos sentimientos, pueden desempeñar una finalidad útil. El hecho de que los estados emocionales se ofrezcan, en principio, como fenómenos de inadaptación revela, precisamente, su sentido: la sorpresa subjetiva frente al carácter súbito de ciertas exigencias referenciales; recuérdese lo dicho sobre la naturaleza y formas de la afectividad. Abona esta afirmación la prueba de que el grado de emotividad es inverso a la madurez del individuo y proporcional a la cuantía y calidad de los estímulos.
 
Las experiencias fisiológicas sobre la emoción acreditan la participación del sistema nervioso vegetativo y de las glándulas de secreción interna; en especial, la hipófisis, el tiroides, las suprarrenales y las gónadas.
 
Orgánicamente se registran reacciones viscerales, musculares y fisiognómicas. Las primeras pueden interesar, a la vez o parcialmente, a todos los sistemas, aparatos y órganos de la economía biológica. Alteraciones circulatorias: desde modificaciones del pulso hasta la parálisis cardiaca; la vasoconstricción y vasodilatación periféricas causantes de la palidez y el sudor; espasmos vasculares responsables de ciertos fenómenos vertiginosos, etc. Variaciones del ritmo respiratorio. Alteraciones digestivas: aumento o disminución de las secreciones salival, biliar o gástricas, y del peristaltismo (pérdida del control de los esfínteres, incontinencia o interrupción de la emisión de heces y orina). Trastornos sexuales como impotencia, frigidez, eyaculación precoz o poluciones espontáneas. Las reacciones musculares de parálisis, espasmos y temblores, localizados principalmente en los miembros inferiores, se mezclan y combinan con otros fenómenos neuroendocrinos que caracterizan la fisiognómica (expresión del rostro y partes visibles del cuerpo) emocional: escalofríos, piel de gallina, palidez, sudor, contracturas faciales, tics y ademanes.
 
El efecto de las emociones sobre el psiquismo superior -entendimiento, memoria y voluntad-, va desde ligeras anomalías de carácter inhibitorio, hasta la paralización de alguna de las funciones y aun trastornos de la conciencia psicológica.
 
Los afectos
 
En el lenguaje ordinario, la palabra afecto se emplea con una significación casi sinónima a la de emoción (López Ibor). Pero el lugar que ocupa en la estirpe gramatical de la voz latina de origen (sustantivo affectus) y sus derivadas psicológicas, denominando de modo genérico e indistinto cualquier fenómeno afectivo, ha inducido a los psicólogos a abandonar su empleo, o a mantenerlo apenas como una cualidad de contornos imprecisos: «estímulo o motivo que provoca sentimiento más que percepción o pensamiento» (Howard C. Warren); «el aspecto emocional-conativo de cada actitud mental» (MacDougall); descarga de energía psíquica, para el Psicoanálisis; «toda experiencia subjetiva que, examinada introspectivamente, se considera originada o perteneciente al organismo individual del sujeto», según Mac Curdy, etc.

Para López Ibor, la diferencia entre afecto y emoción estriba en que, en el primero, parece acentuarse la impresión del mundo exterior, y, en la emoción, lo que alcanza mayor relieve es el correlato vegetativo.
 
Las emociones y los afectos representan, respecto de los sentimientos y estados de ánimo, formas más elementales, indiferenciadas y pasajeras de la afectividad. Los estados de ánimo. La acepción psicopatológica de la voz ánimo ha adquirido perfiles definidos gracias a los trabajos de López Ibor y su escuela. Dentro del tema general de la afectividad, interesa aquí como ingrediente básico del todo de la función afectiva normal y como fenómeno, más o menos duradero, capaz de constituirse en contenido de conciencia. El ánimo o estado de ánimo fundamental sería la denominación propia del primer significado. Los estados de ánimo comprenderían las diversas modalidades de expresión del segundo. El ánimo como ingrediente afectivo comporta, de acuerdo con su etimología, una noción de actividad. Psicológicamente expresa el grado o intensidad del impulso básico concebido en su liminar versión de energía anímica o vitalidad, y vivenciable como gana o desgana primordial. A él se refieren expresiones del lenguaje cotidiano como «tener o no tener ganas de ... », «faltar las fuerzas», etc.
 
Cualquier proceso afectivo y, a través de la afectividad, cualquier operación del psiquismo, desde el mero tender a las acciones voluntarias, pasando por el percibir, imaginar y pensar, dependen, de algún modo, del ánimo y de las modificaciones de carácter generalmente oscilante del mismo. Dentro de la normalidad, tales modificaciones y sus efectos sobre la conducta y el sentimiento de sí mismo son obvios, hasta el punto de que «tener buen ánimo» viene a ser sinónimo de «gozar de buena salud».
 
Las oscilaciones del ánimo son de diversa especie. El carácter fluctuante y polar de la mayoría de los fenómenos afectivos, y hasta el cambio de sentido de determinadas constelaciones sentimentales, son el efecto inmediato de las mismas. Cuando los fenómenos afectivos se observan a lo largo del tiempo, su representación gráfica revela, al tomar forma sinusoidal, esas fluctuaciones periódicas. El análisis del vivenciar global y del comportamiento humano muestran diferentes modos, en cuanto al grado, duración y periodicidad, de los ciclos vitales. El propio curso de la vida presenta, por lo común, esa forma parabólica en cuanto a ciertas capacidades que ha inducido a su división en periodos. Los más fáciles de observar son los diarios y los estacionales. Los momentos iniciales de cada ciclo reflejan tonalidades bajas, como lo prueban el deficiente rendimiento de las primeras horas de la mañana, por contraposición a la vivacidad del periodo que se extiende entre el crepúsculo vespertino y la media noche (astronómica). Por otra parte, son del dominio común las alteraciones anímicas de los principios de la primavera y el otoño. A través del análisis de la productividad estética, literaria e incluso profesional de personas eminentes se han podido verificar ciclos menos regulares y de muy variable duración. Es indudable que cualquiera puede ser afectado por tales ciclos. La demostración más fácil de la realidad de las oscilaciones del ánimo se encuentran en ciertos refranes y dichos populares. He aquí algunos ejemplos del idioma castellano que, como puede verse, tienen su correspondiente versión, literal a veces, en otros idiomas y culturas:

«Consultar con la almohada», «La nuit porte conseil», «Consult with your pillow», «Guter Rat kommt über Nacht»; «Matar el gusanillo», «Tuer le ver», «To have an eyeopener», «Frühschoppen»; «Día de mucho, víspera de nada» y su equivalente «Hoy figura, mañana sepultura», «Aujourd"hui en leurs, demain en pleurs», «Today gold, tomorrow dust», «Heute rot, morgen tot»; y otros, como «cual el tiempo, tal el tiento», «la primavera, la sangre altera», «tiempo, mujer y fortuna cambian como la luna», «trabajar toda la noche», etc.
 
El ánimo como fenómeno duradero capaz de convertirse en singular contenido de conciencia, constituye el elemento formal de los llamados estados de ánimo. No se trata simplemente de un mismo hecho contemplado desde ángulos distintos el de su comprensión conceptual y el de sus manifestaciones psíquicas. Siendo cierto que el ánimo, como principio vital, interviene modulando afectivamente cualquier contenido de conciencia, su cristalización en los estados que ahora se contemplan supone, fenomenológicamente, un cambio subjetivo notable. Más que un principio de actividad, la nueva versión señala cierta pasividad del sujeto, recogida en esa expresión verbal aceptada por los psicólogos para significar el hecho: la de estados de ánimo. Cuando se habla del ánimo, del tono vital, como principio, se alude a una función que no tiene el carácter de la experiencia psicológica concreta de los estados de ánimo.
 
«Los estados de ánimo constituyen el núcleo esencial de la intimidad personal» (López Ibor). Por una parte revelan el nexo del sujeto con algo subyacente y nutricio -la vitalidad-; por otra, expresan la concordancia del propio sujeto con su entorno. Los estados de ánimo surgen, así, de la relación entre el yo y el mundo, como un testimonio, en el plano psicológico, de la constitutiva entidad referencial de la vida humana. Son el medio, como la atmósfera, de la existencia. Comportan ciertas modificaciones vegetativas, fisiognómicas y de la psicomotilidad menos sensibles y aparentes que las de las emociones. Dentro de la normalidad psíquica, tales modificaciones contribuyen a perfilar actitudes y formas de comportamiento a través de las cuales se hacen comprensibles dichos estados.
 
Psicológicamente, los estados de ánimo se identifican con los sentimientos vitales. En relación con el ánimo y los estados de ánimo se encuentra el humor. En el lenguaje común se utiliza este vocablo para identificar la índole o condición de una persona, especialmente cuando se da a entender con una demostración exterior. También para indicar jovialidad o agudeza. O la buena disposición en que alguien se halla para hacer una cosa (Diccionario de la Lengua Española). Estas acepciones y las contenidas en expresiones tan habituales como «estar de buen (o mal) humor», «remover los humores» (como «inquietar los ánimos»), o «seguir a uno el humor», aunque han perdido su carácter figurado, suponen una extensión de la semántica original de la palabra humor que, como término biológico y médico, servía para designar cualquier líquido del organismo animal. Apoyándose en ambos significados, la Psicología de inspiración antropológico-existencial propone su empleo para subrayar, de acuerdo con la vieja versión de la Medicina helénica de los humores, la índole psicosomática de las manifestaciones afectivas como muestra de la unidad indisoluble entre el soma. y la psique por un lado, y el hombre y su mundo por otro.
 
El humor expresa la concordancia entre lo que podría llamarse el estado plasmático. o somático y el estado de ánimo, y entre éste y las correspondientes circunstancias personales. La Clínica psiquiátrica y la Caracterología actuales todavía conservan expresiones como melancolía, carácter flemático, frigidez y otros que denuncian su origen, de acuerdo con la doctrina hipocrática de las correlaciones entre los cuatro elementos de la Naturaleza (tierra, fuego, aire y agua) y los cuatro componentes fluidos del organismo humano (bilis negra, sangre, atrabilis y pituita); de cuya combinación física surgían la salud, la enfermedad y los temperamentos.
 
Los humores son como los olores de la existencia (López Ibor). Realmente, un olor (sensorial) evoca de un modo más esencial un estado de ánimo vivido que una sensación visual o auditiva. Las sensaciones visuales y auditivas son tan concretas como fugaces. Las olfativas son más vagas y persistentes. De ahí que estén más ligadas a la temporalidad, y, a través de ella, a los estados de ánimo fundamentales. La prueba anatómica de esta proposición se encuentra en el llamativo desarrollo y complejidad del cerebro olfativo y sus conexiones nerviosas con las zonas cerebrales relacionadas con la afectividad. Por eso, toda enfermedad, por muy bien delimitada que esté somáticamente, origina, de manera involuntaria e inconsciente, sentimientos de malestar. Del mismo modo que se atribuyen, con independencia de todo juicio, calidades sentimentales a ciertos paisajes y a determinadas constelaciones de orden físico, dando origen a los sentimientos estéticos.
     


*En Gran Enciclopedia Rialp (GER), tomo 1, pp. 268-272


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01/06/2005 ir arriba
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