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Por J. F. Lisón Buendía *
El término procede etimológicamente del latín absolutum, suelto de, separado de. Lo que está separado de cualquier otra cosa (ab alio solutum). La filosofía lo ha recogido en tres campos distintos: teológico, cosmológico y gnoseológico. Es fundamentalmente en el campo teológico donde adquiere su más riguroso sentido. Hace alusión a algo totalmente independiente de las coordenadas espaciotemporales. Ese algo incondicionado se identifica con Dios. Pero el mismo sentido real del término conduce a la mente humana a un problema. ¿Cómo conocer algo suelto, apartado de nosotros, independiente? El entendimiento humano, por hallarse incardinado en la materia, parece exigir como ámbito de su cognoscibilidad lo espaciotemporal. Y lo Absoluto, Dios, es precisamente todo lo contrario.
La filosofía tradicional, abierta a la infinitud intencional del conocimiento, ha defendido con claridad y firmeza el poder de la razón deductiva al menos en torno a la existencia de lo Absoluto. La participación de los seres finitos en las perfecciones trascendentales y su consiguiente contingencia y quizá también la radical explicación del movimiento cósmico universal exigen la existencia de un Absoluto. La razón nos coloca ante el dilema de, o admitir la absurda, carente de sentido, existencia exclusiva de lo relativo, o abocar en la existencia de un ser absoluto a quien identificamos con Dios. Dios es distinto del mundo, pero no separado de él; antes al contrario, le da el ser por creación. Con ello, obviamente, no se olvida el carácter absoluto de Dios, ya que se afirma que no podemos conocerlo tanto como puede ser conocido y que nuestro lenguaje sobre Él es analógico.
Kant se aparta de esa tradición rechazando del campo de la razón pura el conocimiento del Absoluto. Su incondicionamiento –dice- le saca del ámbito de la experiencia tanto real como posible y, como «los conceptos sin intuiciones son vacíos», negará el conocimiento de Dios por vía de razonamiento puro. El teólogo protestante Karl Barth se coloca en la misma línea de agnosticismo, aunque desde una base distinta. Parte de la total indigencia de la razón frente a Dios. En cambio, en Hegel, la idea absoluta, Dios, se piensa a sí misma en el hombre. Lo finito del hombre tiene realidad no como finito, sino como infinito. «Ser y deber ser coinciden». Lo Absoluto es, pues, para Hegel, no algo independiente e incondicionado, sino algo universalmente abarcante e identificado con lo que abarca. Los ontologistas, entre ellos Malebranche, también consideran que la realidad infinita de Dios no es cognoscible por un proceso de deducción racional. Sólo la intuición de la «extensión inteligible» nos puede hacer conocedores de su existencia. La misma línea intuicionista siguen Gioberti y Rosmini. Otros filósofos no han trascendido el campo de lo relativo. Frente a lo absoluto han mantenido una doble postura: o bien lo han negado abiertamente (ateísmo temático), o bien han prescindido de él (ateísmo atemático). Una peculiar posición es la de algunos existencialistas, como Heidegger, que parece afirmar un acceso al Absoluto por la vía del sentido de «lo sagrado» (das Heilige). En Jaspers, la búsqueda del ser supone falta de lo que se busca, o sea finitud; el ser –concluye- está irremediablemente más allá de la búsqueda; es algo absoluto. Hay en todo ello acentos kantianos.
Nos queda por examinar una postura que históricamente ha sido de exiguo reconocimiento por parte de la filosofía occidental; nos referimos a la mística. Ello en parte se explica, ya que dentro del campo de lo que suele designarse con ese término hay diferencias profundísimas. De una parte se encuentran figuras que parecen afirmar un agnosticismo en el orden racional, pero añadiendo que por una vía ascética el hombre puede liberarse de lo que lo relativiza y entrar en una situación supracósmica en la que encuentra al Absoluto; otros, en cambio, no niegan en modo alguno el acceso racional al Absoluto; antes al contrario, lo afirman y presuponen explicando la unión mística con Dios como un conocer al que se le añade el amor. De otra parte hay que distinguir entre lo que puedan ser experiencias naturales, de las que deriven del don sobrenatural de la gracia y de la Revelación, tal y como se encuentran en los místicos cristianos. De todas formas, su importancia debe ser subrayada. Algunas filosofías orientales son muestras de ello. Y especialísimamente la honda tradición mística cristiana, dos de cuyas más altas lumbreras son Santa Teresa y San Juan de la Cruz. De menos importancia filosófica es el uso del término en el plano cosmológico. Para Newton, el espacio es absoluto y real. Einstein ha negado tal absolutez afirmando su sentido relativo, aunque sosteniendo su realidad. Finalmente podemos señalar que Clarke concibe el espacio como «sensorium dei». En el plano gnoseológico, la figura más significativa es Kant, que idealiza el espacio declarándolo «sensorium hominis» al afirmar la idealidad trascendental del espacio y del tiempo en la Crítica de la razón pura.
*En Gran Enciclopedia Rialp (GER), tomo 1, pp. 66-67
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