Por José María Sesé
Profesor de Historia del Cine de UIC
En la Revista «Familia y Cultura» (*)
Cualquiera que haya visionado el trailer anunciador de esta película o que haya contemplado las típicas imágenes promocionales, incluido el engañoso cartel-anuncio o que, incluso, se haya adentrado alguna vez en las páginas de alguno de los libros de Patrick 0"Brian, sobre El capitán lack Aubrey, caerá en un terrible engaño. Pensará, sin duda, que Master and Commander, al otro lado del mundo, es simplemente una película encuadrada en el llamado "Cine de Aventuras", una película más "de género", o mejor, "de subgénero", de ese subgénero llamado "de barcos", que incluye siempre un velero inglés en alta mar, luchando contra pérfidos enemigos, sean éstos piratas o españoles o franceses las más de las veces (ya que estas pelis suelen ser anglosajonas). Nada más lejos de la realidad. La película que nos ocupa es una de las propuestas más interesantes, maduras, asombrosas, fascinantes, de los últimos años, y sin duda me atrevería a decir que nos hallamos ante un auténtico film de autor, en el sentido europeo de la palabra.
Hay pocos directores contemporáneos que me hayan interesado siempre tanto como Peter Weir. Este autor australiano de 6o años posee una etapa fílmica en su país de origen absolutamente intrigante y genial, cuya cúspide sería quizá la enigmática Picnic en Hanging Rock y la antibelicista Gallipoli (1981), sobre la participación australiana en la campaña de los Dardanelos durante la Primera Guerra Mundial, y que sirvió para dar a conocer en Europa y USA al ahora tan conocido Me[ Gibson, junto con otra película suya llamada El año que vivimos peligrosamente (1982). Su traslado a la industria norteamericana no sólo no disminuyó su fama, pese a cambiar aparentemente de estilo varias veces, sino que le consolidó como un autor de referencia obligada: Único Testigo (1985), La Costa de Los Mosquitos (1986), El Club de los Poetas Muertos (1989), Matrimonio de Conveniencia (199o) y otras apuestas más atrevidas como Sin Miedo a la Vida (1993) o el Show de Truman (1998) le han situado como una referencia importante entre los directores de su generación y le han asegurado en la pantalla una perfecta relación entre calidad y éxito, aunque no siempre hayan sido bien comprendidas.
Capitán de Mar y Guerra fue el título castellano de la primera entrega que Patrick 0"Brien (Londres 1914Dublín 2000) lanzó al mercado en 1970. Desde entonces, otras diecinueve novelas han contado las peripecias del capitán Jack Aubrey y del médico Stephen Maturin a bordo de las embarcaciones de su majestad británica. Weir, productor, director y guionista de Master and Commander se inspiró en el primer libro, pero mucho más en el décimo volumen de la serie (La costa más lejana del mundo) para realizar este film. El director australiano siempre se ha caracterizado por seleccionar muy bien el tema de sus películas y en no ser nada repetitivo. De ahí que trabajara con ahínco durante varios años en el tema de su siguiente película, buscando ideas y desafíos en varias productoras. Al final, la idea de un film sobre Aubrey surgió de una conversación con Samuel Goldwyn, el hijo del célebre magnate de los estudios Metro y se lanzó a confeccionar el guión. Tras varias cavilaciones sobre los posibles actores que encarnaran los principales personajes de la trama, Weir se decidió por el también australiano Russell Crowe, actor de incomparables recursos interpretativos, a la vez que indudable estrella mediática en la actualidad, merced a sus trabajos en El Dilema, Gladiador y Una Mente Maravillosa. Su aportación al papel del capitán Aubrey resulta no sólo un acierto, sino buena clave de la película. Pero hay todavía más: la interpretación que de su amigo y antagonista Maturin hace Paul Bettany, que ya apareció junto a Crowe en Una Mente Maravillosa y que sustituyo a la primera opción de Weir que era Ralph Fíennes. El duelo interpretativo entre los dos es media película y la riqueza de la que dotan a sus personajes, ya de por sí bien interesantes, es extraordinaria. La película deambula así entre dos amigos nada convencionales, incluso en ocasiones antagónicos, que muestran lo más íntimo de sus creencias, miedos y pasiones a lo largo del metraje, visualmente y en unas conversaciones interesantísimas. Todo ello, además, con la magnífica salvedad de que no nos encontramos con dos arquetipos maniqueos. La dureza marina de Aubrey (la flagelación del marinero), su ordenamiento militar y su deber bélico ante todo, su obsesión "a lo Mobby Dick" por encontrar el barco francés, se entremezclan con el cariño por sus oficiales y por la formación de los jóvenes guardiamarinas, con su interpretación de Bach al violín, su ternura ante el niño-oficial herido y su dilema moral en cortar o no las amarras que salvaran el barco pero enviarán al otro mundo a un marinero apreciado. Lo mismo ocurre con Matutin: a su pasión por la Naturaleza, sus creencias evolucionistas en la línea de Darwin que, por cierto, realizará el mismo viaje que él a las islas Galápagos, su humanidad como médico, hay que añadir la reciedumbre nada intelectual de curarse a sí mismo sin anestesia, la dureza en las recriminaciones a Aubrey y su estudiada impasibilidad ante la muerte que le rodea (impagable la escena en la que su ayudante echa serrín mientras él opera, amputa y cura en el fragor de la batalla). Ahora bien, ambos caracteres se encuentran, se conocen, se aprecian y respetan. Nada más emblemático ni significativo de toda esta relación que las veladas ("a la luz de las velas" como pide ese vocablo) en las que, después de cenar, ambos forman un dúo de violín y cello entre los vaivenes del barco. Una de las escenas más conmovedoras, veraces y plásticas de una película repleta de ellas. Quizá a esa verosimilitud ayude el hecho de que Russell Crowe tuvo que aprender a tocar el violín (lo más arduo del rodaje, según sus propias palabras) para ello. La verdadera melodía la realiza un especialista, pero el actor australiano pone los dedos y mueve el arco con precisión. Del violoncelo prefiero no hablar, ya que hice mis pinitos con ese instrumento cuando era colegial.
La película es tan ajustada en el reparto, que hasta los extras franceses del Acheron son auténticos galos. Por cierto, que la Novela se desarrollaba en 1812 y el enemigo era Estados Unidos, pero hubo que adelantar la trama a 1805 para poder luchar con los franceses y salvar así la taquilla americana, que jamás ha entendido cómo ellos pueden ser los malos de una película. Y eso que este film no va ni de buenos ni malos. Decía al comienzo que era difícil adscribirla al género de aventuras navales; y si ello resulta así es porque en ella no hay ni enemigo reconocible (hasta el final no se ve ningún malévolo francés en un barco que más bien parece un fantasma). Ni siquiera nos dejan odiar al malvado capitán oponente, que además casi se nos escatima del todo (no voy aquí a desvelar el magnífico final). Y, por si eso no fuera delito suficiente de leso-género, no hay chica a la que amar, ni historia de amor que contemplar, ni siquiera el consabido recreo en tierra inglesa o en una isla tahitiana. Sí hay una isla en la que recalar con alguna que otra nativa, pero -¡oh calamidad!- Aubrey sólo mira desde la mura de babor. En fin, que casi nos quedamos sin peliculón, si no llega a ser a por las batallas inicial y final, pero en ellas es tal el verismo y la cruda realidad que se nos aleja totalmente de las películas de Errol Flynn o de Burt Lancaster.
Todas estas ironías se me quedan cortas para expresar la sorpresa que me produjeron, durante su visionado, la increíble fotografía, el impresionante montaje y la extraordinaria puesta en escena del film de Weir. No es ya una precisión puntillosa, sino una realización de autentico clásico y maestro. Las solas referencias al cine de Ford: la mesa de curaciones nos lleva a la grandiosa escena de la parte que rodó el genial irlandés en la Conquista del Oeste; las baladas emulan desde Hombres intrépidos a Pasión de los Fuertes...; pero, sobre todo, recuerda al maestro Ford por esa poesía épica, por esos grupos humanos masculinos de sólidos lazos fraternales (también muy de Howard Hawks). Y ¿qué decir de su claro homenaje a David lean, otro hiperclásico, en películas como Lawrence de Arabia?, (nótese su retrato del mar similar al del desierto en esa mítica película o la elaboración de los personajes principales). Las escenas magistrales se suceden en Master and Commander: las ya mencionadas noches musicales, la autooperación de Maturin, la amputación del brazo de Lord Blakeney (tan contenida en su dureza y ternura a la par), el mismo Blakeney y Maturin vagando por las Galápagos, la tormenta y su cruel desenlace, la batalla final..., pero, sobre todo, ese magistral inicio, uno de los momentos cenitales del cine de este siglo recién comenzado.
Baste decir, para terminar, que es tal la reconstrucción histórica del barco y de la vida en alta mar que bastaría sólo eso, la gran lección de Historia que contemplamos, para ver la película con ojos muy diferentes a Piratas del Mar Caribe, por ejemplo (aun siendo ésta una película de aventuras piráticas que no está nada mal como tal, sin mayores pretensiones). Desde el primer plano hasta el último, Master and Commander es un auténtico libro de Historia: no porque lo que cuente sea real, que no lo es, sino porque el contexto en que lo cuenta es perfecto. Cosas que nunca habíamos visto en una pantalla, como el nombre de cada uno de los cañones escrito en la madera, las duras condiciones de los marinos en "su dormitorio-comedor-santabarbara", la presencia de los niños-guardiamarinas a bordo, los libros y dibujos de la época napoleónica. La misma conversación sobre anécdotas de Nelson durante la cena, el modo como se dispara en verdad a un barco enemigo y los daños reales que ocasionan los cañonazos en un barco velero..., aparecen minuciosamente trabados con la trama, pero no con la precisión de un entomólogo orgulloso de mostrar los detalles de su colección, sino como un marco -perfecto marco donde se desarrolla la acción. Todos estos detalles acercan esta película a la primera media hora de Salvad al Soldado Ryan, por ejemplo, con su excelente escena del Desembarco de Normandía.
Comprenderán que, después de todo lo que llevo dicho, me encantase leer hace un par de meses, en una conocida revista barcelonesa de cine, la pregunta que yo también me había hecho en su estreno: ¿Por qué, diantre (la interjección es mía), Peter Weir no hace cine con mayor regularidad? Quizá porque pocos como él han comprendido que el Séptimo Arte es algo tan importante como para reservarlo para realizar obras tan maduras, bellas, épicas, estéticas, profundas, musicales (no se pierdan tampoco la banda sonora del film, aunque este adjetivo no está puesto aquí por ella)...; en suma, tan epopeycamente poéticas como esta.
(*) Familia y cultura, Revista de orientación familiar, nº 264, abril 2004, 2ª época, edición castellana.
UIC, Universitat Internacional de Catalunya, www.unica.edu
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Ficha técnico- artística
Título original: Master anD commander Producción: Samuel Goldwyn Jr., Peter
Weir y Duncan Henderson.
Director: Peter Weir
Guionista: Peter Weir y John Collee; basado en las novelas de Patrick 0"Brian. Intérpretes: Russell Crowe (Capitán lack Aubrey), Paul Battany (Médico de a bordo Stephe Maturin), Billy Boyd (Timonel Barrett Bonden), James D"Arcy (Oficial Thomas Pullings), Lee Ingleby (Guardiamarina Hollom), Georges Innes (Joe Plaice), Mark Lewis Jones (Hogg), Chris Larkin (Capitán Howard), Richard McCabe (Higgins), Robert Pugh (Capitán Allen).
Fotograba: Russell Boyd
Música: ¡va Davies, Christopher Gordon y Richard Tognetti.
País: USA
Estreno: 28-11-2003. Género: aventuras
Web Oficial:
www.masterandcommandre.fox.es
Familia y cultura, abril 2oo4
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