|
OSCAR 1987 • EL FESTÍN DE BABETTE
(Babettes gæstebud, Gabriel Axel)
Hemos recordado
esta película,
auténtica obra de arte, con ocasión de un
congreso
internacional sobre la filosofía de Karol Wojtyla (Juan
Pablo II), en el que se mencionó durante uno de los
coloquios el odio al cuerpo que se manifiesta hoy en el
gusto por la violencia en el cine, la televisión, los
videojuegos, etc. Lo comenta Antonio Orozco en
Un Congreso, un festín:
El odio al cuerpo es una consecuencia del dualismo. Para
el dualismo, el cuerpo es una cárcel. Primero se
entiende el hombre como compuesto de alma y cuerpo al
modo cartesiano, como dos elementos meramente
yuxtapuestos. De ahí surge un espiritualismo
desencarnado, que desprecia el cuerpo y le niega la
satisfacción hasta de sus lícitas apetencias. Esto se
pone de manifiesto en la comunidad -por lo
demás entrañable- de
El festín de Babette,
inmersa en un extremado espiritualismo puritano. Al
carecer de verdadero fundamento antropológico-teológico,
esta concepción dualista del hombre se ve que no
funciona y la comunidad al principio muy bien avenida se
ve invadida por conflictos irritantes.
Al margen de la película,
la
historia de la cultura comprueba que el dualismo deriva
fácilmente a un materialismo reactivo que pide al cuerpo
la satisfacción de un ansia infinita de placer. Pero el
cuerpo es tremendamente limitado y no puede dar lo que
se le pide; así surge ese otro odio al cuerpo al que
asistimos. Paradójicamente, la idolatría del cuerpo se
convierte en odio al cuerpo. Por eso, hay que
aprender a gozar con el cuerpo, darle un poco
menos de lo que solicita, porque si no, hace
traición. La película, presenta en modo hiperbólico
la necesaria "antropología" que salva la armonía de la
comunidad mediante un festín de exquisita gastronomía
parisina. Muy profunda además la coronación "doctrinal"
del fin, con el "amor-don" como verdadera
realización de la plenitud de la persona.
Por todo esto
situamos la película entre los "clásicos inesquivables"
y las "ideas desde el patio de butacas".
Agradecemos el análisis técnico cinematográfico de
Susana Farré que hemos hallado en Internet:
___________________________________________________________________
EL FESTÍN DE BABETTE
(Babettes gæstebud, Gabriel Axel)
Susana Farré
En Miradas de Cine
www.miradas.net
El nombre de Karen Blixen es conocido hoy por muchos
gracias a que parte de su vida, narrada en el libro
autobiográfico que la baronesa escritora de orígen danés
escribió con el nombre de África Mía (1937), fue
llevada al cine de la mano de Sidney Pollack con su
conocidísima película Memorias de África (Out
of Africa, 1985). Lo que poca gente sabe, sin
embargo, es que la escritora, conocida en el mundo
literario por uno de sus pseudónimos masculinos, el de
Isak Dinesen (éste era su apellido de soltera), llevó a
cabo su mejor obra literaria a través de los relatos que
escribió en los años posteriores a su regreso a
Dinamarca tras el largo tiempo pasado en el continente
africano. Orson Welles fue el primer cineasta en
descubrir el potencial de estos relatos, llevando a cabo
la adaptación de uno de ellos para su obra Una
historia inmortal (1968), y dejando a título póstumo
una película nunca llevada a cabo, también basada en
otro cuento de la Blixen, Los soñadores. El
primero de los relatos adaptados de Welles pertenecía a
un volumen recopilatorio llamado en nuestro país
Anécdotas del Destino, y en él se encontraba otra
historia que, años más tarde, el realizador danés de
origen francés Gabriel Áxel llevaría a la gran pantalla,
y con la que obtendría el Óscar a mejor película de
habla no inglesa, ganándole la partida a obras tan
destacadas como Adiós, muchachos (Au revoir, les
enfants) , de Louis Malle, o La familia (La
famiglia), de Ettore Scola. Se trataba de El
festín de Babette, relato modesto que Blixen
escribió en su origen para un semanario femenino
americano, con la intención de ganar así algún dinero
que le permitiese salir de la difícil situación
económica en la que se encontraba. Este cuento,
transformado por el guión de Axel en película, trataba
la historia de una pequeña comunidad de protestantes
luteranos en la Dinamarca del siglo XIX, concretamente
en la provincia de Jutlandia, al noroeste del país. Dos
hermanas solteronas, Philippa (Bodil Kjer) y Martina (Birgitte
Federspiel) hijas del pastor que dirige religiosa y
moralmente esta comunidad, se quedan tras la muerte de
aquél al servicio de los fieles, cuidando de ellos y de
su fe y renunciando con ello a cualquier posibilidad de
disfrute de su propia felicidad. Un día irrumpe en sus
vidas Babette (Stéphane Audran), una francesa huida de
la Revolución de la Comuna de París quien, a través de
la carta de Achille Papin (Jean-Phillippe Lafont) un
cantante de ópera que se había enamorado en su juventud
de Philippa, les pide que la acojan como sirvienta en su
casa. Tras ganar la lotería, Babette decide proponer y
hacerse cargo de un banquete culinario por todo lo alto,
hecho que causa gran sopor en la devota población,
quienes no ven con buenos ojos ningún tipo de disfrute o
placer de los sentidos, sea éste del tipo que sea.
La película tiene el don de la sencillez. En su primera
mitad, el film presenta el ambiente y los personajes que
forman la pequeña comunidad de luteranos, describiendo
la austera elección de vida de estos seres, quienes se
aferran estrictamente a la concepción de la vida como
"valle de lágrimas", dando prioridad absoluta a la
religión hasta el extremo de sacrificar por ésta el
mismo amor que les proporcionaría una felicidad a la
cual renuncian.
Axel, mediante una voz en off femenina que enfatiza la
visión de la narración como un hermoso cuento, explica
la historia de las dos hermanas y su sumisa y
sacrificada elección de vida. Pero lo hace sin
recriminaciones ni discursos reprobatorios, utilizando
una ironía sutil que introduce en el relato un sentido
del humor maravilloso, el cual se mantiene hasta el
final de la historia, y a través del que el espectador,
lejos de sentir rechazo por la actitud de los fanáticos
fieles de la comunidad, siente hacia ellos un cariño y
simpatía profundos.
Las dos hijas del pastor rechazan en su juventud, cada
una por su lado, la posibilidad de vivir su propia
historia de amor, Martina con un teniente de húsares
(Gudmar Wivesson en el papel de este personaje de
joven), y Philippa con el cantante de ópera Achilles
Papin (preciosa es la escena de la declaración de amor
entre ellos encubierta por el canto de una de los
momentos cumbres de la ópera Don Giovanni, de Mozart) .
Mediante flashbacks se nos muestran sendas historias,
con las que se introducen los dos personajes masculinos
principales, que en ese momento cumplen una función tan
sólo anecdótica, pero que más adelante desarrollaran un
papel clave en la narración. Papin será el catalizador
de la llegada de Babette, personaje central del relato,
-aunque aparezca ya muy avanzada la narración-. Por su
parte, Lorenz, el teniente, envejecido y convertido ya
en general, habiendo cumplido así sus ansias de grandeza
que le alejaron de la reticente Martina, regresa a
Dinamarca para asistir con su tía, aristócrata de la
pequeña comunidad, al banquete ofrecido por Babette, y
su presencia en él será clave para la transformación
ejercida en los personajes de la villa.
Tras el largo planteamiento, que llega hasta el momento
en que Babette gana la lotería y decide agradecer la
hospitalidad de las hermanas mediante el banquete, se
pasará al desarrollo de los preparativos de la gran
comilona, secuencia ésta que se configurará como largo
clímax de la narración. Es en el banquete donde se
produce el cambio en los personajes. Éstos, decididos a
renunciar al placer del fantástico festín con que les ha
obsequiado Babette, se niegan en redondo a ensalzar los
magníficos platos que la mujer les prepara con tanto
amor y cuyos encantos culinarios son del todo
irresistibles. El único personaje que manifestará su
admiración será el general, extranjero como Babette en
esta comunidad de fieles, quien se quedará solo en cada
comentario que haga sobre la comida o el vino. No
obstante, el placer de los sentidos, -y el excelente
vino servido- consigue al fin que los personajes se
dejen llevar por la dicha del momento, y poco a poco
iran reconicliando entre ellos las rencillas que antes
les separaban, llegando en algún caso a dejarse llevar
por sus emociones - maravilloso momento es aquel en el
que dos ancianos se besan para demostrarse así su amor
largo tiempo reprimido-.
La felicidad del momento se hará presente en una de las
escenas más bellas del film, en la que los invitados se
cogen de las manos y cantan en la noche bajo las
estrellas, las cuales, como dice una de las hermanas, se
encuentran más cerca de ellos esa noche. Metáfora
preciosa del canto a la vida y a la felicidad que quizás
a partir de entonces será disfrutada por los personajes,
sin temor ya al castigo divino que les había oprimido
durante todas sus vidas.
Babette es así la gran artífice del cambio en los
personajes. Interpretada por una Stéphane Audran
soberbia (mujer de Claude Chabrol en la vida real y musa
de muchos de sus films), Babette se sirve de su arte
para demostrar su agradecimiento a los que la han
acogido. Como ella misma dice, su papel es el de una
artista que expresa ante los demás lo mejor de sí misma,
el único vestigio de su pasado que nadie le podrá nunca
arrebatar. Babette es una extrangera en esta comunidad,
un elemento extraño que viene a alterar la vida de sus
habitantes -no hay que olvidar que Axel desarrolló gran
parte de su obra en Francia, por lo que comparte con su
protagonista esta condición de extranjero en su tierra-,
y sólo conseguirá integrarse definitivamente entre ellos
cuando exprese lo mejor de sí misma,lo que realmente la
hace única y diferente entre los demás.
Gabriel Axel consiguió una obra de arte cinematográfica,
muestra extraordinaria en todo momento de una sencillez
visual y temática excelentes. La cámara no denota apenas
su presencia, ni enturbia en ningún caso la sobriedad
perfecta que lo inunda todo. La puesta en escena respeta
el espíritu de la narración, por lo que el film acaba
por erigirse como una maravillosa pieza de cámara
perfectamente interpretada por la totalidad de los
personajes,
con una fotografía de Henning Kristiansen soberbia que
expresa a la perfección el ambiente austero de esta
comunidad nórdica y una música de Peer Norgaard discreta
pero presente, que acompaña las situaciones mostradas en
un tímido segundo plano con el que se enfatiza aún más
su eficacia expresiva.
El cine danés ha tenido a lo largo de los años períodos
de máxima importancia para la historia de este arte. Uno
de los momentos de máxima lucidez fue precisamente a
finales de la década de los ochenta, puesto que al año
siguiente del triunfo internacional de El festín de
Babette, otra producción danesa se hizo con el Óscar
a la mejor producción de habla no inglesa, en este caso
Pelle el conquistador (Pelle Erobreren,
1988), de Billie August, película que obtuvo además
numerosos premios en otros tantos festivales. Pero,
dejando de lado la polémica intrusión en el panorama
cinematográfico de los cineastas del Dogma'95, lo que
está claro es que el director que más prestigio ha dado
al cine danés ha sido y será por mucho tiempo Dreyer, a
quien Gabriel Áxel no quiso olvidar en su film, no sólo
en algunas soluciones de puesta en escena, que recuerdan
la sencillez del gran maestro (aunque no tengan nada que
ver con la complejidad expresiva y existencial de sus
filmes), sino asímismo en la inclusión en su Festín
de Babette de algunos de los actores emblemáticos de
las grandes obras de Dreyer, como Birgitte Federspiel
(Martina) o Cay Kristiansen (el viejo Poul) los
inolvidables Inger y Anders de Ordet (La
palabra) (Ordet, 1955), Ebbe Rode (Christopher) y
Axel Strobye (el cochero), el poeta Gabriel y el Doctor
Nygen en Gertrud (Ídem, 1964), o la maravillosa
Lisbeth Movin (la vieja viuda) protagonista de la
inolvidable Dies Irae (Ídem, 1943). Este homenaje
es extensivo también a otro de los grandes del cine
nórdico, en este caso Bergman, al incluir en una breve
aparición a una de las musas del gran director, Bibi
Andersson, en el papel de una madura y sofisticada
condesa que mantiene evidentes puntos de contacto con el
personaje real de Karen Blixen. Pero independientemente
de la ayuda que supone el contar con tan extraordinario
plantel de actores, lo cierto es que El festín de
Babette es en sí misma una extrordinaria película,de
cuyas cualidades ya se ha hablado pero que conviene
recordar como una de las más bellas expresiones del cine
nórdico que hemos podido disfrutar en los últimos años.
http://www.miradas.net/estudios/2004/03_oscars/1980s_elfestindebabette.html
___________________________________________________________________
RELACIONADOS:
Un Congreso, un festín, A. Orozco Delclós
IDEAS DESDE EL PATIO DE BUTACAS
CLÁSICOS INESQUIVABLES
Actualización Arvo Net,
19/02/2006 |