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TRUMAN CAPOTE (Gustavo de Prado)

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Cine en Arvo. Truman Capote

 

Truman Capote




Brockbeack Mountain y Truman Capote, ambas candidatas al Oscar, abordaban el tema de la homosexualidad. Pero las dos lo hacían de un modo radicalmente opuesto.

Truman Capote
Dirección: Bennett Miller.
Intérpretes: Philip Seymour Hoffman, Catherine Keener, Chris Cooper.
Duración: 114 m.
Género: Drama.
Valoración: Jóvenes.

Una familia es asesinada. Truman Capote lee la noticia, no muy distinta a otras muchas, en los sucesos del periódico. Por algún motivo intuye la posibilidad de extraer material para fabricar su nuevo libro.

Brockbeack Mountain y Truman Capote, ambas candidatas al Oscar, abordaban el tema de la homosexualidad. Pero las dos lo hacían de un modo radicalmente opuesto. Si Brockeback Mountain era un alegato didáctico-sentimental con escasa personalidad destinado a idealizar a los homosexuales (así, en general), Truman Capote era la personalización total. Porque Bennett Miller, el director, no tenía intereses que satisfacer ni banderas a las que rendir tributo.

Es evidente que Bennett Miller admira la literatura de Capote. Pero eso no le ciega para ver la persona que había tras los libros. Y eso es lo que filma, un individuo completo que se llamaba Truman Capote: un genio literario, un egocéntrico descomunal, un tipo con exquisita sensibilidad para unas cosas y con menos tacto que una lija para otras, tan pronto delicado como repentinamente grosero.

Pocas veces se ve en el cine un análisis tan juicioso, elegante y objetivo como el realizado por el director. Es su primera película con más de 40 años. Pero no ha estado perdiendo el tiempo: ha creado algo importante que sin duda llevaba madurando desde hace mucho.

Miller se aleja de la pretensión de relatar toda una vida. No lo necesita para construir un acertadísimo retrato psicológico. Se centra en los años esenciales de Truman Capote. Y no necesita más: ni recursos al flash-back para relatar su vida anterior, ni mensajes forzados, ni relatos ajenos. Miller ha hecho con Capote lo que Capote hizo con el asesino Perry: una labor documental y aséptica. Miller está tan fascinado por la literatura de Capote que traslada el estilo literario de Capote a la película. Este es quizá el principal acierto del director.

La película se centra en la relación de Truman Capote, un individuo insoportable, con dos personas. El primer vínculo que observamos es con Harper Lee. Ella, haciendo gala de una paciencia infinita, es capaz de permanecer a su lado en los momentos buenos y malos. Ella sabe lo que Truman Capote ha sufrido, es su vecina desde que eran críos y le conoce mejor de lo que él se conoce a sí mismo. A Capote no le aguantaríamos más de cinco minutos a nuestro lado. Harper Lee nos dice que merece respeto por ser persona: un ser único e irrepetible. Mientras ella da los últimos toques a la magnífica novela Matar un ruiseñor, acompaña a Capote para que él se documente sobre el asesinato de la familia que dará lugar a la igualmente magnífica A sangre fría. Ella es su guardaespaldas, su conciencia, la única que le sabe manejar, la que evitará que se rían de su voz afeminada y su amaneramiento. Hará que se lo tomen en serio.

El siguiente vínculo es el que Truman Capote establece con Perry, uno de los asesinos: el literato descubre, como en un espejo, su propia mente retorcida. Ambos tratan de utilizar al otro en su propio beneficio. Perry ve al escritor como alguien que le puede librar de la horca. Capote ve al asesino como un instrumento para afianzar su fama literaria. Truman Capote dice que es como su hermano gemelo, sólo que Perry, un día, salió de casa por la puerta de atrás y él por la de delante.

No es del todo así. También hubo una puerta de atrás para Capote porque mientras él se sumerge en su libro se considera autosuficiente. Cae en una depresión alcóholica monstuosa. Pero sigue viviendo de su ego. Incluso Harper Lee y Perry dejan de importarle. Sólo existen él, su gran libro, su miserable fama. El estreno cinematográfico de Matar un ruiseñor le deja indiferente. Ni una palabra de felicitación a su amiga.

Pero cuando Perry muere en la horca, la conciencia asalta a Capote y no le queda otro recurso que volver a Harper Lee: la única capaz de decirle las cosas claras. Él quiere convencerse a sí mismo de que ha hecho todo lo posible por salvar al asesino, necesita que alguien se lo diga. Pero Harper Lee no está para eso: con franqueza brutal, le desnuda el alma.

La interpretación de Philip Seymour Hoffman le valió un merecidísimo Oscar. Resulta verdaderamente impactante. Dos ejemplos: el instante en que posa para las cámaras henchido de egoísmo o cuando lee en público un fragmento de su obra. El doblaje, dificilísimo, no le hace justicia aunque se haya puesto la mejor voluntad. El afeminamiento de Capote era complicado de trasladar. Merece la pena escuchar, al menos un fragmento, en versión original para saber hasta qué punto Hoffman logra evocar al personaje. La comunidad gay está indignada porque el Oscar no lo ganara Heath Ledger por Brokeback Mountain. Siendo objetivos, Hoffman es muy superior a Ledger. Pero parece que sólo un personaje gay simpático tiene derecho al Oscar aunque el trabajo del actor sea peor. Y pónganse a hacer memoria: ¿cuándo fue la última vez que hubo un gay antipático en el cine? ¿Existían antes de Truman Capote?

Catherine Keener como Harper Lee responde adecuadamente con una actuación muy matizada. El modo en que apoya, exige o prescinde de Capote cuando tiene que hacerlo es fabuloso. Escena: Capote sale del hotel como una modelo por la pasarela, haciendo ondear el abrigo y girándose para exhibirse. Harper Lee desprecia el gesto espetando un “Vámonos”. Capote le sigue sin rechistar.

Miller logra otra cosa: la forma en que leamos o releamos A sangre fría o Matar un ruiseñor ya no será la misma. No porque los haya traicionado sino porque los ha enriquecido.

Cualquier otra película biográfica al uso, las recientes Ray o En la cuerda floja por citar dos ejemplos, acaban con un panegírico sobre lo grande que en el fondo era el biografiado. Bennett Miller no cae en el defecto. Ha expuesto lo bueno y lo malo de esa persona. No obliga al espectador a compartir un concepto. Permite pensar y deja decidir. El final es el final. La muerte es la muerte. Miller no juzga. Aprecia el arte y mantiene la distancia con el artista. Esto sí es verdaderamente una novedad en el cine: que un director resista la tentación de convertirse en un dios.

Gustavo de Prado
Arvo Net, 20.03.2006

 

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Arvo Net, 21/03/2006

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