Truman Capote
Dirección: Bennett Miller.
Intérpretes: Philip Seymour Hoffman,
Catherine Keener, Chris Cooper.
Duración: 114 m.
Género: Drama.
Valoración: Jóvenes.
Una familia es
asesinada. Truman Capote lee la noticia, no
muy distinta a otras muchas, en los sucesos
del periódico. Por algún motivo intuye la
posibilidad de extraer material para
fabricar su nuevo libro.
Brockbeack
Mountain
y Truman Capote, ambas
candidatas al Oscar, abordaban el tema de la
homosexualidad. Pero las dos lo hacían de un
modo radicalmente opuesto. Si
Brockeback Mountain era un alegato
didáctico-sentimental con escasa
personalidad destinado a idealizar a los
homosexuales (así, en general), Truman
Capote era la personalización total.
Porque Bennett Miller, el director, no tenía
intereses que satisfacer ni banderas a las
que rendir tributo.
Es evidente que
Bennett Miller admira la literatura de
Capote. Pero eso no le ciega para ver la
persona que había tras los libros. Y eso es
lo que filma, un individuo completo que se
llamaba Truman Capote: un genio literario,
un egocéntrico descomunal, un tipo con
exquisita sensibilidad para unas cosas y con
menos tacto que una lija para otras, tan
pronto delicado como repentinamente grosero.
Pocas veces se
ve en el cine un análisis tan juicioso,
elegante y objetivo como el realizado por el
director. Es su primera película con más de
40 años. Pero no ha estado perdiendo el
tiempo: ha creado algo importante que sin
duda llevaba madurando desde hace mucho.
Miller se aleja
de la pretensión de relatar toda una vida.
No lo necesita para construir un
acertadísimo retrato psicológico. Se centra
en los años esenciales de Truman Capote. Y
no necesita más: ni recursos al
flash-back para relatar su vida
anterior, ni mensajes forzados, ni relatos
ajenos. Miller ha hecho con Capote lo que
Capote hizo con el asesino Perry: una labor
documental y aséptica. Miller está tan
fascinado por la literatura de Capote que
traslada el estilo literario de Capote a la
película. Este es quizá el principal acierto
del director.
La película se
centra en la relación de Truman Capote, un
individuo insoportable, con dos personas. El
primer vínculo que observamos es con Harper
Lee. Ella, haciendo gala de una paciencia
infinita, es capaz de permanecer a su lado
en los momentos buenos y malos. Ella sabe lo
que Truman Capote ha sufrido, es su vecina
desde que eran críos y le conoce mejor de lo
que él se conoce a sí mismo. A Capote no le
aguantaríamos más de cinco minutos a nuestro
lado. Harper Lee nos dice que merece respeto
por ser persona: un ser único e irrepetible.
Mientras ella da los últimos toques a la
magnífica novela Matar un ruiseñor,
acompaña a Capote para que él se documente
sobre el asesinato de la familia que dará
lugar a la igualmente magnífica A
sangre fría. Ella es su
guardaespaldas, su conciencia, la única que
le sabe manejar, la que evitará que se rían
de su voz afeminada y su amaneramiento. Hará
que se lo tomen en serio.
El siguiente
vínculo es el que Truman Capote establece
con Perry, uno de los asesinos: el literato
descubre, como en un espejo, su propia mente
retorcida. Ambos tratan de utilizar al otro
en su propio beneficio. Perry ve al escritor
como alguien que le puede librar de la
horca. Capote ve al asesino como un
instrumento para afianzar su fama literaria.
Truman Capote dice que es como su hermano
gemelo, sólo que Perry, un día, salió de
casa por la puerta de atrás y él por la de
delante.
No es del todo
así. También hubo una puerta de atrás para
Capote porque mientras él se sumerge en su
libro se considera autosuficiente. Cae en
una depresión alcóholica monstuosa. Pero
sigue viviendo de su ego. Incluso Harper Lee
y Perry dejan de importarle. Sólo existen
él, su gran libro, su miserable fama. El
estreno cinematográfico de Matar un
ruiseñor le deja indiferente. Ni una
palabra de felicitación a su amiga.
Pero cuando
Perry muere en la horca, la conciencia
asalta a Capote y no le queda otro recurso
que volver a Harper Lee: la única capaz de
decirle las cosas claras. Él quiere
convencerse a sí mismo de que ha hecho todo
lo posible por salvar al asesino, necesita
que alguien se lo diga. Pero Harper Lee no
está para eso: con franqueza brutal, le
desnuda el alma.
La
interpretación de Philip Seymour Hoffman le
valió un merecidísimo Oscar. Resulta
verdaderamente impactante. Dos ejemplos: el
instante en que posa para las cámaras
henchido de egoísmo o cuando lee en público
un fragmento de su obra. El doblaje,
dificilísimo, no le hace justicia aunque se
haya puesto la mejor voluntad. El
afeminamiento de Capote era complicado de
trasladar. Merece la pena escuchar, al menos
un fragmento, en versión original para saber
hasta qué punto Hoffman logra evocar al
personaje. La comunidad gay está indignada
porque el Oscar no lo ganara Heath Ledger
por Brokeback Mountain. Siendo
objetivos, Hoffman es muy superior a Ledger.
Pero parece que sólo un personaje gay
simpático tiene derecho al Oscar aunque el
trabajo del actor sea peor. Y pónganse a
hacer memoria: ¿cuándo fue la última vez que
hubo un gay antipático en el cine? ¿Existían
antes de Truman Capote?
Catherine
Keener como Harper Lee responde
adecuadamente con una actuación muy
matizada. El modo en que apoya, exige o
prescinde de Capote cuando tiene que hacerlo
es fabuloso. Escena: Capote sale del hotel
como una modelo por la pasarela, haciendo
ondear el abrigo y girándose para exhibirse.
Harper Lee desprecia el gesto espetando un “Vámonos”.
Capote le sigue sin rechistar.
Miller logra
otra cosa: la forma en que leamos o releamos
A sangre fría o Matar un
ruiseñor ya no será la misma. No
porque los haya traicionado sino porque los
ha enriquecido.
Cualquier otra película biográfica al uso,
las recientes Ray o En
la cuerda floja por citar dos
ejemplos, acaban con un panegírico sobre lo
grande que en el fondo era el biografiado.
Bennett Miller no cae en el defecto. Ha
expuesto lo bueno y lo malo de esa persona.
No obliga al espectador a compartir un
concepto. Permite pensar y deja decidir. El
final es el final. La muerte es la muerte.
Miller no juzga. Aprecia el arte y mantiene
la distancia con el artista. Esto sí es
verdaderamente una novedad en el cine: que
un director resista la tentación de
convertirse en un dios.
Gustavo de Prado
Arvo Net, 20.03.2006