Por Gustavo
de Prado
Arvo Net, 30.04.2006
PEQUEÑO
MANHATTAN
Dirección: Mark
Levin.
Intérpretes: Josh Hutcherson, Charlie Ray,
Bradley Whitford, Cynthia Nixon.
Duración: 90 m.
Gabe tiene 10
años y piensa, lógicamente, que las chicas
son seres extraños cuyo contacto puede ser
pernicioso. Hasta que, sin saber cómo ni
porqué, le empieza a suceder algo hasta
entonces desconocido cada vez que piensa en
Rosemary, una compañera de clase.
Es bastante
posible que, cambiando algunas cosas, esta
película hubiese funcionado igualmente bien
con unos protagonistas adultos. Pero
entonces los espectadores se habrían
centrado en si hay química entre fulanito y
fulanita, en si ella está más o menos gorda,
en si él está más o menos cachas. Y Mark
Levin, como Woody Allen, quiere hablarnos
del amor desde un punto de vista especial.
Mark Levin, como Woody Allen, quiere hablar
de la guerra de sexos desde la sorpresa.
Mark Levin, como Woody Allen, quiere hablar
de Manhattan, sus parques grandes o
pequeños, sus bancos para sentarse en pareja
donde todo es posible. Y convierte a Gabe en
un Woody Allen pequeñito.
“Pequeño
Manhattan” es una película desarmante.
Cualquier prejuicio que se pudiera tener,
cae rápidamente ante la frescura de la
puesta en escena y el mimo que se ha
introducido en el guión para huir de la
cursilería o los clichés. Los protagonistas
son niños porque se quiere desnudar al amor
de adjetivos (lo accidental) para hablar del
amor en sí (lo sustancial). El director no
quiere que pensemos en sexo y sábanas, ni en
platonismos e idealizaciones, ni en
puritanismos y rigideces. Y también porque
hay cosas que dichas por un adulto
resultarían chirriantes pero que en boca de
un niño parecen lógicas.
Es un
redescubrimiento que lo que no nos atrevemos
a expresar como adultos lo pudiéramos decir
como niños. Simplemente, al crecer, se nos
olvidó. Gran parte del atractivo de la
película reside en ese juego. Muchas de las
cosas que hacen o dicen Gabe y Rosemary es
imposible que las piense un chico de su
edad. Pero, a la vez, ofrecen un panorama
sorprendente sobre un amor tan apasionado
como ingenuo, tan fuerte como sincero. No es
propiamente una película para niños. No
entenderán nada. Gabe y Rosemary quieren
pensar como adultos sobre el amor mientras
que el resto de su comportamiento es de
niños. La mezcla provoca la diversión.
De hecho, Gabe
y Rosemary parecen tener mucho más sentido
común en el amor que gran parte de los
adultos que andan a su alrededor. Desde
luego, tienen más sentido común que los
padres de Gabe aunque, en un inspirado
final, descubramos que la experiencia es un
irrenunciable punto a favor. El propio Gabe
debe admitirlo: la verdadera historia de
amor es la de sus padres.
La parejita de
niños aparece en casi todos los planos: uno,
otra o los dos. Es inevitable descubrir
ciertas carencias interpretativas para dar
forma a la complejidad del tema que se les
exige. Por eso, una inmensa parte de la
película está narrada con voz en off. En
este caso es un acierto: cubre los defectos
y logra sumergirnos en la corriente de
pensamiento de Gabe.
Porque Gabe
reflexiona sobre los efectos del amor de un
modo metódico y sin apresuramientos: la
inicial confusión, los pensamientos
repentinamente centrados en un solo objeto,
la alegría, la confusión, los celos, la
pérdida, el dolor, la experiencia y,
finalmente, la sabiduría.
Todo ello de un
modo siempre divertido. A veces logra la
carcajada, pero la sonrisa permanece en
nosotros del minuto 1 al 90. Imposible
borrárnosla del rostro. Gabe tartamudea,
hace estupideces, actos de valor… Ayer era
asqueroso que una chica te rozara, hoy
buscas el contacto de su mano. Un beso era
simplemente repugnante, ahora es un abismal
interrogante. La transición de un momento al
otro está narrada con minuciosidad
encantadora, simpática elegancia y, lo más
increíble, con seriedad. Y sin que dejes de
reírte un solo instante. A ritmo de patinete
-transporte que usa Gabe para llevar por ahí
a Rosemary- el guión va dejando momentos tan
divertidos como la secuencia en que ambos
van a ver pisos, la asistencia a un
concierto o el llanto desesperado de Gabe
(¡ah, Rosemary!).
Además, la
película utiliza los efectos especiales de
un modo interesante, nada de explosiones de
gasolineras. La imaginación de Gabe (“eso ya
se me pasó”) da lugar a momentos que rozan
la genialidad: las vomitonas de los chicos
tras el contacto de una chica, el
rascacielos convirtiéndose en barco pirata,
el telón de acero, la escena “Matrix”…
Encantadora. No
estaría mal una segunda parte aunque contara
lo mismo desde los pensamientos de Rosemary.
Porque las chicas siguen siendo seres
misteriosos e incomprensibles aun a los 11
años.