Por Gustavo
de Prado
Arvo Net, 05.07.2006
Título:
EL TIGRE Y LA NIEVE
Dirección:
Roberto Benigni.
Duración: 114
m.
Género: Comedia
romántica.
Intérpretes:
Roberto Benigni, Nicoletta Braschi, Jean
Reno, Tom Waits.
Attilio es
profesor, poeta y ama a Vittoria. Vittoria
desdeña las atenciones de Attilio y prepara
una biografía sobre Fuad, el mejor poeta
iraquí. Fuad abandona París y regresa a Irak
cuando comienza la guerra.
El material de
arranque tiene mucho de mediático: la guerra
en Irak, las reacciones universitarias, el
“compromiso” de los intelectuales. Pero la
mirada de Benigni fabrica con ese material
algo extraordinariamente personal. Porque la
guerra, la universidad y los intelectuales,
aunque siempre presentes, quedan como
difuminados para que sea posible mostrar la
esencia: la poesía, el amor, la vida.
El arranque de
la película, una fantasía surrealista, nos
hace sospechar que Benigni haya perdido
definitivamente la cordura. Pero no: es su
estado normal de encantadora chifladura. Un
decorado de ruinas enmarcando un cielo
nocturno, césped, gente sentada en bancos de
iglesia, algunos en sillones, Tom Waits
tocando al piano una ronca balada, un
sacerdote ortodoxo con sus monaguillos, un
poli con su casco, una novia de blanco y un
individuo, él, en camiseta, calzoncillos y
teléfono móvil. Sorprendentemente absurdo,
indeciblemente poético, sinuosamente cómico.
Este es el
grado máximo que sitúa lo que va a ser la
película. Hay momentos un tanto pesados,
debidos, sobre todo, a la incontrolable
verborrea e histrionismo de que siempre hace
gala Benigni. Pero hay un buen número de
grandes momentos.
El problema no
es sólo que Benigni se exceda con sus
sobreactuaciones. Obliga a buena parte del
reparto a hacer lo mismo como por ejemplo en
la escena en que los soldados americanos le
echan el alto o cuando sus hijas le llaman
asustadas por un murciélago… Además Benigni
habla, habla, habla, abusa de cámara, se
gusta a sí mismo y se regodea en el
estiramiento de anécdotas cómicas que no
deberían ser tan largas.
Para compensar
este frenesí felino, de tigre incansable,
deja un poso de calma nevada, de blancura
plácida. Hay un momento en que siendo
profesor, exaltado, comienza a hablar de
poesía. Todo en él es agitación. Pero su
reflexión es tan brillante, tan perfecta,
que no se puede decir más en menos tiempo.
La alegría es poesía, pero también el dolor.
Sé feliz cuando estás alegre, sé feliz
cuando te asalta el dolor. Es inmenso el
amor que tiene a la vida.
No sólo es
poético en sus reflexiones. También lo es,
en muchos momentos, su fotografía: el
desierto de Irak, los patios interiores de
las casas, las plazas desiertas y el caos
originado por un ataque aéreo. Y, por
supuesto, en sus actitudes, en ese estar en
las cosas pequeñas para revivir el amor de
la amada, en el contrapunto de un suicidio o
en la pelusa que desprenden los árboles en
primavera.
Hay que citar
la influencia de Chaplin. En ocasiones,
Attilio le imita en ciertos movimientos y en
una escena hasta se prueba unos grandes
zapatos para darse a la fuga con un
inconfundible estilo muy característico de
Charlot. Benigni toma de Chaplin su humor,
su sentido romántico, su relación con la
chica, su esperanza. Benigni no tiene tanto
genio como Chaplin pero en el director
italiano no se trata de una pose. Interpreta
tal y como vive. Y eso se nota. No hay
melancolía bohemia en “El tigre y la nieve”
sino ilusión por el futuro.
E
indudablemente hay mucho de autobiográfico.
Nicoletta Braschi parece el polo opuesto de
su esposo en la vida real y mantienen sus
roles en la película. Ella no tiene mucho
tiempo para explayarse, como ya le ocurrió
en “La vida es bella”, y es una pena porque
uno se va con el deseo de ver más su
serenidad reposada.
Un final
redondo pone el broche de oro. No hay tramas
de misterio, ni niños viendo muertos. Pero,
tras ese final, es casi una exigencia verla
por segunda vez para hacer una nueva
lectura.
Si Benigni
supiese controlarse, si se dominase en sus
temas, haría películas aún más grandes. Pero
si eso ocurriese, tal vez no fuese él mismo
y perderíamos la perspectiva para mirar las
cosas desde ese ángulo novedoso con que las
muestra.