Los humanos viajan en naves
estelares debido a la polución.
Wall·e, robot de limpieza, y una
cucaracha son lo único que se mueve
sobre la Tierra. 700 años son muchos
años incluso para un robot y Wall·e
ha desarrollado sentimientos, es
curioso y compagina su labor de
limpieza con la de arqueólogo
aficionado. De pronto, desde el
espacio, llega EVA, una robot
estilizada último modelo, que
primero dispara y después pregunta,
para averiguar si la Tierra vuelve a
ser un planeta apropiado para la
vida humana.
Al final de Terminator 2,
Sarah Connor pronunciaba una frase
redonda que funcionaba muy bien como
epílogo: “Si una máquina, un
Terminator, puede descubrir el valor
de la vida humana, quizá nosotros
también podamos”. Era una percepción
bastante objetiva de la condición
humana. Poco halagüeña con nuestros
defectos, animante como exploración
de nuestras posibilidades.
La frase sirve muy bien como
introducción para Wall·e.
Ese robot programado para recoger
basura, ha seguido el camino inverso
de sus creadores. Los humanos se han
convertido progresivamente en entes
manipulados por la publicidad, el
ocio y el consumo. En cambió, él ha
logrado despertar la capacidad de
sorprenderse. Y, por supuesto, a
partir de ahí, desborda
sentimientos.
Se ha hecho mucho hincapié en el
mensaje ecológico y anticonsumista
de la película. Pero en realidad va
mucho más allá. Es cierto que esos
dos mensajes están ahí y, de hecho,
son rotundos. Lo suficientemente
fuertes como para considerarla una
película denuncia, una crítica feroz
al consumismo.
Sin embargo, el director y los
guionistas no se quedan en la
denuncia de las consecuencias.
Quieren indagar en las causas, en lo
que es más íntimo para el ser
humano, lo más esencial a nuestra
condición. El problema no es que
convirtamos la Tierra en un
vertedero o que nos dejemos cegar
por una sociedad de ocio. La raíz
del problema es que no sabemos lo
que somos, no identificamos cuáles
son nuestras aspiraciones más
profundas.
La cuestión no es que seamos
consumistas o antiecológicos. Ocurre
que no sabemos disfrutar de las
cosas que adquirimos, comemos,
usamos, desechamos. Los humanos,
fofos, sin fuerza para moverse, se
desplazan en colchones flotantes,
atiborrados de comidas líquidas,
servidos por robots a su servicio.
Muy elocuente el momento en que la
máquina publicitaria informa a los
humanos de que “el nuevo rojo
es azul”. Y como es la moda, todos
cambian. El mensaje es estúpido,
pero se acepta porque pensar está
mal visto. Es preferible dejarse
llevar.
En el otro extremo de este indolente
posicionamiento está la actitud de
Wall·e y, especiamente, la de EVA,
contagiada por el robot. La
secuencia final, cuando EVA intenta
recuperar el amor de Wall·e da pie a
una escena extraordinaria. Comienza
ofreciéndole cosas materiales (el
cubo de Rubik, la bombilla) pero eso
no le satisface. Entonces intenta
reactivar sus sentimientos con cosas
que alimenten su mente y sus
sentidos más elevados (música,
baile, cine) sin lograr un resultado
positivo. Hasta que EVA descubre que
lo que ama Wall·e es… a EVA. Es ella
la que tiene que darse.
Hay muchos homenajes a películas de
ciencia-ficción. Soy leyenda,
2001: una odisea del espacio,
E. T.: el extraterrestre…
Con perdón de todas ellas,
Wall·e es superior.
Técnicamente deslumbrante,
arrasadoramente romántica, con una
trama inteligente y un guión de
giros imprevisibles.
Una vez más Pixar ofrece una obra
maestra. Hay que ser muy valiente
para suprimir los diálogos de la
primera mitad del metraje. Hay que
estar muy seguros de que, lo que se
hace, es tan bueno que resulta
comprensible. Hay que confiar en que
el espectador no se limita a ver,
sino que usa su imaginación. Y como
lo logra, no podemos sino observar
pasmados y boquiabiertos.
Desde luego cada película tiene su
estilo, su diseño gráfico adecuado
al tema que quiere tratar. Pero los
miles de detalles con que Pixar ha
elaborado la película la sitúan, en
su aspecto técnico, a años luz de
sus inmediatas seguidoras, llámense
Dreamworks o la propia Disney. Tan
excelente, que llega a pasar
desapercibido y nos acostumbramos a
ver fotogramas perfectos.
Además está esa historia romántica,
con una EVA cuyo nombre no es
casual, símbolo de la primera mujer,
que lleva en su seno la vida sobre
la tierra. El homenaje a ¡Hello,
Dolly! se convierte aquí en
el eje musical que encierra los
sueños y aspiraciones de Wall·e, la
desgastada película en VHS que el
robotito visiona una y otra vez,
melancólico, en las noches de
soledad; y que es la clave de quien
está dispuesto a hacer cualquier
cosa por amor: esperar bajo la
lluvia o surcar el espacio con un
extintor.
Al igual que Los Increíbles
o Ratatouille no creo
que Wall·e sea una
película infantil por más que se
trate de dibujos animados. Pueden
verla los niños y disfrutarla. Pero
sólo un público adulto llegará a
sacarle todo su partido. O quizá es
que Pixar tiene el talento de
convertirnos en niños potenciando
una virtud infravalorada: la
capacidad de asombro, precisamente
ésa que Wall·e desarrolla.
Y como es una película hecha con
mimo, de principio a fin, compensa,
mucho, ver los créditos finales.□
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©Arvo.net,
13/01/2008
Edita
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