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Por Gustavo de Prado
Arvo Net, 31.XII.2005
«LA
NOVIA CADÁVER»
Dirección: Tim Burton.
Voces originales: Johnny Depp, Elena
Bonham-Carter, Emily Watson.
Duración: 76 m.
Género:
Animación.
En el
día de hoy Víctor Van Dort, hijo de
William y Nell Van Dort, humildes
pescaderos enriquecidos, ha pedido
la mano de Victoria Everglot, hija
de lord Finnis y lady Maudeline
Everglot, orgullosos nobles
empobrecidos. Un satisfactorio
enlace de no ser porque el joven
Víctor ha cometido el error de poner
el anillo en el dedo de la Novia
Cadáver.
La Novia Cadáver
es una de esas películas que sólo
puede surgir de una mente como la de
Tim Burton: luminosamente
negra, bellamente macabra,
preciosamente lúgubre,
románticamente siniestra. ¿Pueden
estar juntas todas estas cosas? Sí,
porque Burton es un auténtico
genio a la hora de poner en
celuloide los más marcados
contrastes. No tiene reparos al
asumir que la muerte nos es familiar
ni de ofrecer, entre los muchos
esqueletos que se mueven por la
pantala, los de un niño y una niña.
Nos
abre la película como se abre una
ópera, con una obertura. Obertura a
la vez grandilocuente y risible.
Grandilocuente porque la música
tiene fuerza, es vibrante y acompaña
a la presentación de los personajes
con una adecuación sorprendente.
Risible porque los cantos brotan de
unos seres caricaturizados,
palmariamente burlescos. Con este
sencillo mecanismo Burton
consigue definir a sus personajes:
la vanagloria insensata, la belleza
y pureza de los amantes, la
sencillez. No le hace falta
contarnos más hechos: la caricatura
y la música lo han dicho todo.
Es un
mundo monocromático. Todo
tonalidades azules. Frío.
Victoriano. Rígido. ¿Se puede ser
feliz en un lugar así? Bueno, Victor
y Victoria, que no se conocían,
reconocen al instante en el otro a
su media naranja. Tienen una
cualidad magnética, una belleza
interior que taladra el mundo
apagado en que viven.
Pero
Víctor es tímido y no logra
pronunciar correctamente los votos
durante el ensayo. Aquí llegamos a
lo importante. Porque mientras
practica, a solas, en la nocturnidad
de un bosque, deja el anillo en lo
que él cree que es una rama pero que
es el dedo de… la Novia Cadáver.
Ella
está en el purgatorio, lamiéndose
las heridas obtenidas el día de su
propia boda. Está empeñada en
casarse, quiere hacerlo a cualquier
precio y está dispuesta a todo para
conseguirlo. Porque es lo que tenía
proyectado. Y Víctor es el pobre
ingenuo que cae en sus redes. Pero
Víctor descubre algo que desconocía:
el color. Porque todos los que allí
moran (muertos), viven sus penas en
un mundo de colorido, un lugar en el
que, aunque tienen que reparar para
purificarse, mantienen la esperanza.
En cierto modo están más vivos que
los vivos. Original idea la de
Burton al invertir la
tradicional iconografía: el color
para los muertos y lo monocromático
para los vivos. Víctor acaba por
compadecerse de la Novia Cadáver, la
más obcecada de todos los cadáveres.
¿Podrá liberarla de su
empecinamiento casándose con ella?
¿Puede él sacrificarse hasta ese
extremo?
La
puesta en escena, de principio a
fin, es un maravilloso alarde
estético donde se conjugan con
precisión personajes esquematizados,
movimientos caricaturizados,
ambiente gótico y música de aires
operísticos. Los niños no entenderán
ni la temática general (la Novia
Cadáver purgando su resentimiento),
ni los abundantes golpes de humor
(una peculiar mezcla de chistes
negros y sutilidad). A veces,
incluso en el doblaje se han perdido
algunas referencias (véase, por
ejemplo, el guiño a Lo que el
viento se llevó).
Si los
adultos no deciden echarse atrás
ante una película de animación,
participarán de una innovadora
experiencia estética cargada de
ideas, ingenio y extraordinarios
planos.
Y el
final, en fin… Que el amor es
renuncia. Magnífica secuencia final.
Preciosa. De muerte.
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