| Por el Dr. Angel García Prieto
Un rasgo patológico que puede aparecer, con relativa frecuencia, en los adolescentes son las obsesiones por el éxito. Aunque en esta ocasión lo denominemos obsesión, no se trata de lo que habitualmente en psiquiatría se diagnostica como trastorno obsesivo compulsivo, que consiste en la repetición de ideas absurdas y conductas compulsivas entendidas por quien las padece como tales pero a las que necesariamente tiene que recurrir por la ansiedad que siente. No se trata ahora de esa patología. Aquí nos referimos al término coloquial de “obsesión”, que sufren muchos chicos y chicas por obtener rendimientos notables en su currículum académico y vital.
La sociedad actual es muy competitiva. Hasta hace no mucho tiempo, en la generación de los ahora maduros, decían nuestros mayores: “estudiáis para aprobar pero no se trata de eso, tenéis que estudiar para saber, porque lo bueno es saber en la vida”. Los chicos actuales no estudian para aprobar siquiera, estudian para saber más que los compañeros que tienen enfrente o al lado. Esto, aparte de lo perverso que es las relaciones de compañerismo y amistad entre ellos, hace que los niños, desde pequeños, están haciendo oposiciones. Antes se hacían oposiciones para ser notario o registrador de la propiedad, o juez o cartero; ahora se hacen oposiciones desde la primera comunión. El niño sabe que si no saca determinada nota en el bachiller no podrá entrar en tal facultad, y si no saca cierto nivel de nota en la facultad no podrá optar a determinado master y por tanto no va a tener acceso a la beca Erasmus y por tanto no va a saber ingles y... en fin una retahíla de acontecimientos que hacen que no triunfe en la vida. Surge así un problema en los chicos valiosos. El trastorno no aparece en los chicos de notas bajas o que se planteen menos cosas para su futuro; sino los muchachos más trabajadores, de mejor rendimiento, que tienen que ser buenos estudiantes; además tienen que saber tocar la guitarra, además tienen que esquiar bien, además tienen que saber idiomas... Tienen y tienen que hacer tal serie de cosas en la vida, que llega un momento en que se agobian y se angustian porque ven por delante una carrera de obstáculos enorme.
No es infrecuente ver en las consultas, en este momento, a chicos de 16 o 17 años en adelante que se bloquean. Han sacado sobresalientes, pero, en ese momento, han perdido el sueño, están agotados, desasosegados, tristes, no salen con los amigos... Esto es un fenómeno nuevo, fruto de una sociedad demasiado competitiva, que hace que se planteen estas situaciones de ansiedad que, en la mayoría de los casos, tienen este perfil descrito.
Pero también se ven cada vez más en la consulta otros tipos de manifestaciones. Y así, estamos empezando a observar que, sobre todo en las chicas de una cierta edad, de 18 o 20 años, se dan crisis de angustia o “panics attaks”: situaciones de una enorme angustia que aparecen de una manera inmediata y sin aparente razón. Consisten en una taquicardia, en temblores, sofocaciones, sensación de ahogo, sensación de que “me voy a morir” o de que “me voy a volver loca” o de que “voy a perder el control”. No saben a qué se deben y acuden a urgencias médicas. Allí ven que no hay nada; luego, con frecuencia, van al cardiólogo pensando que es un problema del corazón, después al otorrinolaringólogo porque también han sentido mareos... y así de un sitio a otro hasta que terminan en el psiquiatra, donde se les diagnostica de crisis de angustia. Que – como ya se ha dicho - cada vez son más frecuentes, y aunque afortunadamente se curan muy bien con fármacos y psicoterapia, aún no sabemos el porqué y la causa de aparición, aunque se conozca que en ello están implicados los complejos mecanismos de las aminas cerebrales: ciertas sustancias químicas naturales denominadas serotonina, adrenalin, dopamina,etc.
Hay situaciones existenciales que han multiplicado la frecuencia de estos casos, y quizá es por que socialmente se nos está educando en la necesidad de una excesiva seguridad, en que todo tiene que estar “atado y bien atado”, respecto a la salud, las necesidades, las circunstancias que nos rodean, las relaciones con los demás, etc. Y como en el fondo y al final no existe tal instancia que nos asegure todo eso, surge la duda, el temor y la angustia que puede tomar la forma de estos panics attacks, a que nos hemos referido.
Para cerrar este comentario sobre dichos trastornos de angustia o crisis de pánico, se podría decir, a los adultos que rodean a los chicos, que el método preventivo mejor es crear un ámbito en su entorno que facilite el apoyo. Los adolescentes deberían poder disponer de una manera real de unos padres, educadores... Alguien que les pueda ayudar en aquellas situaciones incómodas y desencadenantes de ansiedad, porque detrás de estas circunstancias la que está agazapada es la angustia vital que a todos afecta, pero que en la adolescencia está aumentada de modo notable.
El primero que tiene que tranquilizarse es el adulto, porque nadie da lo que no tiene. Y lo primero es no perder la calma, para después tratar de acercarse a él y ayudarle. Luego, en el caso hipotético de que las cosas fuesen a más, se haría necesario un profesional, que puede ser un psicólogo o un psiquiatra, para iniciar un tratamiento psicoterapeútico o incluso farmacológico.
Otra regla de oro es pensar que los chicos deben intentar ser felices, antes que ser adultos y antes que ser estudiantes, porque de nada sirve esperar que una persona , y en especial un adolescente, pueda tener unos rendimientos académicos y una madurez personal si previamente no ha sido capaz de ponerse en paz consigo mismo y no mantiene un mínimo de tranquilidad interior. En ocasiones ocurre que los padres, en su lógico deseo de que los hijos sean más que ellos mismos, les están mandando mensajes explícitos o subliminales de " tienes que ser mejor, tienes que ganar más dinero, tienes que conseguir, tienes que...". Por lo que estos chicos están percibiendo unas exigencias que les pueden exceder, y eso crea una angustia que más tarde o más temprano va a explotar de una de esas maneras que se han referido con anterioridad. Lo mejor es pretender que el hijo sea una buena, un buen chico, que sea feliz, que sea capaz de jugar, que sea capaz de divertirse, que sea capaz de relacionarse con otros, que salga, que no necesariamente tenga que estar todo el día exigiéndose y estudiando. Cuando se vean actitudes de demasiado encerramiento, de madrugar demasiado, de perfeccionismo a ultranza en los deberes escolares, hay que bajar el diapasón y decir: “mira guapo ( o guapa, porque quizá en las chicas se puedan dar estas situaciones con mayor frecuencia que en los varones) , más vale que saques un notable en vez de un sobresaliente, no sea que te pongas mal y tenga que acabar por llevarte al psiquiatra”. Pues con frecuencia ese exceso de exigencia acaba en trastornos psicopatológicos de esta naturaleza o de otra. Y más vale no apuntar tan alto y ser sano y feliz, que la ansiosa ambición que lleva a la enfermedad, el desasosiego y al fracaso.
NARCISO, PIGMALIÓN Y MIDAS, PROTOTIPOS DE INSENSATEZ.
La mitología griega se encarga de avisarnos, a través del símbolo, la poesía, el drama y tantas otras bellas maneras de expresión, de los problemas y dificultades que acechan a nuestra existencia. No ha estado nada contenida a la hora de manifestar las diversas formas de insensatez que cualquier humano es capaz de personalizar. La rápida consideración de estos tres, entre otros muchos, puede servir de ejemplo.
Narciso es un niño gracioso, guapo. Hijo del río Cefiso y de la ninfa Liríope, está muy pagado de sí mismo y desprecia las atenciones de los demás. La preocupación materna lleva a Liríope a preguntar al ciego Tiresias si su hijo vivirá mucho tiempo. Y la respuesta del sabio no se hace esperar: “Sí, siempre que no se mire a sí mismo”.
Las palabras de Tiresias no fueron comprendidas en aquel momento, y cayeron en el olvido. Pero el paso del tiempo y la insensibilidad del muchacho al amor y cariño de los demás fueron creciendo en Narciso, hasta el preciso momento en que un buen día de mucho calor el joven se acercó a una fuente para refrescarse. Allí reparó en su figura reflejada por el agua y se enamoró tan perdidamente de sí mismo, que quedó días y días en una postura de autocontemplación, hasta olvidarse de comer y llegar a la soledad y la muerte. Incluso, cuando fueron a recoger su cadáver para quemarlo en la pira funeraria, había desaparecido. Eso sí, en su lugar apareció una flor de color azafrán con una corola de pétalos blancos...
Pigmalión era un escultor de Chipre que de tanto admirar una estatua femenina de marfil, esculpida por él mismo, acabó enamorándose de ella. Era tan bella y perfecta como no lo era ninguna mujer verdadera. Y a la escultura dedicaba poesías, engalanaba con lujosas ropas, llevaba flores y los más caros regalos...
El rey Midas quiso sacar provecho de la presencia en su corte de Sileno, un viejo sátiro ayo de Baco, que había sido encontrado adormilado y borracho en un bosque por siervos del monarca. Midas lo cuidó para obtener después el favor del dios del vino.
En la presencia del agradecido Baco, Midas, llevado por su ambicioso afán de dinero, le pide al dios que le de poder para convertir todo en oro. El dios del vino le avisó de los males que esta facultad podría causarle. A pesar de todo, la insistencia de Midas hace que acabe concediéndole su deseo. Y a partir de ese momento todas las cosas se convertían en oro al contacto de sus manos; también la comida, el agua, la cama...Y Midas comienza a comprobar su pernicioso poder, que hace de su vida una fuente de riqueza que no permite comer, beber ni descansar. Solo enriquecerse le es posible a Midas.
Adorarse a sí mismo, a la excelencia del propio trabajo y al dinero eran idolatrías de aquella época. Y de ésta. Por eso siguen ahí Narciso, Pigmalión y Midas, para que el que quiera los pueda ver.
Manifestaciones clínicas del trastorno de ansiedad:
· Inquietud o sensación de estar al límite, de desasosiego o de acorralamiento
· Tensión muscular.
· Irritabilidad.
· Trastornos del sueño: dificultad para conciliarlo y/o despertares frecuentes y/o tempranos.
· Fatiga excesiva.
· Disminución de la capacidad para concentrarse o episodios de quedarse con la mente en blanco.
En ocasiones la preponderancia de los síntomas puede tener manifestaciones más orgánicas o corporales:
· Taquicardias y palpitaciones.
· sudoración, escalofríos, sofocaciones.
· Molestias de estómago, náuseas o diarreas.
· Sequedad de boca y dificultad para tragar.
· Vértigos, mareos o inestabilidad.
· Respiración entrecortada, sensación de ahogo.
· Necesidad de acudir con mucha frecuencia a orinar en pocas cantidades.
· Temblores, sacudidas, calambres o entumecimiento de las extremidades.
Manifestaciones clínicas del trastorno de crisis de angustia o trastorno de pánico:
· Una crisis de ansiedad muy agobiante, que aparece de una manera súbita y sin ninguna razón aparente.
· Tiene su máxima intensidad en los primeros minutos.
· Su duración es corta, entre unos minutos y pocas horas
· Se manifiestan con mucha intensidad varios - al menos cinco - de los síntomas físicos y psicológicos reseñados en los cuadros anteriores.
· Sensación subjetiva de pérdida de control, de volverse loco o de muerte inminente
· Estas crisis se repiten varias veces en el curso de las primeras semanas después de haber sufrido la primera.
Ángel García Prieto.
|