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LA ADOLESCENCIA (Ángel García Prieto)

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LA ADOLESCENCIA

Edipo no padeció el complejo de Edipo, aunque en el drama del héroe de Tebas, haya símbolos que le sirvieran a Freud para bautizar con el nombre de Edipo cierto trastorno psíquico.

Por el Dr. Ángel García Prieto . De la Sociedad Asturiana de Psiquiatría.

«Adolescencia» es un término que, etimológicamente, tiene al menos dos acepciones distintas que interesan para el propósito de describirla. Por un lado, del latín «adoleceré» que significa «crecer», y manifiesta el crecimiento corporal de la persona que, hasta su entrada en esta fase del desarrollo, era un niño. En ese crecimiento está implicado, por un lado, el cuerpo humano, con la puesta en marcha de todo un mecanismo hormonal muy complejo, que condiciona cambios hacia una morfología que va a variar la estructura exterior del cuerpo en crecimiento y en nuevas formas y funciones y en el que las hormonas sexuales tienen una actuación especialmente destacada. Por otro lado, «adolescencia», según otra perspectiva etimológica viene de «adolecer», que significa estar en carencia de algo. Y en este caso significaría estar en trance de poder conseguir algo, de lo que hasta ese momento se carece. Es, pues, un período de transición en el que, al que abandona la niñez, le falta algo que tiene que conseguir adquirir..

En efecto, las dos acepciones son buenas, porque la primera indica el conjunto de mutaciones biológicas que van a condicionar también una trasformación intelectual y un cambio emocional. Y, por otro lado, la segunda hace referencia a crecimiento personal de un ser humano del todo dependiente de sus mayores, como es el niño, que pasa a ser una persona con la autonomía suficiente para irse formando poco a poco en el ámbito del trabajo, de los afectos y de los conocimientos. De modo que las dos acepciones son muy válidas, complementarias e ilustrativas. Se podría decir que la adolescencia es, por un lado, un proceso de adaptación e integración a los cambios biológicos, intelectuales y afectivos, y a la vez la adquisición de la autonomía suficiente para afrontar la vida de adulto.

No es difícil que los chicos que se encuentran en esta tesitura puedan tener dificultades en alguno de sus aspectos. Y esas contrariedades se pueden manifestar – por ejemplo - en trastornos de la conducta afectiva, que denominamos depresión. En otras ocasiones va a haber una utilización patológica de drogas, o de alcohol, que es la sustancia de mayor consumo y más cercana a nosotros. Y de otra parte, también se pueden plantear problemas de la conducta alimentaria, muy frecuentes en esta época, sobre todo entre las chicas; o trastornos de ansiedad, obsesiones, fobias, etc.

Antes de comenzar a abordar algunos de estos trastornos de conducta o alteraciones en la vida afectiva que pueden presentar los adolescentes se hace necesario una descripción de esta etapa, aunque ya se haya visto de alguna manera, a través de la etimología del término, y aunque sea un tema más o menos conocido por todos .

La adolescencia es un período de la vida humana situada entre la infancia y la edad adulta, y cuyos límites concretos varían de unas personas a otras, cambian sobre todo según las latitudes geográficas y evolucionan con el paso del tiempo. Pues razones genéticas, climatológicas y sociales que ligan la alimentación, las condiciones sanitario-higiénicas, adelantan la aparición de la pubertad si son positivas. De todos modos siempre alrededor de los trece o los quince años comienza la adolescencia en los varones y entre los doce y los catorce en las mujeres. La finalización de la adolescencia no tiene, en cambio, una temporalidad pues, en definitiva, dejar de ser adolescente en los aspectos afectivos y de conocimiento requiere una cierta madurez que algunas personas, de manera patológica, a veces no llegan a poseer nunca.

La adolescencia se manifiesta en tres importante facetas humanas. Por un lado hay una maduración que supone un cambio cualitativo de la inteligencia, que consiste en el paso de lo que se llama el período de las «operaciones concretas» al de las «operaciones abstractas», utilizando términos de Piaget – famoso psicólogo de Ginebra del último tercio del siglo XX - por el que es capaz de crear intelectualmente unos conceptos universales y sacar consecuencias abstractas de la experiencia concreta que tiene en su entorno. Por otro lado, desde un punto de vista biológico se producen cambios, suficientemente conocidos, que se denominan como en su comienzo como «pubertad» – porque lo más llamativo es la aparición del vello del «pubis» – y es el crecimiento del sistema genitosexual. Esta circunstancia biológica condiciona el cambio en la experiencia afectiva que supone la experimentación de una necesidad de autonomía, la aparición de las primeras tendencias amorosas, la necesidad de romper con la infancia para el comienzo de la aventura de una nueva vida, lo que impone unas exigencias emocionales muy importantes que desde fuera se perciben como una época «crítica».

Decía Dante, en «El Convite», que la adolescencia es “acrecentamiento de vida y nuestra alma tiende al crecimiento y al hermoseamiento del cuerpo y de ahí los muchos y grandes cambios que operan en la persona”. Y efectivamente la adolescencia es un período crítico, lo que no supone prejuzgar esa crisis como algo negativo, tal como se vive una experiencia mala, sino que puede ser un cambio hacia lo positivo. De hecho, como ejemplo de expresividad acertada, se puede citar que en uno de los idiomas chinos – quizá el mandarín - el ideograma de crisis se escribe con dos dibujos, uno para «cambio» y otro de «esperanza». Es un buen modo de expresar y desear lo mejor para el adolescente, un cambio hacia una situación más rica, mejor, llena de esperanza.

Una anécdota ocurrida hace poco tiempo en la mañana de un domingo, puede servir para ilustrar lo que continúa. Aquella mañana, un matrimonio que observan a unos chicos al salir de una discoteca para dirigirse a sus coches y volver a su lugar de origen, decían: “Éstos meten miedo”. Se les veía con ojeras, enrojecidos, desaliñados, vasos rotos en la calle, arrancando los coches con estruendo y acelerones... y realmente producían una mala sensación que podía circundar el temor y la pena. Pero, a pesar de detalles y signos negativos hay que insistir en el tema la esperanza. Entre otras razones porque no se puede olvidar que en toda la historia ha habido jóvenes, y pesar de esas apariencias la evolución de la humanidad, en general, es siempre positiva. En este sentido, la siguiente cita que puede sorprender un poco: “Todos nuestros adolescentes actuales parecen amar el lujo, tienen malos modales, y desprecian a la autoridad, son irrespetuosos con los adultos y se pasan el tiempo vagando por las plazas y chismorreando entre ellos, son inclinados a contradecir a sus padres monopolizan la conversación cuando están en compañía, comen con glotonería y tiranizan a sus maestros”. Esta frase, que se puede atribuir a cualquiera de los ambientes que frecuentan los adolescentes de hoy, es de ni más ni menos que de Sócrates, lo que significa que tiene ya unos veinticinco siglos de antigüedad.

La historia se va repitiendo y los adolescentes siempre han sido unos rebeldes, que han creado problemas de comprensión entre los adultos. Problemas para ser tenidos en cuenta con comprensión, precisamente en el ámbito familiar porque esa época juvenil necesita de un especial ámbito en el que los chicos se sientan apoyados de una manera indirecta. Indirecta, porque es bien sabido que el adolescente aparentemente no quiere saber nada con sus padres, ni con sus tutores inmediatos y probablemente proyecta el ideal de identificación en personas a veces lejanas: artistas, deportistas o el anonimato del grupo - de ahí que se vea a los adolescentes amontonados en grupos y sin ningún, aparente, diálogo personal. Como se viene manifestando, el adolescente está sufriendo una crisis interior que le supone una ruptura muy grande, ya que tiene que perder una serie de situaciones vitales que eran positivas hasta entonces, y a cambio no gana absolutamente nada a corto plazo. Hasta entonces era feliz jugando con otros niños, con sus juguetes, sintiendo el cariño de sus padres, el beso por la noche cuando se duerme, los abrazos, aquellos adjetivos denominativos: “cielo”, “rey”, “precioso”, el baño de una mamá que le enjabona... y de repente desaparecen todas estas cosas y tiene que encaminarse hacia algo arduo que está por ver si podrá conseguir. Y eso, en la soledad de su encerramiento psicológico, es muy difícil y crea tensiones interiores, cambios de carácter, sensaciones de depresión, otros momentos de euforia, en ocasiones irritabilidad, respuestas muy desiguales en la dedicación y la eficacia al estudio y a sus amigos y aficiones....

Pasando a otro tema crucial para afrontar estas cuestiones, se puede leer un texto del profesor Seva, catedrático de Psiquiatría de Zaragoza, que dice: “Lo que has heredado de tus padres, adquiérelo para poseerlo”, lo que significa que el adolescente tiene que tomar de sus padres una herencia no sólo económica sino fundamentalmente de afectos, de valores, de virtudes familiares y sociales, y tiene que luchar por conseguirlas aunque se las hayan cedido. Para que haya una adolescencia enriquecedora tiene que existir siempre un toma y daca y algunas veces ocurre que los padres no son capaces de dar, saben ceder. El quid de una buena educación está en saber darle al adolescente lo que es preciso para realizar ese paso que supone la autonomía personal: libertad de decisión en tantas cosas de la vida cotidiana, en cuestiones de aficiones, gustos, orientaciones profesionales, horarios. Libertad que es difícil ceder cuando aún no se ha visto cómo se administra, como se acompaña de la correspondiente responsabilidad. En definitiva riesgo, un riesgo que como es lógico atemoriza a los padres, pero que es necesario arrostrar... A veces los padres llevados de un exceso de celo, de una falta confianza no saben hacerlo adecuadamente. Y ese es el quid de la cuestión: que el chico pueda tomar en el momento adecuado aquello que le han de ceder para hacerlo propio y responsabilizarse de ello

¿Qué hacer, pues, ante la adolescencia? Hay que pensar, primero, que todos hemos pasado por ella y ninguno de los que leen esto ha muerto en el intento. Luego, considerar que, desde un punto de vista histórico, todas las personas que están o han estado en el mundo han pasado por la adolescencia y la humanidad, como se ha visto antes, va a mejor de una manera progresiva. Y en tercer lugar se hace necesaria una actitud de generosidad hacia el chico, que no podría adquirir nada si los padres no son capaces de ceder, y eso es una actitud de generosidad propia del mismo hecho de ser padre. Los padres supieron dar algo de sí mismo para que ellos nacieran, lo siguieron haciendo en la infancia. Y en la adolescencia hay que dar todavía un poco más...

EL PREJUICIO DE EDIPO.

Nuestra cultura tiene muchas referencias del mito de Edipo, a través de la literatura en las obras de Esquilo Sófocles, Eurípides, Séneca, Corneille, Gide, Cocteau, o en la música de Mussorgsky, Mendelssonh, Strawinsky, etc.Pero sobre todo, son los seguidores de Freud quiénes han dado más vuelo al nombre del rey de Tebas, al popularizar el célebre y confuso complejo de Edipo, tan en boga las décadas pasadas, cuando el psicoanálisis hacía un furor que se va apagando poco a poco.

El complejo de Edipo podría sintetizarse mucho al describirlo cómo un trastorno de la afectividad y la conducta derivados de carencias por falta de autonomía e independencia emocional respecto a las figuras paternas; que con frecuencia se interpreta sobre todo en el ámbito de la madurez psicosexual. Se puede decir que Edipo no padeció el complejo de Edipo, o al menos no parece deducirse de lo que se ha descrito de este personaje. Aunque, en el drama del héroe de Tebas, haya símbolos que le sirvieran a Freud para bautizar con el nombre de Edipo dicho trastorno psíquico.

Edipo era hijo de los reyes de Tebas, Layo y Yocasta. El augurio predijo a Layo que un hijo suyo lo mataría, casándose con su madre. Por eso Layo lo llevó al monte Citerón y lo abandonó colgado de un árbol por los pies para librase de él. Sin embargo Edipo fue recogido por un pastor y cedido al rey Polibo, de Corinto, que no tenía hijos y lo adoptó. Ya adulto, Edipo comenzó a dudar de su verdadera identidad y acudió al oráculo de Delfos - ¡otra vez el oráculo! - para aclarar el misterio. La Pitia no le reveló el nombre de sus padres, tan sólo le advirtió que no volviese a su patria, pues su futuro estaba determinado a matar a su padre y casarse con su madre. Muy asustado, Edipo abandonó Corinto y se dirigía a Tebas, cuando en el camino fue atropellado por un carro muy veloz. Lleno de furor, Edipo entabló una pelea, en la que mató al conductor, un lacayo y al dueño, que no era otro que su verdadero padre, Layo – desconocido para Edipo.

Continuando Edipo su camino, encontró a la Esfinge, un monstruo con cuerpo de león y rostro de mujer, que tenía aterrorizada a la población de Tebas. La venció con su lógica, descifrando una adivinanza del malvado ser, y fue recibido triunfalmente en la ciudad, donde recibió el premio de su hazaña y se casó con Yocasta, su madre, pasando a ser rey. Los dos vivieron felices, ajenos al conocimiento de su relación natural y tuvieron cuatro hijos. Hasta que la fatalidad asoló la ciudad y Edipo recurrió de nuevo al oráculo, que acusó al asesino de Layo como culpable de la ira de los dioses contra Tebas. Un anciano servidor del palacio le reveló su verdadera identidad y Yocasta se ahorcó al conocer la verdad, a la vez que él mismo se arrancó los ojos y los tebanos le obligaron a abandonar la ciudad.

En esta leyenda tan dramática hay mucho prejuicio, facilitado por tanto oráculo. Quizá las cosas han cambiado y la perspectiva actual no es la misma que la del mundo griego, dominado por la idea determinista de la fatalidad, los tiempos cíclicos y, sobre todo, del acontecer ya predeterminado por los vaticinadores. Pero no hay que olvidar que las enseñanzas de la mitología tienen una validez perenne y, por lo tanto, deben interpretarse con los matices que pueda darle el tiempo en que se recrean. Así, ahora, me parece que en esta historia hay aprensiones, adquiridas por la creencia en lo que dicen los adivinos. Y son, precisamente estos temores concebidos de antemano, los que alteran la libertad, los que conducen por derroteros equivocados la conducta hasta el sarcasmo, hasta el drama...Como Edipo y Layo que, sin complejos, llevaron hasta la exasperación la fatalidad de sus prejuicios.

ESQUEMA SOBRE EL DESARROLLO PSICOSOCIAL EN LA ADOLESCENCIA:

Se puede hacer una clasificación evolutiva de tres fases, desde la primera adolescencia (entre los 12 y los 15 años, aproximadamente), a la adolescencia media (l5-18 años, aprox.) y la adolescencia tardía (18-21 años, aprox.).

1. Respecto a la identidad personal.

· Mayor conocimiento intelectual, mundo de fantasías, sentimientos y necesidad de intimidad.

· Vocación marcada por el idealismo que va evolucionando hacia intereses prácticos y realistas.

· Sentimientos de omnipotencia, que se van atemperando.

· Escaso control impulsivo, que evoluciona hacia las conductas de riesgo y llega a conseguir comprometerse y establecer límites.

· Delimitación de los valores éticos, religiosos, sexuales y sociales.

2. Respecto a la corporalidad.

· Desde la preocupación, rechazo e inseguridad de los cambios corporales, hasta la preocupación para hacerse más atractivo y la aceptación del cuerpo.

3. Respecto a las relaciones sociales

· Intensas relaciones con amigos del mismo sexo, al principio.

· Integración y aceptación de los valores de los demás, en la adolescencia media.

· Pérdida de importancia en el grupo, con una mayor tendencia a relaciones más personales e íntimas.


4. Respecto a la independencia.

· Desde una progresiva pérdida de interés en las refrencias de los padres, pasando por un rechazo total y una posterior de aceptación de consejos y valores familiares.

 

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Director de Revistas: Javier Martínez Cortés
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31/07/2005 ir arriba
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