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EL DESPERTAR DE LA CIENCIA (Gerardo Vidal Guzmán)

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LA IDEA CRISTIANA DE ALMA

El despertar de la ciencia

 

ARQUÍMEDES

Y EL MUSEO DE ALEJANDRÍA

Todo aquello en lo que –los griegos- ponían las manos y la mente parecía salir transfigurado: la literatura, el arte, la historia, la filosofía... Pero en la sublime dignidad de sus obras, nada podía contaminarse de utilidad.

ARQUÍMEDES

Y EL MUSEO DE ALEJANDRÍA

El despertar de la ciencia

 

Por Gerardo Vidal Guzmán *

 

 

Entre la ciencia y la filosofía parece haber habido, al menos en Grecia, una sucesión bastante ordenada de hegemonías. A la distancia de los siglos parece como si ambas hubieran respetado en discreto silencio el momento de gloria de la otra. Mientras Atenas bullía de filósofos, la ciencia parecía esperar agazapada su oportunidad. Frente a las grandes personalidades que podía exhibir la antropología y la metafísica, las de la medicina y la física eran marginales, más promesas que realidades. Pero el péndulo de la historia terminó por completar su vuelta, y si los siglos V y IV habían sido de la filosofía, los siglos III y II tuvieron una nueva reina. Las disputas filosóficas adoptaron un tono menor, reduciendo sus intereses a la ética, y la ciencia despertó de su letargo para comenzar a ocupar buena parte del escenario cultural de la época.

 

A qué se deba esto es cosa discutible. No faltan quienes consideran que a un periodo de exuberancia filosófica le sigue naturalmente otro de plenitud científica. Más aún, que cada vez que la cultura siente desazón frente al alcance casi infinito de las preguntas de la filosofía, halla descanso en las respuestas de menor vuelo, pero más concretas y controlables, de la ciencia. Puede ser. Lo cierto es que las mejores cabezas que Grecia produjo durante los siglos III y II fueron científicos.

 

Desde luego, el cambio no fue automático. El influjo de la obra platónica, según la cual la realidad material poseía sólo una importancia simbólica y el conocimiento era una especie de recuerdo, constituyó un dique a la ciencia de la naturaleza por mucho tiempo. Pero con Aristóteles las cosas habían comenzado a cambiar. Él mismo fue el mayor de los biólogos de la Antigüedad; su sucesor, Teofrasto, fue un extraordinario estudioso de plantas y minerales. Con una práctica incipiente, pero que podía ostentar un sólido fundamento teórico, la ciencia parecía tener por delante un futuro halagüeño. Y así fue, aunque por caminos algo insólitos.

 

Estratón, el tercer director del Liceo, continuó la tradición de investigación según el molde aristotélico, pero no ya en Atenas. A la muerte de Alejandro Magno, uno de sus generales, Ptolomeo, se estableció en Alejandría, donde fundó una nueva dinastía. Ptolomeo era hombre culto y refinado; sabía en qué consistía la superioridad de los griegos y mostró un aprecio especial por la cultura. Bajo su amparo, el pensamiento, la poesía y las ciencias tuvieron un financiamiento del que nunca antes habían gozado.

 

Lo mismo hicieron sus sucesores, que no sólo embellecieron Alejandría con su faro, la luminosa torre de mármol blanco que orientaba la navegación en sus costas, y que los antiguos incluyeron entre las siete maravillas del mundo. También se preocuparon de hacer de su ciudad una nueva Atenas. El mismo Ptolomeo I mandó llamar a Estratón a Alejandría. Con él se trasladó lo mejor de la vida cultural del Liceo, y Atenas perdió para siempre la supremacía cultural que durante siglos la había acompañado.

 

El Museo de Alejandría, como se llamó el nuevo centro, fue una institución asombrosa para su época. En él se pretendía gestionar el patrimonio cultural de la humanidad, y ello implicaba reunir todas las huellas escritas de la cultura. El Museo llegó a tener una biblioteca de más de medio millón de ejemplares; contaba con salas de lectura y de estudio, centros de investigación biológica, un observatorio astronómico, un zoológico, y un jardín botánico.

 

Con esta nueva vocación, la ciudad de Alejandría se convirtió pronto en un cruce de civilizaciones, lenguas y creencias. Comenzaron a surgir diccionarios, enciclopedias, mapas, clasificaciones de textos... En sus primeros 150 años de existencia, su desarrollo fue extraordinario. Tanto, que su ejemplo alentó la creación de otros Museos esparcidos por Grecia: Pérgamo, Éfeso, Antioquía, Pela y Siracusa.

 

Sea como fuere, Alejandría fue siempre preeminente. En torno a ella giraron los personajes más notables de la vida cultural de Grecia: poetas, matemáticos, médicos, astrónomos y geógrafos florecieron de la nada. Fue en este ámbito donde Euclides asombró al mundo durante los primeros años del s. III con sus Elementos, la más notable recopilación de las aportaciones griegas al campo de la geometría. El gran matemático se interesó también por la óptica y por la música, e inició la investigación de la idea de límites, que fue el germen del cálculo.

 

En medicina, la práctica de la disección logró elevar los conocimientos de anatomía y fisiología hasta un nivel que no fue recuperado sino hasta el s. XVI de nuestra era. Los dos nombres más notables que recuerda la historia son los de Herófilo y Erasístrato. El primero de ellos afirmó, contradiciendo la prestigiada opinión aristotélica, que el cerebro era el órgano central del sistema nervioso y la sede de la inteligencia.

 

También la astronomía realizó avances importantes. Uno de sus personajes más notables fue Aristarco de Samos, quien dieciocho siglos antes de Copérnico, asombró al mundo afirmando que era el Sol el centro del universo, y que la Tierra giraba a su alrededor en la humildad de una órbita circular. Si no logró hacer aceptar su hipótesis fue, al menos en parte, debido al prestigio de Aristóteles y al sistema astronómico que este había construido cuando aún se encontraba bajo el influjo de Platón. A pesar de lo poco que sabemos de Aristarco, podemos decir que fue un prodigio completo, capaz incluso de calcular los tamaños relativos y las distancias del Sol y la Luna.

 

Como él, otros muchos científicos lucharon por crear un espacio de autonomía para sus ciencias. Eratóstenes de Chipre, gran geógrafo y bibliotecario de Alejandría, fue otro de ellos. Tuvo que trabajar bastante para dar carta de ciudadanía a la geografía entre las ciencias; todavía en su época había quien consideraba posible conocer el mundo físico escudriñando en los rincones de la literatura de Homero, especialmente en la Odisea, por los escenarios del viaje de Ulises. A esa clase de entendidos gustaba responder con ironía: «No se podrá determinar cuáles han sido los países visitados por Ulises mientras no se conozca el nombre del guarnicionero que cosió el odre de los vientos».

 

Pero Eratóstenes no era un simple polemista; era también un geógrafo genial. Perfeccionó el mapa del mundo, utilizando un sistema de líneas de referencia muy parecido a lo que después fueron los paralelos y los meridianos; dividió el globo terráqueo en cinco zonas: dos frías, dos templadas y una tórrida; y sobre todo, su gran hazaña: calculó con un pequeñísimo margen de error la circunferencia de la Tierra.

 

Había oído que durante el solsticio de verano en la ciudad de Syene, al sur del Nilo, había un momento del día en que el sol se encontraba tan alto en el cielo que los objetos no daban sombra. Eso no sucedía en Alejandría, su propia ciudad. Si esto era efectivo, podía suponerse que mientras los rayos del sol caían perpendicularmente en Syene, en Alejandría caían oblicuos. Así pues, si se calculaba la distancia entre ambas ciudades sería posible percibir la curvatura de la Tierra y hacer un cálculo sobre la circunferencia completa.

 

La medición no fue cosa fácil: eran alrededor de 800 kilómetros y no había más forma de medirlo que caminando. Pero Eratóstenes no era hombre de titubeos: contrató a alguien, que seguramente lo consideró un loco, y lo hizo caminar varios meses contando sus pasos. El resultado final de todos sus cómputos fue sorprendente; determinó el tamaño del globo terráqueo con un margen de error de ochenta kilómetros. Una auténtica proeza de tenacidad y matemáticas.

 

Sin embargo, el más grande genio científico que conoció la Antigüedad fue Arquímedes. Nació hacia el 287 a.C. en la ciudad de Siracusa, en Sicilia, donde en muy poco tiempo se ganó un puesto de privilegio en la corte del rey Hierón. Su formación, sin embargo, la realizó en el mayor centro de estudios de aquella época: Alejandría. Allí encontró maestros y bibliotecas dignos de su genio, y aprendió a desarrollar el talento que llevaba dentro.

 

Arquímedes era un superdotado de la mecánica y tenía un talento práctico que le salía por todos los poros. Él fue quien descubrió la ley de la palanca, derivándola en forma de teorema a partir de postulados como «dos pesos iguales a distancias iguales se equilibran». Si esto era verdad, también lo era que pesos desiguales a distancias desiguales se equilibran. Esta ley fue la que le permitió afirmar: «Dadme un punto de apoyo y levantaré el mundo».

 

Efectivamente, los inventos de Arquímedes eran capaces de levantar el mundo. En una ocasión logró lanzar al mar una nueva galera por medio de un articulado sistema de poleas, suscitando la admiración de la concurrencia siracusana. Otra de sus creaciones más notables fue una bomba espiral para elevar agua del Nilo, que podía ser accionada por la fuerza de los pies o por medio de bueyes o caballos. Es tan fácil de construir y usar que todavía hoy es empleada entre los campesinos del Medio Oriente para sacar el agua de los canales de irrigación. Desde luego, había razones para que Hierón lo considerara el genio mimado de la corte: cuando se trataba de inventos prácticos, el ingenio de Arquímedes no parecía tener confines.

 

Una de sus más conocidas anécdotas dice relación con la ley hidrostática que descubrió. En ella ha quedado retratada buena parte de su estampa. El rey Hierón le había encomendado resolver un problema: había mandado a un artífice de la corte hacerle una corona, para lo cual le había entregado oro macizo. El artista había cumplido el encargo real, pero Hierón sospechaba que algo no funcionaba en el trato. Y como todos los reyes, hubiera muerto antes que dejarse engañar por un artesano.

 

El soberano supuso que el orfebre había sustraído parte del oro y lo había reemplazado por plata. Y no tenía modo de verificar su hipótesis, salvo pidiendo ayuda al genio de la corte: Arquímedes. Este perdió el sueño intentando realizar el examen que el rey le había pedido, pero el problema se presentaba difícil, casi insoluble. Hasta que un día, en los baños de aguas calientes de Siracusa, le vino a la mente, como un relámpago, la solución. Notó que al introducirse en la bañera el agua rebalsaba y caía al piso. Esa observación le bastó para formular una ley capaz de resolver muchos problemas, incluido el del rey. Y de resolverlos con tanta certeza, que en pocas horas el orfebre había sido juzgado, sentenciado y condenado.

 

Arquímedes sumergió la corona en un recipiente de agua lleno hasta los bordes y recogió toda el agua que había rebalsado. Después tomó un pedazo de oro del mismo peso que la corona y repitió la operación. El resultado fue inequívoco: el agua que la corona había desplazado del recipiente era muy superior a la del bloque de oro. Arquímedes comprendió que el efecto sólo se explicaba si el artífice había adulterado el oro mezclándolo con plata. Y eso fue prueba más que suficiente para Hierón.

 

Para Arquímedes constituyó un triunfo espectacular que saldó para siempre su condición de genio. Pero también debe haber haberle generado más de un mal rato. El gozo de haber resuelto el problema fue tan intenso que, según se dice, salió desnudo de los baños de Siracusa, gritando por las calles de la ciudad: «¡Eureka, Eureka!», «lo he encontrado».

 

Con todo, el mayor desafío que Arquímedes afrontó durante su vida tuvo por escenario la guerra. Una vez muerto Hierón, su protector y mecenas, Siracusa abandonó su hábil política de alianza con la potencia dominante de la península itálica, Roma. Los romanos no toleraban de buena gana las veleidades de sus aliados y tomaron a mal el asunto. Mandaron inmediatamente una flota con órdenes de someter sin contemplaciones a la isla. Y lo hubieran hecho sin tardar si no les hubiera salido al paso Arquímedes, que durante tres años resistió el asedio.

Las cosas que el historiador Polibio nos cuenta de él rayan en lo legendario. Parece haber inventado máquinas de catapulta que permitían lanzar piedras enormes contra las naves romanas. Tuvo la idea de construir grandes espejos y subirlos a las mayores alturas que le permitían las construcciones de la ciudad, con el fin de concentrar los rayos solares e incendiar los barcos. Diseñó también grúas capaces de dar vuelta a los bajeles enemigos.

 

Pero ni con todo este despliegue fue capaz de contener a los romanos. El hambre de una ciudad asediada pudo más que el ingenio de Arquímedes y finalmente Siracusa tuvo que rendirse. El cónsul Marcelo dio órdenes estrictas de salvar del saqueo al genio que por tanto tiempo los había resistido. Cuando entraron, los romanos se lo encontraron en algún rincón de la ciudad, ausente del drama que vivía Siracusa, dibujando figuras geométricas en la arena, ocupado en resolver quién sabe qué problema de mecánica o en idear alguna nueva estratagema defensiva. Un soldado romano lo increpó, y Arquímedes parece haberle respondido con indiferencia. El esbirro no estuvo dispuesto a tolerar dilaciones ni se preocupó tampoco por la identidad del anciano: lo mató sin titubeos en ese mismo lugar... Corría el año 212 a.C. Tendrían que pasar más de 1800 años para que la humanidad volviera a contar con un científico de su talla.

 

En toda su genialidad, Arquímedes era un fiel representante de la mentalidad griega y debió de llevar un cierto conflicto por dentro. Como buen griego, siempre despreció el aspecto aplicado de su obra. Nunca concedió dignidad científica a sus máquinas y, a pesar de sus proezas de ingeniería, se negó a escribir un tratado de mecánica aplicada. Es indudable que sentía pudor de sus inventos prácticos.

 

Tal vez las circunstancias de su vida lo hubieran obligado a crear aparatos funcionales, pero jamás se consideró un científico por ello. De lo único que se enorgulleció, y mucho, fue de sus contribuciones teóricas. Tanto es así que, según Plutarco, en su misma tumba quiso que se grabase como epitafio la fórmula que había descubierto para calcular el volumen con que un cilindro excedía a su esfera inscrita. Quería que la posteridad lo recordara por la finura de sus especulaciones teóricas, no por su extraña afición a los mecanismos útiles.

 

Y en esto Arquímedes no estaba solo. Exceptuando la medicina, los griegos nunca valoraron las posibilidades de aplicación de la ciencia que cultivaban. No parecían estar interesados en realizar inventos que cambiaran sus modos de vida, ni sus capacidades de producción. Enfrentaban la ciencia con un espíritu aristocrático, sin pedir más que el gozo de la comprensión. Y hubieran considerado una vileza solicitar de sus esfuerzos teóricos algún resultado útil.

 

El gozo que los griegos esperaban de la ciencia no era distinto al que esperaban de la poesía o de la filosofía. Todas ellas eran actividades que se bastaban a sí mismas, finalizadas única mente en la verdad y la belleza. Y esa era razón de más para que consideraran que la capacidad de producir máquinas era trabajo propio de artesanos, no de sabios.

Así había cultivado las matemáticas Pitágoras. Y tras sus huellas había continuado Platón, de quien se contaba que en una ocasión se había indignado con un alumno que interrumpía sus demostraciones matemáticas para preguntar cuál era su utilidad.

 

En la Academia, la ciencia se cultivaba por puro amor a la verdad; alguien que tuviera en la mente fines prácticos no era considerado digno de ella. Platón lo hizo ver de forma elocuente: mando a un esclavo darle al estudiante un moneda para que satisficiera su plebeyo afán de beneficios.

 

Una historia semejante se repitió con Arquímedes y con todos los científicos que le siguieron. Cuando más tarde Eratón construyó una máquina de vapor, la primera que conoció la historia de Occidente, los griegos no le vieron interés alguno. A la mirada helénica, era un curioso juguete que se movía por sí mismo, y que poco después se hundiría en el olvido sin dejar huella alguna. Y tal vez los mismos autores ayudaban a formar esta impresión, ideando aplicaciones completamente triviales de los principios que descubrían. El mismo Eratón describía minuciosamente inventos que hoy nos dejan perplejos: la expansión del aire caliente dentro de un altar hueco permite abrir las puertas del templo sin intervención humana; la propulsión del aire causado por el agua al caer de un tanque a otro hace que canten unos pájaros de metal colocados al borde de una fuente, al mismo tiempo que un búho da la vuelta de su percha para lanzarles una mirada de reproche; y así sucesivamente. Nada extraño si para los griegos no se trataba de inventos geniales, sino de rarezas dignas de una feria.

 

Habrían de transcurrir todavía muchos siglos para que la ciencia volviera a rozar con su ala el mundo de Occidente. Entonces las posibilidades técnicas de la ciencia tendrán otra acogida en la mentalidad de los científicos. A la larga, la ciencia dejará de ser simple contemplación de la realidad para convertirse en una fabulosa herramienta capaz de echar a andar la industria, el transporte, la medicina, y de imponer un ritmo distinto a la vida occidental. Una revolución que la mente griega jamás llegó a imaginar.

 

La ceguera del mundo heleno frente a la técnica tenía profundas raíces. Con toda certeza dependía de un criterio muy hondamente implantado en su mentalidad: lo verdaderamente digno de cultivar es lo que no tiene utilidad alguna. Guiados por este axioma, los griegos dieron al mundo una poesía, un arte y una filosofía sin precedentes. Pero fueron incapaces de hacer técnica.

 

Junto con su aristocrático desprecio por lo útil, hubo seguramente otro aspecto que conspiró contra la técnica en el mundo griego: los esclavos. Los griegos estaban satisfechos con sus medios de producción y sus formas de trabajo. Y en cierto modo, era comprensible. La sociedad griega era fundamentalmente esclavista. En ella no se percibía el impulso moral de mejorar las condiciones de vida de su mano de obra. Ya Aristóteles había dicho que los esclavos eran tales «por naturaleza»; los había definido como «instrumentos animados», y sólo muy débilmente reconocía que, en algunos casos, no era la naturaleza sino el azar o la violencia lo que los había reducido a ese estado. Y salvo corrientes marginales, los griegos jamás lo desmintieron del todo. Inventar un mecanismo que economizara trabajo no hubiera tenido sentido en un mundo donde los esclavos asumían «por naturaleza», y sin costo alguno, el trabajo pesado. Muy distinto fue el caso del mundo moderno, en el cual la ciencia adquirió rápidamente una función social, y en donde la idea de economizar trabajo, de alcanzar comodidad y de suavizar la vida fueron motores fundamentales de la revolución industrial. Pero eso es ya parte de otra historia.

 

Lo que sí es evidente es que este factor fue esencial en el estancamiento que sufrió la investigación científica griega desde el año 150 a.C. Tal vez la ciencia ya había alcanzado el límite de expansión posible dentro del molde en que había sido concebida. Lo cierto es que fue apagándose lentamente durante los siglos siguientes. La mataron esa arraigada idea platónica que despreciaba la observación y el aristocrático desdén griego por todo lo que sonara a inventos prácticos y trabajo manual.

 

A la Hélade le pasó con la ciencia algo muy similar a lo que contaba el mito del rey Midas. Midas, el poderoso rey de Frigia, había alcanzado de Baco la realización de un deseo. El ambicioso soberano pidió al dios que todo lo que él tocara se convirtiera al instante en oro. Y así fue. Sólo que la bendición del cielo se transformó pronto en una maldición, ya que el rey no podía comer ni beber nada, porque todo lo que se llevaba a los labios se convertía en oro.

 

Algo parecido sucedió a los griegos con la técnica. Todo aquello en lo que ponían las manos y la mente parecía salir transfigurado: la literatura, el arte, la historia, la filosofía... Pero en la sublime dignidad de sus obras, nada podía contaminarse de utilidad. De este modo, su misma ambición teórica se volvió contra ellos, y la ciencia, concebida exclusivamente como con templación de la realidad, no logró encontrar entre ellos nuevos estímulos ni horizontes.

 

La tradición científica, después del apogeo alejandrino, terminó por perderse. Los romanos fueron alumnos poco aventajados de los griegos en lo que a ciencias se refiere. Sintetizaron y divulgaron, pero nada más. Su carácter fundamentalmente práctico los traicionó. Fueron incapaces de asimilar el interés especulativo de los griegos. Aprendieron los teoremas de Euclides sin interesarse por sus pruebas y, cuando el imperio romano se dividió, apenas les quedó una comprensión tambaleante de la ciencia antigua. De hecho, los grandes científicos de época romana fueron todavía griegos, aunque se movieran en un mundo romanizado, y constituyeron los últimos estertores de la ciencia griega posterior. Es el caso de los médicos Dioscórides y Galeno de Pérgamo o de los geógrafos Estrabón y Ptolomeo de Alejandría. Todos ellos aprovecharon las posibilidades de comunicación y trabajo que el imperio les ofreció, y escribieron obras que dominaron sus disciplinas por más de mil años. Pero nunca fueron romanos, sino griegos que trabajaban en un ambiente romano.

 

El destino científico de Occidente quedó entonces interrumpido, y Europa debió trabajar mucho para recuperar el nivel de la Alejandría del s. III a.C. Una meta que sólo alcanzó veinte siglos más tarde.

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* Es un capítulo de Retratos de la Antigüedad Griega, Ediciones Rialp, Madrid 2006, pp. 229-238 [edición electrónica autorizada, por motivos pedagógicos, para Arvo Net; se prohíbe su reproducción]

 

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Enviado por Arvo Rialp - 08/05/2006 ir arriba
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