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LO DADO Y LO ADQUIRIDO EN LA VIDA HUMANA (I) (Natalia López Moratalla)

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Por Natalia López Moratalla
 
 
La visión de la vida humana aportada desde las Neurociencias y la Etología (*)
 
 
Las neurociencias han avanzado de manera espectacular en los últimos años; la década final del siglo XX fue declarada solemnemente como la "década del cerebro" por numerosos gobiernos, instituciones y organismos internacionales. Este interés se asienta, por una parte, en el hecho de que ahora ya contamos con la tecnología y los conocimientos básicos necesarios para abordar la complejidad del funcionamiento del cerebro humano. Pero, sobre todo, está presente la eterna aspiración de todo ser humano que la vieja máxima de la filosofía presocrática expresó en modo imperativo: ¡conócete a ti mismo!.
 
La psicología fisiológica se ocupa las relaciones entre el cerebro y la conducta, y de las bases biológicas del comportamiento. Su desarrollo nos ha permitido saber que las ideas, imágenes, memorias, afectos, etc. tienen un correlato material, químico. Ciertamente la biología del sistema nervioso no nos puede dar toda la clave de lo que somos, pero sí nos aporta muchos aspectos acerca del como lo somos. Conocer un ser humano es conocer sus tendencias y sus deseos más íntimos; y es también, en cierta medida, conocer qué puede predisponer su conducta y su forma de ser; qué es innato a nuestra naturaleza -qué es lo dado- y qué es fruto del entorno familiar y social, de la educación y la cultura, lo adquirido.
 
Una buena parte de los datos de que disponen las neurociencias proceden de estudios hechos con animales, a lo largo del siglo XX. Los cultivadores de la Etología, al observar a los animales en su ambiente natural, comprobaron que cada individuo de una especie se comporta de forma muy parecida a los de las generaciones precedentes: las arañas tejen sus telas igual que sus padres y abuelos, incluso aunque no hayan tenido ocasión de aprenderlo. La genética moderna nos habla de las causas y las formas de como se hereda el comportamiento animal. Ahora sabemos que está controlado por genes de forma similar a como los genes controlan el color del pelo o la forma de las patas. La selección natural ha actuado sobre la evolución de la conducta eliminando aquellos individuos cuyos genes determinaban conductas que les incapacitaban, por ejemplo, para ahuyentar a los depredadores y, en cambio, ha favorecido la supervivencia de aquellos individuos cuyos genes provocaban el desarrollo del gesto de apaciguamiento de una agresión, consistente, por ejemplo -en el caso de la gaviota argenta-, en volver la cabeza.
 
Sin pretender reducir la Psicología a una simple Etología humana, se puede afirmar que el comportamiento de los individuos de nuestra especie, como el de los animales, depende en gran medida de su patrimonio genético, sin que esto contradiga, en absoluto, que el aprendizaje y la inteligencia desempeña un papel fundamental en el desarrollo del comportamiento humano. En el hombre hay un buen número de comportamientos innatos; desde los reflejos simples de los bebés, como es la succión, a la sonrisa, la risa, o la danza. Así, sonrisa y risa significan alegría y felicidad en los más diversos pueblos de todas las épocas; más aún, niños ciegos de nacimiento, que de ninguna forma pueden conocer y aprender lo que es sonreír o reír, realizan estos gestos cuando están satisfechos o alegres. La danza se aprende, y de formas diferentes de unas culturas a otras, pero hay una característica innata que refuerza su aprendizaje: el placer que sentimos al realizar una actividad rimada junto con otros miembros de un grupo determinado. La genética está también en la base de características propiamente humanas que son aprendidas, como el lenguaje y la lengua que se habla. Lo innato o congénito se funde con lo aprendido o adquiridoen el desarrollo de cada vida humana.
 
No es infrecuente que se dé una divulgación que podríamos calificar de temeraria, especialmente cuando se tratan algunos aspectos de la conducta humana que preocupan e inquietan: agresividad, drogodependencia, sexo, etc. Sobre bases pretendidamente científicas se aportan como teorías confirmadas simples opiniones, o se seleccionan datos fragmentarios que se interpretan erróneamente. Se ha dicho que se ha hallado, por ejemplo, "el gen" de instinto asesino, de la inteligencia o la memoria, sin que se especifique con claridad si esos descubrimientos significan que hay que sacar de la cárcel a los criminales o que vamos a poder ser sabios sin esfuerzo. Ciertamente, y lo que trataremos más adelante, los investigadores están encontrado genes que controlan los procesos de agresividad(1), o de capacidades cerebrales como aprendizaje y memoria(2). Pero falta mucho por conocer acerca de lo dado o innato en la conducta humana. Como refiere Eduardo Cruells(3) "la mayoría de los libros populares sobre Etología humana publicados hasta hoy deberían llevar la siguiente indicación: Manéjese con escepticismo y léase con espíritu crítico".
 
Tanto la tarea de padres, pastores de almas, educadores, como la reflexión doctrinal acerca de tal tarea, parecen requerir, en esta época, una reflexión serena acerca de lo biológico y lo biográfico en la vida humana, que permita trazar un mapa, una guía de lo que es propiamente personal en el intrincado desarrollo de una vida: con qué nacemos, qué nos han aportan los demás y qué nos hacemos cada uno con esos bagajes. Para cada ser humano la vida es tarea personal; no sólo nos hacemos sino que proyectamos nuestra vida. Ayudar a una persona a alcanzar la plenitud a la que fue llamado por Dios requiere que se le trate "con la justicia de las madres, que -en palabras del Beato Josemaría Escrivá-tratan desigual a los hijos desiguales". De esas desigualdades innatas nos hablan, aunque todavía pobremente, las ciencias. Más aún hay desigualdades -a las que nos referimos comominusvalías- que exigen además esfuerzos específicos para lograr una integración lo más plena posible de los niños que las padecen en la infancia y adolescencia. 
 
Como trataré de describir, conocemos bastantes aspectos de los procesos de la fisiología de nuestro cerebro; podemos explicar, en algunos casos, por qué no se piensa, por qué se deja de pensar, o qué proceso destructivo de una determinada área del cerebro nos impide recordar lo aprendido Sin embargo tenemos muy poco que decir acerca de por qué se piensa o por qué somos capaces de borrar de nuestra memoria y olvidar lo que hemos perdonado. La mayoría de los trastornos del comportamiento, como el autismo o la esquizofrenia o la drogodependencia, tienen una base biológica; su identificación y la posibilidad de integrar estos factores con los aspectos de la conducta afectados resultan esenciales para establecer sistemas terapéuticos, de atención especial y educativos. El análisis de las diferentes lesiones del cerebro y las alteraciones de su funcionamiento por un lado, y los estudios acerca del comportamiento y condicionamiento animal por otro, son los medios principales de que disponemos para obtener esa información; y conviene resaltar que exigen un especial cuidado y rigor a la hora de interpretarlos o extrapolarlos para construir hipótesis o teorías acerca de la conducta humana inteligente y libre.
 
La unidad de la vida de cada ser humano 
 
Desde siempre el pensamiento humano ha encontrado una dificultad real para comprender las "junturas" del cuerpo material con el alma espiritual ¿De que forma se influyen mutuamente la mente inmaterial y el órgano cerebro? Hace tres siglos René Descartes consideró la mente como una entidad extracorpórea que se expresa merced a la glándula pineal; se equivocó en cuanto a la pineal y además promovió una forma de pensar dualista respecto al ser humano, cuya influjo en las neurociencias, la antropología y la psicología no ha disminuido con el tiempo. El debate continúa en el trasfondo de todo intento de explicar al hombre. Actualmente, algunos científicos -convencidos de que el hombre no es mas que un sistema de neuronas- rechazan no tanto la existencia del alma humana sino su necesidad para explicar las diferencias cualitativas profundas con los animales no-racionales. En palabras del Premio Nobel Francis Crick," un neurobiólogo moderno no ve necesidad alguna de tener un concepto religioso del alma para explicar el comportamiento de los humanos y de otros animales...No todos los neurocientíficos creen que la idea del alma sea un mito (sir John Eccles es la excepción más notable), pero si la mayoría. Y no es que puedan demostrar todavía que se trata de una idea falsa sino, más bien, que en el estado actual de la cuestión no ven la necesidad de semejante hipótesis. Con la perspectiva de la historia humana, el objetivo primordial de la investigación científica del cerebro no es la comprensión y la cura de las diferentes situaciones clínicas, por importante que resulte este objetivo, sino la comprensión de la autentica naturaleza del alma humana. Que este termino sea metafórico o literal es precisamente lo que estamos intentando averiguar"(4). 
 
Cada uno de los seres humanos tiene una vida personal, una historia, una biografía que no es simplemente su vida corporal. Cuando alguno, queriendo darse a conocer a una persona querida,le cuenta su vida le dice no sólo que nació, creció, se alimentó, tuvo hijos, enfermó y morirá algún día; le dice mucho más. Y al mismo tiempo esa historia personal que narrará es inseparable de su nacer, crecer, engendrar, enfermar, y morir. Su vida, como la de todo ser humano, ha tenido una trayectoria temporal que no es paralela, ni es plenamente dependiente, de la trayectoria temporal del hacerse y empezar a deshacerse de su cuerpo, aunque sí es inseparable, conectada y entrelazada a esa trayectoria corporal. De una forma u otra aflorarán en una narración de la propia vida acontecimientos muy propios, muy personales, normales o extraordinarios -eso poco importa-, pero que le han marcado de tal forma que sin ellos no sería la misma persona. Algunos de estos acontecimientos están poco ligados a la biología, como el sufrimiento por la traición de su mejor amigo y otros muy ligados, como puede ser el nacimiento de un hijo, pero que se ha vivido con la intensidad interior del descubrimiento de ser padre. 
Y junto a esos momentos estelares de una vida, se dan un sin fin de determinantes que de alguna manera predisponen el cómo somos, cómo pensamos y por qué nos comportamos de una forma. El mundo en que vivimos condiciona en gran medida las trayectorias de cada uno, aunque siempre en un mismo mundo ha habido y habrá vidas de muy diferente intensidad. Es evidente que cada uno es en cierto sentido hijo de su tiempo; la mentalidad de una época histórica, o de un ámbito cultural, se refleja en las pautas de comportamiento, en los enfoques y las interpretaciones de la realidad, en planteamientos de vida; configuran de tal forma que nos referimos a las personas que se salen de esa mentalidad como anticuadas, avanzadas, exóticas o muy del lugar; hablamos con razón del tiempo histórico, o de una persona con mentalidad occidental o oriental, etc. 
 
Un factor o característica, netamente diferencial de esta época, es precisamente la valoración que se hace de la importancia de los diferentes ingredientes que componen la vida humana. Actualmente, el peso específico se concede preferentemente a aquello que es genético, corporal, espontáneo, nativo, a la salud física, o la nutrición equilibrada... etc., frente a los hábitos de la voluntad, que se valoran no pocas veces como técnicas represivas. Resulta ilustrativo al respecto la simpática versión de Garner de esos clásicos cuentos infantiles de los Hermanos Grimm o de Andersen; cuentos que conocemos de memoria y que nos enseñaron, como a la mayoría de los niños, a comprender qué era bueno y qué era malo y nos permitieron recordar lo que estaba bien o mal hecho a la hora de actuar. En cierta forma la capacidad de proyectar la vida, de hacer planes, se va desarrollando gradualmente a partir de los cuentos de la infancia, o de las explicaciones que suelen dar las madres a los ruidos de la noche, ahuyentando los miedos y trazando carreteras a la imaginación. 
 
Pues bien, Garner ha reescrito con fina ironía estos cuentos, en su libro "Cuentos infantiles políticamente correctos", eliminando las actitudes que hoy serían calificadas de "sexistas, racistas, culturalistas, nacionalistas, regionalistas,... etnocéntricas,... heteropatriacarles o discriminatorias por cuestiones de edad, aspecto, capacidad física, tamaño.. ." (5). Fijémonos en algunos ejemplos. Hoy día no se puede encargar a una niña algo tradicionalmente asignado comorole femenino, ni se puede afirmar hoy que a la abuela de Caperucita Roja estuviera enferma sin que resulte ofensivo este comentario acerca de la carencia de un valor absoluto como la salud; lo cuenta así: "Érase una vez una persona de corta edad llamada Caperucita Roja...Un día, su madre le pidió que llevase una cesta con fruta fresca y agua mineral a casa de su abuela, pero no porque lo considerara una labor propia de mujeres, atención, sino porque ello representaba un acto generoso que contribuía a afianzar la sensación de comunidad. Además, su abuela no estaba enferma; antes bien, gozaba de completa salud física y mental y era perfectamente capaz de cuidar de sí misma como persona adulta y madura que era... Ni la niña podía "tener miedo al bosque puesto que poseía la suficiente confianza en su incipiente sexualidad como para evitar verse intimidada por una imaginería tan obviamente freudiana". No se puede tampoco contar la situación de Cenicienta ni narrar con tintes románticos el traje que el Hada madrina le confeccionara sin herir a los ecologistas: "La madre política de Cenicienta también planeaba asistir al baile, por lo que Cenicienta se vio obligada a trabajar como un perro (metáfora tan apropiada como desafortunadamente denigradora de la especie canina)... Y llegó Cenicienta en un pesado carruaje dorado que arrastraba con enorme esfuerzo un tiro de esclavos equinos. La joven iba vestida con una ajustada túnica fabricada con seda arrebatada a inocentes gusanos, y llevaba los cabellos adornados con perlas producto del saqueo de laboriosas ostras indefensas... Tampoco debemos, para ser políticamente correctos, sacar el enamoramiento del Príncipe, la admiración y amor que la belleza de Cenicienta despierta en él, de la fisiología hormonal. Y un ejemplo más; de forma similar hay que dejar evidenciada la perversa mentalidad que refleja el nombre de Blancanieves por su carácter discriminatorio, capaz de crear traumas infantiles: "Erase una vez una joven princesa...conocida con el apodo de Blancanieves, denominación que refleja la discriminación implícita en el hecho de asociar cualidades agradables o atractivas con la luz y otras más antipáticas o repelentes con la oscuridad. Así, y desde su más tierna edad, Blancanieves era ya una víctima inconsciente -si bien privilegiada- de esta clase de clasificaciones cromáticas" .
 
Pues bien, esta nueva narrativa de los cuentos infantiles, ponen de manifiesto una nueva versiónde la forma de comprendernos como seres humanos. Podemos afirmar que en general, en la actualidad se nos presenta como evidente que las acciones humanas no se reducen a simple química. No obstante, tal vez dudamos excesivamente, por ejemplo, acerca de qué hay de química y qué de espíritu en el enamoramiento de una persona de otra; y tal vez dudamos excesivamente si realmente las hormonas no hacen, al menos en ciertos casos,incontrolable la atracción sexual. Y, me atrevería a afirmar, que muchos -aún estando convencidos de la existencia de un alma inmortal y una vida eterna-, sienten temor de que algún día nos puedan demostrar los científicos que no somos más que un saco de neuronas maravillosamente construidas por complejas moléculas químicas organizadas en el espacio. Es el precio a pagar por el peso específico concedido a lo corporal.
 
Interesa tener en cuenta que impera una mentalidad materialista, o conductista, según la cual todos los estados humanos pueden ser provocados, controlados o corregidos a través de intervenciones corporales. Una de las manifestaciones de tal mentalidad es la frecuente suposición de que un producto químico, o un circuito de neuronas bien intercomunicadas, pueden sustituir virtudes como la paciencia, o la serenidad. La afirmación de que "usted, sus alegrías y sus penas, sus recuerdos y sus ambiciones, su propio sentido de la identidad personal y su libre voluntad, no son más que el comportamiento de un vasto conjunto de células nerviosas y de y de moléculas asociadas" ha sido propuesta como hipótesis de trabajo científico una y otra vez y ha calado en la mentalidad de no pocos. Naturalmente muchas personas, científicos o no, saben que son más que un montón de neuronas, que soy yo (con mi vida vivida) quien piensa y no mi cerebro, aunque no sea tarea nada fácil alcanzar una explicación de la mente, ni de la forma como la persona se expresa a través de los procesos cerebrales. Es una pretensión infundada e insensata proceder de abajo a arriba en el ser humano. 
 
Pongamos un ejemplo: un día Maximiliano Kolbe entregó su vida en el campo de concentración a cambio de la de un padre de familia y quedó convertido en un mártir; su actitud vital heroica, fruto de un alma bien curtida, de algún modo tuvo que quedar reflejada en un cambio bioquímico en su sangre; a nivel molecular esa resolución -manifestación de una caridad intensa- se acompañaría de un fuerte latir del corazón, y podría expresarse en términos de concentración de adrenalina, o de tal o cual molécula. Es evidente que, si se inyectara en la sangre de otra persona el contenido de esa secreción su corazón también latiría, e incluso sentiría miedo y todas las consecuencias fisiológicas en su cuerpo de una descarga de adrenalina; pero toda esa "química" no sería capaz de convertir a un sujeto en un mártir. La situación vital crea subproductos bioquímicos pero la bioquímica no puede nunca crear una situación vital. 
 
Realmente, podemos decir que nacemos y nos hacemos. Parte de las disposiciones de toda persona vienen dadas de nacimiento, son dotación natural, "genética"; otra parte le condicionará de alguna manera, o le influirá decididamente, en la propia historia personal. Y al mismo tiempo, la vida personal de cada uno influye en el desarrollo, plenitud física o deterioro de la vida corporal. Es posible que lleguemos a conocer los cambios estructurales y funcionales en el sistema nervioso necesarios para consolidar una tarea aprendida; y saber si ese cambio será permanente o reversible, condicionando de esa forma cómo se olvida lo aprendido. Cabe pensar que cada individuo tiene un punto de partida, y adquiere con el tiempo y con el aprendizaje una diferenciación en las estructuras de sus neuronas, ya que la adquisición de nueva información deja sus huellas, y éstas serían, así, las huellas biológicas de la biografía personal pero, obviamente, no serían las causas de esa historia personal.
 
Herencia genética y desarrollo: predisposiciones 
 
Es creciente el interés por conocer en qué grado real influyen en el comportamiento humano las condiciones genéticas y las ambientales culturales y sociales. Cuando un ser humano es engendrado recibe un patrimonio genético, mitad del padre y mitad de la madre; y la expresión de ese patrimonio estará sometida a la influencia del medio interno, hormonas maternas, por ejemplo, como del medio externo, que le inducen mutaciones o cambios de la expresión, tanto durante el desarrollo embrionario como en la vida adulta. Todo ello es la base genética de la peculiar dotación natural de cada uno. Constituye sus determinaciones genéticas o predisposiciones; esto es, la herencia biológica determina una serie de predisposiciones o factores innatos. Ciertamente no todas las funciones fisiológicas, ni todos los procesos corporales participan por igual en la humanidad del hombre; hay dimensiones humanas, personales, que son radicalmente humanas y a su vez están intrínsecamente asociadas a la corporalidad, como la actividad cerebral, el mundo de la afectividad, la actividad sexual, etc.; y otras funciones que, como la circulación de la sangre, son más neutras desde el punto de vista de la persona: más cercanas a la mera corporalidad.
 
El cerebro humano, órgano de la mente e indispensable para ser capaces de pensar, recordar, inventar, etc., consta de alrededor de un billón de células, de las cuales unos cien mil millones son neuronas, concatenadas en redes(6). Las grandes subdivisiones anatómicas del cerebro ofrecen un mapa rudimentario de sus capacidades: muestra una simetría bilateral y los hemisferios derecho e izquierdo se conectan fundamentalmente a través del cuerpo calloso. Su base consta de estructuras como la médula que regula aquellas funciones que, como la respiración, la digestión o la circulación de la sangre, son autónomas; el cerebelo se encarga de coordinar los movimientos y entre médula y cerebelo se encuentra el sistema límbico que es un conjunto de estructuras que intervienen en la conducta emotiva y la memoria a largo plazo, entre otras funciones. La capa superficial de ambos hemisferios es la corteza; la neocorteza está dividida en lóbulos frontal, temporal, parietal y occipital, separados por profundos pliegues. Se conocen con detalle algunas regiones cerebrales dotadas de funciones especializadas: corteza motora, corteza somatosensorial y vía óptica. Casi todos los fenómenos de pensamiento y percepción se traducen en impulsos eléctricos nerviosos, denominados potenciales de acción, se mueven por la corteza. Todas estas zonas del cerebro se interrelacionan entre si como substratos de los procesos mentales a través de la comunicación entre las neuronas. 
 
Las neuronas poseen la propiedad, única en el organismo, de formar una red discontinua a través de prolongaciones muy finas y ramificadas, las dendritas y los axones. En el contacto, osinápsis, las células quedan separadas varias decenas de millonésimas de milímetro. Una neurona excitada aporta información a otras neuronas generando los potenciales de acción, que se propagan, y se convierten en señales químicas en las sinápsis. Cuando el impulso alcanza los terminales axónicos de la neurona presináptica induce la liberación de las sustancias denominadas neurotransmisores ; estos difunden en el estrecho espacio entre las dos neuronas y se unen a su receptores de la otra neurona, la postsináptica, provocándose en ella cambios como apertura de los canales de iones y la generación de potenciales de acción(7).
 
Durante el desarrollo embrionario se sientan las bases de la actividad mental: miles de millones de neuronas establecen las conexiones; un feto humano de siete semanas de edad tiene una talla de unos tres centímetros y en el se aprecian los ojos, las extremidades y se puede distinguir ya su cerebro; pero para que este alcance la precisión de la configuración del adulto resulta imprescindible la actividad neuronal. Con el desarrollo embrionario y posnatal del cerebro se van perfeccionando las sinápsis entre neuronas y se establecen nuevas conexiones. Múltiples genes determinan las conexiones iniciales entre neuronas que permiten establecer los circuitos básicos del cerebro; esos nos vienen dados. Pero la posibilidad de tener la vida como tarea requiere que ya desde esa temprana edad fetal nuestro cerebro se estimule por la actividad de las neuronas. Los genes no controlan todos los aspectos de la maduración de las neuronas; el número, distribución y eficacia de las sinapsis dependen de la actividad que tengan las células.
 
Hay vías, como las visuales, que maduran durante el desarrollo embrionario y mantienen su plasticidad solamente hasta un corto periodo de tiempo tras el nacimiento, durante el cual la red de conexiones se va ajustando; después debe perder su capacidad de transformación para asegurar que el sistema maduro responderá bien al estímulo concreto, un destello de luz por ejemplo. Pero esa experiencia visual del recién nacido es necesaria. Por el contrario, es esencial que otros sistemas del cerebro mantengan la capacidad de modificar las conexiones neuronales; así los sistemas responsables del aprendizaje no deben perder nunca la plasticidad, porque sólo así pueden almacenar nuevos conocimientos y por ello, el hombre es capaz de aprender cosas nuevas a lo largo de toda su vida.
 
Temperamento, carácter y personalidad. 
 
Los Psicólogos suelen distinguir tres estratos en la personalidad(8). Un primer nivel, el temperamento, viene dado por la constitución heredada y los esquemas biológicos; son manifestaciones ligadas a factores genéticos, a la vida biológica. La suma del temperamento y los hábitos aprendidos constituyen el carácter, que comprende el conjunto de cualidades o disposiciones psicológicas y de actitudes propias de la persona y están ligadas por tanto a su vida biográfica; el carácter, y los modos de actuar, están condicionados tanto por la dotación genética como por factores ambientales. La herencia de condiciones morfológicas, psicológicas e incluso patológicas, individuales, familiares o de raza influyen claramente sobre el carácter. Por último si se añade el comportamiento libre, la libre elección de un proyecto, de un modo de obrar, tenemos el tercer nivel: la personalidad propia. Las influencias de cultura y ambiente, el entorno social, dejan marca en la personalidad de cada uno. 
 
El temperamento afecta a la personalidad entendida en sentido psicológico y ligada a las estructuras corporales, con manifestaciones en pulsiones instintivas, tendencias, estados de ánimo, sentimientos vitales, etc. Es el nivel instintivo y afectivo de la personalidad. Clásicamente se han clasificado los diversos tipos biológicos: pícnico (gordo, bajo, vitalista), asténico o leptosómico (delgado, alto, cerebral) y atlético (mezcla de varios tipos) y a cada uno de los biotipos parece corresponder un temperamento concreto. El carácter, sin embargo, hace referencia al estrato intelectivo y volitivo, a hábitos aprendidos y por tanto más ligado a factores ambientales, educativos, culturales, etc. Todos los caracteres son susceptibles de ser reducidos a ocho tipos, que se obtienen combinando la ausencia o presencia de los tres factores que son fundamentales de la persona humana: la emotividad (mayor o menor facilidad con que una situación dada provoca en la persona una reacción afectiva, emoción o sentimiento), la actividad (necesidad espontánea, sin obligación ni interés especial, que empuja a una persona a actuar, a ejecutar un proyecto o una idea) y la repercusión (dimensión psicológica que distingue al tipo “primario”, que reacciona a medida que se presentan los sucesos, del “secundario”, al cual la representación de estos sucesos le repercute más amplia y lentamente en el campo de la conciencia). Así, las personas pueden tener un carácter colérico, apasionado, nervioso, sentimental, sanguíneo, flemático, amorfo o apático. Obviamente en la realidad no se suelen dar formas puras; cada ser humano es una mezcla de temperamentos y tipos morfológicos, en el que se distingue, a lo sumo, unas características dominantes. 
 
Y hay estilos de obrar que se confunden con rasgos del carácter(9); así respecto a la acción se puede ser impulsivo o inhibido, tímido, constante, veleidoso, arrebatado, firme, voluntarioso, irresoluto, tenaz, caprichoso; se puede ser meticuloso, desordenado, impaciente, precavido, imprudente, despreocupado, resuelto...se tiene constancia, perseverancia, tenacidad, tozudez, terquedad, empecinamiento.Y hay estilos sentimentales que también se confunden con carácter: iracundo, celoso, envidioso, miedoso, enamoradizo. El carácter tiene además mucho que ver con la voluntad; hay personas "sin carácter": veleidosas, flojas, perezosas, claudicantes, abandonadas, irresolutas, tímidas. 
 
Desde el punto de vista de la educación, o de la tarea pastoral, interesa conocer en qué medida esos tipos o caracteres pueden influir en la responsabilidad de las acciones humanas. El funcionamiento de la voluntad -la capacidad de aceptar o no la motivación, de elegir y de realizar lo elegido- se relaciona con múltiples factores personales. Es la persona concreta, con sus preferencias, debilidades, mentalidad, expectativas, miedos, esperanzas, hábitos, la que actúa de una forma impulsiva, automática, o deliberada, voluntaria y libre. 
 
Ciertamente los rasgos temperamentales, que nos vienen genéticamente dados, tiene un influjo en la personalidad. Numerosos datos y observaciones confirman que el lóbulo frontal del cerebro posee una influencia decisiva en el desarrollo de la personalidad. Y así, lesiones o alteraciones de ciertas áreas cerebrales llevan consigo un cambio en el temperamento, humor, memoria, facultades imaginativas y creadoras etc., hasta el punto de que puede costar reconocer a la persona que era antes de sufrir tales alteraciones. Se ha descrito el cambio de carácter de un joven que intentó suicidarse disparándose una bala que le atravesó los dos lóbulos anteriores del cerebro; al día siguiente su humor sombrío había cambiado a jovial hasta el punto de que él ni siquiera se lamentaba de haberse quedado ciego. De hecho, determinadas alteraciones biológicas impiden a la persona "enferma" actuar voluntaria y libremente y por tanto ser responsable de sus acciones De forma similar existe una psicopatología de la irresolución y quienes la padecen son incapaces de tomar decisiones. Pero no siempre la causa es orgánica; una persona sana puede tener hábitos adquiridos de dar vueltas a las cosas, de pasividad y pesimismo que la van incapacitando para decidir. Y claramente se puede diferenciar el hecho de que un cierto tipo de lesión neuronal impida realizar un determinado movimiento, o ejecutar una cierta acción, de la actitud vital de una persona perezosa o vaga. También puede darse en una persona un déficit orgánico, hormonal, en lo que se refiere a déficit en la motivación, faltas de impulsos, deseos o apetencias y esto igualmente se diferencia bien de una apatía "cultivada", un estilo de vida en el que casi nada vale la pena el esfuerzo. De forma similar, la alegría es una cualidad humana, una virtud adquirible, y al mismo tiempo es bien cierto que "en un cuerpo sano el alma baila".
 
Ciertamente podemos decir que la dotación natural aporta una cierta "propensión" a ser, por ejemplo, violentos, egoístas o agresivos; y como hemos comentado anteriormente, se ha descrito la agresividad en términos de alteraciones heredadas en los genes. Aún en ese supuesto sólo significa la necesidad por parte de quienes portasen esos genes de más esfuerzo personal para alcanzar las virtudes que nos hacen pacíficos, generosos, templados y serenos. 
Y a su vez también la personalidad, el modo de ser, las virtudes alcanzadas, etc. tienen una influencia en nuestra vida corporal. Es bien claro que no todos los seres humanos somos igualmente vulnerables; algunos están más predispuestos a estados de ansiedad que pueden adoptar diversas formas; desde las patologías relacionadas con el estrés a la fobia o el pánico. Desde 1974 se conoce el modo de acción de diversos tranquilizantes. Al igual que las hormonas esteroideas y el alcohol, estos fármacos se unen a un receptor en el cerebro y modifican el funcionamiento de un importante sistema de transmisión de señales, de forma que facilitan la acción de una molécula clave en la comunicación cerebral, el ácido - aminobutírico, o GABA. Detengámonos en el estrés. 
 
En estudios con animales se ha podido analizar las bases fisiológicas de la propensión al estrés. Ya en 1936, el joven médico Hans Selye investigaba en Montreal el efecto en ratas de la inyección continuada de una determinada sustancia química; y descubrió una respuesta orgánica -caracterizada por la aparición úlceras pépticas, atrofia del los tejidos del sistema inmunitario y crecimiento de las glándulas adrenales-, que era idéntica a la respuesta del organismo sometido a fríos o calores fuertes, a ruidos intensos, toxinas, etc. Pensó Selye que en estas circunstancias, aparentemente diferentes, se daba una respuesta genérica común; una respuesta a lo en sí mismo desagradable y con esta idea nació la fisiología del estrés y se establecieron las bases del efecto de lastensiones. Hoy sabemos que esta respuesta esta mediada por la activación y la inhibición de un nutrido grupo de hormonas; y sabemos también que los mecanismos que se ponen en marcha -fundamentalmente el uso continuo de glucosa sin respiro para almacenarla- perjudican la salud por inducir hipertensión, úlceras, disminución de la fertilidad y de las respuestas inmunologicas. Más aún, sabemos que existe una predisposición. Los estudios de Sapolsky(10) con papiones muestran que la predisposición aparece relacionada con los niveles basales de cortisol. Entre los papiones unos son dominantes y otros son subordinados y se comportan de modo distinto; por ejemplo, cuando un subordinado ha cazado una gacela para alimentarse y ve venir, con interés por la presa, uno dominante huye y se la cede. Los machos dominantes de los papiones presentan respuestas fisiológicas al estrés diferentes de las de los otros; son menos intensas lo que se manifiesta en el menor nivel basal de colesterol que presentan. Más aún, curiosamente existe entre los papiones verdosos del tipo dominante, y seguramente también entre los subordinados, una correlación entre las características de su "personalidad" y los niveles basales de cortisol. Cuanto más bajos son los niveles basales de cortisol -y por ello más optima su fisiología y menos propensos son al estrés- diferencian mejor entre acciones amenazantes y neutrales de un rival que los que tienen niveles de cortisol basales más altos; más aún, controlan mejor la situación, lo que se pone de manifiesto en que es más probable que inicien una pelea ante un rival que les amenaza si tienen alta probabilidad de ganar, y diferencian mejor si pueden perder o ganar y desplazan la agresión hacia un tercero cuando empiezan a perder. Estas observaciones y datos se interpretan como una indicación de que el número de factores de estrés sociales a los que está sometido un individuo importa menos, desde el punto de vista fisiológico, que el estilo emocional con que se perciben y se afrontan esos factores inductores de tensión. 
 
Salvando las distancias, también los seres humanos estamos sometidos a múltiples factores de tensión, capaces de producir una úlcera gástrica o una enfermedad cardiovascular. El sentimiento de que podemos controlar los conflictos, la capacidad de desahogarse y de encontrar sentido a una situación dura o difícil beneficia la fisiología. Obviamente un fármaco contra la ansiedad y la angustia también mejoran la fisiología. Pero la actitud, la forma de ser, la capacidad de aceptar lo irremediable etc., la personalidad es tanto o más determinante que tener o no una predisposición biológica al estrés. Como refiere Sapolsky, "se observó que los padres cuyos hijos padecían cáncer presentaban niveles de cortisol elevados. Sin embargo, la cuantía de dicho aumento variaba con el modo en que cada progenitor abordaba el problema. Se encontraron niveles de cortisol mucho más bajos en los padres que tenían defensas psicológicas contra la ansiedad; por ejemplo: fe religiosa, capacidad para negar la gravedad de la enfermedad del hijo o tendencia a desplazar la ansiedad dedicándose por completo al cuidado del paciente". 
 
En resumen, la personalidad, la forma de ser, esdada, es aprendida y es ganada a pulso. La conducta humana no se condiciona -como defienden los conductistas- de la misma manera que la de un animal que el investigador coloca en un determinado lugar y le aporta unos estímulos concretos; no se puede condicionar sencillamente porque el hombre, incluso situado en un recinto cualquiera, lleva siempre consigo una intimidad biográfica propia y diferente de la de cualquier otro hombre. Una persona puede estar allí y otra, de hecho, a miles de kilómetros. Victor Frank describe la experiencia de dos hermanos gemelos idénticos- con la misma herencia biológica e idénticas predisposiciones-, que habían vivido juntos siempre, recibido la misma educación en el mismo ambiente, convivido con las mismas personas, y que fueron recluidos en un campo de concentración; uno pasó por esa situación con generosidad, comprensión, abnegación, sirviendo y animando y consolando a otros, mientras que el otro hermano la vivió como un egoísta miserable, cruel y mezquino. 
 
Capacidad mental, memoria y memoria emocional
 
Se ha dicho que “inteligencia es saber pensar, pero también, tener ganas y valor de ponerse a ello”. La inteligencia tiene que ver con la esfera más elevada de nuestra vida mental, aunque a veces se la confunde o reduce a esos otros procesos más elementales que se ponen en funcionamiento para reconocer un rostro o abrocharse los botones de la chaqueta. No obstante, esos mecanismos simples son también los presupuestos necesarios para resolver un problema de lógica o elaborar un pensamiento creativo. Puede asegurarse que no hay dos individuos iguales en lo que se refiere a inteligencia y sus manifestaciones. El factor biológico es muy poderoso; pero la dotación natural determina sólo que podríamos llamar una capacidad intelectual basal; esa capacidad que “miden los test” y que no se identifica con la inteligencia. La inteligencia incluye, por supuesto, habilidades cognitivas, que vienen dadas, pero la eficacia y desarrollo de estas habilidades depende de componentes afectivos y motivaciones. De nuevo lo natural y lo adquirido se combinan. 
 
La memoria es una capacidad básica del cerebro por la que almacenamos, en diferentes partes del mismo, información sobre uno mismo y sobre el entorno y los demás; a veces se ciñe el significado de este término al conjunto de experiencias personales que cada uno adquiere a lo largo de su vida. 
 
La inteligencia requiere el soporte de la memoria; como señala Morgado(11), "almacenando y evocando información, determina la capacidad de razonar y el contenido de los pensamientos, la fluidez verbal, los sentimientos, las motivaciones e incluso, como consecuencia de todo ello, la personalidad de cada individuo. Sin memoria careceríamos de una conciencia normal , seriamos seres apáticos y asociales, algo verdaderamente diferente a lo que con ella somos". En este sentido podríamos decir que, efectivamente, el genio original nace y se hace. Stanislaw Ulam(12), relata así su visión de la importancia de la memoria en la gestación de una idea genial: "De muchacho, pensaba que la rima de un poema tenía por misión descubrir lo velado, por la propia necesidad de hallar la palabra que rimase. Esa tarea fuerza a hacer nuevas asociaciones y casi garantiza el librarse de los encadenamientos rutinarios y de las inercias mentales. Llega a ser, valga la paradoja, una especie de mecanismo productor de originalidad automático... Y lo que llamamos talento o tal vez el genio mismo depende en gran medida de la habilidad con que se emplee bien la propia memoria para dar con las analogías... que son esenciales para el desarrollo de ideas nuevas". Incluso se plantea la posibilidad de potenciar y facilitar la memoria con sistemas naturales o artificiales (como una autoestimulación eléctrica) con el fin de conseguir no sólo aumentar la capacidad básica de almacenar información, sino mejorar también el conjunto de nuestras facultades inteligentes. 
 
Al describir las bases biológicas nos vamos a referir aquí a la inteligencia exclusivamente en cuanto capacidad de aprendizaje. Aunque remiten a realidades distintas, los términos aprendizaje y memoria se usan habitualmente como sinónimas. Por aprendizaje se entiende todo proceso susceptible de modificar un comportamiento posterior, mientras la memoria es la capacidad de hallar experiencias pasadas. El estudio de las amnesias ha ayudado a aclarar el modo en que se estructura la memoria y ha permitido diferenciarla del aprendizaje. En ciertos casos los amnésicos conservan capacidades de memorización; una memoria implícita, que les permite aprender nuevas cosas sin recordar la experiencia que les había conducido a este aprendizaje; son por tanto aprendizajes no asociativos, condicionamientos por incentivos, costumbres y conocimientos. Tenemos además una memoria explícita que nos permite memorizar los acontecimientos y los hechos relacionados con el aprendizaje. 
 
En lo esencial la memoria humana es muy diferente de la de los animales; para ellos el recuerdo está ligado a una experiencia directa y solo pueden recordar lo que ha sido codificado en el cerebro a través de los sentidos. Por el contrario, los humanos podemos acordarnos de hechos, acontecimientos del pasado etc. de los que no hemos tenido una experiencia directa. Hechos que se transmiten de generación en generación y que hemos de aprender memorizándolos. Ahora bien, cada hombre modela la comprensión de lo que se le transmite e integra según su propia personalidad y mentalidad los mismos contenidos. Basta pensar en el intercambio de preguntas y respuestas en un aula; cuanto más jóvenes son los alumnos y por tanto menos avanzados en el conocimiento de una materia menor es la criba de lo que escuchan; en mi experiencia con estudiantes de ciencias experimentales he podido observar que no sólo se aprenden los contenidos sino que se aprende también a distinguir lo que tiene valor explicativo o no; y hasta tal punto se avanza en la capacidad de crítica que los estudiantes de los últimos cursos de carrera no retienen más que aquello que está de acuerdo con la teoría expuesta o sus hipótesis favoritas. Hay una selección individual y personal.
 
Comprender la biología de la memoria exige buscar la huella que las experiencias vividas imprimen en el cerebro. Y en el cerebro encontramos miles de neuronas conectadas por una red con innumerables uniones sinápticas. La plasticidad de las sinápsis permite el almacenamiento de recuerdos: memorizar es modular las uniones entre las neuronas. En efecto, las memorias son fundamentalmente asociativas ya que la información que contiene el cerebro viene definida por esos circuitos neuronales, más que por moléculas o neuronas individuales. Las nuevas experiencias se incorporan a través de nuevas conexiones a la red preestablecida y la activan; lo nuevo evoca lo antiguo en virtud de su semejanza y por asociación y consolidación se convierte en parte del mismo. Nacemos con una memoria innata, una memoria de la especie localizada en las áreas corticales sensoriales y motoras primarias; es información dada que está almacenada y que puede recuperarse mediante estímulos sensoriales, o ante la necesidad de actuar. Para que esta memoria innata pase a ser propia y personal se requiere repetición al inicio de la vida y después modificarse y ampliarse a lo largo de la vida convertida en memoria individual. 
 
NOTAS
 
1. El articulo "Genetics of aggressive and violent behavior" Cadoret, R.J., Leve, L.D. y Devor, E. Psychiatr. Clin. North. Am. 1997, 20, pág. 301-22, de los norteamericanos del Department of Psychiatry del College of Medicine de la University of Iowa analiza la genética del comportamiento agresivo y violento, y plantean que el desarrollo de ese tipo de comportamiento requiere que se den tanto los factores genéticos como los ambientales. Sugieren que los genes implicados serian los mismos específicamente asociados o responsables de la agresividad animal.
 
 
2. Tang, Y.P. y colaboradores han publicado en septiembre de 1999 el artículo "Genetic enhancement od lerning and memory in mice" en Nature 401, pág. 63- 69, que se puede introducir por ingeniería genética un gen relacionado con las sinápsis de las neuronas que aumenta la capacidad de aprendizaje y memoria y que el aumento de estos atributos mentales y cognitivos como inteligencia y memoria se podría lograr en otros mamíferos.
 
3. Cruells. E., "El comportamiento animal".TEMAS CLAVE. Ed. Salvat, Barcelona. 1991, pag 94.
 
4. Crick F., "La búsqueda científica del alma". 2 edición. Ed. Debate. Pensamiento. Madrid. 1994, pág. 7.
 
5. cfr. James Finn Garner, "Cuentos infantiles políticamente correctos". CIRCE Ediciones S.A. Bercelona1997, pág. 15-16, 68-72 y 87. 
 
6. cfr. Fischbach, G.D. "Mente y cerebro". Investigación y ciencia, noviembre de 1992, pág. 6.
 
7. Changeux, J.P. "Química de las comunicaciones cerebrales". Investigación y ciencia, enero de 1994, pág. 18.
 
8. Marina, J. A. "El laberinto sentimental" Ed. Anagrama. Barcelona 1998.
 
9. Marina, J,A. "El misterio de la voluntad perdida", Ed. Anagrama. Barcelona 1998.
 
10. Sapolsky R.M. "El estrés en los animales". Investigación y ciencia, marzo de 1990, pág. 90.
 
11. Morgado, I. "Facilitación del aprendizaje y la memoria: sueño paradójico y autoestimulación eléctrica cerebral". En "El cerebro intimo. Ensayos sobre neurociencia". Ed. Francisco Mora. Ariel. Barcelona 1996, pág. 152.
 
12. citado en "Aparición de la inteligencia" de Calvin, W.H. Investigación y ciencia, diciembre de 1994, pág. 79.
 
 
13. Fuster, J.M. "Redes de memoria" Investigación y ciencia, julio de 1997, pág. 74.
 
Enviado por Arvo.net - 18/05/2009 ir arriba
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