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Esta nota resume el capítulo “Mundo natural”
de Natalia López Moratalla, en “Manual de Bioética”,
Gloria Tomás Garrido (cord.) Ed. Ariel. 2001, pag.161-178.
El mundo natural y el mundo técnico
La naturaleza, y de modo especial los seres vivos, atraen al intelecto a conocerles y mueven la voluntad a amarlos. Es decir son bienes; son seres que reclaman de la voluntad del hombre una afirmación que se les niega cuando solo se ven como meros medios, instrumentos al servicio de intereses más o menos nobles. Excepto en los más crispados ecologismos la afirmación que se debe al mundo natural no es, sin embargo, la que se debe a las personas, pero es afirmación. La realidad es así: el ser propio de cada criatura supone también el bien propio que es, y en esa misma medida es amable, digno de ser respetado y querido. Por eso, las cuestiones acerca del trato del hombre con la naturaleza sólo encuentran solución y respuesta cuando se sabe detectar qué tipo de bien se tiene en juego en cada caso. Toda argumentación bioética consiste en descubrir el significado natural evitando la fuerte tendencia a verlo aislado y en sí mismo, como material neutro o proceso fisiológico, sin otro sentido que el que el hombre quiera darle en cada momento.
Ahora bien, si las formas de la vida biológica que encontramos en la tierra nos parecen tan interesantes y dignas de respeto y que reclaman una actitud éticamente correcta, es porque sabemos que hay una estrecha relación entre ellas y nuestra propia vida corporal. Es más no sólo tenemos un reconocimiento implícito de esa analogía sino que de hecho las valoramos más en la medida en la que, de algún modo, reflejan mejor nuestra vida. De hecho las plantas, por valiosas que nos puedan resultar desde el punto de vista estético, o económico, o científico, las tenemos en menos consideración que la vida de un animal que tiene sensibilidad y muestra un comportamiento, de alguna forma, semejante al humano; más aún, para comprender ese forma de comportamiento tomamos como referencia nuestra conducta.
La cuestión que nos planteamos en este tema es por tanto doble: de una parte, descubrir la conexión entre los seres naturales, especialmente las diversas formas de vida, con la vida biológica del propio hombre y a su vez, descubrir la relación entre la vida corporal del hombre con su propia dignidad personal. La metodología científica exige reducir la realidad a lo "medible" y "pesable", a lo cuantitativo. Tiene mucho que aportar obviamente al debate ético puesto que el conocimiento de como funciona la realidad nos dice mucho acerca de qué es; no obstante la razón científica aboca con facilidad en la mera razón técnica, que reduce toda la realidad a la utilidad y/o a las consecuencias que pueden derivarse de su manipulación. De aquí que destaquemos la condición de natural del mundo natural. De suyo tienen una función concreta y siempre parcial en ese mundo unitario y global. Función o significado que es previo al conocimiento que el hombre tenga de ellas o de la acción que ejerza sobre esas realidades naturales; en ese sentido son verdaderas: son lo que son en sí mismas con independencia de la valoración que el hombre haga de ellas o de la utilidad que le encuentre.
En la relación del hombre con el mundo se da intercambios físicos y fisiológicos, que están regulados por las leyes naturales. Pero además, el hombre es un factor de novedad en la naturaleza; da lugar a procesos, o acciones, que modifican el desarrollo natural. La actividad libre del hombre, su influir en el mundo, se manifiesta de un modo patente en la construcción de artefactos; de hecho da forma, o estructura, a los materiales que elige y construye con ellos que tiene el fin que él mismo asigna. Distinguimos fácilmente lo natural de lo artificial, y de lo virtual, porque nos damos cuenta de que esa forma o configuración no es la propia, la que le pertenece de suyo a la materia de la que está hecha, o a la realidad, sino que es programada desde fuera. Los artificios no sólo son resultado de la inteligencia del hombre, en vez de ser el resultado de las fuerzas naturales, sino que además las diseña el hombre. La madera que es de suyo tronco de un determinado árbol puede ser usada para hacer un mueble o una imagen, etc. El hombre configura, da diversas formas, a un mismo tipo de materia; y a la inversa, construye un mismo artefacto –estatua, mesa, etc.– con diversos materiales. Y de igual manera “construye” mundos inexistentes en la realidad: mundos imaginarios y mundos virtuales.
De tal manera el hombre ha dominado la naturaleza que el mundo natural habla hoy al hombre de occidente menos del Creador que de la libre y propia capacidad de manipulación de los hombres. Esto asunto no deja de tener un gran interés porque, de hecho, la naturaleza no es producto de la acción humana, sino que el hombre la encuentra como algo dado, que existe antes de su propia intervención; y por ello no es dueño absoluto ni lo conoce como puede conocer una maquina diseñada por la inteligencia humana. Cuando el mundo natural es entendido sólo en relación a los procesos y mecanismos que la ciencia positiva descubre, su funcionamiento, el hombre no se siente obligado a averiguar qué son las criaturas naturales; ni tampoco impulsado a conocer qué debe hacer con todo esto que no es sólo resultado de sus manipulaciones; sólo se interesa por la utilidad práctica; es el reino del conocer sólo para prever, y de prever para poder. Esta manera de mirar y tratar al mundo ha dado lugar a un progreso y a una mejora en muchos aspectos de la vida del hombre en la tierra; es innegable. Pero al mismo tiempo el desconocimiento de la realidad de las cosas, de su sentido supone siempre renunciar a conocer el valor de las cosas mismas. Y una explotación tal de la naturaleza –como muestra la ruptura de los ámbitos naturales, el peligro del agotamiento de los recursos, las diversas contaminaciones químicas, radiológicas, nucleares–, desemboca en una situación de falta de recursos éticos hasta el punto que la misma vida del hombre y la vida en paz resultan claramente amenazadas. No se trata de menosprecio de la actividad científica y cognoscitiva en general, sino de que el mundo natural pueda seguir siendo o no el estímulo para conocer siempre mejor y, a la vez, para reconocer que el Creador del mundo no el hombre, y por tanto sentirse administrador cuidadoso en vez de dominador absoluto.
El puesto del hombre en el mundo natural
La dificultad mayor que encontramos para valorar y situarnos en relación a los bienes naturales es precisamente acertar con nuestra misma “situación en el mundo”. El olvido de que el mundo natural no es obra del hombre ha llevado a establecer sistemas de valoración que priman sobre el valor natural en sí mismo; valoraciones desde un punto de vista científico, o económico, etc. Es decir, en función de lo que proporcionan, sin más consideración ni más limites. Esta visión que sólo mira al conocimiento desde las ciencias -al cómo funcionan- es demasiado reducido. Efectivamente el mundo natural en el que vivimos, es también objeto de las ciencias experimentales aunque es ante todo un mundo con significados no otorgados por el hombre.
Lo que se le pide al hombre es que acepte su lugar en el mundo. Y esto supone reconocer que hay en la naturaleza una verdad inteligible y no sólo mecanismos casuales, o mero azar, o absurdos sinsentidos; implica aceptar que alguien “dice” esa verdad, que tiene un autor y que ese autor no es el hombre.
La historia de la Ciencia, como método de conocer, es la historia por construir un sistema que prescinda metodológicamente de las cuestiones esenciales como qué son, qué sentido tienen, o por qué existen. Hubo un momento en que esa ceguera sistemática inquietó al hombre moderno, pero se tranquilizó en seguida con el pensamiento de que ciertamente si bien la Ciencia situaba al ser humano como un extraño en el mundo -puesto que no le permitía alcanzar lo que son las cosas del mundo- esto era precisamente lo que se requería para dominar el mundo natural. Es este uno de los factores claves del proyecto cultural moderno. La ciencia aparece en la modernidad como la salvadora: ellas arregla, o llegará a arreglar, todos los males. Pero sobre todo, los problemas humanos han de ser solucionados técnicamente: la reproducción artificial o la muerte técnica y programada son productos claros de esta mentalidad. Es un visión que va más allá de los beneficios o las amenazas del desarrollo tecnológico, especialmente en el área de la Biomedicina. Muestra además las dificultades -el fracaso, en cierta medida- de la Bioética; en efecto, cuando lo que se trata de conocer es esencialmente cualitativo, lo que es bueno o lo que es malo, lo propio del campo ético, entonces la visión desde esta perspectiva que sólo aporta lo cuantitativo se reduce a estudiar los comportamientos mayoritarios, las estadísticas, se buscan leyes que no penalicen, se miden beneficios contra riesgos: no se puede afirmar -se dice- que algo sea o no sea éticamente licito. Es el entendimiento humano quien impone sus leyes a la naturaleza. El poder del hombre es infinitamente mayor de lo que se había creído hasta ahora; no solamente puede el hombre transformar, manipular o conquistar la fortuna: toda verdad y significado tiene su origen en el hombre, no son algo inherente al orden cósmico que exista independientemente de la actividad humana; es mero artefacto. Pero la fe en la omnipotencia del hombre moderno está perdiendo fuerza. El experimento “moderno” ha fracasado. Recibió sus primeros ímpetus de la revolución cartesiana que con su lógica implacable apartaba al hombre de los deseos de niveles superiores, los niveles del espíritu, que son los únicos que pueden mantener su humanidad. Hoy muy poca gente cree ya en las soluciones “técnicas”, aunque esto no sea, al menos más que en parte, porque se tenga un sentido más profundo de la dignidad humana, sino por el miedo a las crisis que la misma tecnología ha creado.
Se ha comentado que es un error, todavía no superado, pensar que se puede renunciar a la consideración religiosa de la realidad sin que con ello se pierdan no pocas cosas a las cuales no es posible renunciar tan fácilmente. Y es bien cierto: sin la existencia de un Creador con poder y amor no es posible entender el mundo natural. Ahora bien, la existencia de un ser en quien tienen su origen las criaturas naturales la proclamaron pensadores clásicos –sin conocimiento de la revelación judeocristiana–, como Aristóteles, que nos dieron las más profundas explicaciones del mundo natural y de nuestro puesto en él; si bien es obvio que la profunda penetración de la realidad que suponen las explicaciones aristotélica no está al alcance del común de los hombres. Se puede aceptar o no aceptar que el Génesis es la explicación del mundo y del hombre que nos da su propio Creador, pero difícilmente se puede encontrar en la historia del pensamiento una visión del mundo más profunda y coherente. Trataremos, por tanto, de iluminar y abrir el conocimiento que nos aporta las ciencias experimentales desde estas fuentes -la tradición bíblica y el pensamiento aristotélico-, para averiguar qué punto de referencia nos permite alcanzar el valor de cada uno de los seres naturales. Sin una coherente visión del mundo se provoca una sensación de inestabilidad e inseguridad que a su vez favorece formas de egoísmo colectivo, acaparamiento y prevaricación de los bienes naturales. De ahí que se planteen cuestiones éticas -especialmente bioéticas- ya que el fenómeno vital se presenta cargado de significación ética: la vida reclama una actitud de respeto, que no es uniforme. Entre la vida de un ser unicelular, la vida vegetal, la vida animal, la vida de especies en extinción y la vida humana hay diferencias esenciales que sería absurdo ignorar englobando todos los fenómenos bajo una valoración homogénea de la dignidad de la vida en general. Como señalamos, aquí nos interesa determinar la valoración de la vida, y del mundo inerte, desde el punto de vista ético y no sólo desde la valoración científica.
Pues bien, para la tradición judeocristiana, el hombre ha sido creado a imagen de Dios, que le ha dado el gobierno sobre todas las criaturas terrestres pero no como dueño absoluto: fue puesto en el paraíso para que lo trabajara y lo custodiara y en él le ha sido asignado un lugar. El gobierno del ser humano sobre el mundo no tiene un sentido unívoco. La misión confiada por el Creador tiene el carácter de una participación en la providencia del mismo Dios. Esto es lo que debe servir de criterio par considerar qué gobierno sobre el mundo es recto y que gobierno es abusivo. El hombre tiene un lugar definido dentro del todo, un lugar muy alto, por otra parte. Puede decirse que el hombre es la medida de todas la cosas o que el hombre es un microcosmos. Pero él ocupa este lugar por naturaleza; el hombre tiene su lugar en un orden que él no ha originado. "El hombre es la medida de todas las cosas" es lo completamente opuesto de "el hombre es el dueño de todas las cosas".
El hombre puede contemplar y puede entender una revelación, es decir calar en el significado de lo cree porque confía en quien se lo dice. La revelación aporta una verdad que afianza y confirma el conocimiento que tiene el hombre adquirido por su propia capacidad natural de conocer la naturaleza de las cosas, su sentido; conocimiento natural por la contemplación filosófica y el saber científico. Por ello fiarse exclusivamente de los datos de las ciencias positivas supone un pensamiento demasiado débil para comprender el mundo natural y el puesto del hombre en él. No se pretende con esto menospreciar la Ciencia, sino subrayar la necesidad de rescatar en la formación de la mente de científicos, y de todo intelectual, las claves del pensamiento de la filosofía de la naturaleza; rescatar las claves de la profunda explicación de la realidad que nos permite entender de que manera la materia y la forma se hacen una sola cosa, de que manera azar y necesidad cooperan en los procesos temporales de los seres vivos -evolución, desarrollo embrionario-, qué es indeterminado en la construcción del organismo, o en el desarrollo de los procesos mentales, que relación tienen de suyo unos seres con otros, etc. La desconfianza respecto de los grandes recursos cognoscitivos del ser humano no pasa de ser una falsa modestia. ¿Por qué razón es preciso conformarse con verdades parciales y provisionales, sin intentar hacer preguntas radicales sobre el sentido y el fundamento último del mundo natural y de la vida humana, personal y social?. No hay razón para dejar decaer la esperanza de poder recibir de la filosofía respuestas definitivas a tales preguntas: se puede discernir entre lo que es verdadero y lo que es falso, formándose un juicio propio sobre la realidad objetiva de las cosas. Y esto requiere ser muy consciente de que la búsqueda de la verdad, incluso cuando atañe a una realidad limitada del mundo y del hombre, no termina nunca, remite siempre a algo que está por encima del objeto inmediato de los estudios, a los interrogantes que abren el acceso al misterio. El misterio es lo plenamente imposible de conocer sólo con datos, por muchos datos, e incluso datos cada vez más precisos, que se lleguen a acumular.
La unidad del mundo natural
No es infrecuente concebir la naturaleza como un inventario de “cosas”, que mantienen entre si unos equilibrios ecológicos logrados en millones de años, pero siempre frágiles. Incluso no es infrecuente ver la naturaleza como un mundo hostil en la que las criaturas son el resultado de un azar ciego conjugado con la selección natural que surge de la lucha del fuerte con débil. Una armonía forzada e incluso cruel. Situación que además empeora con la presencia en el cosmos de una especie como la humana, cuyos individuos no sólo requieren un entorno material en el que su propia vida sea posible, sino que es “rompedor de equilibrios”; desmonta los delicados equilibrios construidos a lo largo de millones de años para reconstruirlos con otros parámetros. Desde estas perspectivas, es difícil comprender que el mundo, y toda la multiplicidad de procesos y de criaturas que se dan en él, puedan haber sido queridos, en un único designio de creación, al servicio del hombre. Se hace difícil aceptar que el mundo es un mundo para el hombre, porque el hombre es un ser en el mundo y no un ser exclusivamente cósmico. Sólo al hombre lo encontramos absolutamente valioso, querido por sí mismo, mientras que el resto son bienes no absolutos pero sí reales, que son bienes en relación al hombre; esto es, su significado no se agota en ellos: no son comprensibles por sí sino en la integridad de la naturaleza. Forman parte del mundo del hombre.
Ninguna perspectiva como la visión del Génesis permite alcanzar todo el significado de la teoría científica de la evolución. Hay una diferencia esencial que no se contradice con la continuidad casi plena entre las formas vitales; ciertamente el cuerpo del hombre no es un cuerpo sin mas, es cuerpo humano, pero eso no quiere decir que hay un foso biológico con el resto. La peculiar posición del hombre en la creación no es tanto su proximidad a unas especies animales sino ser su termino, ser lo buscado lo propiamente creado sacado de la nada por el poder del amor Creador mientras el resto del cosmos es concreado. Desde esta perspectiva el hombre que no es dueño absoluto, ni el artífice de la naturaleza, pero sí le ha sido dado el cosmos es un regalo del autor. Y por ello la actitud congruente a su situación es la de un profundo agradecimiento, que se traduce en cuidarlo, y no la de una veneración crispada porque no es un valor absoluto. La narración que hace el Génesis –en el primer capítulo– refiere la fuerte unidad de toda la naturaleza y del hombre con ella. No aparecen los diversos seres como la suma de actos creadores dispersos y unidos accidentalmente: se ve muy claramente la idea de que lo que se está haciendo es una creación, una obra –lo que entendemos, por ejemplo, al hablar de la belleza de la creación–. En efecto, no se presenta todo hecho de golpe y sin concierto sino que se recurre a una versión gradual o evolutiva desde lo más simple a lo más complejo, desde lo más determinado a lo más libre. Primero la luz y el "espíritu de Dios se cernía sobre las aguas" como un anuncio de marcha hacia la unidad. Segundo las plantas sin movimiento, “atadas a la tierra”. Luego los astros con movimiento fijo, después los animales con movimiento determinado. Y al termino final el hombre libre, dueño, capaz de autodeterminar su vida. Está en la serie de las criaturas pero se le pone más en relación con Dios que con el resto. El háganse es cambiado, al llegar a la descripción del modo de hacer de Dios al hombre, por hagámosle a nuestra imagen y semejanza. Y, continua mostrado, el hombre está sólo entre otros seres –cuerpo entre los cuerpos, que sólo la mujer de su misma naturaleza es compañía–. El ser humano se sabe distinto y se siente sólo entre el resto de las criaturas. Y puede conocer la realidad de las cosas. Pues bien, ésta real y natural dependencia del mundo natural puede ser pervertida: ciertamente el hombre causa por despotismo la “rebeldía” de la tierra contra el hombre. Más aún la plena comprensión de que el mundo natural se muestre tan hostil en relación al hombre requiere comprender la relación entre la actuación humana y la integridad de la creación: la rebeldía del hombre frente al Creador es la raíz de la falta de armonía de la naturaleza.
En la tradición clásica esta ordenación intrínseca de las criaturas al hombre no recibió una formulación explícita; no obstante, apuntaba a esta ordenación cuando hablaba de la gradatoria real de perfección entre los seres, según la cual lo menos perfecto es para lo más perfecto. Tampoco el cientifismo evolucionista puede, en la medida en que se aferra a un materialismo totalmente azaroso, fundamentar, ni siquiera ilustrar, la ordenación humana del mundo. Sin embargo, aquellas teorías acerca de la evolución que admiten teleología intrínseca —expresada en la existencia de un programa en el proceso evolutivo— aun con todas las reservas y rectificaciones que sean necesarias , pueden armonizarse con la doctrina de la creación, e ilustrar, en su ámbito propio, la vinculación real —no sólo en el orden que podemos alcanzar en nuestro conocimiento— entre las diversas formas de vida, y más aún, entre las diversas formas de ser, con el hombre.
Ciertamente la biología, como ciencia positiva, sólo da cuenta de las manifestaciones experimentales de la evolución, del mismo modo que la fisiología humana sólo puede dar cuenta de las manifestaciones fisiológicas de la actividad mental del hombre. Del mismo modo que sería un reduccionismo cientifista y materialista negar la espiritualidad del hombre esgrimiendo los hallazgos de la fisiología del sistema nervioso, también sería dogmatismo materialista decir que la evolución biológica pugna con la creación. Mas bien es al contrario: en la medida de sus posibilidades la fisiología confirma la unidad de espíritu y materia en el hombre; del mismo modo la evolución que detectan y describen los biólogos, confirma, en la medida de las posibilidades de la ciencia, que la naturaleza está ordenada al hombre: es un proceso en que el azar y la necesidad cooperan en el dinamismo de lo simple hacia lo complejo con una flecha en el tiempo, una dirección. Si antes decíamos que la evolución enriquece nuestro conocimiento de la creación, ahora debemos afirmar que la creación hace más plenamente coherente nuestra inteligencia de la evolución.
Vida: vegetal, animal y humana
La unidad de los seres vivos es peculiarmente intensa a diferencia de los seres del cosmos que son inertes o no vivos. Esta unidad es debida a que en ellos materia y forma se corresponden. Las montañas no tienen una forma fija y propia sino que adquieren una figura, un perfil y un tamaño que depende de causas externas a su ser montaña; sin embargo un caballo de una determinada raza tiene forma caballo, carne y huesos de caballo.
Esta unidad plena materia-forma se debe a que cada individuo de cada especie posee el genoma propio de la misma. La vida de los organismos, de los más simples hasta los más complejos, consiste en la emisión del mensaje contenido en su genoma; es decir, los vivientes procesan la información contenida en el genoma. La noción de información contenida en el genoma es perfectamente asimilable a la de forma, o principio ordenador, que tradicionalmente se ha denominado también como alma. La vida del ser viviente, su existencia, es el tiempo que dura la emisión del mensaje genético. Pero esta información no un determinismo fijista, al modo como está predeterminada una casa en los planos de edificación, sino que a lo largo de la "construcción" del organismo van apareciendo las instrucciones necesarias escritas en el mensaje genético de cada individuo de cada especie: es un programa o un mensaje que se emite.
El significado biológico del mensaje genético escrito en el genoma, es por lo tanto, ser la forma de los vivientes: principio ordenador de elementos que de suyo no están ordenados –la materia–, y en los que ninguno por separado posee operatividad, capacidad de funcionamiento. Esto es, la forma, la capacidad de configurar la materia, no se agota en configurar, sino que además puede originar operaciones no contenidas en la ordenación material. Por ejemplo el órgano ojo se construye con la información contenida en el genoma y el resultado, el ojo, no es sólo materia ordenada, sino también capacidad de la operación de ver. La forma actúa disponiendo partes materiales para que el proceso vital continúe, pero cuanto más complejo es un organismo, cuanto más operaciones de rango superior realiza (ver, oler, un cierto conocimiento, memoria, etc.) la forma "sobra"; hay lo que ha venido a llamarse “sobrante formal”. Es decir, el "sobrante formal" es la capacidad operativa de la forma, que no se está agotando en la configuración del ser vivo, en el mantenimiento ordenado de las partes. Y podemos afirmar que posee más "sobrante formal" el ser vivo que realiza operaciones de mayor rango.
Es obvio que existe una enorme variedad de seres vivos, desde los que consisten simplemente en una sola célula, hasta los formados, como es el caso del organismo humano, por millones de ellas. Las estructuras corporales de cualquier ser vivo son complejas asociaciones de moléculas organizadas en niveles jerarquizados; y cada componente, y cada parte del organismo, tienen su función propia, en orden al todo que constituyen: al viviente. En un organismo todas las células, tejidos y órganos, mantienen una unidad dentro del conjunto, que hace que viva ese organismo, ese individuo concreto. El conjunto individualizado es más que la suma de las partes; y precisamente porque todas las partes se integran armónicamente, cada organismo vivo tiene una vida propia, con un inicio, un desarrollo temporal en el que se completa, crece, se adapta a diversas circunstancias, se reproduce, envejece, a veces enferma, y necesariamente muere. Más aún, cada ser vivo es capaz de realizar una serie de funciones y operaciones que son propias de la especie a que pertenece, mientras otros no tienen esas capacidades. Las diferencias entre los seres vivos, y su diferente identidad biológica, se debe a las diferencias en el "contenido" del mensaje; esto es, a que poseen una forma diferente, y por consiguiente distinta capacidad de operaciones.
Así, el mensaje genético de un viviente unicelular es autosuficiente para que realice las funciones vitales específicas y características; toma de su entorno los materiales disponibles y los emplear en la obtención de la energía que necesita para alimentarse, moverse, y reproducirse; como todos los seres vivos, transforman el medio en el que viven, y establecen una relación vital de manera que entran en comunicación con el mundo exterior y para ello poseen sistemas de recepción de estímulos, los llamados receptores. Ellos mismos, al poder autorregular sus propias capacidades, se adaptan a lo que su entorno les ofrece. Es decir, tiene muy poca autonomía. Más aún se reproduce por escisión: como tal individuo muere al dar paso a dos por duplicación del material genético y división celular en dos. Es un individuo que tiene "poca identidad"; la emisión de su mensaje consiste principalmente en actualizar la información para dar una copia idéntica, una replica de sí, y escindirse en dos. Por ello los vivientes unicelulares son muy iguales entre sí. En este contexto hablar de algo único originariamente en cada individuo, evidentemente, no tiene sentido.
Por el contrario un organismo pluricelular tiene como forma un mensaje "con más contenido". Una información que permite la construcción de un organismo con partes diferenciadas, y funciones vitales, más o menos complejas, y sobre todo tener reproducción. Por la reproducción los seres vivos generan otros seres semejantes a sí mismos, en cuanto que dotados de los caracteres propios de la especie a que pertenecen sin dejar de existir en el proceso como tal individuo. La reproducción sexual requiere la participación de dos individuos para la producción de la descendencia, aportando cada uno, padre y madre, la mitad del material genético del nuevo ser; por el contrario, en la reproducción asexual, un sólo individuo puede dar lugar a otro, desde una parte de él o por autofecundación. La mezcla de material genético de sus progenitores permite que los individuos de una misma especie sean diferentes entre sí. También en este caso, al estar toda su operatividad ligada a la constitución de su organismo, no puede hablarse de algo originario único, aunque sí de cierta variabilidad biográfica en la medida en que puede aprender, y su crecimiento no es por tanto mera maduración, sino verdadero desarrollo.
El mensaje genético de un vegetal, lo que se ha venido a llamar alma vegetal, no tiene instrucciones para que el organismo que se construya, tenga sensibilidad, ni traslación. El viviente vegetal es dependiente del entorno incluso para llegar a madurar, adquirir la figura y el tamaño que les corresponde, por el hecho de ser un individuo de una determinada especie.
El mensaje genético de un animal, alma animal, informa un organismo que, por poseer un sistema nervioso más o menos complejo, que le capacita para realizar operaciones como ver, oler, etc., y que les permite conocer, tener una conducta, unas tendencias no específicamente determinadas, etc. El desarrollo cerebral de los mamíferos les permite mantener después del nacimiento una cierta plasticidad neuronal, que van cerrando progresivamente circuitos y de esta manera tienen, durante un cierto tiempo, capacidad de aprendizaje. Por eso podemos afirmar que los vivientes poseen “sobrante formal” de diversa intensidad según su puesto en la escala biológica. Efectivamente, las instrucciones que permiten formar el sistema nervioso, son como las "palabras" que lo modifican, que elevan el mensaje de meramente vegetativo a sensitivo. Es otro tipo de mensaje a un nivel radical y por tanto ha de hablarse de un viviente de distinta esencia, o de otra intensidad de ser. A medida que un viviente "sube" en la escala biológica, "sube" la capacidad operativa desligada de las condiciones iniciales y dependiente de las operaciones precedentes: aparecen los aprendizajes condicionados, y no sólo la modificación de reflejos simples.
Por ultimo, y de acuerdo con lo desarrollado, no sería correcto decir que el alma animal o sensitiva tiene facultades "vegetativas" en el sentido de que contuviera un alma vegetal, como a veces se entiende. El alma como principio vital es única, no es separable en segmentos. Puede afirmarse, que alma animal tiene facultades ligadas a la construcción del organismo, conservación, crecimiento y reproducción: esto es lo contenido primariamente en los genes y en el genoma total y común a los vegetales y a los animales. Y hay en los animales información que determina la duración máxima de su existencia como individuo de una especie concreta. Hay, también, facultades como moverse, un mundo tendencial, plasticidad y capacidad de aprendizaje, memoria, emociones, conocimiento. Estas facultades permiten poder hablar, en sentido limitado pero propio, de una "mente animal" inmaterial. Esta mente es inmaterial y sus facultades surgen o dependen de la integración y procesamiento de información de circuitos neuronales; descansa en esa organización o configuración de la materia, y por ello descompuesta ésta con la muerte o con el deterioro, las facultades desaparecen.
Pues bien si observamos la biología humana, las peculiaridades del cuerpo del hombre, destacan unas características morfológicas y fisiológicas, que no sólo le diferencian de los primates más próximos en la escala evolutiva, sino que son, miradas desde la biología, muy sorprendentes:
- Postura erguida y bipedalidad que permiten tener las manos libres.
- Cambios del aparato fonador que permiten articular sonidos.
- Reducción del tamaño y cambio dela forma de la pelvis. El proceso del parto ha competido con la marcha bípeda para conformar una pelvis ovoidal que permite una expansión del canal del parto ante el aumento craneal. Debido a esto, y al crecimiento del tamaño del cráneo, el paso del feto por el canal del parto se hace difícil y sólo tiene solución con un acortamiento del tiempo de gestación. El recién nacido humano es siempre "prematuro e inmaduro", tanto por este parto necesariamente adelantado, como porque con el aumento de la superficie craneal del neocortex se da un retraso en la diferenciación de las neuronas; así nace "obligado" a una gran dependencia materna y un largo aprendizaje familiar.
- El tamaño, la forma y la organización del cerebro, -especialmente la localización de las funciones del sistema nervioso en partes más anteriores del cerebro; la división en dos hemisferios, izquierdo y derecho, que pueden transferirse información y pueden coordinarse las actividades mentales- fue el mayor cambio que produjo la hominización. La gran diferencia entre el cerebro de los monos y los humanos es el enorme desarrollo de las áreas prefrontales humanas; esto significa no sean la causa del intelecto superior humano, sino que este mayor desarrollo da soporte a muchas de las funciones del cerebro que se correlacionan con una inteligencia superior. Además se ampliaron las zonas temporal y occipital de córtex, que favorecen el desarrollo de la visión y la audición, presupuestos biológicos de un ser social que necesitó del lenguaje para comunicarse.
Por ultimo, cabe destacar que se produce una inespecialización reflejada en características como: una capacidad de unión sexual no ligada a un tiempo de celo; aguante de las mayores oscilaciones de temperatura; poca especialización digestiva; no posesión de órganos de ataque, etc. El desarrollo corporal se hizo más lento, apartándose también en esta característica de los restantes individuos no humanos. Este desarrollo prolongado implica un entorno social más protector, y una familia en que, probablemente por primera vez, los padres intervenían en el cuidado y alimentación de los hijos. Ese ritmo del crecimiento del individuo humano se adecua a la inespecialización funcional. La dependencia de sus padres es larguisima y la dependencia del entorno del entorno social es constitutiva: es esencialmente social y educable. Necesita mucho tiempo para incorporar los componentes culturales de su entorno, es cultural.
El proceso evolutivo de hominización es un proceso de cambios genéticos que dan lugar a la aparición de las características morfológicas y fisiológicas propias del hombre. Son los presupuestos biológicos, las condiciones precisas previas, pero no las causas de que el organismo resultante pueda ser un cuerpo humano. Esto es, un cuerpo que permita una gran capacidad de aprendizaje, una indeterminación biológica peculiar y exclusiva, un ser dotado de libertad y capaz de albergar un intelecto. Esos cambios permiten la aparición de un organismo inespecializado, con pobreza de “instintos”, que no le viene resuelta la vida por un comportamiento estereotipado y fijo para cada individuo de la especie; efectivamente, su equipamiento biológico no le prescribe ni estímulos ni respuestas estereotipadas. Cualquier cosa puede ser estímulo para él porque todo tiene para él significación; las respuestas son impredecibles e incluso puede no responder a un estimulo; puede negarse a la comida aunque se muera de hambre, le interesan cosas «inútiles» para la supervivencia biológica, como el arte. Efectivamente, el ser humano posee una indigencia biológica llamativa; dos ejemplos manifiestan esta característica de la condición humana: la mujer es la única hembra que muere por dificultades de parto y el recién nacido humano es la única cría que tarda tiempo en valerse por sí misma; nace inviable sin el cuidado humano. Es un organismo que puede autodeterminarse: posee unas características corporales de que pueda ser cuerpo de un ser libre, que tiene que aprender una cultura, y elaborar técnicas que le permitan fabricarse lo que la naturaleza le ha negado. Un viviente que no ha sido dotado para volar, pero construye aviones; que no ha sido dotado de una piel para protegerse del frío o de las radiaciones, pero construye casas y ciudades, etc. Con manos, no se sirve de garras, pero fabrica con ellas utensilios potentes. El hombre es un trozo de la naturaleza y algo a la vez único absolutamente valioso porque es libre, abierto a lo universal y no cerrado en su propia biología. Un ser que puede dar su vida a los demás y por los demás no puede éticamente ser convertido en esclavo: no es un medio, sino un fin en sí y por sí mismo.
El autodeterminarse la vida supone del hombre conocimiento. Con un grado tal de inespecialización biológica, si no tuviera capacidad de conocer la realidad como tal realidad, y no sólo en cuanto sirve a sus necesidades biológicas, quedaría inundado por los estímulos. Por ejemplo, en el agua ve el hombre primeramente -al igual que el animal- unasustancia para saciar su sed; pero como la percibe en cuanto realidad, objetivamente puede captarla también como un medio para navegar, mover un molino, o apagar un fuego, etc., es decir, sabe lo que el agua es desuyo. Los animales poseen también una cierta habilidad técnica, pero la distancia es insalvable, pues mientras los animales construyen sus arte-factos, los panales de las abejas, por ejemplo, la técnica humana es constitutivamente variable, progresiva y futurista.
Ciertamente, hasta la propia biología puede ponernos, y nos pone, condicionamientos a la libertad, pero ésta tiene unos límites invulnerables que no se pueden destruir lo cual no deja de ser una paradoja: el hombre está «obligado» a ser libre, porque su biología es deficitaria. La naturaleza le ha negado la guía de la vida biológica y por eso cada ser humano «escribe» su propia biografía. Esta plena apertura del hombre, esa capacidad de marcarse fines, independientes de la propia biología, lo que hemos venido llamando indeterminación o inespecificidad biológica, supone un «sobrante formal» de naturaleza diferente y francamente rico. Es más, no sólo es rico, sino que no es sólo el sobrante que informa procesos ligados a órganos. Es de distinta naturaleza, ya que cambia, sobrepasa todo aquello que los más sofisticados procesamientos de información neuronal podrían hacer emerger. La operación de ver está ligada al órgano ojo, la «mente animal» es dependiente del cerebro, pero la inteligencia humana es suprabiológica: por una parte tiene que ver con la situación del cerebro -de hecho, nunca se piensa «en seco», siempre se piensa algo, se quiere algo, se desea algo etc- y ese algo, facultad, precede a la constitución del cerebro. Por ello las tendencias o predisposiciones pueden de hecho ser cambiadas por el yo personal; en este sentido, la noción de aprendizaje aplicada al hombre crece en posibilidades que son, propiamente, los hábitos comportamentales. Es lo que tradicionalmente se afirma con la sentencia: nada hay en el intelecto que no haya estado antes en los sentidos, pero al mismo tiempo está absolutamente abierta, crea sus propios pensamientos, opera en cada persona de forma personal y por tanto no está en el órgano. Se dice del cerebro humano que al nacer es tabula rasa: no hay nada escrito, y se tiene necesariamente que escribir con la vida. Incluso no acaba de construirse un cerebro adecuado, no madura si la vida no es vivida en relación personal. La vida humana tiene indeterminación en la emisión del mensaje genético y su desarrollo sólo se determina como vida biográfica, es decir, interactuando con el medio de modo inconsciente, pero irreversible al principio de su vida, y de modo consciente, responsable y en relación interpersonal o intramundana más tarde. La emisión del programa de cualquier mamífero es bastante «autónoma respecto del exterior» y consigue asi –sin la «perfección» individual, otras instrucciones que las de su programa- de los instintos que le determina es- según su especie, del ajuste genético pecializándole y permitiendo una plena adaptación al entorno específico de su especie. Por el contrario, en el caso humano está más desprogramado; la emisión del programa genético del hombre está indeterminada en tanto que está abierto a incorporar a la emisión del programa información que procede de su relación con los demás. Es decir, la apertura a los demás propia del ser humano que manifiesta el cuerpo es a su vez capacidad de modificar las condiciones iniciales a partir de las operaciones del sujeto, de su exclusiva biografía; la vida que vive es una de las posibilidades que tiene: elige.
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Por todo ello podemos afirmar que el alma humana, no sólo es inmaterial -mensaje genético que informa-, sino que carece de vinculación con la materia, por lo que se le denomina espiritual. El alma humana única es distinta y propia de cada cuerpo humano. Es propia de cada persona, no de todos los hombres -ya que en las modificaciones intervienen infinitas variables propias de cada persona y su situación-, el viviente humano es capaz de sino de cada hombre, de cada persona: novedad radical. Así va configurando con su vida y sus decisiones libres, con el ejercicio de la voluntad, con el esfuerzo por conocer, y con las disposiciones del corazón la facultad de amar u odiar, etc. Persona significa ser abierto; persona significa cada quien, es decir, cada intimidad, cada libertad. La apertura personal del hombre hacia el cosmos, hacia los demás hombres y hacia Dios no puede ser explicada desde la biología. Quienes no hablan de intervención de Dios, que crea a cada hombre dándole el ser personal -en plena ocurrencia con los padres que transmiten la vida humana, pues no hay ser vivo perteneciente a la especie Homo sapiens cuyo ser no posea la intensidad propia de la persona-, hablan de «emergencia»: sobreviene algo no contenido directamente en la información genética, pero requerido por ella para ser completa y coherente la operatividad de cada viviente humano.
Etica del dominio técnico de la naturaleza
El análisis que hemos hecho acerca del puesto del hombre en el cosmos nos ha permitido dos afirmaciones importantes. En primer lugar, el mundo natural es el mundo del hombre; lógicamente esto no quiere decir que hasta que no apareció el hombre no había nada. Sabemos con seguridad científica que durante millones de años el mundo ha existido sin el hombre; la aparición del hombre es relativamente tardía. Pero desde el principio el mundo –como mundo del y para el hombre– era creado en vista al hombre y formando unidad con la creación del hombre. Y, segundo, el mundo natural es el camino ontológico de la aparición del hombre. Ese mundo es una unidad dinámica en la que la energía vital va desplegándose desde los seres más simples y más elementales a los más evolucionados y complejos, de tal forma que, en coherencia con la flecha del tiempo que detecta la biología en el proceso evolutivo, puede afirmarse que de un modo u otro ese impulso tiene un termino que es el hombre. La creación es evolutiva. Y su contrario no es cierto: la evolución no es creadora; no es posible que de la nada originaria surja o emerja la vida, la consciencia, la libertad, el espíritu.
De ambas afirmaciones podemos deducir algunos criterios que guíen la acción humana de forma no destructiva sobre el mundo natural:
1. Por ser el mundo del hombre, en el que desarrolla su vida, el mundo natural es la herencia común a todos y a todas las generaciones. Un mundo que no es una globalidad anónima o colectiva, sino que el bien de la propia naturaleza es bien “para” el hombre. Por tanto los criterios de utilidad practica, y más aún de utilidad a corto plazo, son insuficientes para valorar la ética de la actividad humana sobre él.
2. La ley de la relación del hombre con el mundo es ley natural; es la que ordena las cosas teniendo en cuenta los significados propios y los valores que se encuentran en el mundo. La ley natural tiene en cuenta que la unidad del mundo en el hombre no es constituida por la razón humana. No considera el mundo como un espacio homogéneo y totalmente disponible, sino que reconoce espacios o puntos que tienen particular densidad. A medida que ha avanzado la historia de la humanidad la tierra ha ido dejando de ser homogénea. Cada familia o pueblo ha conquistado y humanizado un territorio que es patria chica. Contiene las raíces de un pueblo y en cierta medida explica la idiosincrasia de sus gentes. Y también en cierta medida, cuando un hombre se relaciona de un modo particular con un animal, ese animal tiene nombre propio; se individualiza entre sus congéneres. Son valores añadidos a la mera "utilidad". Sin tener en cuenta la situación propia del hombre como criatura esencialmente mundana, resultan ininteligibles e irracionales las actuales defensas del medio ambiente, de la propia tierra, y la afirmación de que “lo pequeño es hermoso", el "compromiso" del hombre en su entorno vital.
3. El hombre no es el responsable del bien del mundo o del universo. Una de las consecuencias más evidentes de la consideración de que todo es experimentable y todo es manipulable porque todo es neutro y, por tanto, está bajo el gobierno absoluto del hombre, es que el hombre se siente en consecuencia responsable del mundo y del universo. Pero esto no tiene en cuenta la realidad de las cosas. El orden del mundo no ha sido establecido por la razón humana y, por tanto, aunque la experimentación científica puede alcanzar algunas leyes de comportamiento de la naturaleza, el orden del universo no está expresado adecuada y exhaustivamente en esas leyes. La única garantía que puede tener de que su acción no vaya a resultar destructiva está en un respeto, lo más cuidadoso posible, de los significados naturales y de los valores propios naturales, sin tratar de someterlos a su exclusiva utilidad programada. Es una superresponsabilidad que tiene como primer principio la eficacia: el deber de hacer todo aquello que técnicamente de pueda hacer. Más aún, a veces podrá acaecer que, aun con ese respeto, la naturaleza resulte amenazante, acaezcan catástrofes naturales incontrolables e imperdibles, pero eso ya no depende de él. Este es el principio del totalitarismo cientifista: la responsabilidad universal.
El mundo del hombre es el mundo natural hecho para él pero no por él, a diferencia de los mundos artificiales o virtuales.
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