| A ciertos autores les parece que existe un abismo racionalmente insuperable entre el Dios que la razón descubre mediante su ejercicio, a partir de las cosas que se hallan en nuestra experiencia (las clásicas vías de la demostración de la existencia de Dios), y el Dios de la revelación cristiana. Como si no tuvieran nada que ver entre sí. El siguiente texto de Carlos Cardona, en Metafísica del bien y del mal (Ed. Rialp, Madrid 1987, p. 122) es muy claro:
El Dios que la razón descubre no es una abstracción: el ser en general o una cosa por el estilo. Es sujeto que ejerce el Ser absoluto, sujeto cognoscente y amoroso. Aquí conviene recordar que, cuando Dios revela a Moisés su nombre propio, no dice "Yo soy el Ser", sino "Yo soy el que soy" (Ex 3, 14). El ser, y a fortiori el Ser absoluto, no es un abstracto infinitivo. El ser se conjuga, tiene sujeto, se ejerce, es verbo activo. Y el que lo ejerce de modo absoluto es Dios. Por eso, al decir que Dios es el Ipsum Esse, hay que añadir en seguida: Subsistens, subsistente, personal. Y así debe ser amado. Propiamente no amamos la divinidad, sino a Dios. A Él, tan amoroso que nos ha hecho amorosos a nosotros, se debe la totalidad del amor. Derivadamente se debe también amor a toda persona, en cuanto sujeto de ser y de amor. Aquí hay que decir también que no amamos a la humanidad como esencia abstracta (y sólo derivadamente podemos amar a la humanidad como colectividad), sino a los hombres, a las personas, a cada una.
Antonio Orozco
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