| Por Ferrán Blassi
No ya ahora, sino siempre, los conceptos que se expresan con palabras que acaban en «ismo» acostumbran a suscitar reservas. Se puede observar que, sobre todo hoy en día, aquellas palabras son sustituidas en la práctica por otras maneras de decir. Dejando de lado los efectos de la caída de ciertas ideologías -el marxismo o el comunismo-; el descrédito de algunas -imperialismo, colonialismo o fascismo-; o la ambigüedad de otras liberalismo, socialismo o nacionalismo- ya no se suele hablar mucho, ni siquiera, de cristianismo, de catolicismo o de protestantismo. Y eso, no porque se menosprecie la realidad del seguimiento de la doctrina y del estilo de Jesucristo, o de alguna de sus formas particulares, sino porque se busca una expresión que se adapte mejor a aquello que es la comunidad de sus creyentes y a las características de su fe y su apertura a la universalidad y a la trascendencia.
Tal vez se deba al hecho de que la terminación «ismo» presenta la connotación de particularismo, a menudo cerrado, excluyente y exclusivista; o también porque denota una actitud militante de reivindicación o de defensa de los valores que la raíz de la palabra refleja, y a veces le da una cierta exageración, tanto por el lado del triunfalismo como por el del derrotismo. Por estas razones, la desaparición de los «ismos» y la utilización de las palabras que recogen más exactamente la idea a que se refieren es una muestra de normalidad; de la existencia no problematizada de una entidad o de su reconocimiento pacífico, o de los valores comunitarios o de la sociedad, de la Iglesia de Cristo o de la nación.
Así se ve más claro que el cristianismo no se reduce a una ideología. Y, en otro terreno, se podrá decir que a los que son ya una nación no les hace falta defender el nacionalismo.
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