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¿QUIÉN ES EL MÁS IMPORTANTE? (Antonio Orozco Delclós)

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Diario intermitente,
con relectura de algunos textos de Las Escrituras
 
 
¿QUIÉN ES EL MÁS IMPORTANTE?
 
 
20 de septiembre.
 
I. Hoy he leído Mc 9, 30-37. Jesús va instruyendo a sus discípulos y les anuncia claramente su Pasión, Muerte y Resurrección. ¿Cómo se lo diría? Él era la Palabra hecha hombre. Conocía la mejor manera de decir las cosas. Sin embargo ellos «no entendían y les daba miedo preguntar». ¡Les daba miedo preguntar al Maestro! Todavía no le conocen bien. ¿A qué viene ese miedo? Ya sabemos como reaccionó Pedro en una circunstancia semejante. Ellos esperan a un Mesías triunfante y la primera parte del discurso les ofusca la última: la Resurrección. ¡Les está anunciando el triunfo! Pero claro, es preciso culminar la Redención del mundo hasta el final, pasando por la cruz. Y esto no lo entienden. Y temen preguntar. ¡Que no me pase esto! Tener miedo a preguntar sobre la muerte es lo mismo que no preguntar sobre la vida. No es una posibilidad estadística. No hay excepción y lo que nos separa de la eternidad es una línea muy fina y quebradiza. Cualquier cosa la puede quebrar. Es necesario estar siempre dispuestos a partir. ¡No tener miedo de pensar en ello! No será causa de tristeza sino luz que pondrá sensatez y alegría en todos los instantes de mi vida. Él me espera con los brazos abiertos. Su Justicia es Misericordia y su Misericordia es Justicia. Me convienen ambas cosas; en Él, son Sabiduría y Amor. Nada que temer, mucho que agradecer.
 
En el tú a Tú con Cristo he de preguntar muchas cosas que no entiendo. La voz de Dios resonará en mi conciencia. Si no, será porque el Señor desea que, con sencillez y humildad, pregunte a otra persona con más luces.
 
 
II. Mc 9, 30-37.- Los discípulos discutían por el camino sobre quién de ellos era el más importante. Qué vergüenza. Qué poco conocían el espíritu de Jesús. El Señor iba por delante y no se entrometió en la ridícula discusión. Pero una vez en casa, «Jesús se sentó»; me parece un gesto de paciencia infinita. Hoy mismo he visto y oído al Papa comentar  en Cuba este episodio: «¿Quién es el más importante? Jesús no insiste con la pregunta, no los obliga a responderle de qué hablaban por el camino, pero la pregunta permanece no solo en la mente, sino también en el corazón de los discípulos. ¿Quién es el más importante? Una pregunta que nos acompañará toda la vida y en las distintas etapas seremos desafiados a responderla. No podemos escapar a esta pregunta, está grabada en el corazón. Recuerdo más de una vez en reuniones familiares preguntar a los hijos: ¿A quién querés más, a papá o a mamá? Es como preguntarle: ¿Quién es más importante para vos? ¿Es tan solo un simple juego de niños esta pregunta? La historia de la humanidad ha estado marcada por el modo de cómo se responde a esta pregunta. Jesús no le teme a las preguntas de los hombres; no le teme a la humanidad ni a las distintas búsquedas que ésta realiza. Al contrario, Él conoce los «recovecos» del corazón humano, y como buen pedagogo está dispuesto a acompañarnos siempre. Fiel a su estilo, asume nuestras búsquedas, aspiraciones y les da un nuevo horizonte. Fiel a su estilo, logra dar una respuesta capaz de plantear un nuevo desafío, descolocando «las respuestas esperadas» o lo aparentemente establecido. Fiel a su estilo, Jesús siempre plantea la lógica del amor. Una lógica capaz de ser vivida por todos, porque es para todos. Lejos de todo tipo de elitismo, el horizonte de Jesús no es para unos pocos privilegiados capaces de llegar al «conocimiento deseado» o a distintos niveles de espiritualidad. El horizonte de Jesús, siempre es una oferta para la vida cotidiana también aquí en «nuestra isla»; una oferta que siempre hace que el día a día tenga cierto sabor a eternidad. ¿Quién es el más importante? Jesús es simple en su respuesta: «Quien quiera ser el primero, importante, que sea el último de todos y el servidor de todos». Quien quiera ser grande, que sirva a los demás, no que se sirva de los demás».
 
             El Papa Francisco continúa desarrollando la idea de servicio. Pero en mi relectura, anterior a la escucha del Papa, me había detenido en el medio «audiovisual» que utiliza Jesús para ilustrar a los discípulos. Acerca a un niño, lo pone en medio de ellos y lo abrazó. Y Jesús les dice que se identifica con el niño, que el niño le refleja a Él y por lo tanto también al Padre. Es una enseñanza sublime capaz de desmontar cualquier afán de notoriedad o presunción. El Reino de los Cielos es cosa no de la gente con aires de importancia sino cosa de niños. Dios es como un niño, el niño es como Dios. ¿En qué se parecen?
 
Los niños viven en el asombro ante la verdad de las cosas. Están tan abiertos a la verdad, a toda verdad, que no entienden nada cuando se les miente, aunque sea en broma. No entienden los engaños. Sufren ante los engaños. Un ejemplo explicará lo que quiero decir. Recuerdo que en una sobremesa familiar uno de los presentes era muy hábil en juegos de magia. Se había metido apretujada en el zapato una porción grande de gomaespuma pintada de tal modo que parecía una auténtica piedra de regular tamaño. En cierto momento, una sobrina pequeña observaba en brazos de su madre la conversación intrascendente de los mayores. Entonces el mago, su tío, dijo, como quien no quiere la cosa: "me parece que tengo una piedrecita en el zapato que me molesta un poco, voy a ver". Se quitó el zapato y apareció de pronto la gran piedra, más falsa que Judas. Tras un momento de estupor, la pequeña rompió a llorar. Creía que era una roca de verdad y sentía el dolor que le habría causado a su tío en el pie. Podía sentir algo tan rico y complejo como la compasión hasta el llanto, pero no podía reconocer un engaño tan patente. ¿En que se parece Dios a la niña? En que es incompatible con el engaño. No puede engañarse ni engañarnos. Él es la Verdad y Jesucristo la Verdad hecha carne. Por eso no podemos entrar en el Reino de los Cielos si no nos hacemos como niños, con la sencilla apertura a la verdad total, sin admitirnos la más leve sombra de mentira en nuestro pensar, decir y actuar.
 
Para conocer a Cristo y seguirle hasta el Cielo he de amar la verdad, buscar la verdad, hacer la verdad en la caridad (Ef 4, 15). Recuerdo: «No tengas miedo a la verdad, aunque la verdad te acaree la muerte» (Camino, n. 34). Hablar de hacer la verdad, comenzando por mí mismo es hablar de sinceridad de vida, no tanto de «coherencia», que es compatible con lo falso y hasta con lo corrupto. Coherencia con la verdad. Esto es lo que me parece más profundo en la relectura de Mc 9, 37. Después podré considerar que en el niño, Jesús quiere que veamos también a los pequeños, los más frágiles, los más indefensos, los más pobres, etc. Pero todo esto encuentra su verdad radical en la apertura a la Verdad con mayúscula, la Verdad que salva. Cuando uno se hace mayor, no es fácil, pero para Dios todo es posible.
 
Por cierto, con punto final ya puesto, he oído con sumo gusto, agradecimiento y espero que con aprovechamiento, la Homilía del Papa Francisco, hoy, en Cuba, durante las Vísperas con sacerdotes, religiosos y seminaristas , en la que ha desarrollado la segunda interpretación que acabo de señalar.
 
Antonio Orozco Delclós
Arvo.net, 20.09.2015 

 

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22/09/2015 ir arriba
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