CIUDAD DEL VATICANO, 24 FEB 2006 (VIS).-Este
mediodía, en la Oficina de Prensa de la
Santa Sede, se presentó el Congreso
Internacional "El embrión humano antes de la
implantación.
Aspectos
científicos y consideraciones bioéticas",
que se celebrará el 27 y 28 de
febrero en el Aula Nueva del Sínodo in
Vaticano, con motivo de la XII Asamblea
General de la Pontificia Academia para la
Vida.
Intervinieron en la rueda de prensa el
obispo Elio Sgreccia, presidente de la
Pontificia Academia para la Vida; Adriano
Bompiani, ginecólogo, Director del Instituto
Científico Internacional de la Universidad
Católica del Sagrado Corazón (Roma); padre
Kevin T. Fitzgerald, profesor asociado de
Genética, Reparto de Oncología de la
Georgetown University, Washington D.C. y el
obispo Willem Jacobus Eijk, de Groningen
(Países Bajos), teólogo moralista, médico y
experto en bioética.
El profesor Bompiani afirmó que "para
atribuir un "estatuto jurídico" al embrión
es necesario "conocer" su naturaleza, y para
ello hay que estudiarlo desde el punto de
vista ontológico.
"Hoy -dijo- no es suficiente examinar el
embrión con el microscopio, sino que son
imprescindibles las aportaciones genéticas,
morfológicas, bioquímicas y de biología
molecular".
En la fase de "reconocimiento" del
embrión, continuó Bompiani, "nos topamos con
los conceptos de vida humana; ser humano;
individuo humano; persona. Reflexionar sobre
estos conceptos es -obviamente- objetivo de
la ontología. Pero, a mi modo de ver
-subrayó-, esto se debe hacer tras haber
descrito y comprendido lo que se verifica
pocas horas después del encuentro entre un
óvulo y un espermatozoide vivos y
pertenecientes a la especie humana". Desde
el punto de vista racional, concluyó, el
origen de un nuevo ser humano "se reconoce
en el encuentro entre un espermatozoide y un
óvulo de la misma especie".
Por su parte, el obispo Willem Jacobus
Eijk habló de los criterios extrínsecos e
intrínsecos para atribuir un estatuto moral
al embrión humano. Recordó que en la segunda
mitad de los años sesenta se afianzó la idea
de que "el estatuto del ser humano y la
personalidad del individuo surgían desde el
momento de la implantación, ya que esto
llevaba implicado el inicio de una estrecha
relación con la madre". Sin embargo, dijo,
"esa relación se constituye ya en la fusión
del espermatozoide y el óvulo (...) y el
embrión también recibe de la madre, antes
de la implantación, la nutrición y el
oxígeno necesarios para su crecimiento".
Otro criterio sostiene que el embrión es
individuo cuando lo reconoce la ley
positiva. "En nuestra sociedad pluralista,
la única solución práctica posible a la
controversia sobre el estatuto del embrión,
sería, para muchos, que ese estatuto se
defina según el consenso democrático. Pero,
la verdad, también la relativa al estatuto
del embrión, no puede establecerse mediante
una encuesta estadística".
El tercer criterio, continuó, es el de que
el estatuto del embrión dependa de la
decisión de otros de "dar al embrión creado
mediante la fertilización "in vitro" la
posibilidad de desarrollarse",
trasplantándolo al útero. "El problema es
que, de esa forma, el estatuto (...) depende
de la decisión de otros, sobre todo del
investigador y de los padres".
Tras observar que esos criterios no eran
idóneos para establecer el estatuto moral
del embrión, se refirió a los criterios
intrínsecos para establecer un juicio
objetivo sobre ese estatuto. "También en la
fase pre-implantatoria el embrión es un ser
con una vida propia separada de la madre, un
ser humano desde el punto de vista
biológico, un individuo, y un ser con una
finalidad intrínseca de convertirse en
persona humana."
Después recordó que en la encíclica "Evangelium
vitae", Juan Pablo II, "evitando declarar
expresamente que el momento de la animación
coincida con el de la concepción", afirmaba
que la ciencia actual "puede ofrecer
indicaciones preciosas para discernir
racionalmente una presencia personal desde
el primer surgir de una vida humana", y
observó que la teoría aristotélica de la
animación indirecta o retardada, "se
fundaba sobre conocimientos embriológicos
errados", mientras que "la antropología
moderna que atribuye el estatuto de persona
humana al embrión solo en la fase de la
conciencia de sí (al final de la gestación)
o incluso más tarde, se caracteriza por un
dualismo profundo, que no es capaz de
explicar el ser humano como unidad
sustancial".
"Los conocimientos embriológicos y
genéticos actuales nos dan indicaciones
preciosas acerca de que el embrión tiene la
identidad específica de una persona humana.
(...) La identidad la determina
fundamentalmente, si bien no solamente, el
genoma humano, presente y activo desde la
concepción. Por lo tanto, si bien sea
imposible demostrar empíricamente una
presencia personal desde la concepción, la
reflexión filosófica sobre el estado bio-antropológico
del embrión humano indica una incongruencia
de la humanización indirecta o gradual con
la visión del individuo humano como una
unidad sustancial de espíritu y cuerpo".