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Por
Antonio Pardo
25 de noviembre de 2005
La Gaceta de los Negocios (Madrid)
El enfoque de los temas del IV
Congreso Mundial de Bioética,
organizado por la Sociedad
Internacional de Bioética (SIBI),
pretende una visión más amplia que
la simple ética médica, abriéndose a
cuestiones de tipo organizativo o de
política sanitaria. Este año han
sido objeto de sus ponencias
problemas como el acceso a los
sistemas de salud o a los
medicamentos. Otras ponencias y
mesas redondas han versado sobre
cuestiones éticas candentes en
nuestra sociedad: los problemas de
la violencia social (quizá ya muy
tópicos pero no por eso menos
preocupantes: la violencia juvenil y
la violencia familiar) o los
problemas suscitados por las armas
biológicas. No desaparecen por esto
temas más "clásicos" de bioética,
como la cuestión de la privacidad de
los datos genéticos o el origen de
la vida y su desarrollo, que han
sido los otros dos núcleos del
Congreso.
La confidencialidad de los datos
genéticos ha adquirido una
importancia capital con la actual
facilidad para realizar pruebas
genéticas. Cada vez estamos en
condiciones de detectar un mayor
número de genes relacionados con la
aparición de enfermedades,
profesionales o no, aunque no existe
la misma facilidad para el
tratamiento: muchas veces se trata
sólo del diagnóstico, sin
posibilidad alguna de curar o
incluso de aliviar. A esta facilidad
de diagnóstico se suman una serie de
presiones, por parte de las
empresas, los seguros o los padres
que desean tener un empleado, un
asegurado o un hijo sin problemas.
No cabe duda de que, desde un punto
de vista meramente comercial o
hedonista, tener los datos de ese
diagnóstico puede ahorrar muchos
quebraderos de cabeza.
Sin embargo, el conocimiento público
de la información genética puede
llevar (y de hecho está llevando en
algunos casos) a la aparición de una
nueva clase de parias sociales, que
no pueden encontrar trabajo, deben
pagar primas exageradas a los
seguros o pierden el derecho a
nacer, simplemente por el patrimonio
genético que les ha tocado en
suerte. El médico, ante las
presiones de las diversas
instancias, se debe al paciente, y
debe mantener alejadas otras
pretensiones que pueden terminar
imponiendo unas limitaciones
injustas a la vida de sus pacientes.
Hoy existe la creencia,
excesivamente generalizada, de que
todo está determinado por los genes;
aunque en algún caso la relación
gen-problema orgánico sea directa,
no la es en muchos otros, en que
sólo existen predisposiciones o un
mayor riesgo; pero, si se aplica
esta creencia sin matizar, existe el
peligro de estigmatización social
por la herencia, que el médico nunca
debe desdeñar.
Otro problema contemporáneo, ligado
en buena medida a la difusión de las
técnicas de reproducción artificial
y a los proyectos de clonación
"terapéutica", es la consideración
de la vida humana en sus comienzos
como un mero instrumento. Como ya
apuntó Kant, y se ha repetido con
frecuencia, la vida humana debe ser
siempre considerada como un fin en
sí misma, nunca como un mero medio;
indudablemente, los fines que
pretenden las técnicas propuestas
(como la curación de enfermedades
mediante el trasplante de células
embrionarias) son buenos, pero se
realizan a costa de instrumentalizar
al hombre. Tal como recuerdan muchas
declaraciones éticas, la atención
médica no puede discriminar al
hombre por razones de edad: ser un
embrión de pocos días no excusa del
respeto máximo debido a todo hombre.
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Departamento de Humanidades
Biomédicas
Universidad de Navarra
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