Edmund Pellegrino es uno de los
padres de la bioética. Continúa pasando consulta de Medicina
Interna. No dejará de hacerlo ahora que emprende un nuevo
reto: dirigir el trabajo del Consejo Presidencial de
Bioética de Estados Unidos. En una entrevista concedida a
Diario Médico tras la clase que impartió en el Máster de
Bioética de la Universidad de Navarra, repasa algunos de los
temas más candentes en esta disciplina. En la entrevista
–ver
Diario Médico - entre otras cosas, dice:
¿Por qué ha aceptado presidir el Consejo Presidencial
sobre Bioética? Con 85 años y una trayectoria más que meritoria
en este campo, ¿no le tienta renunciar a un puesto que ha sido,
además, controvertido?
-Pienso que es muy importante el trabajo del
Consejo, que consiste en describir a los ciudadanos cuáles son
las cuestiones éticas en juego en un buen número de frentes,
precisamente para que la gente tenga la mejor información
disponible. La bioética afecta a la vida de todo el mundo: no es
una disciplina para expertos. Por eso, después de tantos años de
experiencia clínica, pienso que debo contribuir a ese debate, no
para imponer lo que pienso, sino para avivarlo. Hasta ahora el
Consejo ha hecho una gran labor en este sentido y a mí me
gustaría continuarla. Y respecto a lo de mi edad..., ¿por qué
tendría que dejar de pensar a partir de los 85?
Sin embargo, algunas fuentes censuran que, al ser un
comité de designación presidencial y no por el Congreso, es
fácil que resulte partidista...
-Quienes afirman eso se equivocan de
plano y no me conocen: ni a mí ni a Leon Kass, mi predecesor en
el cargo. Yo no me vendo a nadie. Funciono como un individuo: no
me dejo dar órdenes ni instrumentalizar. El presidente lo único
que puede decir es: ésta es la pregunta que deseo que el consejo
examine, pero la respuesta será absolutamente independiente.
Esto no es como trabajar en un consejo asesor de ética para, por
ejemplo, una compañía farmacéutica. De hecho, no cobro ni un
dólar por este puesto.
La medicina de mejora es uno de los próximos temas que
abordará el Consejo. ¿Qué retos plantea?
-Ya es un tema muy importante en bioética y
en el futuro lo será aún más. Este tipo de Medicina se refiere a
la mejora de características personales. Por ejemplo: me
gustaría ser más inteligente: ¿hay alguna técnica -la
implantación de un chip en el cerebro- o algún fármaco que me
haga más listo o, al menos, que amplíe mi memoria? Ya tenemos,
en el deporte, conocimientos sobre cómo mejorar la musculatura.
En el futuro hablaremos de mejorar la capacidad mental, el
aspecto o prolongar la vida... y la ciencia tendrá las
herramientas para hacerlo, así que a los bioéticos se nos
planteará la pregunta de si podemos hacer todo lo que está a
nuestro alcance.
¿Y la respuesta no es claramente afirmativa?
-No, en absoluto. ¿Hay alguna prueba de
que una persona será mejor por ser más lista? Hitler era
extraordinariamente inteligente, por ejemplo. Y lo mismo se
puede decir de otros dictadores que acabaron con la vida de
miles o millones de personas. No pretendo tener la respuesta a
este problema: sólo aspiro a contribuir a su estudio en
profundidad. Pero el simple hecho de que seamos capaces de hacer
algo no significa necesariamente que debamos hacerlo y, de
hecho, esta fue la pregunta fundamental que provocó el
nacimiento de la ética de la biotecnología: ¿debemos hacer todo
lo que esté al alcance de la tecnología? En un futuro próximo
los biólogos podrán hacer ingeniería genética para mejorar la
especie. Pero ¿quién decidirá qué significa mejor? ¿Los
biólogos? Debemos prevenirnos contra la tiranía de los expertos.
¿Va a decirme un prestigioso científico qué es lo mejor para la
especie? Son preguntas a las que un biólogo molecular no puede
contestar.
El Joint Centre for Bioethics de la Universidad de
Toronto hizo una encuesta entre expertos para detectar los retos
bioéticos que el médico clínica afrontará en el futuro próximo.
¿Cuáles son, en su opinión, esos retos?
-El primero será la absolutización de la
autonomía de la que hablábamos antes, que se traducirá en el
conflicto entre médicos y familiares sobre si el tratamiento
está llegando demasiado lejos o, por el contrario, no se está
haciendo todo lo que se podría, como ya apuntó el estudio
canadiense.
Un segundo problema es la interpretación de
las voluntades anticipadas que, combinado con el anterior, puede
derivar fácilmente en que la gente quiera decidir cómo muere.
Esto nos llevaría a la pregunta de si debe permitirse el
suicidio asistido, ya autorizado en Oregón y en Holanda, por
poner sólo un par de ejemplos. El horizonte de regulación que se
abre en estas materias suscitará, a mi juicio, un tercer debate:
¿hasta dónde puede llegar la intervención estatal? Antes
hablábamos de la investigación en células madre embrionarias, a
la que me opongo por cuestiones de principio. Sin embargo, si
obtienen un gran respaldo popular, no cabe descartar que los
votantes exijan a los políticos que los médicos no puedan
negarse a hacerlo, so pena de perder la habilitación para
ejercer. Algo parecido podría ocurrir con la medicina
perfectiva, es decir, que se negase la objeción de conciencia al
entenderse como una prestación ordinaria más. Y esto plantea la
gran pregunta de la Medicina, pues mi papel, en principio, es
curar a gente enferma, no mejorarla.
El trasplante de cara, para el que un hospital de
Cleveland ha pedido ya autorización y ha comenzado a seleccionar
pacientes, ha suscitado también un gran debate ético, y autores
como Arthur Caplan se han opuesto públicamente a esta
iniciativa...
-Pienso que es una cuestión de grado. Si la
deformación es grave y resultado de un accidente o de un tumor
que invade la cara, lo veo como posibilidad. Si el objetivo es
sólo ser más guapo, a ese paciente le diría: usted está enfermo
y lo que necesita es un psiquiatra. En el primer caso, la clave
es que el consentimiento informado se haga correctamente,
incluyendo que se trata de una técnica experimental cuyos
resultados, por tanto, son inciertos.
En los próximos días, la Unesco tiene previsto aprobar
la Declaración Universal de Bioética, que ha suscitado ciertas
críticas, especialmente sobre la capacidad real de los países
del Tercer Mundo para aplicarla.
- Conozco bien el texto porque formo parte
del Comité de Bioética que lo ha redactado, pero ignoro las
modificaciones que el Comité Intergubernamental de Bioética
-cuya representación es de orden político- haya podido
introducir después. La controversia es inevitable (se ríe). Es
difícil, en efecto, fraguar una norma o una serie de
recomendaciones aplicables en contextos socioeconómicos y
culturales de lo más diversos. Pero lo que la Unesco pretende es
que la bioética sea una preocupación universal, porque afecta a
todo el mundo.
En segundo término, los problemas éticos se
han globalizado: aunque quisiéramos, no se pueden confinar a las
fronteras de un país. Por eso, lo que estas recomendaciones
pretenden es precisamente proteger a esos países que carecen de
cultura bioética o de instituciones que velen por el
cumplimiento de la dignidad humana, especialmente en
investigación. Es verdad que las palabras no significan lo mismo
según las tradiciones culturales: así, por ejemplo, la autonomía
entraña cosas muy distintas en Japón o en un país de Europa
Occidental; y, en ese sentido, la Declaración no puede ser
perfecta. Pero aun así, el esfuerzo merece la pena porque la
globalización de la bioética exige unos ciertos criterios
comunes para dar respuesta.
En Estados Unidos, la teología ha jugado un papel en la
bioética, que en otros países se excluye como elemento alterador
del debate.
-Es la postura
típica de una visión política laicista y atea. La mayoría de la
gente en Estados Unidos profesa un credo y por eso tenemos que
considerar la perspectiva religiosa, pues al final la bioética
versa sobre qué está bien y qué está mal, una cuestión también
teológica. Otra cosa es que en el debate debemos recurrir a la
razón y a la ley natural inscrita en la dignidad humana, no
imponer un credo.
El Gobierno español prepara una ley
para autorizar la clonación terapéutica y la adjudicación de
fondos para investigación está siendo mucho más generosa
respecto a los proyectos que utilizan células embrionarias que
los que recurren a células adultas, aunque estas últimas ya
hayan dado resultados clínicos...
-El recurso a las células embrionarias
humanas no es ético, resulta científicamente cuestionable y
simplemente innecesario. Soy partidario de la investigación,
pero existe una fuente no problemática que son las células
adultas. El embrión es un ser humano, digno de protección ab
initio, y por eso soy contrario a la investigación que exija
matar a un embrión para obtener sus células.
No es que
me oponga a la investigación, en absoluto, pero existe una
fuente no problemática desde el punto de vista ético y con
perspectivas clínicas que son las células adultas.
Carlos Gil
Diario Médico
4/10/2005
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